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Forjemos la paz

Juan Villoro

El brío de antaño

H Ace casi cuarenta años conocí a Sergio González Rodríguez en la encarnación artística que antecedió a su fecunda trayectoria literaria. Militaba en las huestes del rock como bajista del grupo Enigma, fundado con sus hermanos. Cada integrante había sustituido su apellido por su signo zodiacal y él se presentaba como Sergio Acuario. Eran los tiempos de los hoyos fonquis, galerones sin acústica donde un coche hacía las veces de taquilla (la ventana se bajaba unos centímetros para recibir billetes y despachar boletos). En ese ámbito precario, Sergio imaginaba inauditos viajes sonoros. La aventura le costó el oído y lo convenció de que el arte no necesita otro estímulo que la pasión para ocurrir.

Con José Emilio Pacheco, compartió la creencia de que la cultura es un bien amenazado, que se debe preservar en cada texto. El ejemplo de “Inventario”, enciclopedia semanal que Pacheco escribió durante cuarenta y un años, le sirvió para escribir de los asuntos más diversos. Sus libros y sus columnas fueron el saldo de una curiosidad sin límites. Exploró los bajos fondos de la bohemia mexicana; la relación de la cultura con el ocultismo; la obra de artistas contemporáneos como Abraham Cruzvillegas, Gabriel Orozco y Damián Ortega; el sustrato cósmico que D. H. Lawrence, Ernst Jünger, el Dr. Atl y Wilfrid Ewart encontraron en México.

En la sección “Numeralia”, que durante años publicó en Nexos, dio peculiar sentido a las estadísticas. Al contrastar datos, transparentaba los delirios de un país sin rumbo, donde se gasta más en propaganda política que en televisión pública. Esa articulación de informaciones dispersas lo preparó para un trabajo de mayor calado.

A partir de Huesos en el desierto (2002), recuento de los feminicidios en Ciudad Juárez, indagó los delitos que se cubren con el manto de la impunidad. En El hombre sin cabeza, exploró las causas de la violencia extrema que pretende borrar todo remanente humano (en la medida en que la víctima pierde atributos como persona y sus huellas desaparecen, el verdugo siente que ingresa a la zona en la que ya nada es rastreable). Campo de guerra, estudio de la militarización del país, le valió el Premio Anagrama de Ensayo y Los 43 de Iguala ofreció hipótesis sobre la desaparición de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa. No es casual que Roberto Bolaño lo consultara y lo convirtiera en el personaje Sergio González que investiga feminicidios en 2666. Varias veces sufrió agresiones y las enfrentó con una valentía y una dignidad ejemplares. Nunca pensó que sufriera más que las personas que entrevistaba y fue capaz, incluso, de sobrellevar el acoso con humor.

En sus conferencias, retomaba la presencia escénica que tuvo en Enigma. Clausuró un encuentro sobre la Ciudad de México en Berlín con una ponencia sobre los sonidos de la urbe y en vez de citar canciones, las cantó. En Edimburgo habló sobre las condiciones del periodismo en tiempos violentos, con tal convicción que un editor inglés decidió hacer un volumen colectivo sobre el tema: La ira de México.

Como amigo, Sergio fue un torrente de afecto, sabiduría, generosidad y gusto por el relajo. Lo oí cantar en el bar Gato Verde, de Guadalajara, y en antros de México y el extranjero donde procuraba demostrar que había perdido el oído pero no la voz. Aseguraba que no escuchaba lo que decíamos, pero era el más enterado de lo que sucedía entre nosotros. Cuando algo le parecía absurdo, hacía el ademán de quien espanta una mosca imaginaria y aceptaba el desastre con ironía: “Todo es posible con tal de no volver a bailar Caballo dorado”, comentaba, en alusión a la boda de un amigo en la que hicimos el ridículo en nombre del amor (y todo para que esa unión durara poco).

Sergio sabía ser feliz a través de los otros. Las conquistas, los libros, los banquetes, los viajes, los chismes y las aventuras de sus amigos le producían una dicha esencial. Como nadie, Sergio era “nosotros”.

No siempre estábamos a la altura de su entusiasmo. Para animarnos, decía: “¡Has perdido el brío de antaño!”. Esta afectuosa admonición nos hacía recuperar algo de nosotros mismos.

Abril ha vuelto a ser el mes más cruel. La intolerable muerte de Sergio González Rodríguez demuestra que hoy, como siempre, nuestro hermano mayor tiene razón: hemos perdido el brío de antaño.

 http://www.elsiglodedurango.com.mx/noticia/730453.el-brio-de-antano.html

 

Pascua, tiempo de jacarandas

Octavio paz, Elena Poniatowska y Paco Ignacio Taibo I, inspirados por el árbol; su mayor resplandor, en esta temporada

Por Verónica Martínez Sánchez

Vaivén Por la tarde, ya al subir; por la noche, ya al bajar; yo quiero pisar la nieve azul del jacarandá… Rafael Alberti

La caída de sus flores y semillas produce efecto alfombra. Aunque las jacarandas viven mejor en la cercanía de la costa, la ciudad de México goza cada primavera del espectáculo azul violáceo ofrecido únicamente por este árbol.

Su belleza inspiró a Paco Ignacio Taibo I, un año antes de su muerte, a relatar “a mí estos tiempos de Semana Santa me provocan un sentimiento de indecible pasión por esta metrópoli, porque es el tiempo de las jacarandas”.

En su artículo titulado “Tiempo de jacarandas”, difundido el 18 de abril de 2007, menciona: en su desfachatada belleza no se conforman sólo con el aire y crean en el suelo tapetes floreados que son una alegría de paisaje en que uno quisiera poder levitar, porque da pena pisarlas.

Octavio Paz también fue inspirado por las jacarandas. En su poema Utacamud, dice:

Arriba, Entre los fuegos de artificio de la jacaranda, graznan los cuervos, alegremente.

Así como estos dos grandes escritores, la también conocida como jacarandá, ha inspirado muchas más obras.

Este bello espectáculo se lo debemos al ex gobernador veracruzano Teodoro A. Dehesa Méndez quien en 1905 trajo la especie para su reproducción. Fue tan exitosa su aclimatación que de inmediato se trasladó a la ciudad de México, donde se plantó en avenida Insurgentes y en diversos parques y jardines públicos. En la actualidad también las podemos ver sobre Paseo de la Reforma y colonias como la Condesa.

Otro gran admirador de esta colorida especie fue el general Lázaro Cárdenas, quien mandó plantar muchas más en México, “porque le daban alegría y elegancia a la ciudad”, cuenta a La Razón el historiador Enrique Krauze.

“Yo tengo una jacaranda frente a mi oficina. Cuando compré el cascarón de una casa, en la que construí Clío y Letras Libres, todo estaba derruido, pero tenía una jacaranda. Entonces construí mi oficina frente al árbol”, señaló.

En la literatura, por ejemplo, el poeta Pablo Neruda tenía una en su casa, ubicada en la ciudad de Valparaíso, en Chile.

“No se sabe con exactitud qué país envió la especie a México, pero debió haber llegado vía Estados Unidos”, relata Héctor Benavides Meza, investigador titular del Instituto Nacional de Investigaciones Forestales Agrícolas y Pecuarias (INIFAP).

Explica que a diferencia de otras especies, ésta primero florece y posteriormente sale su follaje, convirtiéndose en la única planta estacional, es decir, que nos anuncia la llegada de las cuatro estaciones del año.

Inicia a florecer en primavera; su follaje cambia en verano; sus hojas caen en otoño y en invierno no tiene hojas, para que después se repita el ciclo.

“El proceso de crecimiento de una jacaranda es muy lento, pues tarda entre 12 y 18 meses en alcanzar un metro de altura y es cuando se puede transplantar”, relata la floricultora Gudelia Bustamante, quien se dedica a la producción del árbol desde hace más de 23 años. Tarda 30 años en alcanzar su altura máxima.

Para su reproducción las semillas se dejan secar de seis a siete meses en un lugar ventilado, para sembrarlas a principios de febrero.

Anualmente, Bustamante produce dos mil árboles que comercializa en el DF.

Así, México es uno de los países privilegiados por albelgar jacarandas, al gual que Brasil o Chile, pues en otras naciones como Cuba no hay.

http://www.razon.com.mx/spip.php?article28644

 

 

De nuevo con dados cargados

LORENZO MEYER Jueves 6 de abr 2017, 8:36am

Agenda ciudadana

 

“La campaña electoral del Estado de México se está llevando en condiciones de ‘elección de estado’. Ganar así es, a la larga, perder mucho y todos” — Lorenzo Meyer

El proceso electoral del año próximo se inició desde hace meses. Las elecciones del Estado de México (EM) del 4 de junio son un disparo de salida y, una vez más, el proceso lleva a plantear la vieja, pero incumplida, exigencia que le hiciera Francisco I. Madero al gobierno porfirista ciento siete años atrás: ¡sufragio efectivo!

Todo indica que, como desde tiempos de don Porfirio, quienes hoy tienen las riendas del gobierno federal y local en el EM se han propuesto seguir jugando la partida electoral con los dados cargados. Cargados claramente en favor del partido que, desde 1929 y de manera ininterrumpida, ha gobernado esa entidad.

El esfuerzo hecho desde hace decenios para superar las elecciones predeterminadas y para que México ingrese al espacio de las elecciones efectivamente competidas y equitativas, sigue sin alcanzar su meta.

La Erosión de lo Viejo. En el EM, la última elección de la “normalidad priista”-la anterior a la crisis económica de finales del gobierno de José López Portillo- fue la de Alfredo del Mazo González, padre del actual candidato del PRI e hijo de otro gobernador. Ese Del Mazo ganó en 1981 con el 82.4 % de los votos. En 1987, Mario Ramón Beteta fue electo con un 10 % menos: el cambio de época empezaba a manifestarse. Al final del salinato, en 1993, el aparato que depositó en el palacio de gobierno de Toluca a Emilio Chuayffet resintió otro bajón, también del 10 %, y ya sólo logró el 62.3 % del voto. Arturo Montiel y Enrique Peña Nieto (EPN) en 1999 y 2005 debieron conformarse con un triunfo de mayoría relativa: con el 42.4 % y 47.5 % de los sufragios, respectivamente. Sin embargo, en 2011 Eruviel Ávila, un priista que no pertenecía a la “aristocracia mexiquense”, logró imponerse como candidato y además recuperar la mayoría absoluta para el PRI con el 61.9 % del voto. En buena medida, ese repunte tricolor se explica menos por el buen gobierno del PRI y más por el aparatoso fracaso del PAN calderonista, que a nivel del EM pasó del 24.7 % al 12.8 %y con un PRD que a duras penas mantuvo lo que tenía: poco más del 20 %.

El Combate de Retirada. Hoy, el PRI mexiquense difícilmente puede aspirar a repetir los resultados del 2011. Esta vez le toca asumir a sus propias fallas -notablemente, la inseguridad y la corrupción- y las del gobierno federal dominado por mexiquenses. Para neutralizar este efecto negativo y no sufrir una derrota a nivel nacional en 2018 -el EM significa un padrón de 10.5 millones de electores y una buena cantidad de recursos materiales indispensables para enfrentar el reto que le presenta Morena-, el PRI cuenta con dos viejas cartas: una oposición dividida -Morena, que ya ha sustituido al PRD como la opción de izquierda, simplemente no puede aliarse con el PAN- y una abundancia de recursos materiales para cargar los dados electorales comprando e induciendo el voto. Y en este aspecto ¡vaya que si tiene instrumentos y motivación para defender su monopolio de 88 años de ejercicio del poder!

Para cargar los dados, dese hace meses el gobierno empezó a inundar al EM con dádivas a los grupos que tradicionalmente han alimentado la política clientelista del PRI: los pobres. Y es que de mucho tiempo atrás, los menos afortunados ven en las temporadas electorales y de movilizaciones, una rara oportunidad para sacar algún beneficio de la necesidad -y de la urgencia-, que tienen de ellos la clase política. Los mexiquenses pobres no son pocos. Según el Coneval, en 2014 la población en situación de pobreza en esa entidad llegaba al 49.6 %, (http://www.coneval.org.mx).

Todos los partidos echan mano de las prácticas clientelares, pero quien más recursos y experiencia tiene en este campo es el PRI. Para fines del año pasado, la prensa advertía de una “cargada” a favor del PRI mexiquense y que incluía al presidente y su gabinete -al final todo el gabinete- para visitar el EM, inaugurar obras por 6,765 millones en los últimos seis meses y repartir a en puertas “apoyos sociales”, (Reforma, 27 de noviembre 2016 y 5 de abril, 2017). Esa cargada ha ido in crescendo y el carácter de los apoyos va desde tarjetas de “La Efectiva” de Banorte y materiales de construcción hasta herramientas, computadoras y créditos para vivienda. A la fecha, el senador Mario Delgado calcula que los gobiernos federal y local han gastado en el EM 2 mil millones de pesos, y en los próximos dos meses la suma podría multiplicarse, (Proceso, 2 de abril, 2017).

Lo que se Gana y se Pierde. Si gracias al enorme gasto legal e ilegal y en cualquier caso absolutamente contrario a la equidad, el PRI derrota una vez más a la alternancia en el EM, no hay duda que su victoria le ayudará mucho en “la madre de todas las elecciones”, la de 2018. Sin embargo, el costo en legitimidad de la operación será enorme. Y no se trata de la legitimidad de un partido que ya de por sí tiene muy poca -el PRI-, sino de la de toda la estructura institucional. Una estructura muy desprestigiada por corrupta e ineficiente, que está montada en una sociedad terriblemente polarizada, en una economía que no avanza y en tensión con su poderoso vecino del norte.

Ganar en esas condiciones el corto plazo es una forma dramática de perder el largo, el futuro, y de perderlo todos.

http://www.lorenzomeyer.com.mx

agenda_ciudadana@hotmail.com

https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1328821.de-nuevo-con-dados-cargados.html

El odio que no queremos ver

México hace caso omiso del rosario de prácticas ilegales que tienen lugar en su frontera sur

Un candidato a la presidencia de México propone a la Casa Blanca hacer un muro infranqueable que selle la frontera entre los dos países. El funcionario de Washington responde que México sería incapaz de sellar nada, debido a la porosidad y extensión de la enorme franja que divide a Estados Unidos de su vecino. “Pero es que no sería esa frontera la que sellaríamos, sino la de Guatemala”, responde el otro. “Para Estados Unidos, México ha dejado de ser un problema en términos migratorios, llevamos dos años en los que el saldo es insignificante, pero en cambio Centroamérica padece una verdadera diáspora. La frontera sur de México es un coladero: miles de hondureños, salvadoreños y guatemaltecos la cruzan todos los días y atraviesan nuestro territorio para llegar a California y Texas”.
El estadounidense sigue objetando: en manos de mexicanos un muro con Guatemala solo sería una fuente más de corrupción, eso no sellaría nada. El otro responde: es que no sería una frontera con México, sino con Norteamérica. Limpiamos una franja de doscientos o trescientos metros de ancho a todo lo largo de la línea y le damos estatuto jurídico especial. Y los tres países, Estados Unidos, Canadá y México, nos encargamos del control y la vigilancia, de manera conjunta. El de la Casa Blanca saliva. La derecha todavía no se recuperaba de la pérdida de control del Canal de Panamá; establecer un dique de 1.000 kilómetros tan lejos de la frontera real podría ser un perímetro de seguridad. Una muralla contra el sur profundo. Con la ventaja de que la intervención estaría legitimada por una aparente fuerza trinacional. Asume que en el fondo el control de dicha fuerza lo tendría Washington.

Lo anterior es ficción. Un pasaje resumido de mi última novela Los Usurpadores (Planeta): un político mexicano en búsqueda desesperada del apoyo de Washington a su candidatura. El argumento puede ser inventado, pero no la actitud. Los mexicanos hemos buscado el apoyo de la comunidad internacional para resistir el muro absurdo que pretende Donald Trump, pero hacemos caso omiso del rosario de prácticas ilegales y las ignominias que tienen lugar en la frontera sur.

Apelamos a la solidaridad de la propia sociedad estadounidense para impedir la violación a los derechos humanos de nuestros migrantes, pero hemos hecho la vista gorda de las infamias sin nombre que sufren los centroamericanos al cruzar nuestro territorio.

Los abusos del sheriff Joe Arpaio, de Arizona, terribles como son, resultan anecdóticos frente a los testimonios de familias centroamericanas que son repetidamente vejadas, asaltadas y violadas en su paso por México. Por no hablar de más de medio millar de asesinados y desaparecidos por año (estadísticas de la organización Missing Migrant Project).

En algunas regiones el crimen organizado ha convertido el trabajo forzado de migrantes en una lucrativa actividad paralela. A las mujeres, para nutrir las redes de explotación sexual; a los hombres y niños como mano de obra en sembradíos, laboratorios y otras actividades vinculadas al tráfico de drogas. La escala y la crueldad del fenómeno ha sido documentado y develado, pero poco se ha hecho al respecto. De hecho, una investigación de 2015 de Redodem (Red de Documentación de las Organizaciones Defensoras de Migrantes), reveló que el 41% de los delitos, robo en particular, fueron cometidos por autoridades de distintos niveles del Gobierno.

Ante la indignación que generan estos hechos, el Estado mexicano ha lanzado algunas iniciativas como el Programa Frontera Sur, pero sin la voluntad política ni el presupuesto para hacer alguna mella en el ingente problema. Los testimonios dejan en claro que cualquier discriminación que puedan padecer los centroamericanos en Estados Unidos, similares a los que pueden sufrir nuestros compatriotas, son una minucia frente a las atrocidades de las que algunos son víctimas en México. La molestia que ha provocado las agresiones de Trump en contra de México tendrían que ser un revulsivo para que los mexicanos revisen a fondo y pongan coto a la violencia que se ejerce contra los ilegales que vienen del sur. No podemos apelar al derecho ni a la misericordia cuando somos incapaces de otorgarla a otros aún más necesitados.

@jorgezepedap

 

http://internacional.elpais.com/internacional/2017/04/06/mexico/1491431847_005060.html

Lamento mexicano

Lamento mexicano

México es un país eternamente inacabado que para ser algún día grande, moderno y hospitalario con la mayoría de sus hijos necesita aliviar una vez más el pesimismo de la inteligencia con el optimismo de la voluntad

México será algún día un gran país, un país moderno y hospitalario para la mayoría de sus hijos, pero no será por aciertos que se hayan cometido en el curso de mi generación. No al menos por una historia de aciertos sostenidos.

Nací a la vida intelectual bajo el mandato de empeñarme en la reflexión pública, en la pasión utópica por excelencia de cambiar el mundo criticándolo. El balance de mi empeño arroja un saldo vicioso de ensayo y error, un camino de ilusiones perdidas, ganadas y vueltas a perder, con frutos siempre inferiores a los buscados.

He dicho de mi generación, la nacida en los años cuarenta del siglo pasado, que debutó muy temprano en la historia y además sobreactuó sus emociones. También sobreactuó sus sueños. Su salida al mundo, con el movimiento estudiantil de 1968, fue una fiesta de libertad ejercida que terminó en una tragedia, la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco.

Diría que desde aquel momento fundador hemos soñado de más y conseguido de menos como generación.

Hemos intentado las fórmulas probadas en otros países para dejar atrás el subdesarrollo, como se decía en mis tiempos, y las hemos vuelto insustanciales e insuficientes, cuando no parodias trágicas, de resultados contrarios al soñado.

No hemos tenido una década de crecimiento económico alto y sostenido desde 1970, año a partir del cual duplicamos nuestra población trayendo al mundo 70 millones más de mexicanos.

Dilapidamos en el camino dos ciclos de abundancia petrolera, uno en los años ochenta del siglo pasado, otro en la primera década del siglo XXI. Las rentas de aquel auge han sido calculadas en seis veces y media el monto del Plan Marshall, que permitió reconstruir la Europa devastada por la II Guerra Mundial.

Una revolución de terciopelo, hecha de reformas graduales y transiciones pactadas, convirtió la impresentable hegemonía priista, la famosa “dictadura perfecta” de Mario Vargas Llosa, en una prometedora primavera democrática.

Descubrimos poco a poco, sin embargo, que la nuestra era una democracia sin demócratas. Del fondo de nuestras costumbres políticas más que de las leyes vigentes emergió paso a paso un régimen de partidos que acabó siendo, a la vez, una partitocracia y una cleptocracia, pues su regla de eficacia electoral fue llevar ríos de dinero ilegal a elecciones que cuestan cada vez más e inducen cada día mayores desvíos de dineros públicos y mayores cuotas de corrupción en los gobernantes.

En lugar del presidencialismo opresivo de las eras del PRI, tenemos ahora un Gobierno federal débil y una colección de gobiernos locales impresentables: los más ricos, los más autónomos, los más legitimados electoralmente y los más corrompidos e irresponsables de la historia de México, pues ni cobran impuestos ni aplican la ley.

La guerra contra las drogas y el crimen organizado, que pareció cuestión de vida o muerte hace 10 años, lejos de contener el tráfico, la violencia o el crimen los multiplicó, sumiendo al país en una espiral de sangre que es una pesadilla diaria.

El acierto estratégico mayor de estos años, la integración comercial con América del Norte, no fue aprovechado para modernizar el resto de nuestra economía, y debe buena parte de su competitividad a los bajos salarios.

La economía mexicana produce billonarios de clase mundial peno no salarios dignos de una clase media decente. Nuestra riqueza, paradójicamente, multiplica nuestra desigualdad.

Estamos lejos de ser el país próspero, equitativo y democrático que soñó, al paso de los años, mi generación. Hemos corrompido nuestra democracia, destruido nuestra seguridad, precarizado nuestra economía y nuestros salarios, profundizado nuestra desigualdad.

La cuenta de las equivocaciones colectivas de estos años es notoriamente más larga que la de los aciertos. La responsabilidad mayor es de los Gobiernos, desde luego, pero también de sus oposiciones; de la baja calidad de nuestra opinión pública y de nuestros medios, de nuestras empresas y empresarios, del conjunto de nuestra clase dirigente. También, de la débil pedagogía que baja de nuestras escuelas, de nuestras iglesias, de nuestra vida intelectual y de los malos hábitos y las pobres convicciones de la sociedad.

El país que mi generación heredará es inferior al que soñó y al que hubiera podido construir equivocándose menos. No hemos sido los primeros mexicanos en esto de equivocarse mucho.

En el año de 1849, mientras escribía el prólogo de su Historia, Lucas Alamán llegó a pensar que México podía desaparecer y que su obra serviría para mostrar a los descendientes de aquella desgracia cómo podían volverse nada, por la acción de los hombres, los más hermosos dones y las más altas promesas de la naturaleza.

Casi 100 años después, en 1947, el historiador Daniel Cosío Villegas escribió, en un ensayo inolvidable, que todos los hombres de la Revolución Mexicana, sin excepción alguna, habían estado por debajo de las exigencias de ella.

Podría parafrasear a Cosío Villegas y decir, 70 años después de su sentencia, que todos en mi generación, sin excepción alguna, hemos estado por debajo de las oportunidades que la historia nos brindó y más por debajo aún de lo que nos propusimos y soñamos. Hemos sido inferiores a lo que soñamos.

Me consuelo pensando que el país es más grande que sus males, más vital que sus vicios y más inteligente que las ilusiones de sus hijos. Lo ha sido desde que existe. Su poder ha sido la resistencia, el “aguante” como decimos los mexicanos, no la lucidez práctica de la acción colectiva.

En la mina de sabiduría recobrada que son los Inventarios de José Emilio Pacheco, las columnas periodísticas que escribió entre 1974 y 2014, publicadas ahora en tres volúmenes por editorial Era, encuentro tres citas inesperadas de Chesterton que tienen una pertinencia, a la vez risueña y serena, ante mis quejas.

Una dice: “Para el espíritu infantil del pesimismo moderno cada derrota es el fin del mundo, cada nube el crepúsculo de los dioses. En la literatura, sobre todas las cosas, debemos resistir este pánico inane”.

La segunda cita dice: “La esperanza solo resulta una fuerza cuando todo es desesperado… La única razón para ser progresista es la tendencia al empeoramiento que hay en todas las cosas”.

La tercera dice: “La historia no está hecha de ruinas completadas y derribadas; más bien está hecha de ciudades a medio edificar, abandonadas por un constructor en quiebra”.

Así el presente de México, eternamente inacabado. Hay que renovar el contrato y cambiar al constructor, aliviando una vez más, como quería Gramsci, el pesimismo de la inteligencia con el optimismo de la voluntad.

Héctor Aguilar Camín es escritor, director de la revista Nexos.

http://elpais.com/elpais/2017/03/31/opinion/1490961924_643671.html?id_externo_rsoc=TW_CC

Salvar la CdMx

SERGIO AGUAYO Miércoles 5 de abr 2017, 3:53am

A la memoria de

Sergio González Rodríguez.

Sí es posible frenar el avance del crimen organizado en

La capital y reducir el costo

En sufrimiento y vidas

Estoy corrigiendo mi interpretación sobre el origen del crimen organizado en México. Suponía que en las primeras etapas la delincuencia y el Estado eran entidadas separadas. El libro de Guillermo Valdés Castellanos (Historia del narcotráfico en México) y otros materiales me han llevado a reconsiderar el papel que jugó la Dirección Federal de Seguridad, DFS (creada en 1947, desaparecida en1985). La nueva hipótesis de trabajo es que la DFS recibió el encargo de controlar y regular a la delincuencia organizada.

Con el tiempo se fundieron la delincuencia y el Estado en una nueva dimensión caracterizada por la normalización de la ilegalidad. Un profesor de El Colegio de Michoacán, Salvador Maldonado, lo detectó en sus estudios. En Michoacán, escribió, “compiten muchos jugadores para comportarse como pequeños estados” y las “fronteras entre lo legal y lo ilegal son bastante borrosas”.

Miguel Ángel Mancera vive en la negación. Para él no hay cárteles en la CdMx; es obvio que compara a la capital con Culiacán, Reynosa o Chilpancingo. La tajante negativa choca con los informes de la DEA (Drug Enforcement Administration) y de un buen número de analistas que señalan con evidencia que en la capital operan los grandes cárteles y una constelación de cartelitos semiautónomos.

Su existencia es poco evidente porque de manera deliberada mantienen un bajo perfil. Esto se debe a que la capital tiene un mando único y un tráfico infernal; a que es la sede de los tres poderes; y a que tiene el tejido social más denso del país. Sin hacer tanta alharaca la delincuencia está creciendo en las franjas donde prevalece la ilegalidad. Dos ejemplos claros son el ambulantaje y el urbanismo salvaje, actividades con altísimos márgenes de ganancia.

Rodrigo Peña González plantea una hipótesis sugerente. El enfrentamiento entre la legalidad y la ilegalidad es observable y medible en la manera como se usa y abusa de los espacios públicos. La verbena dominical que organiza el gobierno capitalino en el Paseo de la Reforma cerrado al tráfico es un festival de civilidad y respeto al prójimo y al Estado de derecho. El aumento explosivo del ambulantaje (controlan 40 % de las ventas realizadas en la capital) es un ejemplo de lo contrario. Es cierto que en parte se debe al desempleo y la desigualdad; sin embargo, también se ha convertido en expresión de un corporativismo que replica los vicios del autoritarismo y es cooptado por los delincuentes.

Los cárteles también se nutren de la especulación urbana. Las trácalas con el uso del suelo siempre han sido botín de políticos, funcionarios y empresarios en busca de la ganancia fácil. El nivel que está alcanzando en la capital (y buena parte del país) es escandaloso y disfuncional. En la CdMx hay miles de construcciones ilegales autorizadas por funcionarios del gobierno central y por la mayor parte de las delegaciones. Pese a que el saqueo se denuncia y documenta constantemente, el Constituyente lo deja intacto y Mancera quita obstáculos administrativos en preparación, supongo, del atraco de fin de gobierno. Pronostico que, si los dejamos, en los próximos meses se aprobarán centenares o miles de nuevas construcciones.

Estas y otras actividades están abriendo portones de oportunidad al crimen organizado. Debemos frenarlas. En lo positivo está que va creciendo la conciencia sobre lo que pasa, que hay vecinos y organismos civiles en resistencia y que los delegados de Azcapotzalco, Miguel Hidalgo, Tláhuac, Tlalpan y Xochimilco quieren “enfrentar la ola de aprobaciones de desarrollos inmobiliarios y evitar la pérdida de más hectáreas de suelo de conservación” (La Jornada, 27 de marzo de 2017).

Estos esfuerzos deberían incorporar en sus fundamentaciones el ángulo de la seguridad y del crimen organizado. Lo estudiado hasta ahora me permite asegurar que en la capital el crimen organizado, sus aliados en la sociedad y una parte de los gobiernos están incrementando las zonas borrosas de la ilegalidad. Y dos de las actividades donde esto es más claro es el ambulantaje y el urbanismo salvaje. Si queremos salvar la ciudad debemos acotar esos y otros espacios de ilegalidad.

https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1328488.salvar-la-cdmx.html

 

El país de las fosas

JORGE RAMOS Miércoles 5 de abr 2017, 3:53am

 

LE llaman “la alberca” porque los cadáveres que encontraron en esa fosa estaban acomodados tan cerca el uno del otro.

Esa es sólo una de las 120 fosas donde han hallado más de 250 cráneos y restos humanos en el estado mexicano de Veracruz. Es, quizá, el cementerio clandestino más grande de México. Pero el presidente, Enrique Peña Nieto, y su gobierno han actuado como si no fuera con ellos, como si todo hubiera ocurrido en otro país.

“Nos dijo una embajadora de un país europeo que con 50 muertos o menos ya estarían movilizándose totalmente las autoridades”, me comentó en una entrevista Lucía de los Ángeles Díaz, la fundadora del Colectivo Solecito que descubrió las fosas clandestinas a finales del año pasado. “De hecho, no hemos escuchado que se haya pronunciado el presidente Peña Nieto. Seguimos en el anonimato porque las autoridades encargadas de reconocer la severidad del problema, no lo han hecho”.

En México, todos los días son días de muertos.

Lucía tiene un segundo nombre exacto. Ella está al frente del grupo de unas 150 madres que buscan a sus hijos desaparecidos. Lucía puso un sol en la foto de su perfil en las redes sociales, para infundir esperanza en las madres, y de ahí surgió el nombre del Colectivo Solecito.

El año pasado una persona, que no quiso ser identificada, les dio un mapa con muchas cruces. Siguiendo una corazonada y con mapa en mano, llegaron hasta la colina de Santa Fe en Veracruz. Ahí estaban las fosas.

La gran frustración es que no hay un presupuesto oficial para identificar a la mayoría de las víctimas en esas fosas. ¿Cómo se le pregunta a una madre si ella cree que su hijo está enterrado ahí?

Hace casi cuatro años que Lucía no ve a su hijo, Luis Guillermo. Le llamaban cariñosamente el “DJ Patas”, y lo invitaban a tocar en las mejores fiestas de Veracruz. Pero el 28 de junio de 2013, tras salir de madrugada de un evento, sujetos armados lo secuestraron. La esperanza fue que fuera un “secuestro exprés”, con visita a varios cajeros automáticos y un buen susto para contar a sus amigos.

Lucía, como muchas de las madres, se resiste a creer que Luis esté en una de esas fosas. Con precisión científica me recuerda varios casos históricos de desaparecidos que son encontrados años más tarde y la absoluta falta de pistas para dar con el paradero de su hijo.

Lucía no llora en la entrevista. Este no es el momento de llorar. “Nosotras no cuestionamos lo que hacemos”, me dijo, “lo hacemos porque somos madres. Nosotras luchamos y seguimos buscando hasta encontrar”.

La doble tragedia de las familias de los desaparecidos radica en perder a un familiar y en no contar con las autoridades para resolver el crimen. “Todo está sucediendo con la anuencia de la federación”, me dice Lucía, vestida impecablemente de blanco y con una foto de su hijo en la solapa. “Es muy desafortunado tener gobiernos que no te representen, tener gobiernos que no vean y que no rindan cuentas”.

México ha perdido su capacidad de sorpresa. El otro día, mientras reportábamos en Estados Unidos sobre las fosas que encontraron en Veracruz, esperaba ver protestas masivas en las calles mexicanas – al menos una investigación independiente en el congreso y una explicación del presidente, en televisión nacional, enumerando sus planes para identificar los cuerpos y encontrar a los culpables. Pero me quedo esperando. No ha pasado nada.

México es el país de las fosas. El sexenio de Enrique Peña Nieto es ya uno de los más violentos de su historia moderna. Hasta el momento han sido asesinados 77,316 mexicanos, según cifras oficiales, y 5,591 han sido secuestrados.

Si hace dos años y medio desaparecieron a 43 estudiantes de Ayotzinapa y todavía no saben dónde están, ¿qué podemos esperar, entonces, sobre el hijo de Lucía?

¿En qué país encuentran unas fosas clandestinas con 250 cadáveres, y todo sigue igual? No es normal que en un país maten y secuestren a sus jóvenes. Sí, México se ha acostumbrado a eso, pero no es normal.

Hace poco que Peña Nieto dijo que “pareciera que viviéramos en el peor de los mundos cuando, realmente, no es así”.

¿No es así? Pregúnteles a Lucía y a las otras madres del Colectivo Solecito. Pregúnteles, por favor.

https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1328484.el-pais-de-las-fosas.html