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Archivar como 11/08/12

Oscar Wilde
(Irlanda, 1854 – Francia, 1900)

El gigante egoísta

      Cada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas, y había doce albaricoqueros que durante la Primavera se cubrían con delicadas flores color rosa y nácar, y al llegar el Otoño se cargaban de ricos frutos aterciopelados. Los pájaros se demoraban en el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura, que los niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos.
—¡Qué felices somos aquí! —se decían unos a otros.
Pero un día el Gigante regresó. Había ido de visita donde su amigo el Ogro de Cornish, y se había quedado con él durante los últimos siete años. Durante ese tiempo ya se habían dicho todo lo que se tenían que decir, pues su conversación era limitada, y el Gigante sintió el deseo de volver a su mansión. Al llegar, lo primero que vio fue a los niños jugando en el jardín.
—¿Qué hacen aquí? —surgió con su voz retumbante.
Los niños escaparon corriendo en desbandada.
—Este jardín es mío. Es mi jardín propio —dijo el Gigante—; todo el mundo debe entender eso y no dejaré que nadie se meta a jugar aquí.
Y de inmediato, alzó una pared muy alta, y en la puerta puso un cartel que decía:
“ENTRADA ESTRICTAMENTE PROHIBIDA
BAJO LAS PENAS CONSIGUIENTES“.
Era un Gigante egoísta…
Los pobres niños se quedaron sin tener donde jugar. Hicieron la prueba de ir a jugar en la carretera, pero estaba llena de polvo, estaba plagada de pedruscos, y no les gustó. A menudo rondaban alrededor del muro que ocultaba el jardín del Gigante y recordaban nostálgicamente lo que había detrás.
—¡Qué dichosos éramos allí! —se decían unos a otros.
Cuando la Primavera volvió, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. Sin embargo, en el jardín del Gigante Egoísta permanecía el Invierno todavía. Como no había niños, los pájaros no cantaban, y los árboles se olvidaron de florecer. Sólo una vez una lindísima flor se asomó entre la hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió tan triste por los niños, que volvió a meterse bajo tierra y volvió a quedarse dormida.
Los únicos que ahí se sentían a gusto, eran la Nieve y la Escarcha.
—La Primavera se olvidó de este jardín —se dijeron—, así que nos quedaremos aquí todo el resto del año.
La Nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco y la Escarcha cubrió de plata los árboles. Y en seguida invitaron a su triste amigo el Viento del Norte para que pasara con ellos el resto de la temporada. Y llegó el Viento del Norte. Venía envuelto en pieles y anduvo rugiendo por el jardín durante todo el día, desganchando las plantas y derribando las chimeneas.
—¡Qué lugar más agradable! —dijo—. Tenemos que decirle al Granizo que venga a estar con nosotros también.
Y vino el Granizo también. Todos los días se pasaba tres horas tamborileando en los tejados de la mansión, hasta que rompió la mayor parte de las tejas. Después se ponía a dar vueltas alrededor, corriendo lo más rápido que podía. Se vestía de gris y su aliento era como el hielo.
—No entiendo por qué la Primavera se demora tanto en llegar aquí— decía el Gigante Egoísta cuando se asomaba a la ventana y veía su jardín cubierto de gris y blanco, espero que pronto cambie el tiempo.
Pero la Primavera no llegó nunca, ni tampoco el Verano. El Otoño dio frutos dorados en todos los jardines, pero al jardín del Gigante no le dio ninguno.
—Es un gigante demasiado egoísta—decían los frutales.
De esta manera, el jardín del Gigante quedó para siempre sumido en el Invierno, y el Viento del Norte y el Granizo y la Escarcha y la Nieve bailoteaban lúgubremente entre los árboles.
Una mañana, el Gigante estaba en la cama todavía cuando oyó que una música muy hermosa llegaba desde afuera. Sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que tenía que ser el rey de los elfos que pasaba por allí. En realidad, era sólo un jilguerito que estaba cantando frente a su ventana, pero hacía tanto tiempo que el Gigante no escuchaba cantar ni un pájaro en su jardín, que le pareció escuchar la música más bella del mundo. Entonces el Granizo detuvo su danza, y el Viento del Norte dejó de rugir y un perfume delicioso penetró por entre las persianas abiertas.
—¡Qué bueno! Parece que al fin llegó la Primavera —dijo el Gigante y saltó de la cama para correr a la ventana.
¿Y qué es lo que vio?
Ante sus ojos había un espectáculo maravilloso. A través de una brecha del muro habían entrado los niños, y se habían trepado a los árboles. En cada árbol había un niño, y los árboles estaban tan felices de tenerlos nuevamente con ellos, que se habían cubierto de flores y balanceaban suavemente sus ramas sobre sus cabecitas infantiles. Los pájaros revoloteaban cantando alrededor de ellos, y los pequeños reían. Era realmente un espectáculo muy bello. Sólo en un rincón el Invierno reinaba. Era el rincón más apartado del jardín y en él se encontraba un niñito. Pero era tan pequeñín que no lograba alcanzar a las ramas del árbol, y el niño daba vueltas alrededor del viejo tronco llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía completamente cubierto de escarcha y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él, sacudiéndole las ramas que parecían a punto de quebrarse.
—¡Sube a mí, niñito! —decía el árbol, inclinando sus ramas todo lo que podía. Pero el niño era demasiado pequeño.
El Gigante sintió que el corazón se le derretía.
—¡Cuán egoísta he sido! —exclamó—. Ahora sé por qué la Primavera no quería venir hasta aquí. Subiré a ese pobre niñito al árbol y después voy a botar el muro. Desde hoy mi jardín será para siempre un lugar de juegos para los niños.
Estaba de veras arrepentido por lo que había hecho.
Bajó entonces la escalera, abrió cautelosamente la puerta de la casa, y entró en el jardín. Pero en cuanto lo vieron los niños se aterrorizaron, salieron a escape y el jardín quedó en Invierno otra vez. Sólo aquel pequeñín del rincón más alejado no escapó, porque tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante. Entonces el Gigante se le acercó por detrás, lo tomó gentilmente entre sus manos, y lo subió al árbol. Y el árbol floreció de repente, y los pájaros vinieron a cantar en sus ramas, y el niño abrazó el cuello del Gigante y lo besó. Y los otros niños, cuando vieron que el Gigante ya no era malo, volvieron corriendo alegremente. Con ellos la Primavera regresó al jardín.
—Desde ahora el jardín será para ustedes, hijos míos —dijo el Gigante, y tomando un hacha enorme, echó abajo el muro.
Al mediodía, cuando la gente se dirigía al mercado, todos pudieron ver al Gigante jugando con los niños en el jardín más hermoso que habían visto jamás.
Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar la noche los niños fueron a despedirse del Gigante.
—Pero, ¿dónde está el más pequeñito? —preguntó el Gigante—, ¿ese niño que subí al árbol del rincón?
El Gigante lo quería más que a los otros, porque el pequeño le había dado un beso.
—No lo sabemos —respondieron los niños—, se marchó solito.
—Díganle que vuelva mañana —dijo el Gigante.
Pero los niños contestaron que no sabían donde vivía y que nunca lo habían visto antes. Y el Gigante se quedó muy triste.
Todas las tardes al salir de la escuela los niños iban a jugar con el Gigante. Pero al más chiquito, a ese que el Gigante más quería, no lo volvieron a ver nunca más. El Gigante era muy bueno con todos los niños pero echaba de menos a su primer amiguito y muy a menudo se acordaba de él.
—¡Cómo me gustaría volverle a ver! —repetía.
Fueron pasando los años, y el Gigante se puso viejo y sus fuerzas se debilitaron. Ya no podía jugar; pero, sentado en un enorme sillón, miraba jugar a los niños y admiraba su jardín.
—Tengo muchas flores hermosas —se decía—, pero los niños son las flores más hermosas de todas.
Una mañana de Invierno, miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el Invierno pues sabía que el Invierno era simplemente la Primavera dormida, y que las flores estaban descansando.
Sin embargo, de pronto se restregó los ojos, maravillado y miró, miró…
Era realmente maravilloso lo que estaba viendo. En el rincón más lejano del jardín, había un árbol cubierto por completo de flores blancas. Todas sus ramas eran doradas, y de ellas colgaban frutos de plata. Debajo del árbol estaba parado el pequeñito a quien tanto había echado de menos.
Lleno de alegría el Gigante bajó corriendo las escaleras y entró en el jardín. Pero cuando llegó junto al niño su rostro enrojeció de ira, y dijo:
—¿Quién se ha atrevido a hacerte daño?
Porque en la palma de las manos del niño había huellas de clavos, y también había huellas de clavos en sus pies.
—¿Pero, quién se atrevió a herirte? —gritó el Gigante—. Dímelo, para tomar la espada y matarlo.
—¡No! —respondió el niño—. Estas son las heridas del Amor.
—¿Quién eres tú, mi pequeño niñito? —preguntó el Gigante, y un extraño temor lo invadió, y cayó de rodillas ante el pequeño.
Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo:
—Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en el jardín mío, que es el Paraíso.
Y cuando los niños llegaron  esa tarde encontraron al Gigante muerto debajo del árbol. Parecía dormir, y estaba entero cubierto de flores blancas.

http://www.literatura.us/idiomas/ow_gigante.html

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María Espinoza, en pos de la autoestima perdida


10 de agosto de 2012 ·
Reportaje Especial

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Un par de días después de que la taekwondoista María Espinoza dejó la selección nacional, en mayo de 2011, se entrevistó con el entrenador cubano Pedro Gato. El profe, como ella lo llama, estaba sorprendido porque la atleta, a través del director de la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte (Conade), Bernardo de la Garza, le pidió que se hiciera cargo de su preparación.

El entrenador le preguntó por qué no se lo había pedido directamente a él. María le respondió que temía que se rehusara a trabajar con ella. Estaba desesperada por sus malos resultados de los últimos tres años y sólo le quedaba una oportunidad para calificar a Londres 2012, en el Preolímpico Continental que se efectuaría en noviembre de ese año.

El cubano aceptó. El tiempo conspiraba en contra. En cuestión de seis meses la campeona olímpica debería estar lista para buscar la calificación a su segunda justa veraniega.

En las instalaciones de la Conade, Espinoza y Gato empezaron a trabajar siete días a la semana, seis horas y media diarias repartidas en hasta tres sesiones, con uno que otro día de descanso. Como a partir de 2009 comenzaron a implementarse los petos electrónicos, María debió adaptar su técnica al nuevo sistema de marcación, algo que durante tres años no pudo hacer.

“Ella sabe que soy muy estricto, que todo lo fundamento. Para ganar el pase olímpico a Londres teníamos que retomar el modelo con el que se ganaron los oros en Beijing, pero con algunas variantes porque el peto anterior era convencional. Le costó trabajo adaptarse al electrónico porque ella pateaba como siempre, pero giraba la pierna y golpeaba donde no hay sensores. Cambiamos eso, pero costó mucho”, confiesa Gato.

La preocupación más grande del entrenador era el estado mental de María. La parte sicológica es uno de los cinco puntos fundamentales en la preparación de un deportista, y ella estaba devastada. En lo primero que se empezó a trabajar fue en que recuperara la confianza. Después del oro en Beijing, perdió en la primera ronda en los dos torneos más importantes a los que asistió: los mundiales de 2009 (Dinamarca) y 2011 (Corea). Esas derrotas fueron clave en su derrumbe.

“Le faltaba mucha confianza. Las derrotas afectaron en lo técnico y en lo psicológico. Era un círculo vicioso: pierdo, no tengo confianza; no tengo confianza, vuelvo a perder”, explica el entrenador. La psicóloga Paula Man se unió a su equipo multidisciplinario, tal como lo hizo hace cuatro años, y trabajó con la atleta sinaloense con las indicaciones que Gato le dio para cada etapa: predisposición para tolerar altas cargas de trabajo, concentración de la atención y predisposición combativa.

“Puedo estar bien físicamente, pero no me queda claro cuáles son mis potencialidades para ganar y resolver un problema dentro del área de combate; por eso aunque el atleta entrene muy bien, cuando va a un evento grande no gana por miedo e inseguridad. El atleta no sabe tomar decisiones porque tiene un problema pendiente, familiar o personal, que no lo deja concentrarse. Costó muchísimo sacarla de ahí”, detalla.

–Era la campeona mundial y olímpica y se fue hasta el suelo. ¿Qué le pasó?

–Falló todo. Si vemos a María trabajando hasta Beijing no fue la misma después. No tenía el mismo estilo porque cambió el plan de entrenamiento.

–¿Pensó en retirarse?

–Sí, ya no quería pelear más. No me lo dijo ella, sino su papá: que si yo no la entrenaba se iba a retirar. Pero en el Preolímpico de Querétaro empezó a recuperar la confianza.

En esa competencia, Espinoza obtuvo para México la plaza para Londres en la categoría +67 kilos. En semifinales venció a la dominicana Daysi Montes en punto de oro. Y ya no salió para disputar la final ante la brasileña Natalia Silva, supuestamente porque estaba lesionada y no valía la pena arriesgarla.

“Por eso tiré la toalla y no fue a la final. Yo necesitaba que se quedara con el buen sabor de boca que da la victoria. Después de casi tres años fue su primera victoria importante. Eso fue lo que nos permitió trabajar con más brío y confianza. Ya habíamos resuelto ese problema. Una victoria fue capaz de modificarlo todo. Subimos un peldaño. Si la saco a pelear y pierde, hubiera costado más trabajo rescatarla. Nunca estuvo lesionada. Fue una estrategia decir eso.”

De acuerdo con el selectivo que implementó la Federación Mexicana de Taekwondo (FMTKD), los preseleccionados nacionales que obtuvieron las plazas olímpicas en las cuatro categorías –dos femeniles y dos varoniles– tendrían que luchar para ponerle su nombre a ese pase en cuatro torneos internacionales que se realizarían en Las Vegas, Alemania, Holanda y España.

Cuatro atletas por cada categoría sumarían puntos por medalla obtenida o por el número de combates ganados, de tal suerte que al final de las sumas y restas quien tuviera mayor número de unidades representaría a México en Londres. Su condición de campeona olímpica no otorgó a María Espinoza ninguna ventaja. Tampoco el hecho de que consiguió la plaza.

En el primer torneo, la taekwondoín ganó medalla de oro. Enfrentó a tres rivales a quienes les marcó 19 puntos y ella no recibió ninguno. Ganó 7-0 en la final ante la subcampeona panamericana 2011, Lauren Hamon de Estados Unidos. En semifinal derrotó a la campeona mundial 2011, Anne-Caroline Graffe, por 6-0. Y antes dio cuenta de la estadunidense Michelle Silva con marcador 6-0. “Ahí nos fuimos otro peldaño para arriba”, acota el entrenador cubano.

Del Abierto de Alemania, Espinoza salió con un bronce al cuello y tres combates ganados. Fue atacada por la gripa y una infección en la garganta, pero el entrenador no le dio a escoger: debía ir por una medalla.

“Le dije: ‘aquí no hay vuelta de hoja, no te exijo la de oro, pero hay que irse con medalla’. En Alemania no enfrentó rivales de calidad, fue un resultado regular, pero ganar medalla fue otro escalón hacia arriba.”

En Holanda, Espinoza sólo ganó dos combates. A las desconocidas Ana Bidinger de Luxemburgo y a Heather Banner de Inglaterra. A la inglesa la golpeó tan fuerte que terminó vomitando. En cuartos de final enfrentó a la cubana Glehnis Hernández Horta a quien le iba ganando y al final terminó derrotada.

“La cubana –dice Gato– cayó y ya no se quería parar porque se lesionó el brazo. María estaba muy fuerte, se veía muy bien, pero se desesperó. Le indiqué que hiciera un elemento técnico y no me hizo caso. Muy segura de que ya iba a acabar con ella cometió errores y ganó la cubana. En el saludo final, María le metió un hombrazo, ni la miró. Fue imperceptible. La regañé porque no hizo caso, pero después lo disfruté mucho yo solo.

“Ahí vi la garra de la María que yo había visto en 2007 y 2008. Ya no tenía ese ímpetu. Aunque venía ganando, no lo había visto reflejado. Esa es María, la cabrona que se transforma…”

http://www.proceso.com.mx/?p=316692

 

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Tom Cruise y Enrique Peña Nieto, una semejanza interesante

Enrique Calderón Alzati

Un par de meses atrás escribí un artículo en el que me hacía la pregunta de cómo y por qué un grupo desconocido de personas, pero a todas luces influyente y poderoso, había seleccionado desde 2006 a Peña Nieto como futuro candidato del PRI a la Presidencia de la República, dadas las claras limitaciones de este personaje, las cuales afloraron al conocimiento público durante el reciente proceso electoral; no tenía entonces la respuesta para ellas, pero sí la necesidad de encontrar una explicación, dada la relevancia del tema y la magnitud de las contradicciones implícitas en esa selección.

Luego de un breve viaje a Estados Unidos, de consultar algunos materiales de la BBC de Londres y de platicar mis dudas con varias personas, hoy tengo una idea bastante aceptable de lo que puede ser una respuesta a mi pregunta original, es una historia curiosa relacionada con un personaje muy conocido del cine: Tom Cruise, cuyo fenotipo podría coincidir ampliamente con el de Peña Nieto.

Tom Cruise es un superhéroe, sumamente atractivo para un sector importante de la población de Estados Unidos a partir de la saga de Misión imposible, pero también por sus características físicas, que de entrada le hace atraer las miradas y algo más, de la población femenina; lo que yo ignoraba era su pertenencia a una extraña secta seudorreligiosa conocida como cienciología o dianética fundada hace algunas décadas por Ron Hubbard, la cual ha presentado un crecimiento inusualmente alto en relación con los demás grupos religiosos de ese país, sobre todo precisamente desde la incorporación de algunos personajes como Tom Cruise a sus filas, luego de aparecer en una película titulada Top Gun, sobre las aventuras de un as de la aviación militar, con lo cual se convirtió en un estereotipo para el público estadunidense.

Por otra parte, la dianética parece ser más una corriente surgida a partir de la mercadotecnia que una derivación de las múltiples particiones de las religiones protestantes, pues sus creencias tienen que ver más con fenómenos de rencarnación, así como de marcianos y seres extraterrestres muy de boga en la época en que la secta se inició; lo que sí parece quedar muy claro es que los objetivos de sus líderes han sido de tipo mercantil más que religioso, una vez que éstos se percataron que su movimiento era capaz de atraer a grandes sectores de la población, entre los que se encontraba uno de gran poder económico dispuesto a invertir enormes sumas de dinero con tal de capacitarse para ocupar los puestos más altos dentro de la imaginativa estructura jerárquica de la organización; todo un tipo de fenómeno bastante difícil de entender para nosotros, simples ciudadanos de un país periférico y anclado en el pasado.

El negocio de la dianética creció así, como espuma, propagándose no sólo en el país, sino en el ámbito internacional y produciendo enormes ganancias para sus iniciadores y dirigentes. Es en este contexto en el que la anexión de Cruise les cayó como un anillo al dedo, por lo que de manera inmediata fue adoptado por ellos como ícono promocional, colmándolo de homenajes, que le aseguraban a este personaje que nada era fortuito, sino que se trataba de un reconocimiento a su misión mesiánica de superhéroe, la cual constituye, hasta el día de hoy, parte de su personalidad intrínseca.

Aparte de sus características físicas, existen algunos rasgos sicológicos que nos llevan a pensar que la similitud de Enrique Peña Nieto con Tom Cruise no sólo es de tipo externo, relacionado con su porte y figura, sino que algo interior le dice que él tiene también un papel importante que realizar como líder, ello es lo único que puede explicar el irreparable error cometido al responder a los estudiantes de la Ibero, que él era el responsable de haber enviado las fuerzas del bien y del orden a castigar a un grupo de malhechores y buscapleitos que estaban alterando la paz pública e incitando a la rebelión en el poblado de San Salvador Atenco; no le cabía duda de que en su interior, él no era otra cosa que un superhéroe enfrentando a las fuerzas del mal. Ello desde luego, nos lleva a pensar en los enormes riesgos que conlleva el que nuestro país llegase a ser gobernado por alguien con ese perfil sicológico, después de las experiencias acumuladas con Felipe Calderón y sus aparentes trastornos mentales.

Al escribir aquel artículo ya mencionado, me hacía otras preguntas: ¿Quiénes son los integrantes del grupo que conociendo indudablemente sus limitaciones, irresponsablemente seleccionó a Peña Nieto para imponerlo como candidato del PRI, mediante la campaña mediática revelada por el diario británico The Guardian y comentada por Carmen Aristegui, que se inició a partir de 2005 con un contrato establecido con Televisa? ¿Cuáles eran las motivaciones de este grupo, al cometer semejante desliz o mejor dicho, agravio contra el país entero? Puede ser que parezca infantil, pero se me ocurre que el éxito ya conocido entonces del movimiento dianético, utilizando la imagen del Último samurái para su promoción comercial, les debe haber parecido una opción extraordinaria; crear una figura atractiva, varonil y juvenil que de entrada fuese aceptada por amplios sectores de la población, a los cuales de manera adicional les llevaría al mensaje subliminal de un nuevo PRI.

El personaje además presentaba otras características sumamente atractivas para ellos, como lo son: su ignorancia prácticamente absoluta, su notable aceptación de los dictados de sus mentores, su insensibilidad política y su inclinación a pasar por alto cualquier ilícito cometido en torno suyo por gente a quien le tiene admiración o confianza. En cuanto a los objetivos que buscaban, considero que hoy son bastante transparentes, tomando por ejemplo el caso de Videgaray, manejando cuentas multimillonarias que explican la presencia de miles de monederos electrónicos repartidos para comprar votos y fidelidades, toda una inversión por demás productiva (y además gratuita para ellos), tal como lo indican, por ejemplo, las utilidades de 539 mil millones de dólares en el presente sexenio, producidas por el botín llamado Pemex, entre muchos otros más.

La diferencia entre Tom Cruise y Peña Nieto es que en el primer caso, sólo se trata de ayudar a gastar su dinero a un grupo de gente que parecen no saber qué hacer con éste, aunque ello ha significado verdaderas tragedias para los seguidores de la secta, por el odio y la corrupción inmersos en ella; mientras que en el segundo, se juega con el destino de una nación y el patrimonio de sus más de 100 millones de habitantes, una nación que además es la nuestra. Por el bien de todos es deseable que el tribunal electoral actúe en esta ocasión de acuerdo con la responsabilidad que les ha sido puesta en sus manos, dadas las evidentes trapacerías cometidas durante el reciente proceso electoral.

http://www.jornada.unam.mx/2012/08/11/opinion/018a1pol

 

 

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