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El avistamiento de la Casa de los Ladrones

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CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– A ése hay que hacerle como a Saddam Hussein –dice el señor cano justo atrás de mí.

Desde hace veinte o treinta minutos estamos haciendo fila para entrar a Los Pinos y, para matar el tiempo, no tenemos más que revisar con detalle las estatuas de los expresidentes de México. Su fantasía de amarrar una y jalar y jalar hasta tirarla se la despertó un Carlos Salinas de Gortari cuya mano atenaza con angustia un libro con las palabras “Solidaridad” y “TLC”. Y es que la apertura al público del espacio donde vivieron los presidentes de México encarna una mezcla plebeya entre morbo, turismo, toma de posesión, evocación de los daños que nos hicieron. Todo ello se agolpa con el sol a plomo en la Calzada de los Presidentes, pero nadie se mueve, muy pocos se toman fotos con su estatua favorita, y la espera se hace repaso de los abusos sexenales.

Las estatuas sugieren la crítica: Díaz Ordaz tiene la mano tendida; Echeverría carga un portafolios; López Portillo golpea con el puño el remate de una columna dórica; Vicente Fox tiene de la mano a una niña indígena que, a su vez, carga con una tableta electrónica. Están ahí por una idea del jefe del Estado Mayor Presidencial de López Portillo –el general Miguel Ángel Godínez–, quien encargó a escultores que de otra forma hubieran seguido amoldando toros, caballos o los mismísimos “espárragos” del Monumento a los Niños Héroes. La gente mira hacia sus pedestales y lee en voz baja el nombre y los años de gobierno; casi siempre lo que sigue es un suspiro. De pronto, un civil pasa informando:

–Los de la tercera, pueden pasar sin hacer cola –dice, refiriéndose a los mayores de 60 años.

–¿Y los de la cuarta? –grita un entusiasta de la transformación anunciada por Andrés Manuel López Obrador desde antes de asumir como presidente.

La mitad de los escuchas se ríen; la otra mitad no entendió. Lo democrático es una fila en el rayo del sol. Lo civil es tomarlo como un día de paseo por una parte del Bosque de Chapultepec que no hemos visto nunca. En la entrada de Los Pinos los mensajes chocan: mientras hay un: “Pueblo de México, bienvenido a Los Pinos”; también hay un lema del Estado Mayor Presidencial amenazante que recuerda las represiones políticas, las desapariciones, las masacres: “Al presidente nadie lo toca”.

–Aquí estaba el nidito de los militares –va diciendo una señora hacia el bebé en la carriola que empuja al pasar por los cañones de la defensa contra la invasión norteamericana.

–El Estado “Matón” Presidencial –bromea un probable profesor de la Metropolitana de Xochimilco.

Me acuerdo entonces de aquella crónica de Martín Luis Guzmán cuando villistas y zapatistas entran al Palacio Nacional. Las diferencias son sumarias: no somos revolucionarios, sino ciudadanos; entramos, si acaso, por la fuerza de nuestros votos y los únicos armados aquí son de la Policía Militar. De hecho, hay un detector de metales por si a alguien se le ocurriera pasar un revólver. En cuanto subimos la escalera de la casa fundada por uno de los más corruptos presidentes, Miguel Alemán –quien ideó la complicidad entre empresarios y políticos mediante la adjudicación de obra pública–, se abre el espacio del mármol blanco, el inevitable candelabro de cristal cortado, los herrajes de una escalera sinuosa que es calificada, de inmediato, como:

–Sácate una foto de final de telenovela.

Ahí mismo, en esa escalinata vagamente neoclásica y alemanista, fue que la primera dama del hoy expresidente Peña Nieto, La Gaviota, posó para un estudio fotográfico de la revista de modas Marie Claire. El 1 de diciembre, ahí mismo, en esa misma escalera resbalosa, el fotógrafo José Ignacio de Alba retrató a una familia campesina que venía desde Acapulco sólo para conocer el mármol. Pero calza todavía lo dispar entre nosotros y la casa presidencial que describió Martín Luis Guzmán en El águila y la serpiente, entre el Eulalio Gutiérrez y los recién llegados a Palacio Nacional:

“Había en el modo como su zapato pisaba la alfombra una incompatibilidad entre alfombra y zapato; en la manera como su mano se apoyaba en la barandilla, una incompatibilidad entre barandilla y mano… ‘Aquí –nos decía– es donde los del gobierno platican’, ‘Aquí es donde los del gobierno bailan’, ‘Aquí es donde los del gobierno cenan’. Se comprendía a leguas que nosotros, para él, nunca habíamos sabido lo que era estar bajo un techo ni teníamos la menor noción del uso a que se destinan un sofá, una consola, un estrado; en consecuencia, nos ilustraba. Y todo iba diciéndolo en tono de tal sencillez, que a mí me producía verdadera ternura. Ante la silla presidencial declaró con acento de triunfo, con acento cercano al éxtasis: ‘¡Ésta es la silla!’. Y luego, en un rapto de candor envidiable, añadió: ‘Desde que estoy aquí, vengo a ver esta silla todos los días, para irme acostumbrando. Porque, afigúrense nomás: antes siempre había creído que la silla presidencial era una silla de montar’.”

Ahora, no somos el contingente alzado en armas que irrumpe en una casa con techo y sillones. De hecho, es al revés: los ciudadanos formados en fila india testificamos el despojo: no hay casi muebles, uno o dos cuadros, puras paredes pelonas. Un letrero se repite con monótono extrañamiento: “Recámaras familiares. Así nos las entregaron; “Despacho del presidente de la República. Así nos lo entregaron”. Es el comentario contundente de un gobierno al que le vaciaron la casa presidencial como si la hubieran asaltado. Aquí el asalto no es el de nosotros, sino el de los funcionarios presidenciales.

–¿Dónde está lo ostentoso? –se pregunta un señor clasemediero que no concibe el lujo de los millonarios saqueadores más que como una versión de lo exótico.

Los datos revelan lo que no vemos al entrar: sólo Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto gastaron aquí 3 mil millones a través de mil 638 contratos a proveedores. ¿Quién se llevó los cubiertos de plata y vajillas de boutique que nos costaron a todos 28 millones 560 mil pesos? ¿Dónde se almacenaron los 40 millones de vinos y licores? ¿Quién consumió los 7 millones y medio de “abarrotes gourmet” que sólo en 2013 Peña compró con presupuesto público? ¿Qué pariente se quedó con el medio millón de manteles finos que Calderón mandó comprar con dinero público? ¿Y por qué se aseguró a Los Pinos contra incendios con la empresa Atlas, del Grupo México, cuyo dueño es –para quien busca comparaciones históricas de tres al bolillo– nieto de Plutarco Elías Calles y quien, además, fina persona, ordenó a sus trabajadores a no votar por López Obrador? ¿Dónde –se pregunta el cronista, ya más metafísico– quedó la alegría presupuestal de las fiestas de los Calderón y la hija Sofía Castro Rivera que vimos en las revistas de farándula, pero no en las facturas del Instituto que Peña Nieto creyó que se llamaba “de Información y Acceso a la Opinión Pública”? ¿Dónde quedó la adjudicación directa del júbilo a los invitados secretos del reiterado convite sexenal?

Basta el ejercicio de poner las fotos de Ricas y famosas de Daniela Rossell (2002) en estos salones vacíos, en estos pasillos sin luz, en este comedor con 28 sillas y balcón para salir a fumar con vista a Los Pinos que sembró el general Lázaro Cárdenas. Los vestidos entallados con impresión de cebra, los trajes a la medida y los whiskeys de 50 años, el cantante de moda escoltado por el Estado Mayor. Los platillos saliendo de esta cocina de acero inoxidable, los víveres “gourmet” de la alacena de pared a pared, las cobijas con brocados.

–Aquí es donde a La Gaviota le daban lo que dice Paco Ignacio Taibo II, comenta un señor ya mayor. Algunas personas voltean y lo reprueban con la mirada, luego se alejan hacia otro de los balcones, el que da a una palmera donde se alcanza a ver la larga fila de quienes vienen al avistamiento de Los Pinos como si fuera un nuevo planeta, un Plutón que duró, como la Presidencia monárquica, desde los treinta hasta 2006. En efecto, avanzamos hacia la casa de un presidencialismo derruido que minó el suelo bajo sus pies. Perdiendo altura desde Cárdenas hasta Peña Nieto, desde el reparto agrario y la nacionalización del petróleo hasta los negocios a cambio de una casa en Las Lomas, la Presidencia de la República como algo que encarna la soberanía del Estado Mexicano se transformó en picaresca, banalidad, vulgaridad. Echeverría y su sala de cine donde proyectaba las filmaciones de sus matanzas. El llamado “bunker” de Calderón ya despojado del anunciado “centro digital” al que sólo le dejaron unas pantallas de televisión de hace una década.

Pero no deja de asombrar lo clara que aquí resulta su metáfora: la Calzada de los Presidentes, llena de asesinos, rateros, y sociópatas, se cruza con El Paseo de la Democracia. Aquí la solución parece trivial: les hicimos fraude electoral, los golpeamos, los encarcelamos, pero les hicimos su estatua. Al lado de José Vasconcelos, se enfilan Heberto Castillo, Salvador Nava, Manuel Clouthier. Los expresidentes y los opositores reprimidos se cruzan escoltados por pinos, soldados; y las estudiantes de la UNAM que se preguntan, como todos, hacia dónde queda el metro.

Ahora recorremos esta historia nosotros, los que nunca fuimos partícipes de la elección de los presidentes y sus sustitutos que anunciaba Fidel Velázquez a nombre de los obreros, del Partido y de la Nación. Los que, en su mayoría, se abisman ante los rostros de Heberto o de Nava. Estamos aquí, en un lugar sin baños públicos, sin muebles que ver, sin más atracción turística que hacerse un autorretrato en la escalera. Y, por aquello, por contraste, es que recuerdo una escena de Gringo viejo de Carlos Fuentes. Las tropas del villista Tomás Arroyo entran al salón de recepciones de la hacienda de los Miranda, de la que el revolucionario es hijo bastardo. En el salón encuentran, por primera vez, espejos que los reflejan de cuerpo entero. Las soldaderas y los revolucionarios, empolvados por los viajes arriba de los trenes, enlodados por las cabalgatas, llenos de hollín y de una mugre de siglos, se miran en los espejos y giran como para cerciorarse de que sí son ellos. “Mira, eres tú”, le dice un villista al otro. “Soy yo”, le responde el otro, maravillado. “Somos nosotros”, se dicen sin creérselo.

Aquí no hay espejos que nos reflejen. Son los teléfonos celulares y las selfies las que hacen las veces de esa impresión del “nosotros”. Una señora, con cierta dignidad, se pone en el centro de un círculo del vestíbulo de la casa presidencial y le pide a su marido que le tome una foto desde lo alto de la escalera. Y levanta el puño izquierdo.

Pero la otra imagen es la del nosotros como espectadores en la fila india. Somos los ciudadanos mirando el vacío del lugar. Somos los que, abismados, verificamos el nivel del despojo del que fuimos las últimas víctimas. Al menos, las últimas inconscientes.

https://www.proceso.com.mx/563860/el-avistamiento-de-la-casa-de-los-ladrones

 

 

Jesús Silva-Herzog Márquez

De autonomías

 

La democracia se alimenta de la sospecha. También se nutre de esperanzas, por supuesto, pero en el recelo encuentra su equilibrio. Las instituciones que desentonan de la voluntad mayoritaria son tan importantes como aquellas que pretenden expresarla. La democracia está en el voto que constituye gobierno y en las muchas instituciones y prácticas que lo restringen y vigilan. El brillante politólogo francés Pierre Rosanvallon ha propuesto un término para nombrar esa política de desconfianza. “Contrademocracia” llama, no a lo contrario a la democracia, sino al complejo de resistencias que se configuran en un régimen pluralista en contra del poder de los elegidos. Instituciones de vigilancia y de denuncia, instancias arbitrales, medios que develan los secretos, órganos técnicos diseñados para actuar con independencia de la presión popular. La democracia, a pesar de lo que dicen los demagogos, no supone, en modo alguno, confianza en la infalibilidad del pueblo o de institución alguna. En democracia se cree y se duda, se afirma y se refuta.

Arremeter contra los órganos de la desconfianza es debilitar equilibrios esenciales. Resulta preocupante el embate de la nueva política a esos órganos de la suspicacia. El cambio electoral de julio sería, a juicio de la nueva clase política, una instrucción a todos los órganos del poder para seguir la guía del presidente de la república y para abrazar su proyecto. ¿No se han dado cuenta de que el país ya cambió políticamente?, preguntan insistentemente. Insinúan que todos deben alinearse. Esta visión unitaria de la política desconoce el aporte de quienes no siguen instrucciones del votante. La máquina democrática exige que las piezas estén enfrentadas persiguiendo propósitos distintos, defendiendo intereses contradictorios. No lo entienden así los nuevos jerarcas. Para el presidente, los órganos autónomos no son más que burocracias privilegiadas, estorbos a la clara voluntad del pueblo. Gastos inútiles. A su juicio, estaríamos mejor sin ellos. Tiene razón, sin duda, cuando advierte excesos en salarios y prestaciones de sus titulares. Acierta al denunciar el gigantismo de algunos. Seguramente se pueden encontrar formas para adelgazarlas y hacer más eficiente su actuación. Pero se trata de órganos indispensables que nos proveen de información valiosa, que pueden activar alarmas necesarias, que pueden denunciar desviaciones peligrosas, que pueden corregir errores. Debilitar estos órganos que han aparecido en la última generación es perder reflejos para actuar, es arrancarnos ojos, amputarnos brazos. Insisto: hay espacio para la reforma, para la compactación de instituciones que crecieron desmedidamente. Pero no podemos darnos el lujo de vivir sin ellas.

La primera víctima de esa fobia contra las autonomías será, al parecer, el instituto de evaluación educativa. La propuesta de reforma, diseñada ostensiblemente para congraciarse con los sindicatos, entrega a los dueños de la representación otro obsequio: el cadáver de un órgano que, con independencia de la administración y del gremio, podía presentar reportes oficiales sobre los resultados de la política educativa. Si la funesta iniciativa de reforma constitucional propuesta es aprobada, habremos perdido, además de los mecanismos de mérito para la selección y promoción de los maestros, una instancia oficial confiable que nos permitía medirle el pulso a la educación. La oficina que se creará en sustitución de ese órgano estará supeditada a los cálculos y los intereses del poder. El feo nombre que se propone para designarla anticipa el sentido de sus trabajos: se trata de presentar estudios que ayuden a mejorar la autoestima de los trabajadores y a promover su imagen pública. Se entiende que nada que los ofenda merece salir a la luz. “Jamás otra campaña de desprestigio contra los maestros,” ha dicho enfáticamente el presidente. La instrucción con la que nace el instituto para la revalorización el magisterio es clara, ningún reporte, ningún estudio, ningún registro que vaya en contra de su prestigio. Y si aparece alguna información políticamente contraproducente, habrá, por supuesto, que callarla. Si se descubre una información amarga, a dulcificarla para no incomodar a nadie. Nada que lastime la sensibilidad de los maestros. Perdimos un instituto autónomo. Se nos ofrece, en remplazo, una agencia de publicidad de los sindicatos.

https://www.elsiglodedurango.com.mx/noticia/1014706.de-autonomias.html

 

 

Denise Dresser

México mágico

Un presupuesto es un mapa de ruta del gobierno. Es su cartografía, los caminos por los cuales andará, los destinos que ansía. Y el presentado por AMLO está lleno de añoranza. Nostalgia por el país que fue, nostalgia por un pasado idílico en el cual todo era más sencillo, en el cual todo era mejor. Ese México mágico del cardenismo y el lopezmateísmo y el echeverrismo. Ese México del Estado intervencionista y el sistema presidencialista y el partido hegemónico y el petróleo como fuente de orgullo nacional. Las cifras presentadas y las partidas designadas arman una narrativa nacional en la cual hay un deseo evidente de ensalzar al pasado, hacerlo presente. Hay una clara intención de redistribuir pero también controlar, repartir pero también centralizar, compensar pero también corporativizar. El presupuesto presentado no está pensado para el país que podríamos ser, sino para el país que fuimos. Es una máquina del tiempo diseñada para regresar al siglo XX no para triunfar en el siglo XXI. No es un video sino un daguerrotipo.

El “New Deal” de Roosevelt ahora resucitado en la 4T de López Obrador y con objetivos similares, muchos de ellos loables. Alivio para los pobres, atención para los vulnerables, la intervención del Estado para corregir los defectos del mercado. Eso explica tanto los recortes como los aumentos. Después de tantos años de concentración de la riqueza se aplaude cualquier esfuerzo para distribuirla mejor. El presupuesto sacude, cimbra, cambia prioridades. Crea redes de seguridad social donde no las había, recupera el énfasis en la justicia social, cambia el modelo instrumentado desde los ochentas, reorientándolo. Pero en muchos sentidos, el camino no pavimenta el camino hacia adelante, sino hacia atrás. La mirada es retrospectiva, y el pasado se vuelve un prisma a través del cual AMLO se mira a sí mismo y se construye a sí mismo. Cárdenas calcado. Un Benemérito Benevolente.

Examinar el presupuesto es como hojear un álbum de fotos viejas, descoloridas. Ahí están los colores sepias, los paisajes bucólicos del Tren Maya, la refinería de Dos Bocas, la ceremonia a la Madre Tierra, solicitando su anuencia para el proyecto de infraestructura más ambicioso del sexenio. Ahí está el Tata Lázaro, rescatando a la industria petrolera con la frente en alto. Ahí está el Ogro filantrópico en el que se fueron convirtiendo los gobiernos post-revolucionarios distribuyendo dinero a manos llenas, repartiendo recursos a quienes más lo necesitan, pero también construyendo clientelas por doquier. Poco énfasis en el crecimiento, mucho énfasis en la redistribución. Poco compromiso con los contrapesos al poder, mucho esfuerzo para centralizarlo. Poco interés en el medio ambiente, mucho interés en la re-petrolización. Poco hincapié en la transparencia, mucho mantenimiento de la discrecionalidad. El pasado como preludio.

Por eso los órdenes de magnitud y las diferencias de un rubro a otro son estratosféricos. El programa de pensiones costará 110 veces más de lo destinado a la Secretaría de la Función Pública. A Secretarías que reparten, como la del Trabajo y del Bienestar, se les premia y a otras como Cultura y Salud se les castiga. A la Sedena se le dan aumentos importantes, mientras que a ciencia, tecnología y Pymes se les imponen recortes significativos. El mensaje no podría ser más claro: aquí manda el Ejecutivo con pocas constricciones, ahora regresamos al papel central del Estado y al papel subsidiario del sector privado, más que innovación habrá reconstrucción. A los estados no se les va a apoyar, se les va a ahorcar. A los militares no se les va a vigilar, se les va a empoderar. Habrá dinero para las Fuerzas Armadas pero no para los jueces. Habrá recursos para financiar a los soldados pero no a los fiscales. Habrá recursos para promocionar al gobierno pero no para supervisarlo.

La apuesta del presupuesto parece ser el orden por encima de la justicia; el populismo penal por encima de la modernización del sistema policial; la mano punitiva del Estado acompañada de la mano caritativa del Estado. Como en los tiempos del viejo PRI. El México idealizado de ayer, presentado como el México transformado de mañana. El paraíso perdido, ahora recuperado. Pero es una visión nostálgica que difícilmente producirá trampolines para la prosperidad de los mexicanos. Los mantendrá como rehenes de un pueblo mágico.

 

https://www.elsiglodedurango.com.mx/noticia/1014709.mexico-magico.html

El articulista

El articulista

 

Mi Amigo vive en un país lejano. Lo menciono con mayúscula porque mi respeto supera a la confianza. Es un modelo a seguir, entre otras cosas porque no se considera un modelo.

Le pedí permiso para acompañarlo durante una semana. Quería saber cómo escribe artículos en una sociedad polarizada. “Te enterarás de muy poco”, dijo con sequedad.

Sus vecinos saben quién es. La señora del Uno dejó de hablarle porque escribió un texto sobre una mujer tan amargada que cuando fue al banco pensaron que depositaría un rencor. Aunque él se inspiró en otra persona, ella se sintió retratada.

En la Planta Baja vive un joven que aprendió a leer con los cuentos infantiles de mi Amigo. Le tiene cariño por eso, pero no está de acuerdo con sus artículos políticos.

En el piso Superior vive una chica que da clases en una primaria donde lee los cuentos de mi Amigo. Le tiene cariño por eso, pero tampoco está de acuerdo con sus artículos políticos.

Las opiniones del país se encuentran divididas. Unos quieren que se convierta en un nuevo país y otros que vuelva a ser el país que ya dejó de ser. El joven pertenece a un bando y la chica al otro. Mi Amigo vive a mitad del edificio y opina lo siguiente: “La verdad es el hueco entre dos sillas”. Unos lo consideran Conservador, otros Radical. Como las ideas cambian, los que antes lo juzgaron Conservador ahora lo acusan de Radical.

Él vive en compañía de un gato que puede ser Conservador o Radical. Según el caso, se orina dentro o fuera del arenero.

Una tarde lo acompañé en su ronda para “pescar ideas”. Antes de salir se puso los zapatos que más le aprietan: “La incomodidad ayuda a estar atento”, explicó. En la calle, unos lo vieron con la sorpresa de que una leyenda siguiera viva y otros con la indiferencia que se concede a un lugar común. Él mantenía la mano en su bolsillo derecho, donde movía los dedos. Le pregunté qué llevaba ahí y sacó tres garbanzos: “El hombre piensa porque tiene manos”, citó a un clásico, y añadió algo de su cosecha: “Hay que distraer las manos para pensar en otra cosa”.

Hace poco escribió un “Elogio de la azotea”, que tuvo una consecuencia interesante. El joven de la Planta Baja subió por primera vez al techo sembrado de antenas. Ahí se topó con la chica del Superior, que fuma en ese sitio mientras mira atardeceres. Poco después mi Amigo publicó un “Elogio del sótano”. En ese espacio, el joven de la Planta Baja ha improvisado una cava. La chica del Superior bajó a conocer el vientre secreto del inmueble y se quedó atrapada. Fue liberada por el joven que llegaba con una botella de tempranillo (la descorchó de inmediato para mitigar el susto de la chica).

Durante mi estancia, el Amigo impartió una conferencia en el Ateneo de la ciudad sobre “Ajedrez y literatura”. Sus conocimientos del deporte-ciencia le acarrean admiraciones, pero también denuestos. Si alguien no está de acuerdo con él, le grita: “¡ajedrecista!”, como si se tratara de un insulto.

Durante hora y media, mi Amigo reprodujo de memoria célebres partidas y habló con autoridad de Nabokov, Zweig y otros autores. Luego vinieron las preguntas. Un par de reporteros quisieron saber qué pensaba del país. Él valoró las dos culturas que sueñan países distintos. Al día siguiente, la prensa no comentó su conferencia. Un periódico dijo que le daba miedo el cambio y otro que quería desesperadamente un cambio. En la calle volvieron a gritarle “¡ajedrecista!”.

Esa noche fuimos a una tertulia con sus amigos de toda la vida, unos sordos, otros distraídos, la mayoría resfriados. Ninguno le preguntó por sus textos y eso pareció sentarle bien.

El Amigo no usa elevador porque detesta “las cajas que se mueven”. El miércoles coincidimos en la escalera con el joven de la Planta Baja, que lamentó las declaraciones de mi Amigo leídas en un diario que detesta, y sugirió: “Mejor escriba de la azotea”. El jueves, la chica del Superior, que sostenía el periódico rival, comentó con una sonrisa: “Usted es incorregible”. Luego, agradeció que hubiera escrito del sótano.

Mi Amigo concluyó su columna semanal sin que yo conociera el contenido. Destapó una botella y abrió la ventana del balcón. Entonces oímos los inconfundibles murmullos de dos cuerpos que se unen.

“Mi artículo”, el Amigo alzó su copa.

La noche caía en el país dividido.

Mientras tanto, un cuerpo afinaba los sonidos de otro cuerpo.


https://www.etcetera.com.mx/opinion/el-articulista-por-juan-villoro-opinion/

 

 

La República de las letras

Humberto Musacchio

El buen juez, por su casa empieza

Andrés Manuel López Obrador se tropezó con una piedra puesta por sus antecesores. Las altas percepciones de la burocracia dorada no podrán disminuirse, al menos no fácilmente, pues los beneficiarios de tal injusticia defenderán —están defendiendo—con garras y dientes el botín heredado

13 de Diciembre de 2018

 

La Suprema Corte, erigida en juez y parte, se dispone a mantener sus privilegios y los de todos cuantos reciben fortunas que superan hasta seis veces lo que gana el actual Presidente de la República. No es un asunto menor. Lo que está en juego es la preservación de un orden injusto y aberrante al que no renunciarán sus beneficiarios.

En el origen de las actuales percepciones de la llamada burocracia fifí estuvo el interés de sucesivos mandatarios, que de esa manera ganaban la complicidad de los opulentos ministros y magistrados, receta que luego se extendió al Instituto Federal Electoral (hoy Nacional) para que legalizara los fraudes al grito de “haiga sido como haiga sido”.

Luego, con la creación de múltiples organismos “autónomos”, se extendió el otorgamiento de dinerales a sus integrantes que, como en el caso del INAI (Instituto Nacional de Acceso a la Información), convalidaban el ocultamiento de la corrupción, como fue el caso de Odebrecht y otros menos sonados.

Dentro de esa línea de contubernios, está el disimulo de la “justicia” ante los gobernadores ladrones, cuando no su abierta protección en clara complicidad con los depredadores. Una muestra, apenas una, es el reciente fallo del Juzgado Décimo de Distrito en Materia Administrativa de la Ciudad de México, que ordenó suspender una exposición de las tropelías del exgobernador de Chihuahua, César Duarte, arguyendo que se viola la presunción de inocencia. Para el caso, poco importa que el acusado se haya comprado un banco a mitad de su gestión o que su gobierno fuera el canal por el que circulaban inmensas cantidades de dinero que iban a parar a las campañas del PRI.

Desde luego, hay juzgadores honestos, dignos del mayor respeto, pero ante la percepción pública constituyen la excepción, no la regla, pues cualquiera sabe que en México la justicia tiene precio, o precios, pues las tarifas suelen ser variables según el caso y la categoría de cada burócrata. Conseguir una cita con el juez o el secretario, obtener copia de un expediente, enterarse oportunamente de algo relacionado con el desarrollo de un juicio, para no hablar de las sentencias, requiere aceitar la maquinaria judicial con gruesas sumas de dinero.

Esa visión no es únicamente de los críticos de nuestro sistema de impartición de justicia: “No podemos negar que existe actualmente en la sociedad una percepción generalizada de falta de independencia, corrupción y derroche en el Poder Judicial de la Federación”, dice Arturo Zaldívar, ministro en funciones de la Corte y aspirante a presidirla.

Lamentablemente, otra vez Luis Raúl González Pérez hace declaraciones que ponen en entredicho su papel de defensor de los derechos humanos, pues defiende los privilegios con el falaz argumento de que el necesario ajuste de ingresos significa precarizar y debilitar el servicio público, cuando, pese a las percepciones faraónicas de los juzgadores, la inoperancia del sistema judicial llega a niveles alarmantes, pues, de cada cien delitos que se cometen en México, sólo se persigue el 11% y menos de 2% de los casos llega a la última instancia; cuando, por lo menos, 30% de los mexicanos en prisión espera sentencia, a veces durante años; cuando entre esos presos hay no pocos inocentes que, por la pachorra de los jueces, purgan una sentencia inmerecida.

Por supuesto, es explicable que los legisladores del PRI y del PAN se lancen contra el tope al ingreso de los servidores públicos. Los integrantes de ambos partidos han sido usufructuarios del reparto de canonjías y ahora tienen que defenderlas, y lo hacen de acuerdo con los ministros de la tremenda corte.

No casualmente, Ricardo Monreal declaró que los ministros Alberto Pérez Dayán y Jorge Pardo Rebolledo habrían ayudado a los panistas y priistas para redactar la impugnación contra el tope a los ingresos. Los aludidos lo negaron, pero lo publicó un diario que no se distingue por aplaudir las acciones de AMLO y sus seguidores.

Para concluir, puede decirse que se ha modificado el viejo dicho y ahora “el buen juez por su causa empieza”, y vaya que la defienden.

 

Periodista y autor de Milenios de México

hum_mus@hotmail.com

https://www.excelsior.com.mx/opinion/humberto-musacchio/el-buen-juez-por-su-casa-empieza/1284608

¿Sabe el presidente lo que está haciendo?

Las semanas inaugurales de López Obrador son como el primer recorrido de un conductor en un coche rentado o ajeno: muchos acelerones y frenazos, y más de un sofocón del motor

Sin eliminatoria futbolera a la vista ni serie de Luis Miguel en la cartelera de Netflix, los mexicanos han convertido a los primeros días del Gobierno de Andrés Manuel López Obrador en obsesivo tema de ocupación. No hay manera de escapar de la interminable polémica en los medios, en el transporte público o en las charlas familiares: ¿sabe el presidente lo que está haciendo?

El problema es que la pregunta tiene muchas respuestas. López Obrador tiene una idea clara de adonde quiere llegar (un país con menos pobreza, desigualdad, corrupción e inseguridad pública) pero apenas está descubriendo los límites y peculiaridades del vehículo en el que viajará, por no hablar de las incidencias que le esperan en el accidentado camino.

Quiere cortar de cuajo los excesos de la alta burocracia en el Gobierno pero no esperaba la rebelión de los jueces ni los impedimentos legales que lo obstaculizan; desea impedir un aeropuerto que él considera prohibitivo para el erario público, y se sorprende que la cancelación desestabilice la relación con los mercados financieros.

Para sus detractores estos y otros incidentes constituyen la confirmación de la debacle: el presidente es un inepto irresponsable. Los mismos que durante la campaña aseguraban que el triunfo electoral del líder de la oposición provocaría el 2 de julio un desplome en los mercados y la salida irrefrenable de capitales, ven ahora, por fin, que sus frustradas profecías podrían estar en camino de cumplirse. Y no sólo porque les da pie a sentenciar un gratificante selosdije, también porque, como ha dicho Enrique Quintana el atinado director del diario El Financiero, han terminado por creer que todo lo que pueda ir mal a AMLO va a ser bueno para México.

Me parece que están festejando antes de tiempo. Para juzgar los límites y capacidades de López Obrador hay que remontarnos a su experiencia como jefe de Gobierno de la Ciudad de México en 2000-2006. Allí se encuentra la clave. Es la responsabilidad que más se parece a la que ahora enfrenta, a pesar de la desproporción de escala. Y lo que allí mostró no es el perfil rústico y ramplón que le han adosado los que se oponen a sus cambios. Fue un alcalde dinámico y en ocasiones temerario, pero con un profundo conocimiento de la correlación de fuerzas y ejerció un razonable balance entre lo deseable y lo posible. Sus políticas sociales y la obra pública de su gobierno han sido el referente para las administraciones capitalinas posteriores.

Es verdad que a ratos le gana su ímpetu de candidato opositor en campaña, pero a mi juicio terminará ganando su deseo de convertirse en estadista (lo consiga o no). En las primeras semanas han abundado los exabruptos y las cartas a Santa Claus, pero una y otra vez ha matizado ante la reacción inesperada o los efectos secundarios no deseados. Critica con severidad la resistencia de los jueces, pero afirma que respetará lo que decidan los tribunales; cuestiona la intolerancia de los mercados financieros y al mismo tiempo su equipo opera todas las estrategias de apaciguamiento posibles; desafía los privilegios de una parte del empresariado y propone una luna de miel con otros dueños del dinero. En fin, su retórica es a ratos incendiaria, pero gobierna con un equipo de funcionarios moderados en las posiciones clave (Marcelo Ebrard, Olga Sánchez Cordero, Esteban Moctezuma, Alfonso Romo, Carlos Urzúa).

Las semanas inaugurales del Gobierno de López Obrador son como el primer recorrido de un conductor en un coche rentado o ajeno: muchos acelerones y frenazos y más de un sofocón del motor. Pero eso no significa que el auto vaya a caer al abismo en la primera curva, como profetizan sus detractores.

No, no creo que López Obrador consiga para México la prometida Cuarta Transformación; es un país complejo con un intrincado tejido de intereses creados y poderes fácticos. Pero tampoco derivará en la pesadilla chavista que anuncian los malos agoreros y no lo hará justo por las mismas razones, pero también por el talante republicano del presidente. Lo que sí veremos es un ejercicio pendular del Gobierno a favor de reivindicaciones populares que habían sido marginadas en los últimos 30 años. Los jueces probablemente mantengan sus privilegios pero intentarán limitar el nepotismo y los abusos ahora que han sido puestos en vitrina, por ejemplo; la corrupción en las altas esferas no será erradicada, pero acotará el ambiente depredador en que se había convertido el servicio público.

Probablemente Andrés Manuel concluya su Gobierno con la frase con que la que Juan Manuel Santos terminó en Colombia: no pude cambiarlo, era un país demasiado dividido. Pero habremos de agradecer cualquier avance en la dirección correcta en el combate a la pobreza y la corrupción. La trayectoria será anecdótica pero menos mortalmente accidentada de lo que se vaticina.

@jorgezepedap

Todos esos gansos

Todos esos gansos

Por Alejandro Páez Varela

SinEmbargo

Está polarizado el país, sí. Se va a polarizar más, sí. La pregunta doble es si es posible revertirlo y a quién le corresponde hacerlo, si es que (y quizás sea una tercera pregunta) conviene hacerlo. No todas esas respuestas están aquí.

La polarización no nació hoy. Empresarios y políticos han pagado cientos o quizás miles de millones de pesos en campañas contra Andrés Manuel López Obrador. Y el mismo Presidente está dispuesto a enfrentar el statu quo, o a una parte del estado de las cosas, porque de otra manera no le salen las cuentas para lo que ofreció: un cambio de régimen. Entonces la polarización se va a acentuar porque AMLO toca algunos intereses (no todos: ya es aliado de las televisoras, por ejemplo) y esos intereses no son menores.

¿Viene más polarización? Como digo, sí. Sí, en el corto y mediano plazos. López Obrador tiene que domar al tigre que se sacó en la rifa, y sólo entienden (tigre y domador), me parece, de una manera: a ramalazos. Mientras AMLO tenga apoyo de la gente, como dicen las encuestas, no se verá en la necesidad de negociar. Se sentará en sus exigencias y no sólo es por su ya famosa terquedad: es porque no hay de otra. Prometió bajar salarios de la alta burguesía: va con todo por ello. Quiere un tren, quiere refinerías y no quiere ese nuevo aeropuerto y otras cosas. No importa el costo. Va porque va. Y pues, imagínense: unirá a muchos en su contra mientras otros se radicalizan para darle soporte. No necesita a la oposición, al menos no la partidista: quedó demolida el 1 de diciembre. La arrastra el desprestigio de Vicente Fox y Felipe Calderón (PAN), de Enrique Peña Nieto (PRI) y de Miguel Ángel Mancera, Jesús Ortega y Jesús Zambrano (PRD). AMLO sabe de ese desprestigio, y lo aprovecha. Y las posiciones se radicalizarán aún más.

La oposición podría ser sabia. Lo dudo, pero podría. No es una duda per se: es porque se trata de una masa sin forma y, lo peor, sin horma. Pero creo que podría considerar que AMLO tiene batallas ganadas de antemano, aún frente a la eventualidad de que las pierda. En un país donde el salario mínimo se congeló para que los trabajadores pagaran con su sudor las metas de inflación, es una mentada que un Ministro gane 600 mil pesos. El Presidente ya ganó esa batalla aunque la pierda. Que en Texas se construya la más grande refinería del mundo para venderle gasolina a México, “país petrolero”, es una mentada. Aunque no termine las que planea en el sexenio, AMLO ya ganó esa batalla. Por eso digo que la oposición no puede tomar todos los rifles de la feria y disparar a todos esos gansos. No les van a atinar. Se va a cansar, la oposición, antes que cualquiera de los gansos: están sentados. En cambio puede seleccionar uno, y dispararle hasta que caiga. Quizás ese triunfo simbólico aliente su causa. De otra manera será oposición polarizadora, ciega, rabiosa. Y nada más.

 

Durante muchos años he escuchado entre los escritores una queja –y la uso para ejemplificar–: que hay quienes cobran becas bianuales o anuales o semestrales (sepan cuántos) por escribir un libro que, además, se les paga aparte; ese libro se compone a veces de retazos de textos ya publicados (y pagados) en revistas y periódicos. Libros que se pagan cuatro, cinco veces, pues; sin contar otros gastos que se hacen en ellos desde el sector público y (a veces desde) el privado: presentaciones, viajes, estancias, etcétera. ¿Eran obras necesarias? No lo sé. No lo discuto ni me interesa. Pero de que cuestan un motón a los contribuyentes, cuestan. Repito: es una queja que lleva años en el gremio. Y la llegada de Taibo II al Fondo de Cultura Económica le va a significar, a esos escritores, el despojo de su modo de vida y una fuente constante de reconocimiento público. Esos escritores no son mudos, tienen foros; se van a quejar de Taibo II (sin citar su propio ejemplo, claro) una y otra vez y claro, Paco tampoco es mudo y también tiene su foro (que, si me disculpan, podría ser incluso mayor que el de la mayoría). Polarización cantada.

Hace unos cinco años, un Senador de oposición me contó que Emilio Gamboa Patrón repartía enormes cantidades de dinero entre los legisladores. Dinero “legal” que se podía o se puede repartir en el Senado de la República. “Si quieres parte de ese dinero, y tener asistentes y ayudantía, él está para eso. Y luego te cobra el favor”, me dijo. Me contó muchísimo más: cómo, por ejemplo, la gran mayoría de los senadores del PAN y del PRD (y no se diga de los partido-rémora como el PVEM) se habían dejado comprar por las caricias de Gamboa. No creo que Ricardo Monreal sea un santo; cada vez que hay un escándalo que lo relaciona, sale a relucir dinero, maletas, presuntos pagos para comprar voluntades. Digo lo que leo. Pues bien, digamos que ese reparto discrecional se acabó y Monreal, quien ocupa el lugar de Gamboa (líder de la mayoría), no lo hará. Pues van a saltar chispas… para atizar el fuego de la polarización. Dinero es dinero: llorarán, llorarán por su capricho. Y polarizarán.

La periodista Guadalupe Fuentes documentó que Kimberly-Clark de México era una de las principales proveedoras del Gobierno del Presidente Enrique Peña Nieto: 2 mil 360 contratos por adjudicación directa, por un monto de 296 millones 115 mil 818 pesos. ¿Se imaginan a Claudio X. González en paz cuando le cancelen todos los contratos o cuando lo pongan a competir por uno de ellos? Pues no: va a darle con todo a Andrés Manuel. Está acostumbrado a ganar sin mover un dedo (o sin competir, pues). Polarización, polarización.

Son, como digo, muchos intereses los que se tocan y la de chispas que están por saltar. En fin. No me extiendo. Concluyo.

Está polarizado el país, sí.  Y se va a polarizar más, sí. La pregunta doble es si se quiere revertir la polarización y a quién le corresponde hacerlo. Pero definitivamente hay una tercera pregunta: ¿Conviene suavizar la polarización? Y no tengo una respuesta.

 

La oposición, herida gravemente el 1 de julio, ha decido jugar al voy-derecho-y-no-me-quito para ver si recupera algo de lo perdido. Y Andrés Manuel puede intentar, en una sala de Palacio Nacional, tranquilizar las aguas. Pero en la otra sala tiene una mesa, y en esa mesa un proyecto, y en ese proyecto le salen bien las cuentas para cumplir con lo que ofreció: un cambio de régimen. Se cansa ganso. Aunque también contribuya a polarizar.

https://www.sinembargo.mx/10-12-2018/3508770