Cuando todavía no nacían
Esteban Garaiz
2012-12-04 • Acentos
A los jóvenes valientes que están
despertando a la Nación
No habían nacido ni Carlos Salinas de Gortari, ni Andrés Manuel López Obrador. Ni Felipe Calderón, ni Enrique Peña Nieto, ni Cuauhtémoc Cárdenas. Esta república ya tenía proyecto de nación. Ya tenía rumbo. Podrían no haber nacido. La Nación tiene un proyecto de porvenir claro y oficial con respaldo mayoritario y vigente, que la oligarquía no ha podido todavía torcer en su definición, aunque le llame “ataduras ideológicas”.
Más allá de la estructura de los poderes públicos, o de los órdenes de gobierno, de las formas de elección, de las atribuciones de cada instancia gubernamental, o del ejercicio de la soberanía popular, que eran las referencias clásicas hasta entonces para todo cuerpo constitucional, en México había que trabajar de otro modo.
Después de aquella sangrienta revolución, cuya misión histórica había sido demoler por la fuerza el viejo orden social heredado de 300 años de régimen colonial, cuya principal característica era la férrea desigualdad vitalicia; y que además se había prolongado por 100 años más de vida oficialmente republicana, por obra de la independencia de las Tres Garantías; entonces aquellos constituyentes de 1917 sabían con toda claridad qué se necesitaba para construir una verdadera república.
Sabían muy bien que no podría haber una verdadera república, ni real democracia, ni siquiera cabal independencia, mientras la sociedad mexicana tuviera, como decía Justo Sierra, ministro del entonces recién derrocado régimen porfirista, “cuatro quintas partes” de los mexicanos “parias”: sin acceso a un médico en toda su vida, analfabetos, desnutridos, sin poder usar dinero, sin libertad para poder abandonar la hacienda y sin poder trabajar tierra propia.
Por supuesto, esos mexicanos, las cuatro quintas partes, no tenían acceso a la ciudadanía. República de farsa. Era necesario, pues incluir en el articulado constitucional las grandes bases que fundamentaran la ciudadanía real. No por decreto. Sino poniendo las bases sociales: educación universal gratuita y laica, rectoría económica del Estado, liberación de los peones y restitución de las tierras a los campesinos (descendientes de los dueños originarios); derechos laborales elementales; vida pública laica.
Tenían como clara referencia los Sentimientos de la Nación del genial insurgente José María y Morelos de 100 años antes: “que moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, que mejore sus costumbres, alejando la ignorancia, la rapiña y el hurto”.
Treinta años tenemos ahora, en ésta que todavía se llama república en los que los gobiernos en alternancia han estado coordinados en burlar las sabias prevenciones constitucionales y en demoler las bases que sustentaban la república auténtica, e incluso la independencia nacional.
Por eso ha habido necesidad de hablar de un Proyecto Alternativo de Nación y de un cambio verdadero. Nada nuevo bajo el sol. Por eso hay que hablar de regeneración nacional, partiendo de la inspiración del Programa del Partido Liberal, 1906, de los hermanos Flores Magón.
Por eso también el enorme esfuerzo prospectivo de 37 ilustres mexicanos, mujeres y hombres, todos prominentes, que redactaron en 2011 el Nuevo Proyecto de Nación. Por el Renacimiento de México.
Porque nuevamente vemos que quienes hicieron campaña con promesas televisivas fútiles, ahora hacen ya públicas sus verdaderas intenciones entreguistas y abiertamente contrarias a los derechos de la abrumadora mayoría de los mexicanos que se ganan la vida con su esfuerzo personal, fuente de toda riqueza.
No es, pues, un asunto de caudillaje ni de mesianismo. Es la clara aspiración de un pueblo entero, que tiene establecidos por casi un siglo sus acuerdos en lo fundamental.
Distinguidos personajes de la vida nacional plantean hoy, legítimamente, ante las nuevas circunstancias de la sociedad global y de la propia evolución nacional, convocar a un nuevo constituyente que actualice y complete los mecanismos de participación ciudadana (alguno de los cuales, como la revocación de mandato, están planteados desde 1814 por Morelos) y perfeccione los órganos de gobierno republicano.
Como dirían las abuelas, santo y bueno. Pero ello de ninguna manera puede significar el abandono de los grandes principios que sustentan nuestra vida republicana, al menos como aspiración constante hacia la justicia, la equidad, el respeto a los derechos humanos esenciales y a su base material, como fundamentos de la verdadera democracia: (la constitución ecuatoriana les llama “derechos del buen vivir”).
Descalificar a un hombre, o a un grupo humano no permite demoler los grandes valores nacionales. Es vieja práctica del poder oligárquico corromper dirigentes, desacreditarlos, para torcer destinos. Podrían no haber nacido. La Nación debe seguir adelante. Urge un cambio verdadero para construir la verdadera república.
http://jalisco.milenio.com/cdb/doc/impreso/9166250



