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Forjemos la paz

Esteban Garaiz

¿Eres indígena o inmigrante?

Aquí estás, viviendo y conviviendo con muchos otros seres humanos, mujeres y hombres. ¿Eres indígena de estas tierras? ¿Desde cuándo? Hay dos sopas. Después vienen las combinaciones, y las multiplicaciones.

Porque 2 padres, por 2, por 2, por 2, ya dan 16 antepasados en 5 generaciones; y 16 por 16, por 16, por 16 y por 16 son ya un millón 48 mil 576 antecesores: de aquí, de allá, o de acullá.

Sí, queda claro: todos venimos de la misma Eva africana. Todos. De 1516 a 2016, por estas tierras, tenemos un millón de ancestros cada una o cada uno. Los que no bajaron por el Estrecho de Behring, bajaron del barco.

Los que bajaron del barco, unos por Veracruz y otros por San Blas en la Nueva Galicia; unos bajaron con armadura de hierro, con arcabuz, con la espada desenvainada, con caballos y perros bravos; otros y otras llegaron con las alpargatas rotas, algunas semillas de su tierra en el bulto, huyendo del hambre, del minifundio gallego o asturiano; o huyendo de la persecución política o religiosa.

 Otros también, los que sobrevivieron a la travesía por mar, venían encadenados de manos y pies, arrancados brutalmente de sus aldeas africanas. Como dijo un distinguido y reconocido historiador jalisciense: “¿Y de dónde crees que vienen los bellos ojos tapatíos?”

El alcalde de Jalostotitlán Francisco Angel y sus regidores en 1618, se quejaban amargamente ante la autoridad civil y religiosa de Guadalajara por el mal trato que recibían de su sacerdote Francisco Muñoz y de su amante española, en un escrito redactado en su lengua materna: el náhuatl occidental. “Ytechcopa timoteilhua yn tobicario”.

Algún alteño o alteña del Jalos de hoy deben tener al alcalde entre su millón de antepasados; o a alguno de sus regidores.

En estos días en la Ciudad de México se está exponiendo una hermosa colección de obras llegadas en la Nao de China, que en realidad partía del puerto de Manila en las Islas Filipinas (llamadas así por el rey Felipe) y llegada al puerto de San Blas; entre otros, un bellísimo mantón de Manila. Aunque la mayoría de los mexicanos de origen chino llegaron en realidad a nuestro territorio vía  California por el año 1900. También ellos habían llegado a Asía desde África hace 200 mil años.

Todos somos migrantes. Unos más migrantes que otros. Algunos presumimos de indígenas porque nuestros antepasados llegaron a la tierra de nuestro ombligo hace quizá 10 mil, o quizá 500 años. Pero hay muchos otros ombligos enterrados a lo largo de la travesía y del tiempo, de los siglos y de las tierras.

Si hay algo que queda claro es que los principios republicanos de la igualdad y de la fraternidad tienen una base científica indiscutible.

También la institución religiosa que durante todo el período de la dominación colonial, en los 300 años que duró la formación de nuestra Nación (proceso claramente inconcluso) formó parte integrante del gobierno virreinal, sostenía y sostiene la doctrina de la fraternidad y de la igualdad originaria de todos los hijos de Dios.

Aunque en los registros parroquiales estableciera de por vida la casta a la que pertenecía, desde su bautizo hasta su extrema unción, el nuevo bautizado o bautizada. Eso hasta que la República por 1859 estableció en una de las Leyes de Reforma el Registro Civil. Por cierto, que el primer nacimiento registrado civilmente fue el de una hija de Benito Juárez en Veracruz.

Las estadísticas de INEGI nos indican que un 55 por ciento de todos los indígenas censados en 2010 en el estado de Jalisco (o sea: los que se asumen y declaran indígenas y hablan alguna de las lenguas originarias del país) radican en los municipios del Área Metropolitana de Guadalajara. O sea que son más numerosos que los wirrárikas que viven en las comunidades apartadas de la Sierra Norte, y los nahuas de las montañas del Sur.

No se puede dejar de mencionar que asumirse como indígena es un derecho, considerando que la pérdida de la lengua originaria puede ser en algunos casos parte del despojo histórico. Como sabemos que es el caso de comunidades de origen nahua en el Sur del estado, que conservan su estructura, usos y costumbres, no así la lengua indígena.

Por lo que toca a los establecidos (algunos nacidos) en el AMG, la mayoría en las periferias, sean purépechas michoacanos, wirrárikas, mixtecos oaxaqueños, tzotziles o tzeltales chiapanecos, o de cualquier otro origen, es importante aclarar que tienen todo el derecho a integrarse. No la obligación de asimilarse. Como cualquier otro mexicano. O como cualquier ser humano. No son “de afuera”. Son de lo más adentro.

P.D. Logro agrario histórico el de la restitución de tierras a la comunidad  dueña originaria de Wuautta, o San Sebastián Teponahuaxtlán. Reconocimiento a la valentía y prudencia de Agustín del Castillo y otros reporteros. No hay despojo al que despojó.

http://www.milenio.com/firmas/esteban_garaiz/indigena-inmigrante_18_819098143.html

¿Qué harías con 56 mil millones?

 

Aprovechando que las fiestas patrias están recientes, imaginemos que asistes a una verbena organizada por tu colonia. En ésta no hay una cuota de admisión fija sino que se cobra dependiendo de lo que lleves en el bolsillo. Así lo decidieron en junta de colonos, con el fin de que los gastos de la fiesta fueran cubiertos por todas las personas que asistieran. Pensando en quien menos tiene, tomaron la decisión de no cobrar lo mismo a todos, de tal suerte que quien llevara cargando un par de monedas se le permitiera pagar una cifra modesta, pero quien anduviera forrado pagara más.

La entrada es cobrada por un señor designado por la junta de colonos. Sin embargo, al poco tiempo de transcurrida la fiesta, una amiga hace notar que se han colado varios asistentes sin pagar un solo peso. No sólo eso, comienzan a darse cuenta de que esos colados son buenos amigos del señor de la entrada, que se han servido varias veces de la comida comunitaria y que, para colmo, son los más ricos de la colonia. Los principios de buscar cubrir los gastos de la verbena de manera equitativa y comunitaria están comprometidos, muchas y muchos sienten una tremenda decepción por la manera en que han sido embaucados, porque aunque fuera poco, el dinero que cada uno puso lo hizo con esfuerzo.

¿Y si esta injusticia no fuera una ficción? Sí, lamentablemente, esta ocasión toca hablar de un caso profundamente indignante (pero que tiene una luz al final del túnel). Me refiero a lo que exponen los llamados #PapelesDeSHCP, una investigación sobre los adeudos cancelados o condonados por la Secretaría de Hacienda y Crédito Público a empresas ligadas a la élite económica y política del país.

Gracias a la investigación realizada por el Centro de análisis e investigación Fundar y por la divulgación que el medio virtual Sin Embargo le ha dado, hoy sabemos que la SHCP ha dispuesto que miles de millones de pesos no lleguen a las arcas públicas. Con criterios desconocidos, discrecionales y sin el menor atisbo de rendición de cuentas, se ha decidido desde esta oficina que los recursos económicos del país se vean reducidos y que los resultados de dichos perdones no sean claros, aunque se intuye que tienen como objetivo beneficiar a los amigos del poder.

Las cantidades son tan grandes que pueden perderse en la estratósfera de las cifras incomprensibles, por eso debemos ponerlas en perspectiva. Según lo publicado en Sin Embargo “sólo el año pasado, el SAT perdonó el pago de más de 56 mil millones de pesos al amparo del artículo 74 del Código Fiscal de la Federación.” Hagamos un ejercicio de imaginación y preguntémonos ¿Qué se podría hacer con esa cantidad?

Aquí las respuestas (al final de esta columna se pueden consultar los cálculos):

Se podrían construir 1,300 escuelas primarias o 56 Universidades tecnológicas; con ese dinero se podría admitir anualmente a más de 600,000 jóvenes en el nivel superior, creando la universidad más grande del hemisferio occidental; se podría pagar todo el gasto público de Coahuila y Colima juntos; o para darle un poco de color, con este dinero se podrían pagar más de 375 mil diputados federales por un mes.

Estas cifras calan y molestan, pues un país debería determinar sus impuestos con una visión progresiva, es decir, que quien tiene más, ponga más. Por eso, es imprescindible que se sigan las recomendaciones que Fundar hace de cara a este caso: 1) Construir una política de cancelaciones y condonaciones más transparente, impulsando que sea de conocimiento público a quiénes y por qué se le perdonan los impuestos 2) Rendición de cuentas sobre los esfuerzos para recuperar los créditos fiscales, es decir que nos digan en qué chambean para lograr que los impuestos sí sean pagados y 3) Una agenda legislativa para atacar de raíz los privilegios fiscales, trabajo del Congreso de la Unión.

Como dije al inicio, sí hay una luz al final del túnel. A partir de esta investigación, Fundar nos da luz para construir un país más justo y equitativo, donde la verbena sea pagada por todos y todas, sin distingo de amigos o parientes.

*De acuerdo a la Cámara Mexicana de la Industria de la Construcción, el precio promedio de una escuela es de $6,643 MXN por m2. Por otro lado, la Norma Oficial Mexicana de Selección de Terreno para Construcción de Escuelas, el área necesaria para una escuela es Primaria es de 1,975.2 a 6,480 m2 y Universidad Tecnológica es de: 150,000 m2. Por lo tanto, el costo promedio para una primaria estaría entre $13,121,253.6 MXN y $43,046,640 MXN. Por su parte, una Universidad Tecnológica tendría un costo de $996,450,000 mxn.

El presupuesto de este año de la UNAM es de 39 mil millones y el de la Universidad de Guadalajara es 12 mil millones y combinadas tienen 600,000 estudiantes. La universidad más grande del continente americano es la Universidad de la Ciudad de Nueva York con poco más de medio millón de estudiantes.

El presupuesto de egresos de este año de Colima fue de 13 mil millones de pesos y de  Coahuila fue de 43 mil mdp.

Tomando como base que un diputado federal gana $148,558  por un mes.

 

 

¿Qué harías con 56 mil millones?

Sergio Aguayo: Desconectados

SERGIO AGUAYO

mié 28 sep 2016, 4:00am

Desconectados

 

Nuestros políticos y gobernantes flotan sobre los cargos desconectados de la historia y de la sociedad. Abordo el tema con un escándalo capitalino que ilustra el patrón nacional.

La semana pasada la policía sorprendió al segundo de la delegación Cuauhtémoc, Pablo de Antuñano, con 600 mil pesos en una caja de cartón. Si uno piensa en las deudas dejadas por Javier Duarte a Veracruz estamos ante un pecado venial. Sin embargo, el escándalo creció porque involucra a Ricardo Monreal, líder de Morena que encabeza las intenciones de voto de quienes aspiran a gobernar la capital.

Monreal se defendió con un guión desgastado. Primero se deslindó y luego se presentó como víctima de una campaña urdida por sus enemigos políticos: su principal sospechoso es el PRD que carece, dijo, de “autoridad moral”; también señaló “al Estado Mayor Presidencial” y al periódico Reforma. Es una defensa típica de los políticos en situaciones incómodas.

En noviembre de 2014 Carmen Aristegui y su equipo difundieron el reportaje sobre la Casa Blanca que involucraba a Enrique Peña Nieto en un grave conflicto de interés. El presidente reaccionó descalificando la información por incluir “aseveraciones imprecisas y carentes de sustento”, luego trató la noticia como parte de un “afán orquestado [para] desestabilizar” a su gobierno y cerró el asunto cuando un subalterno lo exoneró.

Aventar la culpa a otros sirve de bien poco cuando se carece de evidencia. Es obvio que desprestigiar al opositor es práctica común en México y el mundo. Es altamente probable que el PRD y Mancera quieran hundir a Monreal porque están en juego los tesoros capitalinos. Es incluso posible que hayan espiado a Antuñano para atraparlo con sus manos sobre la cajita milagrosa. Irrita que estén manejando el tema como si fuera una disputa entre ellos.

La mayor parte de los políticos mexicanos deambulan en una burbuja compartida con aliados o enemigos. Es normal que cuando ocupan los cargos en cualquier lugar de México se desconectan de la ciudadanía y sólo se preocupan por los de su especie. Entre ellos socializan, hacen negocios, se pelean, insultan y reconcilian. A la ciudadanía le asignan el lucidor, pero irrelevante papel de florero.

Importa que Monreal reproduzca este patrón cultural porque representa a Morena, un partido que insiste en mostrarse como una alternativa a la mafia en el poder. No basta con decirlo. Tienen que probarlo conectándose con las inquietudes que expresa la ciudadanía en docenas de encuestas. Vivimos temerosos de la violencia y ofendidos por la corrupción y la desigualdad. Monreal aceptó tácitamente el problema al nombrar a Zuleyma Huidrobo González, una política con un buen nombre, para sustituir al “Señor de la cajita”.

A Monreal le falta una explicación clara y convincente sobre la gestión de Antuñano y una disculpa explícita hacia una sociedad que se siente agraviada. Los 600 mil pesos aparecen después de múltiples acusaciones de irregularidades en diferentes colonias de la Cuauhtémoc. Me consta que Antuñano congelaba las denuncias. ¿Actuaba solo? ¿Entre sus cómplices está el crimen organizado?

Necesitamos gobernantes empáticos con una sociedad maltratada. Afortunadamente no todos son iguales. Algunos demuestran que sí se puede ser diferente. El experredista Alejandro Encinas, por ejemplo, tuvo la decencia de renunciar a su salario de senador mientras se va de constituyente capitalino; el priista Roberto Campa es un bombero que va apagando fuegos sociales mientras escucha con paciencia a las víctimas de la violencia; y Javier Corral será gobernador de Chihuahua en parte por su disposición a dialogar con la sociedad.

La corrupción no desaparecerá solamente con denuncias o leyes. Hay un fortísimo componente cultural entre quienes consideran que los cargos son de su propiedad y que pueden hacer con ellos lo que les venga en gana. A los ciudadanos nos tienen de adorno salvo cuando nos llaman a votar o nos obligan a pagar. Si Monreal quiere ser apoyado no basta con denunciar -sin evidencia- las campañas en su contra. Su manejo de la cajita de Antuñano ha sido lamentable, más propia del jurásico priista que del demócrata que escucha a sus gobernados mientras verifica lo que hace su equipo. No ha sido su caso.

Comentarios:

Www.sergioaguayo.org

Colaboró Zyanya Valeria

Hernández Almaguer.

https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1266946.desconectados.html

 

Movimiento por Nuestros Desaparecidos

Si desaparecen a las personas y desaparece la justicia,

también desaparece la razón por la que el Estado existe.

#SinLasFamiliasNo

¿Qué significa que una persona sea desaparecida? Durante años he intentado comprender lo que esto significa para sus familiares y el impacto de esos actos criminales para nuestra sociedad. A pesar de mi experiencia cerca de los colectivos de familiares en búsqueda y acompañando casos concretos, aún no alcanzo a comprender la dimensión de la esa tragedia.

He llegado a una conclusión personal que me ayuda al aproximarme al daño humano que estos crímenes producen; la desaparición de personas lejos de equipararse al homicidio se parece más a la tortura. El impacto de esta atrocidad se extiende a los familiares de las víctimas y se renueva día a día por el resto de sus vidas. Este inimaginable dolor puede ser aminorado en parte, al encontrar al desaparecido pero en México esto casi nunca ocurre. El efecto destructor de la desaparición de personas no termina ahí.

¿Por qué son “nuestras” las personas desaparecidas? Para cualquier sociedad el hecho de que más de 26 mil personas se encuentren desaparecidas y que cientos de miles de sus familiares sufran “tortura” diaria significa que ese país no tiene futuro. Esto es así porque la principal justificación para que exista un gobierno es la seguridad sus ciudadanos en la forma más elemental, el derecho a la vida y a la integridad personal.

Cuando este vital derecho es vulnerado se entiende que todos los recursos de lo que llamamos instituciones se dirigirán a reparar el crimen encontrando a quien es desaparecido, y cuando esto no sea posible, los esfuerzos estarán en enjuiciar y sentenciar a los responsables. Lejos de encontrarles, procesar a los responsables y detener esta mortífera tendencia, cada año las historias de dolor en las familias se acumulan por miles y las instituciones se vuelven contra las familias. A la fecha sólo 13 sentencias han dictadas por el delito de desaparición forzada en México.

El Estado se vuelve contra las personas no solo al omitir los procesos de justicia, sino al perpetrar directamente las desapariciones y al encubrirlas, tal y como lo documenta el reciente informe de Open Society “Atrocidades Innegables”. Suma a lo anterior la burda estrategia del autoritarismo mexicano que, al no poder o querer, terminar con estos crímenes, busca solucionarlos desplegando eufemismos. Aún hoy, los ministerios públicos del país no inician investigaciones aludiendo a figuras legales como “personas ausentes” y disputando en cada caso la responsabilidad de las autoridades, al establecer diferencias legales entre la desaparición forzada y las desapariciones cometidas por particulares.

La desaparición de personas es tan grave que no solo se comete en contra de las víctimas y sus familias y contra la ciudadanía de los países, también se comete contra la humanidad y está en la lista de los crímenes más graves internacionalmente sancionados denominados delitos de lesa humanidad. El Estatuto de Roma que crea la Corte Penal Internacional, del que México es parte, establece una definición de estos delitos que hace inútiles los esfuerzos de las autoridades mexicanas por lavarse las manos.

El Estatuto los define como una serie de actos parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil y con conocimiento de dicho ataque de conformidad con “la política de un Estado o de una organización para cometer ese ataque”. La omisión sistemática de la investigación o la aquiescencia en la perpetración, como sucede en México, pueden configurar una política así definida.

Si los gobiernos se vuelven en nuestra contra solo nos tenemos a nosotros, a nuestras familias y a nuestras comunidades. Por ello cada persona que es desaparecida es nuestra en la medida que nos importa encontrarla y en su caso que la justicia sea impartida para sus familias.

Una reacción humanamente comprensible ante la desaparición de un familiar lleva a muchas personas a encerrarse en su dolor. Esto es así por varios factores entre ellos, el que las mismas autoridades desalienten la denuncia y en muchos casos quien denuncia recibe de inmediato amenazas y agresiones. En muchos otros casos miles de madres, hermanos, hijas y familiares han emprendido una lucha titánica por encontrar a los suyos. En tan solo 10 años han surgido una diversidad de movimientos, colectivos y grupos de personas, que ante la omisión estatal, han emprendido por su cuenta la búsqueda superando el aislamiento y con dignidad son vanguardia en la defensa del derecho a la vida y la libertad en este país.

Esta diversidad de esfuerzos han madurado en muy pronto estableciendo comunicación con los movimientos por las personas desaparecidas de la guerra sucia, promoviendo la articulación y el diálogo entre sí. De eso fui testigo cuando, en el marco del Día Internacional de las Víctimas de Desaparición Forzada, víctimas de todo el país se reunieron el pasado 30 de agosto en la Ciudad de México.

Constaté que existe un conjunto de voluntades que desde la especificidad de sus colectivos han conformado un proceso social de articulación que configura el Movimiento por Nuestros Desaparecidos en México.

Estando ante el mayor reto que enfrentamos como país los pasos para corregirlos podrían desalentar a cualquiera, pero este Movimiento ha avanzado al punto de elaborar propuestas concretas hacia la justicia. Entre ellas destaca le creación de una Ley General sobre Desapariciones Forzadas y Desapariciones por Particulares.

Una ley es necesaria para atender específicamente estas atrocidades despejando y clarificando un marco jurídico que actualmente es base para la inacción. Una ley general daría además a las víctimas un piso sobre el cual iniciar su lucha de forma legal y legítima. Finalmente existe otra razón más práctica. El 2 de febrero de 2014 entró en vigor la reforma al artículo 73 de la Constitución para establecer que el Congreso de la Unión tiene a la vez una facultad y una obligación a saber, la de expedir una ley general sobre desaparición forzada de personas y otras formas de privación de la libertad contrarias a la ley y que ello debería realizarse dentro de los 180 días posteriores, es decir antes del 1 de octubre de 2014.

Al día de hoy han pasado 2 años, 7 meses y 20 días, es decir 963 días y el Congreso aún no cumple el mandato. ¿Qué sucedería si después de 2 años cualquiera de nosotros no hubiese cumplido una tarea en nuestro trabajo? Al parecer en el Senado y en la Cámara de Diputados no se preguntan esto.

El Movimiento por Nuestros Desaparecidos es una luz entre tanta obscuridad porque incluso han avanzado a la propuesta detallada de lo que dicha ley debería contener. Vale la pena revisarla a profundidad (aquí el documento) porque fue construida con la voluntad de las familias y en alianza con universidades, organizaciones sociales y entidades internacionales. Resumo aquí algunas de sus principales propuestas que en la página del Movimiento, en forma visual se explican creativamente:

1. Reconocimiento y participación de las familias. La legislación debe tener como principios, el reconocimiento estatal de la dimensión del problema y la inclusión como actores indispensables a las familias y sus organizaciones, garantizando los mecanismos para la rendición de cuentas. #SinLasFamiliaNo tiene sentido en un país donde los únicos que han buscado, acumulado experiencia y entienden la magnitud de la tarea, son los familiares.

2. Clarificar y organizar las definiciones y responsabilidades. La tarea de clarificar las figuras delictivas es indispensable, implementando la investigación inmediata exhaustiva y la delimitación de las responsabilidades y competencias, eliminando los obstáculos para el ejercicio de la acción penal y para el enjuiciamiento y reconociendo el papel de las víctimas y la coadyuvancia.

3. La búsqueda como prioridad. Actualmente la búsqueda es la última actividad en la lista de los ministerios públicos. Algo tan irracional debe ser corregido en la ley. Como lo ha propuesto el Movimiento esto tendría el soporte de un Sistema Nacional de Búsqueda y de mecanismos urgentes de búsqueda nacional y transnacionales.

4. La creación de políticas públicas basadas en la acción y no en la omisión. Para ello se propone un Plan Nacional de Búsqueda y planes específicos, un programa nacional de exhumaciones e identificación de restos y un registro único de personas desaparecidas.

5. Reparar el daño de forma integral. Sabemos bien que aún encontrado a sus familiares y en los casos que se identifican los restos mortales, el daño nunca será reparable en su totalidad. Pero actos de mínima justicia como el reconocer como víctima a los familiares y garantizar sus derechos, así como el estatuto legal de la persona desaparecida deben ser establecidos.

¿Por qué luchar por leyes en un país en donde no se respetan? Primero, porque en este tema existe un caos (intencionado creo yo) con un cúmulo de conceptos legales que son aplicados a situaciones similares, cuando fueron pensados en otros tiempos y para otras circunstancias, y son usados “legalmente” por los agentes de justicia para no buscar a nuestros desaparecidos. Una ley para buscarles es el piso de lucha y movilización, es lo menos que les debemos a las víctimas.

Exijamos que esta ley sea una realidad en al actual periodo de sesiones. Firmemos y difundamos (aquí) esta petición, si podemos hacer algo más (aquí) los pasos a seguir. No veo otra manera congruente de decir que queremos a nuestras hijas e hijos, a nuestras familias y que queremos un futuro diferente para ellos.

Movimiento por Nuestros Desaparecidos

Niños, niñas de la guerra y la paz

 

Ramiro tiene 12 años, nació en Badiraguato, Sinaloa, la Sinaloa del Chapo Guzmán, de los miles de desplazados y cientos de secuestrados. El territorio del abandono, donde la guerra tomó el lugar de las escuelas para miles de niños y niñas. Donde la narrativa del narco ha colonizado el lenguaje de la infancia. Ahora ellos dicen palabras colombianas sacadas de las narconovelas, tales como sapo: soplón en mexicano; verraco: valiente en mexicano. Muchos chicos en los colegios juegan durante el recreo a los cárteles, se ríen y usan armas de plástico. Uno aprendió a hacer una pistola perfecta con origami, usó el papel para armarse en lugar de utilizarlo para expresar sus emociones e ideas con palabras escritas. “Si no me das el dinero te secuestro”, le dice uno al otro. Juegan a los levantones, a los buscadores de fosas, a los militares buenos que matan a los militares narcos. Otros niños y niñas los miran con desprecio mientras juegan al futbol, al ajedrez. Ninguno imagina que de adultos tal vez serán enemigos, tal vez se odiarán. Tal vez uno le venda drogas al hijo de la otra. Ramiro dice que en México hay que ser valiente para que el gobierno no te mande matar, para que los militares no secuestren a tu mamá. No cree en los adultos. Antes quería ser maestro, ahora ya no sabe lo que quiere. Dice que no sabe si va a llegar a grande.

Jeferson nació en Medellín, el Medellín de Pablo Escobar, el de los miles de familias desplazadas, de secuestrados, de mujeres violadas y de asesinatos. Creció con el temor metido en los huesos; con sus amigos del colegio corría a esconderse cada que veía una motocicleta pasar a toda velocidad, el vehículo favorito de los sicarios. Cuando Jeferson descubrió que su padre estaba dedicado a vender droga, sintió un gran desprecio por su progenitor, ese que maltrataba a su madre a punta de golpes y frases de desprecio. A los 15 huyó de casa. Conoció a un tendero que le dijo que había un lugar donde tendría trabajo digno y podría liberar a su gente de la pobreza y de los narcotraficantes. Terminó en las filas juveniles de las Fuerzas Armadas Revolucionarias-Ejército del Pueblo (FARC-EP). Un año después escapó con dos amigos de su edad, los ayudó un sacerdote y más tarde entraron en un proceso de reintegración social como desmovilizados de la guerrilla. Es un joven moreno, tímido, dice que aún no sabe quién es él, lo que sí sabe es lo que no quiere ser: no quiere matar, no quiere ser un mal hombre, no quiere vender o consumir drogas, no quiere que lo maten. Tal vez podría ser músico, quién sabe.

Escribo este texto en Colombia, presenciando un momento histórico para América Latina: las negociaciones de paz que podrían dar fin a 52 años de conflictos bélicos internos que han devastado la vida de 8 millones de víctimas. Aquí descubrí el proyecto de lectura y escritura Los niños piensan la paz; elaborado por la Subgerencia Cultural del Banco de la República. Mientras los adultos negociaban el fin de la guerra y se tomaban fotos, este equipo cultural de la mano de Ángela Pérez Mejía y Javier Naranjo, con del Laboratorio del Espíritu, expertos en la promoción de la lectura como ejercicio de ciudadanía de niños y niñas, trabajaron con esta población para que definieran su mundo. “Los que me da paz es no escuchar más gritos de lamento en barrio, no escuchar disparos, no escuchar de boca de otros lo que en las noches curre porque con todas esas cosas vivo con temor y no me permite vivir en paz” Angie de 16 años, originaria de Neiva. “La guerra sabe a tristeza, porque necesitamos la paz para vivir tranquilos” escribe Ana de 10 años. María, originaria de Río Negro escribe “La guerra huele feo, porque es un gran olor a odio y rabia”.

Las niñas y niños de Colombia dicen y piensan que si ellos votaran el plebiscito seguro ganaba el sí. Entienden que la paz no es una casa a la que se llega a vivir, sino un largo camino para encontrarse con personas muy diferentes, pero que, aunque diferentes, todas merecen vivir sin violencia, con agua y comida, sin drogas o armas que los maten; con familias que les den amor.

Niños, niñas de la guerra y la paz

 

Juan Villoro: Arañas

Juan Villoro

dom 25 sep 2016, 10:35am

 

Arañas

Mi amigo Lorenzo me citó para hablar de un tema decisivo del tercer milenio: la conducta de los adolescentes. Su hija cumplió quince años y en vez de organizar una fiesta con vals, chambelán y cisne de hielo fue a un festival de reggaetón. Naturalmente, esta actividad excluyó a Lorenzo, que odia la estética de crema chantilly de las fiestas de quince años, pero no está preparado para que su hija prescinda de él en su festejo.

Antes, los quince años servían para presentar a una chica en sociedad; ahora sirven para que ella se aleje de la sociedad y se integre a un colectivo que se llama “la banda”.

“Tiene vida propia”, Lorenzo habló como si esta virtud fuera trágica. Para consolarlo, le conté que también yo había pasado por el alejamiento filial. De pronto, la niña que se entusiasmaba con cualquier propuesta paterna (“¡Siempre he querido conocer una fábrica de clavos!”, me dijo Inés cuando la llevé a los seis años a un polígono industrial) se transforma en la adolescente que lee El extranjero de Camus con concentrada angustia, como si el árabe fuera asesinado en cada página. “No tenemos comunicación”, se lamentó. Le dije que me acerco con cautela a mi hija, tratando de distinguir si un cable asoma de su cabello para saber si al hablarle debo competir con su iPod.

“La adoro”, agregó. Estuvimos de acuerdo en eso y en pedir otra copa. Por los cristales de la cantina veíamos el crepúsculo. Nos había tocado una tarde sin lluvia, de rosáceos resplandores, ideal para reconciliarse con el cielo, pero no con los hijos: “Primero me cuestionó y me pareció sano; luego me repudió y ya no me latió; ahora me ignora y eso es peor”, dijo Lorenzo. “Es un proceso normal y necesario. Volverá a ti”, hablé como un libro de autoayuda. “Lo normal y necesario es espantoso”, mi amigo tiene sangre italiana; en tono apasionado dijo una frase desoladora que sonó cómica: “¡Odio el ciclo vital!”.

Al cuarto tequila Lorenzo ya no quería ser humano. Admiraba a las marmotas y otras especies que se llevan bien con sus cachorros: “Sueño que Cris tiene cuatro años; despierto y tengo una hija que sólo me dirige la palabra para pedir que compre quínoa o quejarse de que el yogur no es orgánico. Hace cuatro meses que no vendo un cuadro y ella piensa en ensaladas”.

Vi los dedos de Lorenzo, permanentemente manchados de pintura: “Soy un proveedor de quínoa. Nada más”. Miles de padres han pasado por eso. Exageran ante un proceso inevitable, pero sus emociones son auténticas.

Cité un pasaje de El libro de la risa y el olvido, de Milan Kundera. Ya exiliado en París, el escritor checo tomó un taxi en el que recorrió casi toda la ciudad. El conductor, de origen africano, le contó la intrincada historia de su vida y dijo que la estaba escribiendo. El novelista le preguntó si la escribía para sus hijos. El hombre sonrió con tristeza: ellos no querían saber nada de él. “Escribimos libros porque nuestros hijos no se interesan en nosotros”, reflexionó Kundera.

Lorenzo guardó silencio. “Es cierto”, tomó un sorbo de tequila: “Estuve en una escuela donde los niños se fascinaron con mis dibujos. Ahí Cris hubiera sido la única distraída”. “Si ella te pelara, no pintarías”, exageré la tesis de Kundera.

“Lo peor es entrar a su cuarto: es la habitación del pánico”, agregó: “Me da miedo estar ahí. Es como el refugio de una secta”.

Pedimos la cuenta y lo acompañé hasta su casa, a unas cuadras de la cantina. Metió la llave en la cerradura, pero no tuvo tiempo de accionarla. Cristina abrió de inmediato: “¡Te estaba esperando, papi! No sabes cómo te extrañé”. Lo besó en las dos mejillas y me saludó con cordialidad: “¡Juanito, sigues creciendo!”, bromeó alegremente.

¿Qué tenía que ver esta chica con la lúgubre existencialista descrita por Lorenzo? Nada. Pero esa nada tenía una causa:

“¡Hay una arañota en mi cuarto!, ¿la matas?”. Luego se dirigió a mí: “Es la tercera vez que sale una araña. Son adictas a mí, ya se dieron cuenta que soy aracnofóbica”.

Fuimos a la habitación de su hija y Lorenzo cumplió con su papel de depredador doméstico. Ella lo abrazó, con enorme cariño: “Eres lo máximo”.

Después de todo, la situación de mi amigo no era tan mala. Se lo dije y sonrió para sí mismo. Antes de despedirme, me llevó al garaje. Se dirigió a una repisa y tomó un frasco. Lo acercó a mí para que lo viera.

Estaba lleno de arañas.

http://www.elsiglodedurango.com.mx/noticia/687894.aranas.html

 

 

La guerra negra

La guerra negra

A diferencia de la “guerra sucia” de los años 70 del siglo XX que el estado mexicano desplegó contra los grupos disidentes y guerrilleros, generando la desaparición de mil 500 personas durante una década, la que podríamos llamar “guerra negra” ha provocado una herida más profunda en la sociedad mexicana por la violencia extrema y absurda que ejercen los perpetradores que, lo mismo forman parte de las filas del crimen organizado que de las agrupaciones policiacas, militares y del gobiernos en sus tres niveles federal, estatal y municipal.

Ayotzinapa es el caso más emblemático de esta “guerra negra”, donde ha habido miles de cuerpos ejecutados, mutilados, torturados, incinerados, disueltos en ácido o colgados en los caminos. Se trata de una guerra no convencional donde los desaparecidos se cuentan por miles, lo mismo que las familias desplazadas de sus lugares de origen convertidos en infiernos por sicarios salvajes que divagan por los caminos marcando sus territorios a base de terror y violencia.

A dos años de la desaparición de los estudiantes de la escuela rural de Ayotzinapa, el caso es un expediente abierto pues las indagaciones del gobierno federal, que acusan la incineración de los jóvenes por manos criminales, siguen siendo insatisfactorias para los familiares que han perdido la confianza en las autoridades mexicanas, no así en el grupo de expertos de varios países que señalaron la posibilidad de participación de militares en la ocultación de los jóvenes en el cuartel de Iguala.

La “guerra negra” es más violenta, sangrienta y terrorífica que la llamada “guerra sucia”. Si en esta última el Estado mexicano usó prácticas de espionaje, persecución, detención y desaparición de líderes sociales generando un clima social de miedo, ahora en la “guerra negra” algunos de los integrantes del propio Estado, coludidos con el crimen organizado, usan no sólo estas prácticas, sino otras más que han desarrollado para crear un imperio de terror.

Las historias que se han generado desde hace dos años con la desaparición de los estudiantes normalistas son ejemplo de lo que ocurre en el escenario infernal de la “guerra negra”.

La sola idea de que la policía municipal entregó a los jóvenes a una banda de criminales que los torturó hasta matarlos para luego incinerarlos, describe una escena dantesca inimaginable, como lo es también la otra posibilidad de que fueron llevados al cuartel militar para desaparecerlos en los incineradores que ahí tienen o la idea de que se los llevaron a trabajar como esclavos en alguna zona de cultivo de amapola de la sierra guerrerense.

En la historia contemporánea del país, estos años de “guerra negra” –que empezó con Felipe Calderón y continúa con Enrique Peña Nieto–, serán recordados por los graves niveles de violencia, por las historias de terror y horror que han vivido pueblos enteros sometidos bajo el yugo de delincuentes y funcionarios fundidos en un solo cuerpo: el crimen institucionalizado.

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