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Las represalias del TLCAN

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Al parecer, Donald Trump sigue en la idea de que su país abandone el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), al que considera perjudicial porque Estados Unidos compra a México más de lo que le vende, con una diferencia de 60 mil millones de dólares anuales. Pero esa cantidad es menos del 10% del déficit de la mayor economía compradora del mundo, que es la estadunidense.

Además, México paga 20 mil millones de dólares de intereses y traslada más de 15 mil millones de utilidades y dividendos. Sin el TLCAN, ese panorama no cambiaría por pura inercia porque ya existe un nuevo nivel de integración económica entre ambos países.

Desde México es necesario hacer un balance del Tratado, pero como parte de la política económica aquí implantada.

Conforme se desgastaban las políticas de economía dirigida y sustitución de importaciones en los años 80, la línea liberalizadora se fue abriendo paso en un marco de inflación, enorme déficit fiscal, crisis de la deuda pública y disminución del ritmo de crecimiento de la economía. La primera gran reforma comercial fue la apertura unilateral de 1990-91. El TLCAN (1994) llegó después de que nuestra economía estaba ya más abierta que la de Estados Unidos.

No debería verse el Tratado como algo aislado. La liberalización buscaba estabilidad macroeconómica mediante el control de la inflación, la reducción del déficit público en términos del PIB y la promoción de la inversión extranjera, todo lo cual estaba relacionado con la apertura comercial. Nada mejor para el neoliberalismo visto desde México que un acuerdo arancelario y de inversiones con Estados Unidos.

Al mismo tiempo, para “adelgazar al Estado”, se llevaron a cabo varias privatizaciones, las cuales fueron atracos a la nación. En México no existe ningún esquema monopólico que no haya sido producto de decisiones de gobierno y no forme parte del esquema del Estado corrupto.

El primer gran tropezón de la nueva política económica fue la crisis de 1994-95 (Salinas-Zedillo), con recesión, inflación de más del 50%, revolución de las tasas de interés y fraudulento rescate bancario que costó a la nación 100 mil millones de dólares, la mayor parte de los cuales se siguen debiendo a los bancos “rescatados” y cuyos intereses se pagan por la vía presupuestal. Aquella crisis fue producto de un modelo de financiamiento, aún vigente, que torna extremadamente vulnerable a la economía mexicana, tal como lo volvimos a observar en 2008-2009 (Calderón-Carstens), cuando el “catarrito” pronosticado por el gobierno era en realidad una fuerte recesión.

Las décadas de política neoliberal arrojaron un ritmo de crecimiento del PIB significativamente menor que en el gran periodo anterior; una mayor desigualdad en el ingreso; una desindustrialización a través de sustituir productos nacionales por importaciones; una concentración de la industria de exportación (300 empresas); una reducción relativa de la producción de alimentos; un estancamiento de la demanda interna con enorme crecimiento de las exportaciones; una concentración donde el 0.12% acapara la mitad de la riqueza individual. En México, hoy existe mayor injusticia social que antes.

Con el TLCAN también se profundizó la concentración geográfica de la producción manufacturera en unas cuantas entidades y ciudades del país, donde los obreros industriales podían obtener salarios mayores, pero en el marco de una disminución salarial nacional. Hoy, el ingreso medio real de los trabajadores es menor que antes del inicio del largo periodo de las crisis sucesivas.

Como consecuencia, existen niveles demasiado desiguales en la productividad del trabajo, de tal forma que ésta es mucho mayor en las manufacturas vinculadas al comercio internacional, mientras la capacidad productiva del resto de la fuerza de trabajo se encuentra relativamente estancada. El resultado es, naturalmente, que se profundiza la desigualdad social aun en el seno de los trabajadores.

México es hoy una sociedad más atomizada, un país de mayores privilegios estructurales, una economía donde la pobreza está más extendida. A esto ha contribuido el programa de liberalización, el modelo de financiamiento basado en el capital parasitario y la estrategia de centrarse en las exportaciones y el TLCAN, todo ello como parte de un plan que prometía progreso.

El tratado puede ser denunciado (abandonado) por Estados Unidos, conforme el artículo 2205, seis meses después de notificar su intención a las otras dos partes, México y Canadá. La cuestión consistirá en la reacción del Congreso estadunidense. Hay que recordar que el Partido Demócrata, en su inmensa mayoría, votó originalmente en contra del TLCAN a pesar de que había sido asumido por William Clinton, quien ya había llegado a la presidencia del país.

En Estados Unidos el tema siempre ha sido analizado de acuerdo con intereses sectoriales. Para algunos, abandonar el tratado sería mal negocio, mientras que para otros sería una oportunidad.

Como economía, Estados Unidos se ha beneficiado más con el TLCAN, no sólo debido a la ampliación de su campo de inversiones sino a que éstas se encuentran aseguradas en México en el marco de un esquema de libertad comercial y financiera. Las ganancias de las compañías estadunidenses, incrementadas por efecto de los menores costos mexicanos, se realizan en gran medida en el mercado de su propio país y pueden reinvertirse o no en México.

La economía norteamericana se ensanchó con el Tratado, mientras que México se ancló mucho más en las relaciones con el norte y selló su suerte a la demanda estadunidense antes de ampliar su mercado interno, diversificar su comercio internacional y elevar su capacidad tecnológica. Algunos pocos se han beneficiado, pero no sólo por el TLCAN sino por toda la política neoliberal, poderosa productora y reproductora de desigualdades y pobreza.

El TLCAN ha brindado represalias. Su ausencia también traería consecuencias. Sin embargo, la suerte de México se encuentra, como siempre, en el terreno de la lucha política donde se habrá de decidir si sigue por el mismo camino neoliberal o se busca una nueva ruta.

http://www.proceso.com.mx/507369/las-represalias-del-tlcan

 

Denise Dresser

Pato priista

Hoy en ciertos sectores del empresariado y las clases acomodadas de México están a punto de erigirle una estatua a José Antonio Meade. Están a un paso de vitorealo, cargarlo en hombros, bautizar un parque con su nombre. El hombre decente, el católico comprometido, el padre de familia. Como escribió Bloomberg sobre él: “Meade es un producto raro en los altos eslabones del gobierno mexicano, un hombre con una reputación de honestidad”. Tecnócrata, trabajador, poco pretencioso. Decente. Y ese perfil de priista potable abre la posibilidad para muchos de volver a votar por el PRI sin sentir remordimiento. Lo harán con la conciencia tranquila, persignándose porque no avalaron a un corrupto.

Pensarán que al menos llegaría a Los Pinos alguien con las manos limpias, la casa modesta, el Prius pequeño. Y en la perspectiva de sus adeptos eso bastaría para hacerlo presidenciable. Es uno de nosotros, dirán los oligarcas empresariales. Protegería nuestros intereses, argumentarán los inversionistas internacionales. No es un ladrón, insistirán miembros de las clases medias. Nos salvará de Andrés Manuel López Obrador, clamarán los que temen el venezolamiento de México. Y a todos los que celebran su supuesta idoneidad se les olvidará lo evidente, lo obvio, lo que lo debería descalificarlo de entrada, o llevar a cuestionamientos indispensables. José Antonio Meade es un priista.

No con credencial, no con militancia, no con cargos de elección popular vía ese partido e incluso fue secretario de Hacienda del panista Felipe Calderón. Es un priista de una forma más esencial, más fundacional. Su priismo es uno de porras, de lealtades, de genuflexión, de ADN, de hacer lo que su presidente le pida aunque vaya en contra de su entrenamiento como economista y su buen juicio como hombre honorable. Basta con ver su cuenta de Twitter, leer sus declaraciones, examinar sus comparecencias. Ahí no está el hombre honesto, el hombre honorable. Ahí está el funcionario priista que oculta las cifras del endeudamiento, que encubre la fragilidad de las finanzas públicas, que omite hablar de las críticas de Standard & Poor’s, que no habla del despilfarro del gasto corriente, que encubre los desvíos multimillonarios de recursos gubernamentales con motivos políticos y electorales, que se presta a manipular cifras y datos para que la gestión de Enrique Peña Nieto parezca mejor de lo que es.

Por eso afirma sin el menor rubor que “México le debe mucho al PRI (…) y su participación activa para evitar pérdidas importantes”. En esa defensa histórica de su partido, Meade borra las heridas infligidas por gobiernos priistas desde al menos 1976. El PRI culpable de crisis, creador de devaluaciones, responsable de sismos financieros sexenales, cómplice de saques sindicales, progenitor del capitalismo de cuates. México le debe al PRI la creación de instituciones y hoy debería reclamarle cómo las pervirtió, hasta llegar a donde estamos hoy. Con una corrupción que se come 9% del PIB. Con un andamiaje institucional que permite y crea incentivos para el enriquecimiento personal vía el erario público. Con un priismo como forma de vida y extracción del botín que corrompe todo lo que toca, incluso a impolutos como Meade.

Porque pensar que un solo hombre bueno puede limpiar la estructura prevaleciente es ingenuo o intelectualmente deshonesto. Limpiar el gobierno requerirá acabar con lo queda del priismo en las venas, en los partidos, en la función pública, en el comportamiento institucional. Y eso transita por preguntarle a Meade por qué cerró los ojos ante el extravío de recursos por parte de gobernadores priistas. Preguntarle cuál es su opinión sobre la permanencia de Raúl Cervantes, el fiscal carnal. Preguntarle sobre los fideicomisos opacos que la Secretaría de Hacienda administra. Preguntarle sobre lo que ‘Animal Político’ llamó ‘La Estafa Maestra’; los 192 millones de dólares canalizados a 11 dependencias federales que desaparecieron. Preguntarle qué piensa sobre Odebrecht y cómo investigar a los señalados, incluyendo Emilio Lozoya y el propio Peña Nieto. Si Meade no provee respuestas satisfactorias sobre estos temas definitorios comprobará que lealtad política mata decencia. Y si parece un pato, nada como un pato, y grazna como un pato, probablemente es un pato. Un pato priista que no puede desconocer el lodazal donde se mantiene a flote.

https://periodicocorreo.com.mx/otras-voces-16-oct-2017/

 

Jesús Silva-Herzog Márquez

 

Rebaños de ocasión

La historia no la escriben los ganadores, ha dicho Javier Garciadiego. La historia la escriben quienes escriben bien. Es el caso de la elección de 1929. No recordamos aquella campaña por los recuerdos de Pascual Ortiz Rubio, ganador oficial de aquella contienda. No es la versión del partido de oficial la que se ha impuesto en el recuerdo público. Recordamos la campaña vasconcelista por las memorias de Vasconcelos, por los testimonios de sus brillantes seguidores, por los relatos de quienes colaboraron con él. La primera elección del partido callista ha quedado registrada como un fraude monumental: el crimen contra un sabio, el más grotesco atropello del anhelo democrático. El historiador ha dado buenos argumentos para desmontar lo que él llama “el mito del fraude electoral” del 29. Más aún, ha sugerido que en aquella disputa electoral, Vasconcelos representaba la nostalgia caudillista, la restauración de una política fundada en personalidades extraordinarias a las que el pueblo tiene el deber patriótico de acompañar hasta el abismo. La apuesta callista, en cambio, implicaba la novedad de un orden institucional. No era, por supuesto, una apuesta democrática ni liberal pero era un intento nada trivial de escapar del caudillismo.

El Partido Nacional Revolucionario simbolizó el proyecto de la institucionalización autoritaria Frente a ella ha habido dos estrategias: la del caudillismo democratizador y la de la institucionalización democrática. Hoy esas alternativas están tan vivas como lo han estado siempre. Por un lado, se abren alternativas políticas fincadas en órganos perdurables y coherentes; por la otra, se prenden entusiasmos que apuestan al personaje redentor.

El impulso caudillista conduce tarde o temprano a la inmolación. Lo supo mejor que nadie en este siglo el fundador el PAN. No puede construirse democracia apostando a la victoria de un hombre. Sólo con instituciones puede transformarse un régimen político. Es importante advertir que el impulso germinal de ese partido fue doble: por una parte, combatir a un régimen antidemocrático; por la otra, rechazar el mesianismo político. El gran mérito de aquel momento es que el adversario era, en buena medida el guía original: José Vasconcelos. El Madero culto representaba una admirable opción civil al militarismo. Y sin embargo, era, la negación del auténtico proyecto pluralista. Vale regresar a la correspondencia entre Gómez Morin y Vasconcelos para advertir la intensidad de una de las grandes polémicas del siglo XX. Una polémica que, por lo que vemos en estos tiempos, conserva urgente actualidad. No son frecuentes en nuestra cultura de ninguneo intercambios de esa altura y de esa claridad. La admiración de Gómez Morin por Vasconcelos no lo corrompe. Porque respeta al maestro, discrepa de él. Tenía muy claro que la causa democrática no era el encumbramiento de un personaje extraordinario, era la formación de organizaciones perdurables y sensatas. Al país le hacían falta ideas, reglas, hábitos; no catapultas para la ambición personal. Nada avanza México si la tarea de la política es simplemente llevar al triunfo a un hombre-“así sea el mejor.”

Decía el chihuahuense que no creía que la política pudiera fincarse en grupos académicos pero tampoco, advertía, en “clubes de suicidas.” Había que abrir el futuro. En la política, el sacrificio por una idea es, frecuentemente, el sacrificio de la idea. Sabía que la sinceridad y la buena intención son un equipamiento insuficiente para la actividad pública. La clave era la organización, es decir, la institucionalización. Ahí donde priva la corrupción es indispensable arraigar los principios, fundar nuevos hábitos, cuidar reglas, nutrir el diálogo. A lo que se oponía era a la política que lo quema todo en toda elección, la política que no tiene más horizonte que la victoria total. Hablaba de los rebaños de ocasión. Si México tuviera, “en vez de rebaño político de ocasión, una organización seriamente establecida, las cosas habrían pasado de muy distinta manera y no se habría perdido para México, en una nueva revuelta y en otros muchos accidentes semejantes, todo lo que se había ganado con anterioridad. Y lo mismo pasará siempre que el triunfo se organice sobre la base de un hombre o sobre la igualmente precaria de un entusiasmo que fundamentalmente nazca de valores negativos.”

Importan las palabras de Gómez Morin para advertir el peligro de la desinstitucionalización de la democracia mexicana. No hemos logrado escapar de la política de ocasión.

 

https://www.elsiglodedurango.com.mx/noticia/912473.rebanos-de-ocasion.html

La República de las letras

Humberto Musacchio

¿Partido de la gente decente?

Tiempos hubo en que los azules se decían miembros del “partido de la gente decente”. Hoy, habiendo quedado atrás la “brega de eternidades” a la que se refería Manuel Gómez Morin, el Partido Acción Nacional ha probado las mieles del poder y los buenos modos están olvidados

 

12 de Octubre de 2017

Con Leonardo Curzio, María Amparo Casar y Ricardo Raphael, por la libertad de expresión.

Hace apenas un mes, Luisa María Calderón, hermana de Felipe, comparó a Ricardo Anaya con Andrés Manuel López Obrador, lo que dentro del panismo constituye una ofensa mayor que otra comparación que también le endilgó la Cocoa al presidente del PAN, a quien equiparó con Adolfo Hitler. Lo anterior, grave para cualquiera, no lo es tanto en Acción Nacional, partido fundado, entre otros personajes, por varios admiradores del führer y propagandistas del régimen nazi.

Doña Luisa María declaró que en el PAN “ya no hay libertad, no hay imparcialidad y no hay certidumbre”. Sin embargo, en varias épocas se marginó o excluyó a quienes defendían opiniones diferentes a las que sostenía la dirección. Baste recordar que a principios de los años sesenta resultaron segregados quienes intentaron convertir al PAN en un partido democristiano, lo que finalmente consumó la dirección auriazul en 1998, precisamente cuando Felipe Calderón encabezaba el Comité Ejecutivo Nacional. Si fuera necesario abundar, está el caso de José Ángel Conchello, expulsado en 1978; el del Foro Doctrinario, con el cual abandonaron el PAN militantes tan distinguidos como José González Torres, Pablo Emilio Madero, Jesús González Schmal, Bernardo Bátiz o Jorge Eugenio Ortiz Gallegos; o, para no ir más lejos, la grosera defenestración de Manuel Espino a manos de Felipe Calderón.

Por su parte, Margarita Zavala se erigió en mentora cuando declaró a Pascal Beltrán del Río que ella le daba “clases de autonomía, de independencia y de oposición” a Ricardo Anaya. El siempre gris José Luis Luege le entró a la cargada contra el líder azul, al que acusó de “autócrata” y de ser “como el Espíritu Santo, como un dios” al que los militantes no pueden ver —¿por odioso?—, pues “está siempre metido en su búnker” y “sin avisarle a nadie aparece con Alejandra Barrales firmando (sic) un frente”.

Fernando Herrera, coordinador de la bancada del PAN, se refirió a la pandilla calderonista como “los corderos del PRI”, pero lo que desató una feroz andanada de improperios fue una declaración de Ernesto Ruffo, quien dijo que con la salida de Margarita Zavala se iba “la pus” (así, en femenino, quizá por consideración de género). El exgobernador de Baja California no fue muy lejos por la respuesta, pues Javier Lozano, siempre dispuesto a embestir, desató la feria de adjetivos (¿o eran sustantivos?) al decir que Anaya era “mentiroso” y “traidor” y que Ruffo venía a ser el “fiscal carnal” del primero “para dejarlo impune de sus excesos y actos de corrupción”.

Salvador Vega, secretario de la Función Pública durante el sexenio calderoniano y hoy senador, llamó a Ruffo “doblemente cobarde. Primero por insultar a una mujer y, segundo, por no tener pantalones”. Luego, dirigiéndose a Ruffo, siguió: “Y si te refieres a nosotros los senadores y quieres hablar de pus, pus chingas a tu madre” (¡ejem!). Por su parte, el también senador Jorge Lavalle le llamó a Ruffo “tipejo” y “patán” e incluso amenazó con llegar a los terrenos del Marqués de Queensberry, pues dijo: “Si te veo en el grupo, no dudes que te meta un madrazo”.

En fin, un espectáculo que refleja fielmente la degradación en que está sumida la política mexicana, al menos gran parte de ella, pues, en Chetumal, el senador y exgobernador priista de Quintana Roo, Félix González Canto, se encontró con Julián Ricalde Magaña, secretario quintanarroense de Desarrollo Social, a quien le asestó una bofetada al tiempo que le gritaba: “¡A mí me respeta, pendejo!”, a lo que el agredido respondió con un “a mí no me pegas”, y le asestó un par de jabs al senador, quien tomó una silla para corresponder al púgil, pero éste se le adelantó para colocarle otro par de golpes en el rostro del exgobernador, quien salió del salón como el caballo blanco del corrido, con la boca sangrando.

En suma, entramos a una época en que las controversias políticas se dirimen con insultos y golpes. Quizá por eso El Bronco, al ir a registrarse como candidato independiente, llevó en su séquito a Julio César Chávez. No fueran a armarse los trompones.

http://www.excelsior.com.mx/opinion/humberto-musacchio/2017/10/12/1194198

 

Buenas y malas razones para ser presidente

El problema de Margarita Zavala es que sigue perteneciendo al calderonismo

Yo no tendría objeción a la candidatura de Margarita Zavala a la presidencia de México si al menos ella supiera para qué quiere regresar a Los Pinos. En más de una ocasión ha dicho que ella no es su marido, Felipe Calderón, quien gobernó al país de 2006 a 2012. Pero tampoco queda claro cuál es la diferencia entre ambos tras casi 30 años de operar como una mancuerna política.

El problema de Zavala es que sigue perteneciendo al calderonismo, un grupo político que, para decirlo rápido, resultó un fracaso al llegar al poder. Hace unos días, ella concedió una entrevista a este diario en la cual aseguraba que había que dejar atrás al PRI de una vez por todas. Curiosa y desmemoriada expresión de su parte, considerando que fue el Gobierno de su marido el que entregó el poder al PRI, tras una deslucida e impotente gestión.

No se trata de anular políticamente a una persona simplemente por ser consorte de alguien. Se trata de que Margarita forma parte de un grupo político que ya estuvo en control de la nave y tiene muy poco que presumir. Sería muy distinto que ella estuviese haciendo campaña a partir de un claro deslinde de todo aquello que no funcionó en el equipo que ahora la apoya. Ni siquiera es que estemos a la vista de un desgajamiento del grupo: son los senadores calderonistas, los exsecretarios de Estado de su marido, quienes la apoyan. O la senadora María Luisa Cocoa Calderón, quien renunció al PAN, tras 41 años de militancia, en solidaridad con su cuñada.

En efecto, no se puede valorar políticamente a una mujer (o a un hombre) por los actos de su consorte, salvo que, como en este caso, se trate de una mujer cuyo poder deriva del apoyo que le ofrece el grupo en el que su marido funge como jefe político. Y en esto no hay misoginia. Exactamente lo mismo podría decirse de un hermano o un hijo apadrinado por la fuerza política del pariente.

Como primera dama, Margarita Zavala construyó una imagen positiva gracias a su presencia discreta y sobria, luego de los protagonismos y excesos de su predecesora, Martha Sahagún. Felipe Calderón mismo fue un presidente relativamente austero y debe agradecérsele que, a diferencia de muchos de sus antecesores, no consideró el patrimonio público un botín personal y de sus amigos.

Las deficiencias de la administración calderonista están en otro lado. Ganó la presidencia mediante la elección más polémica en la historia de México (una diferencia de medio punto porcentual) y entre acusaciones de fraude electoral. En tales condiciones, juzgó que su prioridad era fortalecer su liderazgo y a eso dedicó el resto del sexenio. Alguna vez le pregunté por qué no había profundizado las reformas democráticas para hacer irreversible el fortalecimiento institucional, y respondió que primero tenía que afianzarse en la silla presidencial. Para conseguirlo terminó siendo un remedo de los priistas, pero sin el oficio ni el equipo para conseguirlo. Su gabinete, dominado por jóvenes leales e inexpertos, fue una clara muestra de sus desconfianzas y su cerrazón. La guerra contra el narcotráfico para legitimarse, el debilitamiento de las instituciones democráticas en su afán de ampliar el margen de maniobra presidencial, el encumbramiento de la partidocracia que él favoreció al sentirse dueño del PAN, magros resultados económicos y poca eficiencia administrativa provocaron el fin de la alternancia y el regreso del PRI.

Nada de eso aborda Margarita Zavala. No compite para volver a ser primera dama, ahora quiere ser cabeza de la república. Pero lo hace con las mismas herramientas y la misma plataforma con la que gobernó el jefe político de la fracción que arropa su candidatura. La verdadera defensa de Margarita Zavala a esta acusación no es contraatacar argumentando discriminación de género, como lo ha hecho hasta ahora, sino explicando qué es lo que haría diferente del Gobierno del que formó parte y fracasó hace apenas seis años. Sin ese deslinde, parecería que quiere ser presidenta simplemente para volver a vivir en Los Pinos.

 

https://elpais.com/internacional/2017/10/11/mexico/1507758910_091698.html

Activistas secretos

13/Octubre/2017

Juan Villoro

En 1992 la Unión Soviética iba a ser el país invitado en la Feria del Libro de Frankfurt, pero dejó de existir y los organizadores buscaron un sustituto. Con gusto por la improvisación, México alzó la mano. Algún estratega calculó las dotaciones de mariachis y tequila necesarias para alegrar la fiesta, encontró forma de conseguirlas y decidió que nuestra presentación sería magnífica. Ya no había tiempo para hacer traducciones al alemán, pero esto se consideró un problema menor, pues sólo se trataba de una feria del libro. Tampoco había tiempo para conseguir hotel en la ciudad, de modo que la delegación mexicana fue a dar a un balneario digno de albergar escritores: Schlangenbad, El Baño de las Serpientes.

El inmenso edificio de bóvedas acristaladas parecía suspendido en el tiempo. Salvador Elizondo tomó posesión del bar y en las tertulias contrapunteó las anécdotas con los hielos de su whisky White Horse. Nuestra presencia en la feria tenía una condición fantasmal. En contraste con la URSS, que ya contaba con libros en alemán, no teníamos nada que presentar. Éramos más una secta que una delegación. Esto nos llevó a hablar de las vanguardias clandestinas y Elizondo comentó: “Pertenezco a un grupo tan secreto que no sé si soy miembro o no”.

Años después le conté la anécdota a Roberto Bolaño y él recordó que las vanguardias aprecian los favores del ocultamiento: en las catacumbas se fraguan asombros que sólo deben conocerse al estallar.

Le pregunté si aún deseaba pertenecer a una conspiración y me dio una respuesta casi idéntica a la de Elizondo: “El Grupo Surrealista Clandestino me ha buscado, pero no sé si me ha admitido. Groucho no quería estar en ningún club que lo aceptara. Esta conspiración es mejor: no sabes si te acepta”.

Roberto murió en 2003. No he dejado de recordarlo ni de leerlo y a veces hablo con él en sueños. Como tantos lectores, he creído recibir mensajes “especiales” en sus páginas póstumas. No he podido ser indiferente a la numerología de su más reciente libro, Sepulcros de vaqueros, reunión de espléndidas narraciones inconclusas, que aparece catorce años después de su funeral (siete años más siete, en 2017).

Terminé de leerlo el 7 de octubre, día del cumpleaños de mi madre. Me encontraba en Perugia, donde una camarera ecuatoriana me recomendó un locutorio para hacer llamadas baratas. Fui ahí para felicitar a mi madre y me tocó la cabina 7. La conversación se alargó porque también mi hermana Carmen estaba en casa y quería plantearme “un asunto”. Me puse nervioso por una razón indescifrable y le pedí que me explicara eso más tarde, por correo electrónico. Al colgar, sonó el teléfono. Descolgué maquinalmente. “¿Estás ahí?”, dijo una voz en español, con leve acento francés. “Sí”. Pensé que se trataba de una broma. El hiperinformado Philippe Ollé-Laprune era capaz de dar conmigo. La voz se parecía a la suya, pero no era la misma. Aun así pregunté: “¿Philippe?”. “El Grupo Surrealista Clandestino no usa nombres. Estamos desactivando la razón. ¡Desenterramos a Dalí y toda Cataluña se volvió surrealista! Los locos dominan el mundo, vamos al apocalipsis feliz”. Entonces ocurrió lo más extraño: “Gracias por lo que has hecho”. Luego, la comunicación se cortó.

Fui a la recepción y pregunté si podían rastrear la llamada. “Número desconocido”, dijo el árabe que atendía el lugar.

Supuse que alguien quería comunicarse con otra persona que hablaba español y por accidente lo habían enlazado conmigo. La situación era demasiado elaborada para tratarse de una broma. Le mandé un mail a Philippe para checar su estado de ánimo. Contestó con melancolía que acababa de cumplir 55 años. No me pareció dispuesto a hacer chistes surrealistas transoceánicos.

Renuncié a buscar una explicación ortodoxa para la confusión y preferí extraer de ahí una enseñanza. Si acepto que la loca llamada era para mí, me veo obligado a considerar que nos relacionamos con personas que tal vez conformen un “grupo”, sin saber si nos admiten o no en su círculo. ¿Participamos en un plan que nos excede? ¿Somos azarosos activistas de una ignorada estrategia? ¿El mundo empeora por una conspiración de la que formamos parte sin saberlo?

“Gracias por lo que has hecho”, la frase volvió a mí, con el filo corrosivo del misterio y del aprecio que no quieres recibir.

http://www.criteriohidalgo.com/a-criterio/activistas-secretos

 

 

11 de octubre, Día Internacional de la Niña

CAUSAS Y AZARES

El próximo 11 de octubre, como desde hace cinco años por disposición de la ONU, se conmemorará el Día Internacional de la Niña. Enhorabuena que se dedique una fecha para difundir los derechos de las niñas y los riesgos que afrontan, así como para impulsar políticas públicas en su beneficio.

No es sólo que lo merezcan, es que, desafortunadamente, lo necesitan. Las condiciones adversas en las que viven su infancia millones de ellas y los crecientes delitos que se cometen en su contra hacen imprescindible que la sociedad entera asuma su responsabilidad por el bienestar, la protección y el desarrollo de las niñas, uno de los grupos más frágiles y vulnerables, especialmente en algunos países.

Según estimaciones de la ONU, las mujeres menores de 16 años son víctimas de la mitad de las agresiones sexuales; y cada siete segundos una niña menor de 15 años es obligada a casarse en algún lugar del mundo. ¿Y cómo puede ser que la pornografía infantil sea uno de los negocios más lucrativos con ganancias que se estiman en siete mil millones de dólares anuales?

Lamentablemente en México la violencia sexual sigue una tendencia al alza: de 2015 a 2016 se registró un incremento de nueve por ciento (de 27 mil a 30 mil denuncias) y al parecer en 2017 el aumento volverá a ser similar.

De acuerdo con datos del Registro Nacional de Personas Extraviadas o Desaparecidas y de la Red por los Derechos de la Infancia en México, entre 2006 y 2014 se registraron 25 mil 821 personas desaparecidas, de las que 30 por ciento corresponde a menores de edad y, de éste, 80 por ciento a niñas.

La OCDE afirma que entre sus países miembros, México ocupa el primer lugar en abuso sexual, violencia física y homicidios de menores de 14 años, en tanto que un informe del Senado establece que México ocupa el primer lugar en difusión de pornografía infantil y la Policía Federal señala que la explotación sexual de niñas, niños y adolescentes a través de Internet ocupa el tercer lugar en los delitos cibernéticos.

Estos datos y la frecuencia con la que los medios dan cuenta de abusos sexuales y homicidios en contra de niñas/adolescentes son sobradamente suficientes para que su protección tenga carácter de urgente. ¿O qué debe ocurrir para que sociedad y gobierno extremen sus esfuerzos en este sentido?

La conmemoración del 11 de octubre debe significarse por impulsar un relanzamiento de políticas públicas para proteger a las niñas, asegurar su bienestar y desarrollo y acabar con la impunidad de quienes las agreden.

Es inaplazable llevar a cabo la homogenización del marco legal respectivo en todo el país y armonizarlo con los tratados internacionales que México ha ratificado con relación a los derechos de la infancia, trabajo infantil, prostitución infantil, utilización de niñas y niños en pornografía, y trata de personas, porque la actual disparidad normativa es caótica y obstáculo para la procuración y administración de justicia.

Cada vez está más cerca el año 2030 y parece lejano todavía el cumplimiento de los Objetivos del Desarrollo Sostenible, que aspiran a eliminar la violencia contra las mujeres y las niñas. No puede ser lento el avance cuando el delito va de prisa.

 

https://www.razon.com.mx/11-octubre-dia-internacional-la-nina/