18-Abr-2010
La inmaculada percepción
Vianey Esquinca
La beatificación de Michelle

Esta semana la primera dama de Estados Unidos Michelle Obama, esposa de Barack Obama, visitó el país.
A ciencia cierta ningún mexicano de a pie puede explicar el objetivo de su visita, sólo se tiene certeza en que no vino de spring breaker.
Sin embargo, se agradeció que momentáneamente desplazara la atención del caso Paulette (en nombre de la humanidad, que alguien ya resuelva el caso o se convertirá en la investigación más importante, polémica, politizada y larga después de la del asesinato de Luis Donaldo Colosio Murrieta).
Como suele suceder con las primeras damas norteamericanas, Michelle Obama, tuvo un efecto hipnótico en la gente y en los medios de comunicación, prácticamente no hubo crónica, nota o reportaje que no alabara su estilo, simpatía, incluso elegancia, aún cuando en México no lució ni de cerca sus mejores galas.
Efectivamente, las asesoras de imagen y de moda de las primeras damas —por lo menos de aquéllos países donde esta figura es especialmente relevante— recomiendan a sus jefas la ropa de acuerdo al país al que visitan.
La señora Obama lució en México demasiados floreados, estampados, vestidos sin manga y colores muy vivos.
¿Qué le habrán dicho de México? ¿es un país tropical, donde está la Ciudad de la eterna primavera y no debes ir demasiado arreglada para que no se sientan mal?
Indudablemente, la socióloga y abogada es una mujer con enorme carisma, fresca e inteligente, lo cuál incluso fue un problema en la campaña presidencial de su marido, pues los medios estadunidenses varias veces criticaron su falta de tacto con algunas declaraciones.
En México sin embargo, esos atributos fueron destacados, festejados con rabia, parecía después de leer algunos comentarios que el siguiente paso era la beatificación: “canta, baila con los niños”, “sonríe mucho”, “es muy inteligente”, “saluda a todos de mano” (¿cómo esperaban que saludara? ¿con el pie?).
Incluso hubo medios que destacaron el papel de la primera dama mexicana, Margarita Zavala, pero no por sus declaraciones, no porque estuvo a la altura gracias a que es una mujer igualmente inteligente con carrera política propia, sino por su papel como anfitriona de la estadunidense.
La esposa del Presidente Felipe Calderón ya puede recitarle a Michelle Obama: “te quiero no por quien eres, sino por quien soy cuando estoy contigo”.
¿Por qué producen algunas primeras damas, especialmente las norteamericanas, ese efecto hipnótico en los mexicanos y en los medios?
Hay muchas causas, la primera es simple: por envidia.
En México nunca se ha tenido una primera dama de la que todo el mundo hable, que establezca un estilo propio.
Pero ser ícono de la moda y elegancia no se da por generación espontánea.
Michelle Obama no siempre ha tenido el estilo que hoy presume, recibió y recibe consultoría de profesionales, pero cuando en México la esposa del Presidente de la República, Margarita Zavala intentó mejorar su imagen y comenzó a asesorarse, las suspicacias y las críticas no se hicieron esperar, condenando a la panista a ser una primera dama así, normalita, del tipo de ni frío ni caliente, ni caro ni barato, amante de los rebozos y de las cosas simples.
Un segundo punto es que en muchos países que una primera dama brille no es delito ni se castiga con el látigo del desprecio mediático.
En México, si alguna primera dama intenta pasar el frágil hilo de la notoriedad, inmediatamente se lleva la rechifla y es condenada a muerte pública.
A la actual primera dama, le tocó sufrir las consecuencias de haber tenido a Marta Sahagún de antecesora, porque entonces fue condenada a vivir en la sombra.
El enorme potencial que representaba su carrera se ha desaprovechado.
Definitivamente en México, el papel de primera dama es muy complejo.
Los requerimientos ideales son: ser guapa, atractiva, con enorme simpatía, muy bien vestida, inteligente pero discreta, que no quiera inmiscuirse en las decisiones políticas del país pero que sepa y proponga soluciones para los problemas sociales, con un carácter entre japonesa y francesa.
Deseable que sepa cantar y bailar para cuando visite a las escuelas primarias, pueda seguir los números que le preparen los niños.
Candidatas a Primeras Damas: Inútil presentarse sin estos requisitos.