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¿Para qué sirven los botones?

05/19/2012

En un encuentro en Estación palabra en Nuevo Laredo, Elva Macías compartió su afición a coleccionar botones: los viajes entre otras cosas la llevaban a ellos. Además del poema del tren en China con imágenes punzantes, leyó algunos de los poemas reunidos en “De tela y de papel”, exquisita y breve reunión de poemas. Dos temas rondan las páginas del poemario publicado por “Parentalia: la tela y el papel”. Ambos me atañen, me atrapan, por sencillos y necesarios. Porque Elva Macías los coloca en primer plano y rebela la grandeza de su discreta existencia.
Leo a Elva y me parece estar frente a un armario de muchos cajones donde al abrirlos saltan los papeles variados, la retacería o las piezas de costurero que me acercan a la infancia: los hilos, las tijeras, el cojín para los alfileres, la tiza, y el dedal, que siendo mi abuela modista, nos obligaba a usar en sus lecciones de costura. Mi hermana y yo sentadas en el piso en el corredor entre nuestras camas gemelas y mi abuela desde la silla baja, ensartando la aguja y explicando cómo se hace un dobladillo, cómo se pega un botón.
Aquellas lecciones dieron escasos frutos en nosotras niñas de otro tiempo, pero dejaron la honda huella de la paz y la comunión alrededor de la retacería que se transformaba en vestimenta con la aguja y el hilo.
Leo a Elva Macías y vuelvo la luz de la infancia, y las cajas con botones que mi madre tenía en el costurero, vuelve el costurero forrado de mascota que tuve y el deseo de aprender a hacer encaje de bolillo, que se quedó en promesa incumplida pues la abuela murió el mismo año en que nos llevaría a España para comprar ese adminículo de cuadro flamenco. Recuperé los encajes en un libro de cuentos (Nicolasa y los encajes) y no volví a mirar con tal asombro, con tal encanto, las piezas del costurero hasta que los poemas de Macías hicieron de los botones cuentas de joyero. Piezas atesorables. Objetos evocadores, capaces de habitar el poema con aquella prestancia que la poeta le imprime. Los botones que cuelgan son lágrimas de los ojales, según Gómez de la Serna, que ya los había distinguido en esta greguería. No son cualquier cosa. Son piezas de unión a las que el afán humano ha ornamentado para su gozo, para el vuelo del ojo. Pueden ser falsos pero casi siempre necesitan del ojal para ser útiles. Son antiguos y algunas culturas que rechazan lo eléctrico y el zipper no podrían vivir sin su capacidad de cerrar pretinas, empalmar suéteres, detener tirantes. Han sido cómplices de sutilezas como identificar si la prenda es camisa de hombre o blusa de mujer según la orilla a la que estén cosidos. Margaret Atwood dedica en “El asesino ciego” varias páginas a la fábrica de botones que ha dejado de funcionar pues el plástico ha sustituido al hueso, la concha, la madera, el cristal; espacios que dejaron de existir como la Providencia, fábrica de hilos y tejidos, un paraíso perdido y desovillado, a quien Elva Macías dedica un poema. La objetos menudos casi siempre redondos que en su hechura delatan las mudanzas en el tiempo, la prenda a la que servirán: metálicos para los uniformes, perlados para los vestidos de novia. Elva Macías me revela que algunos ocultan su boca tras/la redondez del capullo/que les dio su nombre.
El tono evocador de Elva que recuerda entre versos abotonados su Villa Flores natal, el que se me metió en el ánimo como marca de agua, que me llevó a las sombras vegetales de las noches sin sueño, a las conversaciones deshilvanadas. Al mostrador de la tienda que a duras penas podía alcanzar Elva niña, al juego de botones en el piso, al nombre de las telas, a su textura de nube, a los sueños que provoca un organdí o un bramante. Una cosmogonía telar, donde la tienda es un gran ojo para asomarse al mundo. La tienda de mis padres, las cajas de cartón donde un botón pegado indicaba el contenido, envolver las prendas y mirar a los que entraban con sus noticias del mundo. Para la poeta era un placer despachar papel Manila, estraza, ministro, de china, que de tan cotidianos habíamos dejado de registrar su espesor o transparencia, sus colores y asperezas, hasta que Elva los hizo crujir o deslizarse. Debe ser aquello que tanto le gustaba a la niña en Chiapas: Envolver el alma de las cosas/sobre el frío del cristal, porque como si el poemario fuera un ojal o un botón, nos hemos quedado engarzados. Versos que parecen pasar volando frente a los ojos, como las chicas que ensartan las flores de mayo, las que bailan el Cha cha chá en traje de baño; traslúcidos y precisos como el tejido del bejuco en la silla, detienen nuestro peso y dejan pasar la luz, como si el tiempo fuera un río amable que nos coloca a la otra orilla de uno mismo. Como si el ojal y el botón fueran el alma, y el papel de estraza la piel que los detiene. Quien por un botón, como Vicente el del poema, no quisiera un bocado de cielo. Por eso le pregunto a la autora: ¿Cuántos botones por estos poemas y por ver tu colección?

Cometarios: http://www.monicalavin.com

http://www.ngpuebla.com/node/24004

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