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¿Cuál es el problema con la deuda que deja EPN?

Mucho se ha hablado en los últimos días del incremento de la deuda, con relación al producto nacional, durante esta y la pasada administración. La relación creció de alrededor de 30% del PIB a casi 50% en menos de una década. Dicho porcentaje es claramente menor al de economías desarrolladas, capaces de recaudar una mayor proporción de ingresos públicos, y más o menos similar a otras economías de ingresos medios.

Es claro que parte del problema fue la velocidad con la que la deuda creció en este periodo, mientras que la economía en su conjunto continuó con un crecimiento muy bajo. La realidad es que la deuda comenzó a crecer a raíz de la crisis global de 2008 como una política que pretendía ser contracíclica, es decir que diera un impulso a la economía, por medio del gasto público, para compensar los efectos negativos externos y retomar el crecimiento.

Los problemas fueron varios. Uno es que como el gastopúblico tiene poca calidad y la deuda supera a la inversión física, entonces en realidad los programas financiados con deuda tuvieron poco impacto sobre la economía. De hecho, en México no se financian proyectos específicos con deuda, sino que la misma sirve para financiar el gasto global. Como al final la economía creció menos que lo estimado como resultado del estímulo financiado con deuda, pues la relación deuda-PIB fue menor a la planeada. La otra es que después de que pasó la parte más grave de la crisis global de la década pasada, el país continuó aumentado el endeudamiento, aun cuando los precios del petróleo alcanzaron niveles muy altos.

El principal problema del incremento de la deuda de los gobiernos de Calderón y Peña es el aumento del costo financiero de la deuda; es decir, de los intereses que los mexicanos pagamos cada año por su servicio. Dicho costo es de alrededor de 2% del PIB, un nivel no alcanzado desde de la década de los 90, después de la crisis de 1994. México había logrado, con mucho sacrifico y políticas de restricción de gasto muy cuestionables por sus efectos negativos en términos de redistribución del ingreso, desendeudarse de tal forma que el costo financiero no fuera una restricción importante para el gasto.

Por otro lado, como la deuda no financia proyectos específicos, pues no necesariamente se invirtió, como mandata la constitución, en acciones que incrementaran los ingresos públicos o al menos redujeran las obligaciones de gasto. Es decir, la mayor deuda tampoco sirvió para fortalecer las fuentes de pago en el futuro.

Los mercados aceptaron este incremento de deuda por varias razones. Una de ellas es que en estos años se incrementaron y establecieron nuevos impuestos, aunque eso apenas sirvió para compensar la caída de los precios del petróleo, de la plataforma y hacer frente a los crecientes requerimientos de pensiones. La verdad es que el crecimiento de la deuda de México se dio a la par de incrementos similares en otros países del mundo como parte de la reacción contra los choques negativos de la crisis global.

La presión llegó hace unos años, cuando los paquetes de gasto contracíclicos en el monto ya habían concluido, y de hecho Europa y Estados Unidos habían retomado el crecimiento, pero México seguía incrementado la deuda. Fue entonces cuando se recurrió al expediente de utilizar el remanente de operación del Banxico para evitar el incremento de la relación deuda/PIB. El problema ahora, cuando muchos avizoran una nueva crisis global, por la guerra comercial, por los problemas de la banca china, por el agotamiento del ciclo de crecimiento de Estados Unidos, México ya no tiene márgenes para hacer política contracíclica financiada con deuda. Ese es el principal problema que nos deja la deuda tomada y mal gastada por Calderón y Peña Nieto.

 

Los funerales de López Obrador

El nuevo presidente imagina su futuro en el panteón de bronce en el que yacen Miguel Hidalgo, Benito Juárez, Francisco I. Madero o Lázaro Cárdenas

Para obligarnos a reflexionar sobre el significado de la vida, Epicuro sugería pensarnos a nosotros mismos en el momento de la muerte o, mejor aún, después de ella. De allí concluía que en realidad daba lo mismo: el universo podía continuar perfectamente sin nosotros, de la misma manera en que había existido antes de que llegásemos. El epitafio del filósofo griego lo dice todo: “no era, he sido, no soy, no me importa”. Lo que parece un trabalenguas es un resumen perfecto de su filosofía. Dos mil años más tarde Wittgenstein, lo dirá de otra manera: “¿por qué no deberías temerle a la muerte? Una razón es que no la experimentarás. Tu muerte no será algo que te pase a ti. Cuando suceda tú ya no estarás ahí… la muerte no es un acontecimiento de la vida”.

La reflexión es válida para el común de los mortales. Entramos y salimos de la vida con la trascendencia de una mota de polvo o un grano de arena; mota y grano tan solo importan por su número. Sin embargo, hay artistas, científicos y estadistas que hacen alguna diferencia, supongo. Es el caso del propio Epicuro, aunque él mismo lo negase.

Andrés Manuel López Obrador ciertamente no promulga epicureísmo alguno. El nuevo presidente de México (tomará posesión el 1 de diciembre), está convencido de que la historia del país no volverá a ser la misma tras su paso por Palacio Nacional. La prometida Cuarta Transformación haría de su sexenio un hito al nivel de la Independencia, la Reforma y la Revolución Mexicana.

A muchos asusta este mesianismo histórico. El saldo que dejan los dirigentes que se conciben a sí mismos goznes de la vida de sus pueblos es de claroscuros. Incluye a un Gandhi pero también a un Hitler, a Napoleón o Ataturk.

No sé si Andrés Manuel lo consiga, pero francamente agradezco el propósito. Los problemas en los que se ha metido el país en materia de corrupción e inseguridad obligan a repensar a la sociedad mexicana desde sus cimientos. En muchas regiones el tejido social simple y sencillamente se ha descosido. No solo porque los poderes salvajes han tomado el control de esos territorios sino también porque han terminado por penetrar en las estructuras institucionales de la vida nacional. El problema no solo reside en la pujanza imparable de los huachicoleros (perforadores clandestinos de ductos), en la propagación de las extorsiones a negocios o la omnipresencia de la piratería; es también, y sobre todo, que se trata de industrias ilícitas que operan en contubernio con las estructuras formales en una simbiosis que a ratos resulta imposible de imaginar disociada. Como hermanos siameses que han comenzado a compartir órganos vitales indivisibles. El sistema de justicia, las policías, no son entidades que hayan sido desalojadas por el crimen organizado; son parte constitutiva, orgánica, del fenómeno.

En tales condiciones lo último que necesitamos son presidentes que vengan a navegar con la corriente, a gestionar en el marco de lo posible. Más allá de la frivolidad de Enrique Peña Nieto, de su predisposición a concebir su mandato como una recompensa a su carrera y como un punto de llegada y no de partida, su tragedia es que su horizonte de visibilidad siempre se mantuvo “dentro de la caja” y la caja hace rato que está podrida. Intentó soluciones los primeros cuatro años, los últimos dos sencillamente ha doblado las manos ante lo inevitable.

López Obrador quiere trascender a fuerza de pensar por fuera de la caja. Una pretensión que entraña riesgos, desde luego, pero también oportunidades de encarar los problemas desde otra perspectiva. Y resulta obvio que la atalaya desde la que se ha mirado la corrupción, la desigualdad o la inseguridad no ha rendido frutos. Habrá decepciones, ocurrencias impracticables, soluciones fallidas; pero también propuestas novedosas, entusiasmos refrescantes, aciertos inesperados. Sobre todo, hay esperanza.

El nuevo presidente imagina su futuro en el panteón de bronce en el que yacen Miguel Hidalgo, Benito Juárez, Francisco I. Madero o Lázaro Cárdenas. Ojalá lo consiga y no se convierta en un retrato más en la galería de presidentes insulsos que le darían la razón a Epicuro: no eran, fueron, no son, no importan.

@jorgezepedap

V. S. Naipaul

 

Juan Villoro

Después de viajar sin descanso, V. S. Naipaul se topó con “esa cosa distinguida”, elegante eufemismo que Henry James usó para la muerte.
Nacido en Trinidad en 1932, en una familia de emigrantes indios, Naipaul luchó para integrarse a la cultura occidental que no dejó de idealizar y a la que perteneció en forma conflictiva (el pesimismo ante el progreso le parecía una forma del progreso). Ávido lector de Conrad, repudió el imperialismo y la pasividad del subdesarrollo. En su crónica autobiográfica Buscando el centro narra su emigración a Inglaterra. El título es revelador: Naipaul persiguió, sin encontrarlo, un sitio sedentario (“estaba pidiendo demasiado, pidiendo, de hecho, más del centro que de mi propia sociedad”, diría en 1992, en una conferencia en Nueva York). Su libro más “inglés” lleva el inquietante título de un cuadro de Giorgio de Chirico: El enigma de la llegada. Su fuga no encontró reposo.
En busca de sus raíces, fue a la India, donde trató a “personas sensacionalmente sucias” y encontró tantas maneras de decepcionarse como las que Graham Greene encontró en México. La irritación inquietó su carácter y alimentó sus historias.
La figura central de su imaginario fue su padre. Seepersad Naipaul se apartó de la comunidad hindi para ejercer el periodismo, pero fue víctima de las precarias condiciones de Trinidad y vivió con amargura la derrota. Su hijo asumió su propia carrera como un “segundo acto” para lograr lo que el padre no pudo hacer. Una y otra vez volvió sobre un tema: el héroe que escapa a su destino.
Inventor de rebeldes, Naipaul también fue visto como el converso que repudia su cultura original. Ian Buruma rechazó esta crítica: “Naipaul es lo opuesto a un reaccionario. No elogia los criterios metropolitanos ni repudia las calamidades coloniales para congraciarse con los antiguos amos coloniales, sino, por el contrario, para afirmar el orgullo de un hombre libre”. Leer a Séneca sirve para ser Séneca en cualquier sitio.
El elogio de Buruma admite matices. Cuando le preguntaron a Naipaul qué pensaba de la literatura de África, preguntó: “¿Existe?”. Su incorrección política fue retratada de manera inmejorable por Paul Theroux en La sombra de Sir Vidia. Diez años más joven, Theroux conoció a su futuro mentor en Uganda, donde se convirtió en su chofer. Durante décadas tuvieron un intenso trato desigual: Naipaul gruñía y pontificaba y Theroux ayudaba y aprendía. Una tarde, el discípulo encontró en una librería de viejo los libros que le había dedicado a su maestro. Indignado, urdió una venganza literaria: retrató a una persona cuestionable, pero de ideas excepcionales e infinita devoción por el oficio. El desahogo tenía algo de homenaje y no impidió que los protagonistas se reencontraran años después.
También Vargas Llosa enfrentó al huraño Naipaul: “Lo invité a cenar una vez y me dijo que lo pensaría. Llamó días más tarde para averiguar quiénes serían los otros invitados. Se lo dijimos. Pero él todavía no se decidió. Volvió a llamar por tercera vez y preguntó por mi mujer. Exigió que le describiera el menú. Después de escuchar la desconcertada descripción, dio instrucciones: él era vegetariano y sólo comería este plato (cuya receta dictó)”.
En 1979, Naipaul viajó por países islámicos. Su libro Entre los creyentes cuestiona los excesos del fundamentalismo, algunos francamente cómicos: un fanático de Malasia explica las solemnes diferencias entre toser en forma obligatoria, tolerable o prohibida. En 1981, Rushdie criticó a Naipaul por no entender las complejidades del islamismo en Irán. Siete años después, el autor de la reseña fue condenado a muerte por el ayatollah.
No es causal que Naipaul se interesara en el político y arqueólogo francés Jacques Soustelle, que colaboró en una fallida estrategia colonial mientras estudiaba a los aztecas. Exiliado en Inglaterra, Soustelle recreó el mundo que sería aniquilado por Cortés.
Las jerarquías morales de Naipaul están en discusión, pero no el fervor con que las convirtió en historias. Su ensayo sobre Soustelle gira en torno a la decadencia de Occidente y termina con una escena del año 241 en el teatro de Antioquia. De pronto, un actor exclama: “¿Estoy soñando?”. Los espectadores vuelven la mirada y descubren a los invasores persas, armados de arcos.
Eso fue el arte para Naipaul: una representación entre las flechas.

https://www.criteriohidalgo.com/a-criterio/v-s-naipaul

 

 

“Peña Spots”, más despilfarro para el sexto informe

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Bien advirtió The Economist hace más de tres años sobre el gobierno de Enrique Peña Nieto: “no entienden que no entienden”. O, mejor dicho: no hay peor cínico que quien sigue despilfarrando el dinero público en la misma receta que lo llevó al fracaso.

Y esto es lo que vuelve a hacer Enrique Peña Nieto en vísperas de su último y sexto informe de gobierno del próximo 1 de septiembre: “comunicar logros” a partir de publicidad sin credibilidad, contratos millonarios para las agencias, productores e intermediarios que se han enriquecido en los últimos años queriendo vender “percepciones” sin sustento en la realidad.

En su cuenta de Instagram, el solitario de Los Pinos afirmó el lunes 13 de agosto: “Trabajaré hasta el último día para cumplirle a México”. El texto acompañó una foto donde él saluda desde un autobús a un paisaje borroso, sin gente, sin ciudadanos.

Su noción de trabajo no es enfrentar la oleada de violencia que aqueja a varias entidades del país en los últimos dos meses o supervisar los últimos proyectos de infraestructura. Según su cuenta de Instagram, su trabajo es el de siempre: comenzar a grabar spots en distintas regiones del país. El Copete telegénico sonríe, posa en tres cuartos de perfil, da las gracias a sus simpatizantes.

En varias estaciones radiofónicas se difundió desde el 13 de agosto lo siguiente:

“El presidente Enrique Peña Nieto prepara una serie de mensajes que en breve se difundirán en radio y televisión. Los videos y audios durarán dos minutos y son grabados en Los Pinos, Palacio Nacional y en varios estados donde ha entregado más grandes obras”.

La reacción de algunos críticos de su gobierno no se hizo esperar. El productor Epigmenio Ibarra escribió en su cuenta de Twitter:

“Oiga, @EPN escucho en la radio que está grabando spots para una campaña publicitaria más en torno a su último informe. ¿Va a seguir gastando dinero de los contribuyentes en su imagen? ¿A estas alturas? ¿Luego de su infame gobierno? ¡Qué poca madre la suya!”. El mensaje de Epigmenio Ibarra fue retuiteado más de 5 mil 500 veces.

“Otro bono de despedida. Ahora para los medios”, reaccionó Patricia Rodríguez, usuaria de Twitter. Otra más moderada redactó dirigiéndose a Peña Nieto: “señor @EPN, le pido que ya no gaste el dinero del pueblo mexicano en publicidad nula. Su tiempo de quedar bien ya caducó hace mucho tiempo”. Algunos usuarios justificaron esta decisión porque “tiene que informar”.

Para Peña y sus asesores “informar” es “publicitar”, “comunicar” es “comprar mensajes”, “trabajar” es “dar una buena imagen”, y no hay mesura ni austeridad posible en un gobierno que rebasará los 50 mil millones de pesos en gastos de comunicación social durante su sexenio y que destinó, tan sólo en redes sociales, 2 mil 758 millones de pesos, de acuerdo con el Sistema de Gastos en Comunicación Social.

La inversión en redes sociales es el fracaso más ostentoso del peñismo. Concentró los casi 3 mil millones de pesos en Twitter y en Facebook, las dos plataformas donde más críticas recibe, incluida su cuenta en Instagram, donde a veces interactúa.

Entre septiembre de 2017 y agosto de 2018, Peña Nieto emitió mensajes en su cuenta de Twitter no para informar, sino para mandar “condolencias” (la palabra más usada en al menos 37 veces) o para enviar “felicidades” (usada 35 veces), según el análisis de metadatos del portal http://www.sinembargo.mx. En Facebook, la interacción es prácticamente nula. Subió 57 spots sobre su quinto informe de gobierno.

Las más beneficiadas por este gasto fueron las agencias de marketing digital que cobraron millonadas de pesos por difundir mensajes sobre el Plan Michoacán, la prevención del embarazo o la reforma penal. La agencia Agavis Digital S.C. cobró, sólo en 2013, 12 millones de pesos por estos contratos en la partida 3600. Un estudio de Fundar, Centro de Análisis e Investigación, calculó que durante el sexenio esta agencia acumuló contratos por 98.86 millones de pesos.

Otra de las beneficiadas fue la empresa Estudios Churubusco Azteca S.A., que entre 2013 y 2016 recibió varios contratos para los materiales audiovisuales del presidente, a pesar de que el gobierno federal cuenta con infraestructura propia, estudios y camarógrafos para realizar sus propios spots.

¿Cuál ha sido el impacto social de este dispendio publicitario con costo al erario? Una reacción boomerang de efectos catastróficos: más del 90% de los mexicanos consultados en encuestas recientes consideran como el principal mensaje de Andrés Manuel López Obrador el proyecto de austeridad que incluye la disminución de los salarios de la alta burocracia y la reducción al 50% de la publicidad oficial en los medios de comunicación.

El periódico Reforma documentó este 14 de agosto otra veta del despilfarro del gobierno de Peña: el pago a servicios externos profesionales, científicos, técnicos y otro tipo de asesorías y consultorías que se destinaron vía la partida 3300. Tan sólo en 2017 sumó en total 63 mil 740 millones de pesos, superior a los 8 mil 65 millones de pesos destinados a “comunicación social y publicidad” o a los 10 mil 642 millones de pesos en el rubro de “traslados y viáticos”.

La dependencia que más gastó en la partida 3300 de “servicios profesionales, técnicos y otros” fue la Secretaría de Gobernación con 22 mil 809 millones de pesos, 36% del total de ese año, seguida por Comunicaciones y Transportes (7.6%), la Secretaría de Educación Pública (6.7%) y Salud (5.9%).

En otras palabras, una alta burocracia federal, comandada por el peñismo, que además de ganar altos salarios, tener una nómina abultada de “aviadores” y de asesores, pagó más de 63 mil millones de pesos en un año para que les dijeran cómo hacer ciertos programas y políticas.

Y el resultado: el desastre y el desprecio electoral de millones de mexicanos.

Pero eso no les importa. Peña Nieto seguirá grabando sus spots del sexto informe de gobierno. A fin que eso sí lo aprendió en seis años: posar ante una cámara.

http://www.homozapping.com.mx

https://www.proceso.com.mx/546882/pena-spots-mas-despilfarro-para-el-sexto-informe

 

El tren que no iba a ni una parte

Salvador Camarena

La Feria

En el país donde hace décadas no se completa un tren exitoso que no sea de tequila, se hará la madre de todas las locomotoras, el tren de trenes, un ferrocarril para llevar turistas por puños a Palenque.

La opinión pública apenas digería ese anuncio de postcampaña (un tiempo rarísimo este que estamos viviendo: el de las promesas de postcampaña), y, cuando estábamos a la espera de detalles e información sobre cómo aterrizaría la próxima administración ese tren Maya, que iba a ser de 900 kilómetros, en eso estábamos cuando sale el presidente electo a la escalera de los anuncios y ofrece que mejor no sean 900 kilómetros, que sean 1,500 kilómetros de tren. Y que ya no va ir sólo de Cancún a Palenque, es decir, de Quintana Roo a Chiapas, sino que para no dejar solitos a Campeche y a Yucatán, será Transpeninsular; será el sueño de Andrés copeteado con el sueño que en su momento tuvo Peña Nieto, que anunció en diciembre de 2012 un tren, transpeninsular, mismo que en enero de 2015 Luis Videgaray, entonces secretario de Hacienda, anunciaría que bye, que a ese tren se lo había cargado la falta de presupuesto. Ah, qué mala suerte la de este sexenio que termina con los trenes. Uno, a Querétaro, cancelado por aquello de las casas blancas y de Malinalco. Y otro, el de la península, porque la lana no les dio.

Uno esperaría que el próximo gobierno estuviera en un curso de aprender en cabeza ajena de lo que a otras administraciones se les ha indigestado a la hora de megaproyectos, aprender por ejemplo:

1) A no amarrar los proyectos a los tiempos políticos. Quieres hacer un tren de Toluca a la Ciudad de México, bueno, pues hazlo, pero sólo a sabiendas que tendrás que empeñar tu capital político para que otro sea quien lo capitalice, porque ni una obra casi 30 veces más pequeña que el tren Maya se concluirá en seis años.

2) Haz primero el proyecto ejecutivo. Tárdate en él todo lo que sea necesario para que no termines pagando sobrecostos ni viendo el tiempo pasar sin que tu locomotora eche humo.

Y, 3) Sal y anúncialo cuando tengas cubiertos todos los frentes: no sólo el derecho de vía, no sólo la pertinencia en el papel; revisa por qué en diez años nunca le han salido las cuentas de los aforos al tren Suburbano; checa los problemas de suelos del de Toluca a la CDMX; que te cercioren si a lo largo de esos 1,500 kilómetros no hay un solo ejido que se vaya a amparar, o esté ya amparado reclamando esas tierras, contra tu proyecto; revisa cuánto te llevará tener los estudios de impacto ambiental, y, finalmente, que tu secretario de Turismo te jure sobre la biblia que deseé que habrá turistas para ese tren; que vea qué le funciona al Chepe; que te explique por qué cuando vas a la Tarahumara, lo único que no ves es Tarahumaras; que te diga cuánto del turismo de Cancún no sale nunca del hotel donde ya tiene todo pagado desde Europa o Norteamérica; que alguien te asesore y te persuada de que un tren, sin todo calculado con meses y meses de trabajo de especialistas, es un sueño faraónico que no va a ninguna parte.

http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/salvador-camarena/el-tren-que-no-iba-a-ni-una-parte

¿A quién escucha López Obrador?

JORGE ZEPEDA PATTERSON

Domingo 12 de ago 2018

No es cosa menor preguntarse quién o quiénes influyen en el mandatario de un país. Particularmente en uno en el que aún persisten fuertes rezagos presidencialistas. ¿A quién escucha Andrés Manuel López Obrador?

Si el propio presidente electo tuviera que responder a esa pregunta, él diría que solo escucha al pueblo. De allí su insistencia en hablar de la necesidad de un referéndum a través del cuál sea la propia gente la que decida los temas importantes. Sus adversarios han acusado de demagogo a AMLO por afirmar que el pueblo es el verdadero soberano del país. Un rasgo del dirigente populista, dicen sus detractores, es convertir sus propias tesis, juicios y prejuicios en lemas irrebatibles y sacrosantos por el simple hecho de afirmar que proceden de una entelequia abstracta como pueblo, patria o nación. “Es un hombre que no escucha a nadie” decían en corrillos políticos supuestamente informados; “otro mesías tropical en potencia”, afirmaban en ambientes intelectuales liberales.

Sin embargo, no coincido con estas apreciaciones cuando observo la trayectoria de López Obrador. Me parece que tales acusaciones forman parte de una narrativa que resultó muy oportuna y funcional a las campañas de descalificación en contra del tabasqueño.

En la práctica Andrés Manuel es alguien que recoge muchas opiniones de las personas que él respeta. Caso muy señalado, por ejemplo, el de José María Pérez Gay mientras estuvo vivo, quien influyó poderosamente en la visión del mundo del ahora presidente electo. O actualmente el empresario Alfonso Romo, quien ha matizado muchas de las preconcepciones que el dirigente tenía sobre la iniciativa privada o la economía de mercado. Es cierto que el líder de Morena es poco receptivo a los “tira líneas”, a los que pontifican o intentan hacerle ver algo en contra de lo que él considera las causas justas. Y también es cierto que cuando escucha puntos de vista que respeta no suele ser reactivo o engarzarse en diálogos apasionados. Más bien suele oír con atención y en silencio a alguien a quien otorga crédito o legitimidad, aunque a ratos incluso de la apariencia de estar distraído. Sus interlocutores suelen pensar que El Peje los ignoró olímpicamente. Pero pareciera que ciertas ideas incuban en su mente y más tarde se expresan en puntos de vista que recogen lo que antes había escuchado.

Es por ello que con cierta frecuencia da la sensación de que ha cambiado de opinión o ha terminado por matizar drásticamente posiciones que antes sostenía de manera categórica. El caso del nuevo aeropuerto es un ejemplo de ello gracias a su interacción reciente con algunos empresarios a los que él califica de mexicanos patriotas. O el tema de la amnistía y sus vericuetos, en los que sin duda ha influido la ex ministra Olga Sánchez Cordero.

¿Qué ha sucedido en sexenios anteriores? ¿A quién escuchaban los presidentes? En el caso de Vicente Fox se decía que la persona que más influía en él era la última con la que había conversado. El problema es que esa persona era por lo general Martha Sahagún. Sobre Felipe Calderón en cambio no hay manera de documentar una influencia decisiva porque el hombre vivía para demostrar que tenía la razón; deliberadamente optó por un gabinete de cuadros novatos o francamente mediocres para ejercer un liderazgo sin que nadie le hiciera sombra.

Todo lo contrario a Enrique Peña Nieto que se entregó en buena medida a sus dos alfiles, Miguel Ángel Osorio Chong en política y Luis Videgaray en economía quienes actuaron con bastante autonomía (sobre todo el último al final del sexenio). En ciertos aspectos el presidente operó más como un vicepresidente fotogénico y carismático a cargo de las relaciones públicas y las inauguraciones mientras el equipo técnico de Videgaray dirigía tras bambalinas.

Me queda claro que López Obrador no se parece a ninguno de los mandatarios anteriores ni en este ni en muchos otros sentidos. Tomará las decisiones importantes solo y con su conciencia, sin duda, pero estas habrán sido influidas por interlocutores inteligentes a los que él respete. Espero que el ejercicio del poder y sus avatares no aparte del camino a los compañeros de viaje valiosos o que estos sean remplazados por las voces de la adulación. A nadie sirve un soberano condenado a la soledad de sus propios demonios.

@jorgezepedap

http://www.jorgezepeda.net

https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1488864.a-quien-escucha-lopez-obrador.html

 

Poder de poderes

Poder de poderes

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- La tradición política republicana en México es el predominio avasallador del Poder Ejecutivo sobre todo otro órgano del Estado. Algunos agudos problemas llevaron al asesinato del presidente de la República, pero sólo para entronizar a otro. También tuvimos presidentes títeres, pero lo fueron de un expresidente en funciones de jefatura máxima.

Es a esto a lo que se refiere Andrés Manuel López Obrador cuando renuncia a esa herencia en su discurso en el Tribunal Electoral. Más eso no significa que el sistema político de la Constitución consigne la existencia de una “separación” de poderes y ni siquiera se habla ahí de “contrapesos” y otras expresiones que corresponden más bien al lenguaje coloquial.

“Los Poderes”, de los que habla la Carta Magna, constituyen el “Supremo Poder de la Federación” (art.49). Por otro lado, en la teoría, el poder del Estado es sólo uno, excepto en dualidades o paralelismos revolucionarios o solamente bélicos.

En realidad, conforme a la doctrina constitucional que prevalece en México y al texto mismo de la Carta Magna, la única rama del poder que puede legalmente despedir a los integrantes de las otras dos, incluyendo los llamados organismos autónomos, es el Congreso.

Al presidente, que no es sujeto de juicio político (espero que siga sin serlo), también se le puede despedir a través de un juicio, pero de carácter penal, a cargo del Poder Legislativo.

La realidad, sin embargo, no es tan esquemática. Las cámaras del Congreso no se encuentran en manos de un solo partido para ejercer esas altísimas facultades. Se requieren votaciones de dos tercios y ninguno puede, de entrada, contar con esa mayoría.

Varios partidos, sin embargo, podrían despedir y sustituir al Poder Ejecutivo y al Judicial, incluyendo a los gobernadores del Banco de México y a los órganos de todos los organismos llamados autónomos o independientes, incluyendo al titular de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH). De ese tamaño es el poder que la Constitución le asigna, técnicamente, al Congreso.

En los hechos, quienes reciben el voto popular, principalmente los partidos, son quienes podrían tener el poder de poderes, llevado éste a la remoción de todos los demás, pero, en forma ordinaria, no siempre para dar órdenes directas, excepto en situaciones y momentos definidos en la ley.

El presidente de la República ha controlado por completo a su propio partido, según la tradición mexicana. Si esto es lo que se quiere eliminar, entonces podríamos entrar a una situación en la que ese presidente sea el líder político de su partido y tome en el seno de éste las decisiones políticas más importantes que tuvieran que ser impulsadas en el Ejecutivo y en el Legislativo.

Pero, como dentro de las formaciones políticas ya se discute, se comparte, se negocia, se rivaliza y se toman acuerdos, ese partido del presidente podría empezar a serlo de verdad.

Dice Andrés Manuel que no tendrá palomas ni halcones, en clara referencia a que nadie podrá hablar en su nombre más que en forma absolutamente oficial. Ya ahora se observan intentos de pasar consigna del presidente electo por debajo del agua o con simples insinuaciones. Así ha operado el viejo sistema y hasta en ese punto es preciso cambiarlo todo.

Ha dicho también López Obrador que no será tapadera de nadie. El Congreso, por su parte, tampoco tendría que serlo. Esto abre la posibilidad de que las cámaras ejerzan a plenitud sus facultades de control político y del sistema de ingreso-gasto, que son muchas y relevantes, sin entrar en mecanismos de encubrimiento o complicidad.

No importaría que dicho control afectara a secretarios de Estado y personas allegadas al presidente de la República: nadie tendría su tapadera, ni siquiera AMLO.

Lo que sería por completo desastroso es que no hubiera diálogo y negociación políticas entre los integrantes de la fuerza que ha recibido el mandato de cambiar el viejo sistema y buscar su sustitución radical.

En el nuevo esquema, presidente y partido no deben estar lejos o cerca, de lo que antes se hablaba, sino ser un mecanismo de decisiones, ya que los objetivos generales se conocen, más las formas, tiempos y maneras tienen que ser definidas a cada paso.

Si se quiere que los propósitos del 1 de julio se conviertan en realidades, la nueva disciplina debe basarse en la solidaridad, la cual implica igualdad y apertura políticas, sin secretos, insinuaciones, lecturas de pensamiento ni engaños.

Sería un error convertir a Morena en una agencia electoral, sin vida propia, sin opinión ni manera de actuar junto con el gobierno federal y sus grupos parlamentarios, así como de sus alcaldes y gobernadores.

Los partidos no deben ser sólo para hacer campañas, sino para elaborar ideas y luchar por ellas. Los gobiernos no son aparecidos incidentales, sino que surgen de formaciones políticas más o menos estables; rara vez proceden de un independiente, en cuyo caso, de seguro forma un partido para continuar.

El país requiere una fuerza política de relevo que sea verdadera, es decir, que no conforme un club de negocios, sino una manera de expresar objetivos y métodos con la mayor transparencia y honradez. La esencia de un partido es su programa, el que sea, pero verdadero; es la expresión de ideas e intereses de grupos y clases. He aquí una tarea para hacer historia.

https://www.proceso.com.mx/546433/poder-de-poderes