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Archive for 28/06/09

Por más ocupada que esté, a San Juditas no dejo de visitarlo cada día 28 y a mi sábila nunca le faltan sus moños rojos que atraen la buena suerte. Los cambio cuando se decoloran para que la fortuna vea que la consiento. Ayer estaba en eso cuando vi a Edelmira en el crucero. Esperaba el cambio del semáforo para atravesar el eje. Junto a ella se formó un grupo de personas. Me divertí imaginando lo que dirían si supieran a qué se dedica Edelmira y recordé mi asombro cuando lo supe hace 12 años.

Edelmira fue la primera persona que entró en mi salón de belleza. Quería corte de pelo y manicure. Elogié sus manos. Por la forma en que me lo agradeció comprendí que estaba muy orgullosa de tenerlas bonitas a pesar de lo mucho que trabajaba en su casa y en su negocio, según me dijo.

A los salones de belleza llega toda clase de personas. Con el tiempo uno aprende a estudiarlas para conocerlas. Por la ropa, las zapatillas y lo cuidado de sus manos deduje que mi clienta debía trabajar en un corporativo o en una agencia de viajes. Se lo dije. Sonriendo, me miró a través del espejo: algo así. Noté que no quería hablar más del asunto porque enseguida me preguntó si éste era mi primer salón de belleza.

Le conté que antes había trabajado en muchos otros hasta que me harté de mis patrones y decidí arriesgarme montando mi propio negocio. Lo hice a pesar de que mi familia y mis amigos me habían dicho que, por la crisis económica que padecíamos entonces, y conste que no era tan fuerte como la de ahora, resultaba un mal momento para abrir un salón de belleza y me auguraron un fracaso seguro. Edelmira volvió a sonreírme a través del espejo: no les crea. Hay dos clases de negocios que son muy nobles aun en los peores momentos: los de comida y los de belleza.

Le creí a medias: comer es una necesidad, pero verse bonita no tanto y más cuando falta el dinero. Edelmira agitó la cabeza: se equivoca. Lucir bien es siempre tan importante como alimentarse. Se lo demuestro: cuando alguien muere, sus deudos pagan lo que sea con tal de que el difunto tenga el mejor aspecto posible, y eso que no se dirige precisamente a una fiesta. Ese es mi negocio: me ocupo en maquillar a los muertos que mi padre embalsama. Así que en cierta forma usted y yo somos colegas.

Me horrorizó imaginar a Edelmira ante su estuche de cosméticos, eligiendo entre los tonos de moda los más adecuados para embellecer el rostro de un muerto. De la impresión solté las tijeras. Temí que mi actitud hubiese ofendido a nadie menos que a mi primera clienta, y me justifiqué diciéndole la verdad: nunca había conocido a nadie de su profesión y pues, sí, me sorprendió muchísimo.

Edelmira volvió a sonreírme, como es su costumbre, a través del espejo: no se preocupe. Todo el mundo reacciona igual. Así que ya estoy acostumbrada y no me molesta. A riesgo de ser indiscreta le pregunté si le gustaba su trabajo: “mucho, tanto como a usted le agrada el suyo. Dígame que no siente satisfacción cuando una mujer sale de aquí creyéndose más bonita. Me ocurre lo mismo cuando un cadáver sale embellecido de mi establecimiento. La diferencia entre nuestros negocios es que al suyo vuelven los clientes, aunque sea una vez; al mío jamás regresan.

II

A través de las conversaciones con Edelmira he aprendido muchas cosas: desde cómo se preparan los cadáveres hasta la forma en que se aplican los cosméticos para borrar los signos de la muerte. No es tan difícil como uno cree, pero es delicado y se requiere de técnica para devolverles a los rostros yertos una apariencia lozana, vital y serena.

La situación se complica cuando las personas pierden la vida en hechos violentos. Entonces, dice Edelmira, tiene que proceder como un cirujano plástico a fin de ocultar todas las huellas de dolor y desesperación. Lograrlo es muy laborioso y desgastante, porque mientras esconde marcas y heridas va imaginándose los sufrimientos que hay detrás de ellas y acaba por sentirlos.

Las historias que me cuenta Edelmira no siempre son dramáticas. Hay algunas increíbles y hasta graciosas: por ejemplo, el caso de los padres amantísimos que le pidieron maquillar la carita de su hija en tal forma que acentuara su vago parecido con Shakira: el mayor motivo de orgullo de la difunta.

Recuerdo también el caso de un occiso al que mi amiga llama Caballero 98. Sus deudos le contaron que cuando él se enteró de que su enfermedad era terminal se dedicó a comprar el servicio funerario completo y un peluquín. Quería que se lo pegaran en cuanto muriera para no verse tan calvo. A fin de evitar el riesgo de que no respetaran su decisión, la escribió en el primer inciso de un pliego notariado.

Hay una historia que siempre me hace llorar: un hombre le solicitó a Edelmira que dibujara en el rostro de su mujer recién fallecida una sonrisa amplia, seductora, graciosa, para poder recordarla como nunca la había visto: alegre.

Edelmira me ha explicado que el trabajo se le complica mucho cuando los deudos insisten en presenciar cómo se prepara a los difuntos. Los parientes que lloran a gritos o rezan en voz alta la distraen sin querer, pero también la conmueven. No así los que cantan el repertorio completo del finado. El colmo fue la tarde en que se puso a decorar un cadáver mientras su numerosa familia entonaba sin interrupción la cumbia preferida del patriarca: La pollera colorá.

Entre los casos difíciles Edelmira cuenta a los deudos que se le acercan con una fotografía tomada 20 o 30 años antes de que el sujeto falleciera y le piden que lo deje idéntico, o el de quienes, a petición expresa del finado, le exigen que borre de su cara ciertos detalles –un lunar, una mancha, una pequeña deformidad– para que desaparezca la semejanza que tuvo con el padre o el hermano a los que odió.

III

Siempre me da gusto recibir a Edelmira. Me basta con verla para contagiarme de su vitalidad y su optimismo. En todo el tiempo que llevo de conocerla ayer fue la primera vez en que me pareció decaída. Y tenía razón.

Me contó que muy temprano le habían informado de la agencia que a las nueve de la mañana recibiría un cliente: un sujeto masculino, l.80 de estatura, complexión delgada, 50 años de edad. Faltaba, como en todas las ocasiones anteriores, que le precisaran el tono de piel y cabello del difunto para, de acuerdo con eso, elegir el maquillaje. En cambio leyó una nota escrita entre paréntesis y signos de admiración: La madre del individuo tiene 77 años. Además de ver cómo trabajas, ¡quiere intervenir! Edelmira no logró imaginarse en qué forma podría hacerlo ni el tipo de persona con quien iba a relacionarse.

Supuso que sería una señora extravagante y autoritaria, pero se encontró con una mujer frágil, discreta, afable, que enseguida se presentó por su nombre de pila –Leonor– y aceptó esperar en la sala mientras aseaban el cuerpo de su hijo. Edelmira decidió acompañarla y aprovechar los minutos de conversación para conocer los planes de la recién llegada.

Leonor extrajo de su bolsa un álbum fotográfico y lo abrió en la página en donde se veía a un adolescente moreno, de cabello crespo, facciones definidas y una sonrisa encantadora. Edelmira se enterneció: ¡qué niño más adorable! Aquí se parece mucho a usted. Los ojos de Leonor se abrillantaron: no, ¡qué va! Más bien a su padre, que en paz descanse. Pero bueno, como haya sido, el caso es que mi hijo era un morenito hermoso. Se lo dije mil veces, pero nunca me creyó y siempre estaba a disgusto con su aspecto. Hacía hasta lo imposible por cambiarlo: tomaba pastillas, hierbas, remedios. Como se lo prohibí, se enojó conmigo y se fue de la casa. Cuando volvió, ya muy enfermo, me costó trabajo reconocerlo.

Leonor cerró el álbum de golpe: no quiero que suceda lo mismo cuando él y su padre se encuentren allá, adonde van las personas cuando mueren. Si le explico bien cómo era mi niño y si le ayudo ¿cree usted que podría devolverle su carita de antes?

La Jornada: Mar de Historias

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Más que un mecanismo de protesta

Porque:

1. Los votos convencionales construirán gobiernos estatales, ayuntamientos, congresos locales, jefaturas delegacionales, asamblea legislativa y una Cámara de Diputados que no tendrán el menor incentivo para rendir cuentas.

2. Los votos nulos cuentan como mecanismo de protesta, sobre todo si se levanta una encuesta de salida —como ha sugerido Federico Reyes Heroles— en la cual se puedan enlistar los motivos de la insatisfacción.

3. Los votos cuentan desde hace muy poco, en efecto, pero esa no es razón suficiente para argumentar que el sistema electoral no puede ser mejorado usando la anulación como presión. Sin duda es mejor que los votos cuenten porque en el pasado no era así, pero sería mejor aún que lograran producir una representación real que actualmente no existe y la anulación busca impulsar.

4. Existen diferentes opciones, pero las diferencias ideológicas entre los partidos —a la hora de gobernar— suelen sucumbir ante la presión de los poderes fácticos, como ocurrió con la Ley Televisa, la ley de “acciones colectivas”, la iniciativa para aumentar las multas que puede cobrar la Comisión Federal de Competencia, la reforma energética que dejó sin tocar al sindicato de Pemex y tantas más. 5. Es una falacia que los partidos se diferencíen notablemente a la hora de llegar al poder, sobre todo cuando la priización —el clientelismo, el corporativismo y la impunidad— afecta a todos.

6. Resulta una elaboración intelectual insostenible argumentar que la democracia electoral mexicana merece ser defendida sin modificaciones sustanciales que asegurarían la representación y la rendición de cuentas.

7. La derivación política de esa construcción intelectual recuerda a los discursos priistas en defensa de la “democracia a la mexicana”, que se reducía a la simple rotación de élites dentro del PRI. Ahora otros partidos participan en la rotación y el mecanismo se ha vuelto más competitivo, pero la falta de representación real, fundacional persiste debido a la inexistencia de la reelección.

8. La anulación cuenta como un instrumento válido para sacudir, presionar, exigir, y empujar a la profundización democrática que los partidos tanto resisten.

9. La anulación o el voto independiente son una forma de participación que se diferencía de la abstención.

10. La anulación se alimenta del humor público ante la persistencia de una democracia mal armada que funciona muy bien para sus partidos, pero funciona muy mal para sus ciudadanos.

11. El voto nulo tendrá tantas vertientes y pulsiones como el voto “normal”; habrá quienes anularán su voto para exigir las candidaturas ciudadanas y quienes votarán por el PRI en busca de “agua y paz”, la promesa difusa de Fausto Zapata en el DF.

12. El voto nulo expresará —en efecto— hartazgo, desencanto y malestar; el primer paso para diagnosticar lo que le falta a la democracia mexicana e impulsar los cambios indispensables.

13. El movimiento nacional en favor del voto nulo sin duda necesita articular una plataforma mínima de demandas consensadas, que traduzcan el agravio en propuesta. Pero el agravio existe y es legítimo; basta con ver la última encuesta del periódico Reforma en la cual el 79 por ciento de los encuestados cree que los partidos actúan siguiendo sus propios intereses. Sólo el 12 por ciento piensa que vigilan los intereses de los ciudadanos que representan.

14. Los padres y las madres del voto nulo sin duda tienen en común eso: malestar. Ese malestar que es componente fundamental de la democracia participativa, en la cual los ciudadanos se organizan para componer algo que no funciona o exigir derechos que han sido negados. Subestimar ese malestar es no entender la realidad del país.

15. Votar construye la punta del iceberg civilizatorio, pero anular el voto también lo hace. Constituye un acto de deliberación tan válido como el voto tradicional, y representa una forma de participación política pacífica, ciudadana, que bien encauzada puede contribuir a ampliar las libertades conquistadas durante las últimas décadas.

16. El mundo de la representación real aún no se logra en un país que no ata a los legisladores a las demandas y preocupaciones de los ciudadanos. Es cierto, hay más pluralidad política, pero eso no es suficiente. Y no queda claro que los ciudadanos puedan mejorar la democracia mexicana tan sólo votando, ya que las demandas pendientes son ignoradas por los partidos una vez que llegan al poder.

17. El voto ha sido un instrumento inmejorable para ampliar el ejercicio de las libertades. Pero no es el único instrumento. La política no puede ni debe transitar exclusivamente por la votación por o la participación en un partido, aunque Felipe Calderón y otros crea que es así. Las democracias funcionales se nutren de muchas fuentes de participación que buscan precisamente obligar a los partidos a hacer suyas demandas que de otra manera ignorarían.

18. Y sí, los que llaman a anular el voto tendrán que organizarse más allá del 5 de julio, pero eso no significa que deberán hacerlo en un partido. Quienes sugieren eso demuestran una visión demasiado estrecha sobre el funcionamiento de la democracia.

19. El voto nulo tiene el tufo del desprecio no a la política como actividad en sí, ya que el movimiento está haciendo política al convocar y organizar como lo hace. Lo que el voto nulo critica es la forma prevaleciente de hacer política partidista en México hoy.

20. El voto nulo no implica un acto de abandono de la plaza; de hecho busca ocuparla en nombre de una ciudadanía a la cual se le han negado derechos que forman parte de las democracias exitosas del mundo; derechos como la capacidad de sancionar a un diputado y removerlo del poder, las candidaturas ciudadanas, el plebiscito, el referéndum, y la revocación del mandato, entre otros.

21. Los preocupados por la vida política del país están obligados a generar diagnósticos y propuestas de reformas, fórmulas de organización, agendas que graviten sobre la toma de decisiones, mecanismos de rendición de cuentas. El problema es que los primeros en asumir esa responsabilidad deberían ser los partidos, pero no lo hacen. No tienen el menor incentivo para modificar la situación política actual. Y precisamente por ello, el voto nulo está intentando crear una trama civil que eleve la presencia de las organizaciones y las propuestas que emergen de la sociedad.

22. Los propios partidos han incorporado a sus listas a ciudadanos no afiliados a ellos, pero es no basta para modificar el andamiaje institucional, ni para permitir las candidaturas ciudadanas independientes que podrían airear al sistema.

23. Porque como escribe Milan Kundera, “todo lo que es puede no ser”. Y ojalá lleguemos al momento en que lo que es deje de ser. Espero que un día nos encontremos con partidos obligados a representar ciudadanos, elecciones que sirvan para algo más que rotar élites o familiares, un Congreso plural que no se doblegue ante los poderes fácticos en cada negociación legislativa, una división de poderes real y súmele usted.

Esperanza marchita
Ahora bien, si usted quiere tachar la boleta en favor de un candidato en vez de anular su voto o votar por “Esperanza Marchita”, hágalo. Está en su derecho. Piense, sin embargo, en que probablemente jamás volverá a ver al diputado por el cual votó porque —en este sistema democrático trunco y parcial— usted no le importa.

Él o ella dirá que lo representa cuando en realidad no podrá hacerlo. ideasypalabras@prodigy.net.mx

http://www.yucatan.com.mx/noticia.asp?cx=9$2900000000$4103414&f=20090628


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Limpiar nuestra casa se podría decir que es “un mal necesario”, todos tenemos que hacerlo, pero creo que difícilmente a alguien le resulte una actividad agradable. Puede haber quienes lo hagan con más o menos dedicación, con mayor o menor entusiasmo, para desconectarse haciendo algo, pero ¿hay alguien al que le guste pasar todo el día limpiando?

Encima cuando limpiamos tenemos que entrar en contacto con productos químicos que muchas veces deterioran nuestras manos, pero lo principal es que son nocivos para el medio ambiente.

Es por eso que hoy te vamos a dar algunos tips para limpiar sin contaminar.

Para hacerlo necesitamos: jabón puro, bicarbonato sodio, vinagre y agua. También algunos aceites y esencias naturales.

Para limpiar la vajilla: se disuelven tres cucharadas de jabón rallado en un litro de agua, se añade media taza de vinagre de alcohol, jugo de limón, y se limpia.

Para lavar el piso: se puede utilizar la misma mezcla que para la vajilla. Y si los pisos son de madera, se mezcla agua fría con vinagre.

Para limpiar los cristales: primero se limpia con una mezcla de agua fría y jabón rallado. Después se pasa una solución de una parte de vinagre con cuatro de agua, y se seca con un trapo limpio.

Para los electrodomésticos: se pueden limpiar con una solución de bicarbonato de sodio.

Si bien puede llevar algo más de tiempo, seguir estos no solo ayuda a mantener muy limpio tu hogar, y cuida tu bolsillo, al ahorrarte los costos de los productos químicos. Sino que lo fundamental es que estás colaborando con nuestro planeta en general.

via | ecosofia.org

http://www.hogartotal.com/2008/07/11/ecolimpieza-la-mejor-manera-de-cuidar-de-tu-hogar-y-del-planeta/

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Tengo una pila de carpetas para trabajar, si soy una esclava de mi trabajo, ayer me tome el día libre, viaje a España solo para ver los Abrazos Rotos de Pedro Almodóvar, algo me pasa con las cinco últimas películas del director español, las tengo que volver a ver para agarrarles el gusto. Bueno si la hubiera visto ayer más temprano, hubiera aceptado que si, que muchas mujeres, no solo hoy sino hace tiempo se prostituyen por una casa, ropa, hacerse actrices, etc. ¿Cómo le hice para ir y regresar tan rápido? Es un secreto no muy legal, así que no quemaré a la amiga que me dio el pasaje para poder ver la película.

Pero hoy me permito hacer un alto en mi trabajo, tengo que ir a la farmacia, el señor BB por andar trabajando con cemento y cal, volvió a amanecer con su conjuntivitis, así que ni hablar a comprar gotas y de una vez mis consabidas e imperdonables gorditas domingueras. Claro antes busque algunos artículos, me fui a las mejores entradas de WordPress, la mayoría hablan de ¿Adivinan? Claro de Michael Jackson, pero como para mi el asunto lo resolvió Felipe Calderón, creo que no les recomendaré las 100 mejores entradas esta vez.

Me gusto mucho la columna de Nicolás Alvarado: Agridulce, habla sobre la diabetes, en su esposa, padres, y su propensión a sufrirla, en verdad lo hace de forma amena.

Dos noticias que me alegraron esta semana, Cassez se queda en México y Comienza revisión vaticana a Legionarios.

En Milenio semanal, me llamo mucho la atención Las otras gaviotas. Campañas femeninas hacia el 2012, de Miguel Ángel Vargas Vaca, habla de las mujeres en la política mexicana.

Y del Milenio semanal, por mucho me llamo la atención dos artículos que están relacionados, y me llamo la atención porqué hace poco un amigo homosexual regreso triste y decepcionado de Canadá, Refugiados políticos mexicanos en Canadá,  dice: “La discriminación hacia los homosexuales, además de la violencia y la inseguridad en el país, empujan a muchos a pedir asilo en el extranjero con las consecuencias personales y familiares que ello implica.” Mi amigo no se fue exactamente por sentirse discriminado, no al menos en su hogar, pero le negaron la estancia por no casarse. Y otro que viene al caso es: De cómo los homosexuales aprendieron a discriminar después de la aceptación…, sobre la Marcha por el Orgullo Lésbico, Gay, Bisexual y Transgénero. Muy interesante artículo.

Espero que pasen un buen domingo…a trabajar se ha dicho.

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El caso increíble de doña Jacinta, condenada a 21 años por secuestrar a seis policías mexicanos

Doña Jacinta tiene 48 años -o tal vez 47, no se acuerda muy bien-, seis hijos, otros tantos nietos, un idioma en el que se expresa a la perfección, el otomí, otro en el que lo intenta, el español, y un puesto ambulante en el que desafía al persistente sol de Querétaro vendiendo nieve y aguas frescas. Mejor dicho, desafiaba. Porque desde hace tres veranos, desde que tenía 45 años -o tal vez 44- la indígena doña Jacinta está en la cárcel, acusada -ella que apenas mide un metro y medio de estatura- de secuestrar a seis corpulentos agentes de la policía federal mexicana. Si su dios no lo remedia, la señora de las nieves y de las aguas frescas pasará las próximas dos décadas en prisión condenada por un delito que nadie, salvo una persona, cree que cometió. La mala suerte de doña Jacinta es que esa persona es el juez.

Todo empezó el 26 de marzo de 2006. Aquel domingo, seis policías de la Agencia Federal de Investigación, sin uniformes ni placas que los acreditasen como tales, llegaron al tianguis -así se le llama aquí a los mercados ambulantes desde mucho antes de que a Hernán Cortés le diera por viajar- de la comunidad indígena de Santiago Mexquititlán y arramblaron con diversa mercancía bajo el pretexto de que se trataba de piratería. Los comerciantes se enfadaron, los rodearon y les pidieron la identificación. Los policías se negaron. La tensión creció. Llegaron más policías. También llegaron más vendedores ambulantes. La situación se iba poniendo cada vez más fea hasta que a uno de los jefes policiales se le ocurrió una solución: pagarían los destrozos causados y aquí paz y después gloria. A los comerciantes les pareció bien. Los policías dijeron entonces: “Nos vamos a buscar el dinero”. Y los comerciantes respondieron: “Está bien. Pero que uno de los policías se quede para asegurarnos de que ustedes respetan el trato”. Le tocó quedarse en prenda al agente Jorge Cervantes Peñuelas.

En el otro extremo de la plaza, sin percatarse del alboroto, se encontraba doña Jacinta vendiendo su nieve y sus aguas frescas. Había llegado temprano, pero en cuanto sintió la última campanada para la misa de once, dejó a una de sus hijas encargada del puesto y entró en la iglesia. Después del rezo, doña Jacinta ya no se movió de su lugar de trabajo hasta un poco antes del atardecer. “Tenía que ir a la farmacia a ponerme una inyección”, recuerda, “y le pedí a otra de mis hijas que me acompañara porque yo no sé pronunciar bien el nombre de las medicinas y me daba pena equivocarme delante de la gente”. Fue allí, mientras la inyectaban, donde la señora se enteró de la actuación de la policía y de la respuesta indignada de los comerciantes. “Cuando salí me acerqué a ver qué estaba pasando”. La llegada de doña Jacinta al lugar del alboroto coincidió con el regreso de los policías que habían ido a por el dinero. Con ellos llegó un fotógrafo de un periódico de Querétaro.

Han pasado casi tres años. Doña Jacinta cuenta la historia en el patio de la prisión de mujeres de Querétaro. Lo hace de forma cronológica, sin olvidarse de ningún detalle, juntando unas frases con otras al ritmo de su desesperación. Cuenta que aquella noche se fue a su casa con su familia y que nada extraño sucedió hasta tres meses después, hasta aquel maldito 3 de agosto de 2006 que ya no se le borrará de la memoria. “Aquella tarde, cuando llegué a mi casa, ya estaban los policías. Me preguntaron: ¿tú eres Jacinta? Cuando les dije que sí, me detuvieron. Habían venido a por mí con armas y camionetas. No tuve miedo, porque sabía que no había hecho nada malo. Me dijeron que me llevaban a declarar por la tala de un árbol. Pero el conductor iba manejando muy feo, dando volantazos, frenando y acelerando. Uno de los agentes me preguntó: ‘¿Y tú de qué religión eres? Seguro que has votado al PRD [el partido de la izquierda mexicana]’. Le respondí que soy católica y entonces me respondió: ‘Ah, disculpa’. Saqué mi rosario y empecé a rezar lo poquito que me sé de memoria. Cuando llegué al juzgado tuve que firmar muchos papeles escritos en español, papeles que no entendía”. Cuando, después de mucho rato, la señora se atrevió a preguntar por qué estaba allí, la respuesta la dejó helada:

-Por secuestrar a seis policías federales.

Doña Jacinta no mide más de un metro y medio. Dice que la comida de la prisión no le gusta y que por eso ha adelgazado, pero que cuando entró pesaba más de 80 kilos. Un perfil difícil de compaginar con la acusación de secuestradora de seis policías de élite, fuertes, entrenados para forcejear con delincuentes. Nada de eso actuó en su defensa. Ni siquiera el hecho de que, en sus primeras declaraciones, ninguno de los policías hablaran de ella ni de nadie que se le parezca. Sólo mucho tiempo después los investigadores repararon en que aquel fotógrafo de Querétaro había tomado una instantánea de los minutos finales del incidente. Y allí, en tercera o cuarta fila, aparecía doña Jacinta, en la actitud pacífica del que mira, del que sólo pasaba por allí. Pero la identificaron, averiguaron dónde vivía y fueron a por ella. El proceso judicial desembocó en una condena de 21 años de prisión por el secuestro de los seis agentes.

Todo este relato, todo lo que se cuenta aquí, fue transcurriendo en el más absoluto silencio -semana tras semana, mes tras mes- hasta que una organización mexicana de Derechos Humanos, el centro Miguel Agustín Pro Juárez, decidió intervenir. Y ahora doña Jacinta, al menos, alberga cierta esperanza. Animada por esa ilusión, en este rincón del patio de la cárcel, huyendo del mismo sol que ella desafiaba con sus nieves y aguas frescas, la mujer indígena va contando su vida, que es la de miles de Jacintas más. Que empezó a vender chicles por las calles del Distrito Federal a los siete años, que no fue a la escuela porque sus padres no tenían dinero para zapatos ni para cuadernos, que a los 10 años la pusieron a cuidar borregos, que a los 14 tuvo su primer novio, que se fue con él a los 15, que tuvo a su primera hija a los 16. Que nunca aprendió español ni supo, hasta que estuvo detenida, qué significaba la palabra abogado o la palabra pruebas. También cuenta que hasta los 45 años -o tal vez 44- fue feliz. Que hasta entonces -eso no lo dice ella, pero hay mil estadísticas que lo demuestran-no había probado el sabor amargo que tienen en México esos tres ingredientes juntos: mujer, indígena y pobre.

http://www.elpais.com/articulo/reportajes/Mujer/indigena/pobre/elpepuint/20090628elpdmgrep_4/Tes

 

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