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Forjemos la paz

Desaparecer el dinero público para publicidad oficial

 

El dinero público destinado a comprar publicidad oficial de gobernantes debería estar prohibido. Debe de desaparecer. El tema de subsidios a medios de comunicación por razones de interés público es un tema relevante, pero se tiene que partir de quitarle la facultad a los gobernantes para que no gasten -con completa discrecionalidad- el dinero público para la compra de propaganda.

No es un tema de información pública. Es un tema de propaganda. Es un tema de recursos públicos para favorecer el interés personal o de grupo. Eso debe estar prohibido. Los gobernantes, insaciables por buscar popularidad para su siguiente trampolín político, argumentarán que es su derecho informar cuántos puentes hicieron, caminos pavimentados o desayunos escolares repartieron. Para ello deberán estar los medios públicos y tiempos de estado cuya función –entre otras- es informar temas de interés público sin tan groseros cargos al erario público.

La regulación de las partidas presupuestas para gasto en publicidad oficial es insuficiente. Aunque es necesario crear criterios para evitar la discrecionalidad en la compra de publicidad oficial a diferentes medios de comunicación, no es una herramienta los suficientemente fuerte para atajar el mal gasto en este rubro.

Ver al Gobernador de Chiapas anunciándose en la Ciudad de México. Ver al Gobernador de Morelos anunciándose en Tijuana; o al de Puebla promoviendo su imagen en Monterrey es al cinismo que hemos llegado. Con nuestro dinero pagan propaganda que enaltece su imagen. Es dinero mal gastado. Es dinero público que se podría gastar en otros rubros para el desarrollo social.

El dinero en publicidad oficial es la nueva caja chica de los gobernantes.

Javier Duarte, hoy prófugo, gastó, según Reforma: 8 mil 727 millones de pesos, más de 4 millones diarios, en pagos a medios de comunicación durante su gestión para promover su imagen y promocionar las acciones de gobierno. Continúa la información de Reforma: en 2011, 2012 y 2013, cuando la coordinadora de Comunicación Social era Gina Domínguez, el Gobierno de Veracruz gastó en medios 5 mil 96.7 millones de pesos, que representan el 58 por ciento del total del gasto.

En 2014, durante la gestión de Alberto Silva, quien actualmente es Diputado federal, se contrató propaganda por un monto de 2 mil 795.2 millones de pesos, que representan el 34 por ciento del total, y que es el mayor monto contratado en un año.

Para que el gobierno compre tiene que haber alguien a quien le compre publicidad. El otro lado del problema: los medios de comunicación y su transparencia.

Según la nota de Reforma “La mayor parte de los recursos, 2 mil 736.7 millones de pesos, se destinaron a la contratación de espacios en televisión tanto a nivel nacional como local, de los cuales se deben 307 millones.

A medios impresos se destinaron 2 mil 639.8 millones de pesos, entre ellos Prensa Heraldo-Grupo Samhe, con 309 millones; Grupo Mac-Maccise / Reporte Índigo, con 207 millones, y la OEM, con 205 millones.

En radio se contrataron espacios por mil 304 millones de pesos, en tanto que a portales web se destinaron 290.4 millones de pesos.”

Si usted alguna vez se preguntaba ¿dónde estaban algunos medios mientras Javier Duarte saqueaba al estado? Ahí tiene parte de su respuesta. Recibiendo 4 millones de pesos de dinero público diarios para insertar su imagen para consumo masivo.

Al prohibir la compra de publicidad oficial (dígase propaganda) muchos medios desaparecerán. Es cierto. Decenas de decenas de medios de comunicación dependen exclusivamente de la publicidad oficial. No importan si su periodismo responde al interés público y ético de la profesión; no importa si hacen buen o mal periodismo: sus contratos están dados. No hay ningún incentivo para la credibilidad periodística porque no depende de esta el factor financiero. A poca credibilidad, igual ingreso económico.

El dinero público se vuelve el motor censor desde el gobierno. Es a través del dinero como se negocian, modifican, inventan contenidos editoriales.

Lo que tiene moribundo el periodismo en México es el dinero público. El sistema de medios que tenemos se basa en la dádiva gubernamental e intereses de grupo. Es a través del intercambio/trueque de dinero público por contenido favorable, por línea editorial tendenciosa o por foto acordada donde se desbarranca nuestro periodismo.

El sistema de medios, los modelos de negocios tienen que cambiar. El actual –a costa del dinero público- es insostenible. La creación de medios patito para pagar o enaltecer gracias a contratos multimillonarios tiene que ser erradicado.

Crear más burocracia, como un instituto para repartir dinero para propaganda, es innecesario. No se necesita más burocracia ni más propaganda. Ahora bien, debe de quedar claro que hablo –y he hablado- de propaganda de líderes. No de información pública que tiene que dar gobiernos e instituciones como: campañas de vacunación, inscripción escolar, asuntos cívicos de toda índole. Esas son campañas de interés público que nada tiene que ver con la adoración a una imagen.

Quitarle el dinero público a los gobernantes para que dejen de gastarlo en propaganda es la única vía. Porque Duarte no fue o es el único que gasta esas millonadas, créamelo.

http://www.sinembargo.mx/08-12-2016/3123359

 

 

 

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La soledad de América Latina

Discurso íntegro que Gabriel García Márquez dio al recibir el Premio Nobel de Literatura, en 1982

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América Latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.

No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: «Me niego a admitir el fin del hombre». No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.

Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía.

Muchas gracias.

http://cultura.elpais.com/cultura/2014/04/03/actualidad/1396552129_445979.html

 

 

 

Rius para principantes

09/Diciembre/2016

Juan Villoro

Los mejores chistes mexicanos se cuentan en los velorios. No es casual que un genio del humor vernáculo haya trabajado en una funeraria. En 1956, Eduardo del Río contestaba el teléfono en Gayosso, célebre casa de los difuntos, y aprovechaba la vecindad con la librería de Polo Duarte para surtirse de lecturas y consagrar los tiempos muertos (nunca fue más cierta la frase) a leer y dibujar caricaturas.

Desde que Posada dibujó a La Catrina como un esqueleto de necrofílica coquetería, el humor nacional ha sido un recurso de primera necesidad para superar los quebrantos de la realidad y “pasar a mejor vida” sin el inconveniente de morir. Rius se desempeñó tan bien en Gayosso que recibió una oferta para formarse como embalsamador en Estados Unidos, pero en vez de embellecer lo que ya no tiene remedio prefirió poblar el mundo de monitos.

Nacido en Zamora en 1934 y huérfano de padre, recibió una educación religiosa que le causó efectos paradójicos. Estudió con los jesuitas, involuntarios forjadores de radicales como Simón Bolívar, Fidel Castro, James Joyce y Julio Scherer García, y con los salesianos, expertos en trabajos manuales y uno de cuyos alumnos fue Federico Fellini. En forma decisiva, esta educación le permitió graduarse como ateo.

Gracias a Saul Steinberg descubrió que unas cuantas líneas reinventan el dibujo y adoptó esa fecunda sencillez en el trazo; a través de Abel Quezada, descubrió que la palabra puede ser tan importante como las ilustraciones, y se convirtió en un caricaturista narrativo que llegaría a publicar cerca de cien libros.

México reaccionó ante los superhéroes del cómic estadunidense con curiosos antihéroes: Los Supersabios, de Germán Butze, y Los Superlocos, de Gabriel Vargas. En esa línea, Rius concibió Los Supermachos, nombre que aviesamente le birló su editor, Octavio Colmenares, lo que lo llevó a concebir otra imprescindible historieta, Los Agachados.

La temperatura política de sus cartones le ganó infinidad de adeptos y algunos infaustos enemigos. En una ocasión recibió las atenciones del Ejército: fue secuestrado y amenazado de muerte por sus comentarios sobre las fuerzas militares. Se salvó de milagro porque el general Lázaro Cárdenas, pariente suyo, se enteró del agravio y llamó al Campo Militar Número 1 pidiendo su liberación. Poco después, supo que todo había sido maquinado por otro pariente, el general Marcelino García Barragán. El horror quedó en familia. Una metáfora de las divisiones nacionales y una demostración del temple de Rius, que conoció el miedo sin deponer su sentido crítico.

Poco antes de llegar a los cuarenta años, Rius jugaba futbol en un equipo bastante digno de su nombre, el Atlético Reumático, y sufría para llegar al segundo tiempo. Con la curiosidad intelectual que lo ha llevado a indagar la Segunda Guerra Mundial (Hitler para masoquistas) y la contradictoria identidad nacional (Quetzalcóatl no era del PRI), estudió los efectos de la comida y anunció su conversión al vegetarianismo en La panza es primero, un bestseller en el país de las carnitas.

Al calor del éxito de Marx para principiantes, su mejor colega, Rogelio Naranjo, dibujó a un Marx de barba y melena hiperrealistas, que en una mano sostiene su más reciente libro: Rius para principiantes. La imagen capta la condición legendaria de un monero al que un día el Che Guevara le propuso dirigir una revista y que influyó de manera decisiva en el más leído y prolífico escritor de mi generación, el subcomandante Marcos, ahora Galeano.

El gobierno de la Ciudad de México ha creado un premio que hacía falta y que reconoce la trayectoria de un caricaturista. En forma inmejorable, el galardón lleva el nombre de Gabriel Vargas, creador de La Familia Burrón y máximo cronista de la vida en cuadritos de esta capital.

El pasado 7 de diciembre se entregó por primera vez. El ganador era tan obvio que el jurado pudo deliberar por telepatía, y es que nadie cuenta con más atributos que Eduardo del Río para burlarse de los abusos del poder y demostrar que la risa no sólo es un recurso de consuelo, sino un aguijón que alerta las conciencias.

Las cuatro letras de su nombre artístico representan los puntos cardinales del humor: Rius.

http://www.criteriohidalgo.com/a-criterio/rius-para-principantes

 

 

 

 

PISA nos pisa

PISA nos pisa

Javier Solórzano Zinser

Los resultados del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes, PISA, evidencian lo que se sabe: la educación en el país está severamente rezagada. Los estudiantes de 15 años de secundaria o educación media superior difícilmente alcanzan a estar arriba de la media en lectura, ciencia y matemáticas.

El informe muestra que no hay avances significativos en comparación con la evaluación de hace tres años. Es lógico porque muy pocas cosas se han hecho en este periodo.

La lógica también radica en que para que una reforma educativa pueda entrar de lleno en el proceso de enseñanza-aprendizaje se requiere de al menos diez años. Eduardo Backhoff, consejero del INEE, nos dijo ayer que hay pocos avances. En lectura la evaluación está en 59%, que es un poco más de lo que se obtuvo hace tres años.

A decir del consejero, uno de los elementos a destacar es que la cobertura escolar creció, hay más alumnos en las escuelas, muchos de los cuales pertenecen a los sectores populares. Se ha detectado que están iniciando o reintegrándose al proceso escolar.

En el balance general somos de nuevo los últimos en la OCDE. En el plano regional estamos por debajo de Chile y Uruguay, estamos a la par de Costa Rica y Colombia y por encima de los otros países de la zona, apunta Backhoff.

Ver lo que pasa en el exterior y compararlo con lo que pasa en el país, en ásta y otras áreas, para lo que sirve es para tener referentes. Al final lo que realmente debe importar es lo que hacemos nosotros mismos.

El país llevaba décadas sin que se atendiera o tocara la educación. Era como un tótem al que sólo se le veía y al cual no se podía mover o cuestionar, más por los arreglos entre los líderes sindicales y el poder político, tanto federal como estatal, que por los anhelos y las convicciones de los propios profesores. Quienes saben perfectamente lo que ourre en el aula son los maestros, a quienes muy contadas veces se ha consultado.

Uno de los grandes elementos a destacar de la reforma educativa es que se coloca a la escuela en el centro y en ella como ejes a los propios maestros, a los estudiantes y a los padres de familia; es una vieja y nueva ecuación.

Lo que muestra la evaluación de PISA es el brutal rezago de una franja de la educación, lo cual se extiende a mayores y menores niveles de escolaridad. Ejemplo de ello es que cuando los estudiantes egresan de la secundaria o de la preparatoria tienen una preparación en muchos casos deficiente, lo que obliga a que en los niveles a los que acceden se tenga que volver a empezar en áreas de conocimiento que se suponen superadas y aprendidas.

Los escenarios ponen de manifiesto la necesidad de hacer valer la reforma educativa integral. Para revertir el estado de las cosas se requiere de tiempo y paciencia, pero sobre todo de discutir lo verdaderamente importante.

No todo está para arrumbarse o tirarse. Hay muchos elementos positivos que se tienen que retomar. A la reforma educativa si algo le puede faltar es el convencimiento de todos los que conforman la nueva ecuación del proceso educativo.

La prueba PISA nos vuelve a evidenciar que estamos estancados. La reforma educativa no es la panacea, pero es el elemento medular para echar a andar un nuevo proceso que le urge al país. PISA nos pisa y nos desnuda y confirma que durante décadas hemos tenido a la educación en la covacha.

- RESQUICIOS. Así nos lo dijeron ayer:

* Dos de los bloques licitados que se encuentran cercanos a la frontera se los llevó una empresa paraestatal china, lo cual veremos si no provoca “algo” debido a los tiempos que se viven en EU con Trump. Si bien las licitaciones le van a traer ganancias a Pemex sin invertir, lo obligan a compartir el 60%; la petrolera se va a quedar con el 40%. En función de las pasadas licitaciones de la misma ronda uno y con las expectativas que existían se puede decir que el resultado fue bueno: Fluvio Ruiz, especialista en temas energéticos.

solorzano52mx@yahoo.com.mx
Twitter:
@JavierSolorzano

 

http://www.razon.com.mx/spip.php?page=columnista&id_article=330398

 

 

Moraleja de un suicida optimista

México debe usar a tiempo sus recursos para frenar el potencial daño de la presidencia de Donald Trump

 

El aire que agita los cabellos y una sensación de libertad y liviandad absoluta hacen exclamar al hombre: “Hasta ahora todo va bien”. Y tiene razón, salvo que acaba de tirarse de lo alto de un edificio y le espera el inexorable pavimento 30 metros abajo. Es la escena de una vieja película francesa que he vuelto a recordar estos días, tras percibir la narrativa del gobierno mexicano ante el inminente arribo de Donald Trump a la Casa Blanca.

Ciertamente no vamos a quedar desparramados en el pavimento un vez que suceda lo inexorable (Trump en la oficina oval), pero el inmediato futuro pinta bastante más preocupante de lo que sugiere esa política de evasión que han puesto en marcha en Los Pinos. Giras risueñas, públicos cautivos y entusiastas, intensificación de la campaña de desplegados y anuncios presumiendo los logros de la administración y el progreso de México.

No deja de ser admirable la confianza que los priistas tienen en el poder de la narrativa. La Secretaría de Hacienda ni siquiera reconsideró a la baja el pronóstico de crecimiento para el 2017 luego del triunfo del republicano, a pesar de que el deslizamiento del peso necesariamente aumentará el costo de la deuda pública, entre otras cosas. Un avestruz no lo habría hecho mejor.

La prensa internacional ha publicado diversos balances sobre la capacidad real que tiene Trump para cumplir o no las amenazas que hizo durante su campaña. Negociar el TLC en condiciones desfavorables para nuestro país es una de las más sencillas. No necesariamente puede concluir en catástrofe absoluta (hay fuertes contrapesos en la economía estadounidense), pero podemos estar seguros de que habrá afectaciones. Los actos en contra de inmigrantes y sus remesas pueden no alcanzar la ferocidad anunciada en campaña, pero el ejecutivo tiene a su alcance una batería de facultades que le permiten fastidiar a millones de familias si se lo propone.

Los actos de bullying que el presidente electo ha iniciado en contra de empresas de su país que intentan trasladar empleos a México (Carrier y Ford, entre otras) son aisladas, y exigen la contraprestación de subsidios locales y federales que Washington no podrá permitirse de manera indefinida, pero seguramente ejercerán un efecto disuasorio en el sector privado estadounidense.

Se me dirá que el gobierno está en la obligación de tranquilizar a los mercados locales y foráneos plantando buena cara. Ciertamente el capitán del barco no puede ser el primero en ponerse el chaleco salvavidas y entrar en pánico. Pero tampoco puede quedarse cenando tranquilamente, brindando y escuchando música de violines para apaciguar a los pasajeros inquietos. Sería mucho más deseable comenzar a preparar con mesura y responsabilidad a la tripulación y la infraestructura del buque para un choque que puede ser de mayor o menor consecuencia, pero que se sabe inevitable.

No se trata de emitir alarmas catastrofistas. La exitosa convocatoria internacional de Pemex esta semana para la explotación de aguas profundas muestra que hay vida al margen de lo que pretenda Trump. La asociación de la petrolera con Chevron y la licitación ganada por una empresa China no tienen precedentes.

Asumir las buenas noticias en su justa dimensión es necesario. Usarlas como argumentos para prepararnos para las adversidades que se avecinan sería mejor. México tiene contrapesos, recursos y posibilidades a condición de usarlos a tiempo y de forma estratégica.

La autonegación cobró un alto precio en Ayotzinapa, en donde se actuó tarde y con torpeza. El potencial de daño que puede tener la presidencia de Trump para México tendría que ser atendido con mayor atingencia, realismo y responsabilidad. Pero eso requeriría abandonar la mesa de los brindis del “hasta ahora todo va bien”. No es un iceberg lo que nos espera, ni México quedará horadado de muerte, pero lo que hagamos o dejemos de hacer en los próximos meses puede hacer una diferencia abismal en materia de miseria humana y sufrimiento para los que habitan en los sótanos y las salas de máquinas. Las inevitables víctimas de toda adversidad.

@jorgezepedap

Ni un peso al Teletón

www.johnackerman.blogspot.com

Twitter: @JohnMAckerman

 

http://www.proceso.com.mx/422588/ni-un-peso-al-teleton-dejar-en-borrador

 

JORGE RAMOS

mié 7 dic 2016, 3:52am

Peña Nieto, hincado ante Trump

 

D E entrada, vamos a calmar los nervios y la ansiedad del presidente de México, Enrique Peña Nieto. Puede estar tranquilo; nadie espera nada de él. No conozco a nadie que crea que Peña Nieto va a defender exitosa y eficazmente a los mexicanos, dentro o fuera del país, frente a Donald Trump.

Ésta tiene que haber sido una de las negociaciones más fáciles que haya realizado Trump, el autor del libro “The Art of the Deal”. No tuvo que hacer nada. Solo gritó y amenazó, y Peña Nieto le entregó la casa antes de que se la pidieran.

México y Estados Unidos ni siquiera se han sentado a negociar y Peña Nieto ya cedió frente a Trump en tres puntos esenciales: en cambiar el Tratado de Libre Comercio, en la construcción de un muro en la frontera y en la deportación de miles (quizás millones) de indocumentados mexicanos. Peña Nieto nunca opuso resistencia.

Muchos recuerdan cómo Peña Nieto se paralizó frente a Trump en esa fatídica conferencia de prensa en Los Pinos a finales de agosto (cuando no se atrevió a decirle que México no pagaría por una extensión del muro en la frontera). Pero pocos recuerdan que Peña Nieto, ahí mismo, cedió en algo mucho más importante: en modificar el TLC.

“El próximo presidente [de Estados Unidos] encontrará a un socio para encontrar la ruta para modernizar el TLC”, dijo, repetitivo y nervioso, Peña Nieto. “Modernizar” es un eufemismo. Trump quiere cambiar el TLC para su beneficio o salirse del tratado, y Peña Nieto le abrió la puerta. Literalmente.

Peña Nieto repitió su oferta de cambiar el TLC en su reciente discurso en Lima, Perú, en la reunión de la APEC. “Más que hablar de renegociación, es hablar de modernización”, dijo. En lugar de decirle “no” tres veces a Trump – no a la modificación del TLC, no al muro y no a las deportaciones masivas, como lo sugirió el excanciller Jorge Castañeda en un artículo de The New York Times (nyti.ms/2fZsppK) – el presidente mexicano se convirtió, de hecho, en un cómplice de Trump.

Esto parece una adaptación de ese chiste del porfiriato: “¿Qué hora es?”, pregunta Trump. “La que usted ordene”, responde Peña Nieto.

México, sin duda, tendría mucho que perder si se modifica el TLC. Más del 70% de las exportaciones mexicanas va a su vecino del norte. Pero Estados Unidos también perdería mucho: El 15% de las exportaciones de Estados Unidos va a México, según el Banco Mundial. Esto genera entre 5 y 6 millones de empleos en Estados Unidos. En 2015, Estados Unidos exportó a México productos por 236 mil millones de dólares. Conclusión: Ambos países pierden si se modifica el TLC.

Nadie gana en una guerra de aguacates y camiones. Nadie gana si te imponen 35% de impuestos a los productos que exportas. Pero en lugar de que Peña Nieto – al menos como posición inicial – le dijera que no a Trump, ya se agachó y cedió. La hora que usted diga, señor Trump.

Alerta: Trump no va a cambiar. Es un error creer que Trump, de pronto, se va a convertir en una monjita de la caridad. Escogió tácticamente a México como su enemigo al anunciar su campaña presidencial en junio de 2015, insultó a sus inmigrantes al llamarles “criminales” y “violadores”, quiere deportar a millones, insiste en extender el muro o reja en la frontera, y ganó el voto blanco acusando a México (y a China) de robarles sus empleos. Este es el enemigo que México tiene enfrente, no la versión azucarada e inocente de la diplomacia mexicana.

Es triste e ingenuo creer que como Peña Nieto invitó a su casa a Trump, ahora el presidente electo se va a portar bien con México. No. Esas transacciones de cortesía quizás le funcionan al presidente con contratistas de su propio gobierno. Pero no con Trump.

Trump no es un hombre de formas. Su objetivo no es quedar bien con su anfitrión en Los Pinos, sino con los 62 millones que votaron por él. Para Trump, México es una piedra en el camino. No entiende la relación bilateral como algo esencial. México, dejémoslo claro, nunca será una prioridad para Trump.

Hay momentos para negociar y hay momentos para pelear. Este es un momento para pelear. Pero esto es algo que Peña Nieto no sabe hacer.

Lo suyo, desde un principio, ha sido hincarse ante Trump.

 

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