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Archive for 18/07/10

Guillermo Sheridan

¿Qué te estaba diciendo?

13 de julio de 2010

Según el Dr. Johnson “hay una maligna tendencia que supone que decae el intelecto de los viejos. Si un hombre de mediana edad no recuerda dónde dejó el sombrero no pasa nada; pero si lo hace un viejo se le declara inepto”. Yo no tengo ese problema. Siempre sé dónde dejé el sombrero: en el olvido.

Bajo los cuatro pisos de mi edificio y al llegar al carro advierto que olvidé las llaves. Subo y, desde luego, no las encuentro. En eso suena el teléfono: “Soy Mauricio”, dice una voz, “¿vas a dar la conferencia?”. No recuerdo quién es Mauricio, pero por puro instinto de preservación digo que no. Mauricio insiste; le pido que me llame mañana con la esperanza de que olvide hacerlo. Por culpa de la llamada, olvido qué subí a buscar las llaves y vuelvo a bajar las escaleras. Opto por tomar un taxi. Ya adentro, olvido a dónde quería ir. Es un hecho: la única memoria que me queda es la involuntaria.

¡Claro, Mauricio es el promotor cultural encimoso que me asedió ayer en el café y del que me escapé corriendo! Presionado por el taxista recuerdo que a donde voy es a la facultad. En clase, hablando de Xavier Villaurrutia, un alumno dice de pronto la frase “entrar a la muerte”. Mi memoria declarativa de largo plazo evoca al poeta que aconseja “no entrar a la muerte” y digo en voz alta: “Sobre esto de no entrar a la muerte, quizás recuerden el poema de…” En ese instante advierto que se borró el nombre. Me recrimino haber iniciado la frase, demasiado tarde (los alumnos me miran con curiosidad). “Ese poeta -les digo- el galés, el que se llama igual que el famoso cantante de rock…” (los alumnos me miran con desdén). “Hombre, ¡el rockero aquel que canta Blowin’ in the Wind!” (los alumnos me miran con lástima). “¡Ya sé!” (los alumnos respiran aliviados): “¡Dejé las llaves en la chamarra azul!”.

En algún sitio (que no recuerdo) leí que una manera de recordar los nombres de las personas es asociándolos a sus perculiaridades físicas. Si el tipo se llama Mauricio y tiene cara de gato hay que rebautizarlo “Miauricio”. Al encontrarlo se supone que razonaré así: tiene cara de gato, los gatos hacen miau, ergo se llama Mauricio. Cuando lo encuentre, no sólo deberé recordar su nombre, sino la mnemotecnia que inventé para no olvidarlo: dos tareas en vez de una. Mi acupunturista me recomienda dejar de fumar, ser feliz, mudarme a Huatulco y pararme de cabeza dos minutos diarios: “no lo olvides”, dice al despedirme. Una revista anuncia unas cápsulas que se llaman Súper Memory Plus a 200 pesos el frasco. Recorto el anuncio. Mi mujer me dice que mejor haga ejercicios de memoria. Es fácil: primero hay que acordarse cómo hacer lagartijas y luego hay que hacer, de memoria, 20 lagartijas.

Al salir de la universidad, el taxista me pregunta a dónde voy. “¡Dylan Thomas!”. Me pregunta si es en Polanco. Apunto el nombre del poeta en un papelito para pasarlo luego a la agenda y reivindicarme ante los alumnos. Pero ¿dónde habré puesto la agenda? Qué más da: si la encuentro y la llevo a la clase se me olvidará abrirla y después voy a andar preguntándome por qué traigo un papelito en la bolsa con el nombre de Dylan Thomas. Al día siguiente habla Miauricio. Le digo que no daré la conferencia. Me dice que está en el café y que el mesero tiene mi agenda. Una semana más tarde les digo a mis alumnos que ya me acordé del poeta galés, saco el papelito y leo: “Súper Memory Plus”.

¿Quién fue quien dijo “El único apellido que recuerdo es Alzheimer”? Lo he olvidado (y no importa: seguramente él también). ¿Tendría Alzheimer cara de alce? No hay remedio, he ingresado a la categoría de personas que inventó Tomás Segovia: la de quienes, cuando se ponen a evocar el pasado, dicen “¿Te acuerdas de cuando nos acordábamos?” Ah, si fuera así de sencillo olvidar el futuro…

http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/49026.html

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Rafael Pérez Gay

La situación no está nada fácil

18 de julio de 2010

Estoy sentado en mi sillón favorito leyendo el más reciente libro de Rubem Fonseca: El seminarista. Observo que se ha caído el muro que separa los predios de mi casa y la de mis vecinos. Por esta razón, desde la ventana puedo ver la fiesta que han organizado para festejar a la señora de la casa. Cantan a coro canciones de Alejandro Fernández. Están borrachos. No puedo seguir la lectura porque mentalmente repito un estribillo de “Me dediqué a perderte”. Decido pedirles que le bajen el volumen a la música. Ensayo frases:

–Bájenle a su escándalo!

No sirve. Busco otra oración más perentoria y menos amable:

–Ya me tienen hasta el copete. Bájenle inmediatamente a la música.

Son las tres de la mañana. Me asomo a la ventana y antes de pronunciar la frase observo que algunos de los invitados lloran. La señora de la casa ha muerto de un paro cardiaco mientras cantaba “Me dediqué a perderte”. La sientan en una silla y se van. Les digo:

–Oigan: no dejen el cadáver de esa mujer en mi patio. Llévensela.

Nadie me hace caso. Se burlan de mí. Uno de ellos dice:

–Qué le dijistes?

–Nada, no le dije nada –le responde otro mientras le da un trago a su botella de tequila.

Pienso: ahora tengo silencio, pero qué voy a hacer con el cadáver. Los invitados de la fiesta se desvanecen, intento retenerlos, les grito:

–Por favor: llévense a la mujer.

Despierto. Me paro de la cama, camino en penumbras, me asomo a la ventana. El muro está en su lugar y no hay muertos en el patio, pero la fiesta pasa por un gran momento. Unas mujeres gritan, unos hombres ríen. Mi mujer se revuelve entre las cobijas y me dice:

-Deberíamos poner doble cristal en las ventanas.

Me parece una buena idea, pero poco útil a esas horas. Me viene a la cabeza un recuerdo literario aún más inútil que la idea de mi mujer: Macbeth ha asesinado al sueño, no dormirás más. La alarma del coche del vecino se activa cuando le da la gana, como si el automóvil tuviera vida propia, sólo una vez ha guardado silencio, cuando le robaron el estéreo. Diez minutos hundido en pensamientos absurdos antes de que regrese el silencio. Un diálogo en la oscuridad:

–Hay leyes contra el ruido. Podríamos quejarnos.

–Mañana mismo, sin falta –contesto sublevado–. Lo primero que haré será investigar cuál es la ley y luego, inmediatamente, iré a no sé dónde a poner una demanda por la dilapidación de los decibeles de estos vecinos, que son los peores vecinos del mundo, y por la alarma del coche del otro vecino. Frases hirientes, reproches y otra vez el sueño. Recuerdo a la mujer muerta en el patio. Oscuridad.

Hablo de una de las fiestas más largas de que guarde memoria la colonia Condesa. Empezó a la una de la tarde de un jueves y terminó a las ocho de la mañana del viernes. La fortaleza de los invitados me asombra.

–¿No te das cuentas de que han ingerido drogas?
–¿Qué clase de drogas? –respondo un tanto desconcertado. –¿Por eso ladran?
–En parte.
–¿Qué hora es?
–Las cinco.
–Qué cerca se oye todo.
–Tengo tapones –lo digo como si confesara un crimen.
–Póntelos. Buenas noches –hay un tono de reproche en la voz.
–Te los doy –me siento generoso.
–Me voy a dormir a la sala.
–Si les tocamos a la puerta.
–Nos mandan a la mierda.
–Soñé que mataban a la sueña de la casa y se escapaban entre tragos de tequila.
–Deberíamos refugiarnos en el alcohol.
Silencio.
–¿Qué hora es?
–Las seis.
–¿Y los tapones?
–Los dejé por la paz.
–Me los hubieras dado.
–Te los ofrecí.
–Qué cerca se oye todo.

http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/49079.html

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Carta Abierta a los Multimillonarios de México

Denise Dresser

A los empresarios mexicanos que forman parte de la lista Forbes:

El año pasado, en mayo del 2009, la prensa estadounidense se enteró de que los hombras más ricos de su país – Warren Buffet y Bill Gates – habían convocado a una reunión confidencial de multimillonarios. Aunque en un primer momento se trató de mantener en secreto, poco a poco, el objetivo del encuentro salió a la luz y ha sido impactante conocerlo. Gates y Buffet le pidieron a los convocados que repensaran la naturaleza de las labores filantrópicas que llevan a cabo. Les pidieron, simple y sencillamente, que dieran más. Que donaran más. Que devolvieran más al país que les ha permitido tener una posición privilegiada. Bill y Melinda Gates alzaron la vara al sugerir que los 400 hombres y mujeres estadounidenses en la lista Forbes donaran el cincuenta por ciento de su fortuna a una causa filantrópica en el transcurso de sus vidas o en el momento de su muerte.

La pregunta entonces, es ¿por qué no en México? ¿Por qué no pedir el mismo tipo de compromiso a ustedes cuyas fortunas fueron hechas aquí, gracias al país que les permitió ingresar a la lista Forbes? Durante los últimos cuatro años, Warren Buffet ha donado 6.4 miles de millones de dólares a la Fundación Gates. Eso, aunado a los donativos de los propios Gates, ha llevado a una campaña global para erradicar la malaria. Ese mismo dinero, bien usado en México podría llenar muchos de los hoyos de salud y educación que el Estado mexicano – en medio de una crisis fiscal – no puede atender. Donativos de esa magnitud podrían cambiar de manera importante a México.

Si personajes como Oprah Winfrey, Eli Broad, Ted Turner, David Rockefeller, Michael Bloomberg, George Soros, John Doerr y Pete Peterson – entre otros – están dispuestos a asumir y considerar el reto de regalar la mitad de su valor neto, ¿dónde están Carlos Slim, Jorge Larrea, Emilio Azcárraga, Ricardo Salinas Pliego y multimillonarios mexicanos comparables? ¿Por qué, en un país con necesidades tan obvias, la filantropía empresarial es, en términos comparativos, tan pequeña? ¿Será por nuestra tradición oligopólica? ¿Por la forma tan peculiar en la cual se han amasado las grandes fortunas en México? ¿Por la ausencia de instituciones reconocidas, dedicadas a la filantropía? ¿Por una cultura que no contempla el “giving back” (dar de vuelta), como un componente central de la actividad empresarial?

Detrás de este cúmulo de razones, hay una realidad innegable: México sigue produciendo personas que forman parte de la lista Forbes, pero no conciben la filantropía como parte de su labor. La mayoría parece vivir conforme al credo personal de Carlos Slim, manifestado a la revista The New Yorker, “no creo en la caridad”.

Para muchos de ustedes, basta con actividades como el Teletón, Iniciativa México, mantener un par de fundaciones, regalar algunos millones al año y siempre en eventos con una gran cobertura mediática. Pero eso no es suficiente. En democracias funcionales, la filantropía no se usa nada más para comprar buena publicidad o combatir las presiones regulatorias. La filantropía es vista como una obligación moral; como parte del contrato social que un empresario firma en una sociedad capitalista. Y si el argumento moral tiene poca resonancia en México, existe otro con más poder de convencimiento. Si ustedes — los ricos de México — no regresan más, contribuirán a crear el tipo de país al cual tanto le temen. Tendrán que erigir cercas electrificadas cada vez más altas para defender una riqueza vista como cuestionable, porque con demasiada frecuencia se ha creado gracias a la protección política y no a la innovación empresarial. Tendrán que defender con cada vez más vehemecia su pedazo el pastel, por no permitir condiciones tales que crezca para todos.

Y mientras tanto, seguirán pagando un daño reputacional creciente. Continuarán enfrentando notas periodísticas constantes sobre la evasión fiscal, la captura regulatoria, los conflictos de interés, el bloqueo a la competencia, la expoliación a los consumidores, el país de privilegios, la incredulidad social ante la manufactura de millonarios en sectores protegidos, y todos los usos y constumbres del capitalismo de cuates que caracteriza a México hoy.

En cada nueva versión de la lista, reincidirán los cuestionamientos a personas como ustedes; cuestionamientos similares a los que se hicieron a los Carnegie, a los Rockefeller y a los Vanderbilt, antes de que aprendieran a ser filántropos de verdad. Antes de que comprendieran la importancia de retribuir para resguardar, devolver para legitimar, dar para sobrevivir.

O, como lo argumenta Warren Buffet en un artículo reciente: “beneficiar a otros que por azares del destino, tienen menos suerte que uno”. Y Buffet ha cumplido con el compromiso de donativos filantrópicos crecientes, a sabiendas de que no afectarán ni su estilo de vida, ni el dinero que piensa dejarle a sus hijos. Sabe que tanto él como los miembros de su familia continuarán con vidas confortables y útiles, intocadas por el regalo de un montón de millones. Sabe que – con frecuencia – quienes poseen demasiadas cosas como yates y aviones y obras de arte, acaban poseídos por ellas. Sabe que tuvo la fortuna de nacer en un país con un sistema económico que le permitió tomar grandes riesgos y cosechar extraordinarios beneficios. Y eso lo llena ahora de gratitud. Un tipo de gratitud poco vista entre los magnates mexicanos, pero que se vuelve urgente ante la situación difícil del país.

Una forma de revisar la huella que desean dejar en el mundo, basada en el fin de la acumulación y el principio de la tarea más seria y difícil que es distribuir con sabiduría. Una forma de comportamiento que debería llevar hoy mismo al anuncio compartido de todo aquello que los mexicanos de la lista Forbes deberían estar dispuestos a dar. La mitad de su fortuna. La mitad de su valor neto. Un cheque a cambio del país que podrían transformar, si quisieran hacerlo.

http://www.vanguardia.com.mx/cartaabiertaalosmultimillonariosdemexico-520452-columna.html

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