El presidente y el fotógrafo
La detención del fotógrafo Willy Sousa, más allá de lo que tiene que ver con el fraude que se le atribuye, nos interesa porque es el regreso a dos asuntos que se debatieron ampliamente en el 2010. Uno de ellos la idea de México que tienen nuestras autoridades y otro los festejos del Bicentenario.
Recordemos que hacia fines de 2009 el presidente Calderón empezó a construir un discurso según el cual en México “no existe el enorme caos y la enorme inseguridad que algunos en el exterior creen y que otros se empeñan en proclamar.” Meses después, frente a empresarios afirmó: “Existe inseguridad pero también quienes magnifican el problema”.
Se echaba así a andar el esfuerzo para detener lo que en el gobierno llamaron “las campañas bastardas de desprestigio” y “la promoción negativa del país”. El Presidente, su esposa y sus ministros presentaron en diversos foros internacionales un panorama de un país “tranquilo, listo para recibir a los inversionistas extranjeros y con una de las economías más competitivas del planeta” e instruyeron a los embajadores y cónsules en el extranjero a “hablar bien de México”.
Supongo que por eso cuando Calderón conoció el proyecto que el fotógrafo Sousa estaba preparando con el gobierno del DF y que consistía en la presentación de una exposición con más de mil imágenes gigantes de México, sus paisajes, habitantes y costumbres, murió de emoción. Y sin más, el Presidente le quitó al jefe de gobierno de la capital la inauguración del evento, sin importar que para ello tuvo que pagarle 10 millones de pesos al fotógrafo con tal de que éste traicionara a quien lo había contratado.
Pero es que la versión de México que daba Willy Sousa en sus fotografías era la puesta en imágenes de lo que el mandatario decía con palabras: “Combatir la imagen violenta del país,” y hacerlo con un México maquillado y estilizado, blanqueado, con una estética como la de los anuncios de la televisión.
Según las fotos y videos de Sousa, el nuestro es un territorio de trajes típicos, de mujeres y niños con vestidos de colores y trenzas que les vuelan al viento, en el que las indias tarahumaras usan pestañas postizas, los niños tienen la cara bien lavada y los huaraches nuevos y los ciudadanos se envuelven en la bandera nacional (algo prohibido por la Constitución), que les parece “la más bonita del mundo”. Un país en el que la pobreza no existe, en el que no hay basura, en el que todo es ordenado. Un país con su cantidad adecuada de exotismos, pero, eso sí, moderno. El propio Sousa contó que cuando los empresarios de Pepsico Japón vieron sus fotos dijeron que se sentían en Miami o Nueva York, “pero yo les dije que era México”.
Y aquí entra el segundo tema: el de los festejos del Bicentenario. El caso Sousa sacó a la luz una vez más lo que ya sabíamos: el derroche de dinero que hubo y la manera arbitraria de tomar las decisiones que favoreció a quienes supieron ofrecer con buena labia a los gobernantes sus productos, llámese un espectáculo la noche del 15 de septiembre, un edificio conmemorativo (en lugar de un arco como se había dicho) sobre la avenida Reforma de la capital, un libro con estampitas, la idea de sacar los huesos enterrados en la columna de la Independencia para rendirles honores militares o unas fotografías gigantes para exponer en un museo especialmente construido.
Todos sabemos que las celebraciones fueron un pastiche de nacionalismo y espectáculo, costoso y a la vez efímero, como apuntó la historiadora Patricia Galeana, en las que por un lado se pretendía “provocar y despertar el sentido de pertenencia e identidad” como dijo algún funcionario, pero por el otro se consideraba necesario “dignificar” y “modernizar” (en palabras de Sousa) la imagen del país para que le gustara a los de adentro y, sobre todo, a los de afuera.
La detención, pues, sólo vino a recordarnos lo que ya sabíamos.
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