Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 8/07/10

TRIBUNA: JUAN ARIAS

¿Por qué la tolerancia es una palabra fea?

JUAN ARIAS 06/07/2010

Zapeaba hace unos días en la televisión cuando me encontré con una entrevista a Hussein, el fallecido rey de Jordania. De repente le escuché una frase que me dejó perplejo por unos segundos: “Tolerancia es una palabra fea”, dijo. En su opinión, con el diferente, con el emigrante, con el que consideramos de otra cultura no deberíamos usar la palabra “tolerancia”, sino “aceptación”.

Me quedé pensando: ¿pero no es tolerancia lo que pedimos, en defensa de los que no comulgan con nosotros? ¿Cómo puede ser fea una palabra con la que hoy sueñan todos los que defienden los derechos humanos, la libertad de credos y de culturas? ¿Es que no son entonces intolerantes los que rechazan a los que no piensan o no rezan o no visten o no cantan como nosotros o como a nosotros nos gustaría que lo hicieran? ¿No proclaman la tolerancia aquellos que defienden el derecho de todos a vivir como mejor les plazca mientras respeten a los demás?

Afirmar que la palabra tolerancia es fea, poco evangélica, demasiado raquítica, puede parecer una provocación. A mí me lo pareció en un primer momento, escuchando al pacífico rey de Jordania. Me fui, por ello, a consultar el Diccionario de la Real Academia Española donde el verbo tolerar, del latín, tolerare, se define así: “Sufrir, llevar con paciencia. Soportar algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente. Resistir, soportar”.

Empecé a pensar que quizás tenga razón Hussein bin Talal, porque soportar, sufrir, llevar con paciencia, que alguien profese una fe diferente de la mía, o que piense de otro modo en política de lo que a mí me guste, o que se pasee, si así le gusta, en traje de baño por la calle, o con la cara cubierta por el burka, es bien poco. No es así como se puede crear una paz estable, una convivencia en alegría. No basta con soportarlo, con sufrirlo, con tolerarlo. Limitarse a “soportar algo que no se tiene por lícito”, no va a evitar el choque de civilizaciones o la guerra de religiones. De soportar a prohibir hay un paso.

La mejor forma de convivir codo a codo con los que consideramos diferentes -¿ellos no nos considerarán también a nosotros diferentes?- más que tolerarlos es aceptarlos. La diferencia es enorme. El mismo Diccionario de la Lengua define el verbo aceptar como “aprobar, dar por bueno”, algo que “merece aplauso”.

Entendida así la famosa tolerancia que consideramos el sumo de nuestra generosidad con el distinto, las cosas cambian radicalmente. Si doy por bueno y hasta aplaudo la fe del otro aunque sea diferente de la mía -¿por qué tendría que ser peor?- no hay ya espacio para la contienda, para la reducción del diferente al que, simplemente “sufro con paciencia”. Con la aceptación de aceptar, en vez de tolerar, puedo incluso servirme del diferente para enriquecerme, porque puede que hasta descubra que lo que hace, piensa o cree es mejor o que por lo menos complementa lo que yo creo, hago o pienso.

Hay cristianos -recordemos al filósofo marxista Roger Garaudy- que en un cierto punto de su vida consideraron que la fe del Islam era mejor que la suya y la abrazaron.

Hay católicos que se han sentido atraídos por el budismo o por el judaísmo. Hay marxistas que se han convertido a los valores democráticos y capitalistas duros que se han pasado a las filas de la socialdemocracia.

Si acepto, es decir, si apruebo y hasta aplaudo al diferente sencillamente porque supone una riqueza para la sociedad, doy un paso adelante hacia la comprensión y la apreciación de lo que yo no tengo o soy, pero que tiene valor en sí mismo. Es bajo esta dinámica que las guerras pueden comenzar a ser inútiles; que los pueblos pueden llegar a complementarse en vez de antagonizarse. Pueden enriquecerse con sus diferencias no ya toleradas sino comprendidas y aplaudidas porque nos complementan.

Todo el que haya viajado a países de culturas y credos diferentes de los propios habrá podido observar -si viaja sin prejuicios- que los encuentros con lo diferente acaban enriqueciéndole, que se admira ante lo que desconocía y que quizás ni hubiese imaginado que existía.

Personalmente, confieso, que a pesar de haber estudiado en cuatro universidades, donde más he aprendido, lo que más ha enriquecido mi mente y mi corazón, han sido los viajes: a la África misteriosa, a la India mística, al Japón de la modernidad, a la China de la cultura milenaria, al Egipto de los Templos increíbles; a la Oceanía mágica. He aprendido más, en los años que llevo en Brasil, sobre la felicidad y sobre la sabiduría escondida en la pobreza, en lo que significa trabajar para vivir en vez de vivir para trabajar, que en todos los libros, por sesudos que hayan sido, que han pasado por mis manos.

Europa fue rica por su diversidad. Hoy se está empobreciendo espiritualmente porque, como mucho tolera las diferencias, sin aceptarlas ni aplaudirlas, a veces hostigándolas.

Si es cierto que solo envejece quien pierde la capacidad de sorprenderse, no me cabe la menor duda de que la aceptación feliz de lo nuevo y de lo diferente podría ser el mejor antídoto y la mejor terapia contra ese desencanto y aburrimiento que nos abotargan con solo lo conocido y hace que despreciemos lo desconocido que nos ofrece una seguridad falsa y estéril.

ELPAÍS.com

Read Full Post »

Hasta el cansancio

Lucrecia Lozano
7 Jul. 10

Mientras que en varias entidades del País se hace el recuento de los resultados de las elecciones del domingo 4 de julio, en las que se disputaron 12 gubernaturas y 477 diputaciones locales, en Monterrey la pujante urbe industrial del norte, la contienda electoral ha quedado minimizada por el paso del huracán “Alex”, que dejó una impresionante estela de destrucción en la ciudad y el estado.

Vialidades colapsadas; arroyos y ríos desbordados de sus cauces; zonas urbanas devastadas por el impacto de la lluvia; servicios de agua, luz y gas inutilizados; desabastecimiento de agua potable; familias que perdieron su patrimonio al destruirse sus casas; empresas con la producción paralizada por falta de insumos o por los daños causados por el agua y los ríos de lodo, son el rostro de la nueva tragedia que asuela a la capital de Nuevo León, la cual ya se encontraba afectada por el azote de una inseguridad sin precedentes.

Para quienes habitamos en la Ciudad, reconocida por su desarrollo económico y sus prestigiosos centros de estudio, lo que ha sucedido con “Alex” no se asemeja a algún otro desastre natural que haya impactado a la localidad.

Ni siquiera en 1988, cuando las lluvias torrenciales del huracán “Gilberto” hicieron que el Río Santa Catarina colmara su cauce, la destrucción alcanzó los niveles que hoy se registran.

Monterrey era entonces una ciudad distinta. Hacia 1980 el número total de habitantes del municipio apenas sumaba el millón de personas. El crecimiento urbano no había alcanzado las dimensiones actuales, ni el fenómeno de la metropolización de Monterrey con sus municipios conurbados registraba las dimensiones que hoy tiene.

Basta con observar el crecimiento de la mancha urbana hacia cualquiera de los puntos cardinales. La expansión de las zonas habitacionales y los parques industriales devora terrenos, se instala en cañones, como el del Huajuco, al sur de la Ciudad, o sobre el cerro de las Mitras en la zona de Cumbres al poniente.

Urbanizadores voraces, en contubernio con autoridades corrompidas y miopes, construyen sin escrúpulo alguno casas habitación populares, medias o residenciales a la vera de los ríos y arroyos que surcan la Ciudad, o en escarpados cerros, retando a la naturaleza y poniendo en riesgo vidas humanas y patrimonios.

El crecimiento de Monterrey y su zona metropolitana plantea el reto descomunal de formular soluciones integrales y de largo plazo a los problemas de vialidad y de asentamientos humanos, sean éstos habitacionales, comerciales o industriales. Porque cada nuevo parque industrial, fraccionamiento o programa de vivienda popular que surge, va de la mano con la solución del problema de la comunicación, el transporte y la dotación de servicios.

Luego de la destrucción que dejó “Alex”, ¿aprenderemos finalmente de nuestros errores o, como en tantas otras ocasiones, con esa cultura propia de nosotros los mexicanos, de memoria corta y negación de los problemas, una vez pasada la crisis haremos como si no hubiese pasado nada?

Porque después de constatar la brutal fuerza del caudal que arrastraba el fin de semana el Río Santa Catarina, no puedo evitar recordar el proyecto de construir un parque temático debajo del Puente Atirantado, con un lago para organizar competencias de regatas, o la iniciativa de un grupo de empresarios que mostraban orgullosos, hace unos meses, la maqueta de un estadio deportivo que deseaban erigir sobre el lecho del río.

¿Entendemos ahora cuando los grupos defensores del medio ambiente se oponen, con argumentos científicos y no monetarios, a proyectos antisustentables como el polémico Valle de Reyes?

Estos días he escuchado hasta el cansancio la frase “la naturaleza reclama lo que es suyo”. Si esto es así y lo hemos constatado de manera tan trágica, ojalá que ahora sí, autoridades y ciudadanía, asumamos una actitud responsable frente a nuestro entorno natural y seamos capaces de proponer soluciones verdaderamente sustentables a las demandas del crecimiento urbano.

lucrecialozano@itesm.mx

http://www.elnorte.com/editoriales/nacional/571/1141459/default.shtm

Read Full Post »

Futbol

Arnoldo Kraus

Los días previos al Mundial de Futbol de Sudáfrica me depararon una grata sorpresa. Pensé que, en esta ocasión, nuestro equipo llegaría más lejos que de costumbre, no sólo porque Sudáfrica queda muy, muy lejos, sino porque eso fue lo que se repitió ad nauseam durante las semanas previas a la competencia.

Los comentarios incesantes de la radio respecto de nuestro equipo; el entusiasmo de mucha gente seguidora de la selección y del mesías Javier Aguirre, cuyo sueldo por entrenarnos hubiese servido para crear muchas fuentes de trabajo; las esperanzas políticas del equipo de Felipe Calderón y su imprescindible presencia en la inauguración de la competencia; la saturación callejera con banderas mexicanas –algunas con esvásticas, otras con figuras religiosas–, y, la increíble parafernalia, made in China, not in México, diseñada para que el corazón lata rápido, fueron suficientes para convencerme de que nuestra escuadra podría hacer algo más de lo conseguido en los últimos cuatro mundiales de futbol.

Algo más implica que la selección, después de 20 años de preparación, después de cientos de millones de pesos de desinversión, después de tantos y tantos déjá vu, lograría avanzar a cuartos de final. Si a ese listado sumamos la asistencia de Felipe Calderón a la inauguración y la garra de Miguel Gómez Mont, ese algo más podría devenir el jamais vu tan añorado, es decir, que el Tri dejaría atrás la historia de los últimos cuatro mundiales y avanzaría a cuartos de final.

Lamentablemente la sorpresa duró muy poco. Argentina nos derrotó y acabó en 90 minutos con el sueño calderonista: el futbol continúa en Sudáfrica sin México y en México continuamos con las matanzas, con la miseria, con la ingobernabilidad y con mínimas esperanzas de que las condiciones políticas y económicas del país mejoren –salvo para nuestro ex entrenador, quien decidió mudarse de país.

En Sudáfrica, los ratoncitos verdes siguieron homenajeando a Manuel Seyde. Le fallaron al país, incumplieron con Felipe Calderón, quien necesitaba distribuir pan y circo para atenuar la zozobra y, además, demolieron las esperanzas de la masa que no pudo acudir al Ángel de la Independencia, ni para ensuciar, ni para gritar, y, lo que es peor, ni para iniciar los festejos del bicentenario.

Arthur Koestler, quien tuvo que abandonar su natal Hungría por su condición de judío, explicó, con gran pertinencia e inteligencia, su entusiasmo por el futbol. El escritor, afincado en Inglaterra, tenía razón cuando señaló que por un lado existe el nacionalismo natal y por el otro, el nacionalismo futbolístico, el cual se vive con mayor intensidad. Koestler, a pesar de la hospitalidad que le brindó Inglaterra, fue, toda su vida, un nacionalista futbolístico húngaro.

En México se es nacionalista futbolístico sin ser desterrado. Cada cuatro años, cada Mundial de Futbol, vivimos ese nacionalismo. Por encargo político y empresarial –Televisa, Tv Azteca–, los medios de comunicación tienen la pericia para encontrar las palabras exactas con las cuales convencer a la afición, y a la no afición, de la obligación que tenemos de apoyar a nuestra escuadra. Sus palabras son magnífica pócima para exaltar el nacionalismo futbolístico.

Lo mismo hace, quizás también por encargo, la cúpula religiosa. Imposible soslayar la solicitud del máximo jerarca de la Iglesia en México, Norberto Rivera, quien pidió a sus fieles orar por nuestro equipo. A la apreciación de Koestler debe agregarse la de Rivera: el nacionalismo futbolístico per se, es insuficiente; requiere matices religiosos, de preferencia, concatenados con la cúpula gubernamental.

Creer, creer en algo positivo en el México contemporáneo es urgente e imprescindible. Derruidas la mayoría de las esperanzas de los mexicanos por la contumacia, por la falta de imaginación, por la nula preparación y, por la torpeza de la mayoría de nuestros políticos nos quedaba una esperanza: la selección mexicana de futbol. Es una pena que después de veinte años nuestra escuadra siga cosechando fracasos. Los números explican que México es el país que más partidos ha perdido en los mundiales de futbol. A muchos puede consolarles que hayamos participado en la mayoría de los mundiales. A mí no. La inversión para preparar y pagar a todas las personas relacionadas con nuestra selección sólo la conocen algunos políticos. A mí, y a muchos, nos encantaría saber cuánto hemos gastado los mexicanos para costear a nuestro equipo.

En este Mundial de Futbol me hubiesen gustado dos cosas: que mi capacidad de sorprenderme no feneciese y que el diagnóstico de Manuel Seyde quedase sepultado. Ni una ni otra. No hay sorpresas, hay fracasos y ahí está, incólume, aguardando la realidad.

http://www.jornada.unam.mx/2010/07/07/index.php?section=opinion&article=022a1pol

Read Full Post »