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Espionaje político, la discusión oculta

Raymundo Riva Palacio

Durante más de cuatro horas, el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, se reunió con el politburó de la Cámara de Diputados, la Junta de Coordinación Política, para hablar sobre la Ley de Seguridad Interna y el modelo de policía mixta, dos asuntos que han estado empantanados por años. No llegaron a ningún acuerdo sobre nada, según legisladores participantes, por tres temas centrales, explicados someramente por el perredista Francisco Martínez Neri, coordinador de la llamada Jucopo: la preocupación sobre cómo garantizar en la Ley de Seguridad Interna que los militares respeten los derechos humanos, las tareas de inteligencia y las investigaciones sobre los movimientos sociales. ¿Por qué se entreveraron los tres temas? Nadie quiere hablar con claridad al respecto, pero el empaquetado de preocupaciones muestra que en la discusión de esas iniciativas para combatir al crimen, hay una prioridad que las rebasa: el espionaje político.

Existe la percepción de que el uso y abuso político de los aparatos de inteligencia del Estado en contra de líderes sociales y a quienes considere sus adversarios, se ha incrementado en este sexenio. Quizás el espionaje político se mantenga en los mismos niveles en los que se ha realizado desde la profesionalización de los servicios de inteligencia civil, hace poco más de 25 años, pero la forma como han hecho saber a quienes son objeto de una vigilancia sistemática de conversaciones o fotografías que pueden ser hechas públicas en cualquier momento, parecería tener un propósito de intimidación. La circulación restringida, pero pública, de estos materiales, sugiere también que las posibilidades para chantaje se han visto multiplicadas con el propósito, se puede argumentar, de modificar conductas o arrinconar a los adversarios del gobierno.

Probablemente el momento más ruin del uso político del aparato de inteligencia del Estado, en función de los resultados, fue la difusión en la prensa de los mensajes de texto que intercambiaron Joaquín El Chapo Guzmán y la actriz Kate del Castillo, en enero del año pasado, que abrieron a la especulación que los dos tenían más que una relación profesional. La entrega de esas conversaciones a dos periódicos de la Ciudad de México contribuyó a la consolidación de la idea que la actriz, que lo había visitado en la Sierra de Durango mientras se escondía de las autoridades tras su segunda fuga, era responsable de delitos relacionados con el crimen organizado. Las transcripciones de los mensajes salieron de las áreas políticas del gobierno y no habían sido judicializadas. Es decir, lo publicado no estaba en autos de la PGR, por lo cual nunca habrían podido ser utilizadas en un juicio.

Las únicas ramas del gobierno federal que realizaban un trabajo de inteligencia sobre El Chapo Guzmán eran el Cisen y la Marina, que es donde se puede encontrar el origen de esos mensajes interceptados. La forma como se entregaron a la prensa modificó un trabajo de inteligencia puro, con el propósito de ser utilizado en una investigación criminal, a un manejo político, donde al cambiar el objeto de las escuchas para hacer daño público en contra de una persona, en este caso la actriz, como sujeto de descrédito, se convirtió en una herramienta utilizada en este país como parte del espionaje político.

No es lo mismo el uso de espionaje con fines de seguridad interna o seguridad nacional, enmarcados dentro del ejercicio conocido como inteligencia, donde la información es procesada y analizada para la toma de decisiones, que el espionaje político que busca resolver desavenencias mediante el temor. Un ejemplo claro de ello se dio con Carmen Aristegui, la conductora de radio más crítica del gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, a quien para tratar de inhibir le enviaron un sobre anónimo con un paquete de fotografías de su hijo. No es la única periodista a quien se ha tratado de inhibir en este sexenio, por el hecho de tener una visión y una opinión distinta a la del gobierno. Pero tampoco es el único sector al cual se ha amenazado.

Un exmiembro del gabinete dijo que pese a la seguridad en sus comunicaciones, sus llamadas y correos electrónicos eran interceptados por uno de los servicios de inteligencia del Estado mexicano. Lo sabía porque, en un momento de tensión dentro del gabinete, le hicieron llegar copias de conversaciones telefónicas que había tenido con sus familiares. Esas conversaciones no tenían nada irregular o escandaloso, pero la forma como lo interpretó era como una llamada de atención para hacerle saber que existía una vigilancia permanente sobre su persona.

La contrainteligencia de un gobierno es necesaria, como un asunto de Estado, para poder detectar traiciones o amenazas al propio Estado. Pero cuando la información recabada es utilizada por los políticos con fines políticos, los instrumentos para la seguridad se pervierten y se convierten en pistolas de información que pueden ser descargadas contra quien manifiesta rangos de autonomía. Estas preocupaciones, sin ser verbalizadas de esta manera, fueron las que, a decir del diputado Martínez Neri, rondaron durante la reunión con el secretario de Gobernación.

Altos funcionarios del gobierno federal han negado de manera sistemática que exista espionaje político, pero sus palabras no han sido lo suficientemente persuasivas para tranquilizar a los diputados, que tienen razón en sus preocupaciones. Fuera y dentro del gobierno hay experiencias de que el espionaje político, como hacía lustros no se veía, regresó con fuerza para buscar controlar la vida pública nacional. Los casos, no las palabras, lo demuestran.

Twitter: @rivapa

 

http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/espionaje-politico-la-discusion-oculta.html

 

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Lecturas de Domingo

Juan Villoro

03 de marzo 2017

06:56

Hace unos años escribí acerca de Germain Louis, maestro de primaria de Albert Camus. Huérfano de padre e hijo de una madre analfabeta, Camus nació en Argelia ante un mar favorecido por la belleza y abandonado por el destino. Soñaba con ser futbolista y sometió su pasión a los rigores de la pobreza: eligió la posición de portero porque es en la que menos se gastan los zapatos.

“El placer de estar en clase resplandecía en toda tu persona”, le diría Louis a Camus en una carta. Al terminar la primaria, lo animó a pedir una beca para seguir estudiando. Para ello, tuvo que negociar con su abuela, mujer impositiva que quería que su nieto fuera comerciante. El maestro pasó el examen de la abuela y ayudó a su alumno a pasar el examen de la secundaria. Para fortalecer su ánimo, le compró un croissant. Ese pan de los días difíciles fue la mejor recompensa para Camus. La segunda fue el Premio Nobel de Literatura. El 19 de noviembre de 1957 le escribió a su maestro: “He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo no hubiese sucedido nada de todo esto”.

En las aulas más precarias no dejan de aparecer maestros como Germain Louis. Hace unos meses conocí a uno de ellos en Tijuana, después de una lectura. Un hombre alto, corpulento, abrazaba un sobre que incluso en sus manos lucía inmenso. Se presentó como Domingo Sánchez. Venía de Mexicali y traía cientos de cartas escritas por sus alumnos a propósito de El libro salvaje. Había recorrido una carretera de dos horas, salvando las curvas de La Rumorosa, para llevar esos mensajes.

Me dejó un teléfono pero me costó dar con él. “No reconocía su número y pensé que me hablaban del banco”, explicó cuando finalmente nos comunicamos. Quedé de visitarlo en un viaje futuro.

El padre de Domingo era un agricultor que no aprendió a leer pero lo alentó a estudiar (tres de sus hermanos también se dedicaron a la enseñanza). Él se hace cargo del rancho de su padre y es maestro de primaria. Siembra algodón y alfalfa, y lee cuentos. Encontró por casualidad El libro salvaje en una caja en un salón de clases. Cuando supo que trataba de un libro fugitivo, que no quiere ser leído, le pareció apropiado hallarlo de ese modo.

En las mañanas imparte clases; en las tardes, promueve la lectura en otras escuelas públicas. Sus alumnos pertenecen a las zonas periféricas de Mexicali, donde las bodegas industriales dominan un paisaje sin asfaltar.

El lunes 27 de febrero pasó por mí a la garita de Mexicali. En el trayecto a la escuela sonó su teléfono. “Todos los papás tienen mi número”, comentó. A través de la lectura ha creado una extensa red de afinidades. Basta que alguien haya sido su alumno para que no deje de serlo.

En Mexicali las lluvias son noticia. Ese lunes había charcos en las calles y los terregales junto a la línea fronteriza estaban enlodados. Hablar del clima nos llevó a hablar de la lucha por el agua en una ciudad bajo el nivel del mar. Hace unas semanas, la gente logró que se cancelara la iniciativa de privatizar el agua potable. Sin embargo, hay una amenaza peor: la transnacional cervecera Constellation Brands construye una planta en la región y tiene permisos para usar la escasa agua de riego que llega del Río Colorado. Si esto se realiza, el Valle de Mexicali se desecará. La obra se suspendió en lo que se revisa su situación; sin embargo, todo indica que en tiempos de Trump el gobierno estatal favorece la inversión extranjera, apostando por ganancias de corto plazo y poniendo en riesgo la agricultura local y el equilibrio ecológico.

Domingo habló de la lucha por el agua, la vida en la frontera, la soberanía y la pasión por los libros. En su voz, los cuatro temas eran el mismo. Lo escuché como lo oyen sus alumnos, hasta que llegamos a la escuela en las afueras.

El profesor había convocado a todos a los que alguna vez les leyó un libro. En el camino, había hablado de un país devastado. Ahora mostraba un país distinto. La multitud corregía el presente desde el futuro: “Estos morros van a crecer de otra manera”, dijo Domingo, y señaló el motivo de la diferencia: un cuaderno con apuntes de lectura.

http://www.etcetera.com.mx/articulo/Lecturas+de+Domingo/53722

 

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Denise Dresser

Yo paro

Hace unos días participé en un panel como tantos. Siete panelistas distinguidos, todos con cosas interesantes que decir, con palabras precisas que compartir. Hubo un moderador afable, algunas viñetas personales, varios argumentos importantes, y al final los aplausos y la foto de rigor. Y al bajar del escenario me pregunté como lo hago casi siempre: ¿Por qué no había más mujeres en el escenario? Me doy cuenta de esta ausencia cada vez más. En el aniversario de la Constitución, en la presentación de libros, en eventos universitarios, en la Oficina Oval cuando Trump firmó una orden ejecutiva, incluso en mesas redondas celebrando el Día de la Mujer. Hombres, hombres y más hombres. Un índice de masculinidad perfecto. Clubes de Toby por doquier.

Y va la pregunta: “¿Por qué?”. No formulo esta interrogante desde el feminismo militante o el resentimiento recalcitrante o el rencor contra hombres que forman parte de mi vida, ayer y hoy. Algunos admirables, otros no tanto, pero nunca he pensado que el género opuesto existe para ser aniquilado, denostado o emasculado. Fui educada para pensar que yo o cualquier mujer podría ser científica o astronauta o Premio Nobel o Presidenta. A lo largo de mi carrera he estado rodeada de mujeres pensantes, exitosas, creativas, que se han salido del rebaño, que han empujado las fronteras de lo posible. Sin embargo, ninguna de ellas fue invitada a participar en el panel al que asistí, ni a tantos otros donde hay una multitud de pantalones y ni una falda bien puesta.

En la Ciudad de México nos enorgullecemos de vivir en una urbe ilustrada, progresista. Tanto la izquierda como la derecha liberal se dan palmadas en la espalda por empujar la agenda de género, y se ríen cuando a las mujeres en Arabia Saudita no se les permite manejar, se indignan cuando las mujeres en África Occidental son sometidas a la mutilación genital, se consternan cuando a alguna mujer afgana la obligan a casarse a los 13 años. En México nos congratulamos porque las mujeres -dicen- tienen más oportunidades, más educación, más libertad. Y sin embargo allí estaba sentada yo en el presídium, con otros seis hombres.

Pensando que si un país consistentemente ignora o subestima a cincuenta por ciento de su población, nunca va a lograr modernizarse. Crecer. Competir. Avanzar. Ninguna empresa humana podría prosperar si excluye a la mitad de su talento. Pero México lo sigue haciendo a pesar de las aportaciones femeninas. Poco reconocidas, poco aplaudidas, pero irrefutables. 43.8 % de las personas ocupadas en la economía nacional son mujeres. 11 % del total de personal ocupado en la industria de la construcción son mujeres. 34.5 % del total de personal en la industria manufacturera son mujeres. 51.3 % del total de personal ocupado en comercio al menudeo son mujeres. 47.9 % del total de personal ocupado en el sector servicio son mujeres. El valor del trabajo no remunerado de labores domésticas y de cuidado que proveemos equivale al 18.0 % del PIB.

Cada vez más mujeres que rechazan el anonimato como la condición natural para la mujer. Cada vez más mujeres deseosas de tener la habilidad para actuar en el dominio público. De asumir el lugar que nos corresponde en cualquier discurso o movimiento o tarea esencial para la acción, para el futuro del país. Ya sea en Los Pinos, o en la universidad, o en las planas editoriales, o en los partidos, o en las oficinas corporativas, o en los paneles, o en el matrimonio. Sitios que dejarían de funcionar si las mujeres cesaran de laborar. Hospitales sin enfermeras, escuelas sin maestras, hogares sin cocineras, aviones sin pilotos.

Y porque creo que las mujeres tienen derecho a ocupar el espacio público, sin violencia, sin discriminación, sin hombres que hablen por ellas, me sumaré al paro internacional convocado para el 8 de marzo. Un paréntesis que busca enseñarle al mundo lo que pasaría si nosotras paráramos de trabajar y educar y pensar y estar presentes en él. Me sumaré a la convocatoria para ser valiente en nombre de otras mujeres. Porque no hay una sola razón por la cual hoy en día sigan existiendo paneles sin mujeres. Porque no hay un solo trabajo que no pueda ser realizado por mujeres. Porque lo preguntaba Clare Boothe Luce: “Si algún ser divino hubiera querido que pensáramos sólo con nuestro útero, ¿para qué nos dio un cerebro?”. A usarlo entonces, el 8 de marzo y siempre.

http://www.elsiglodedurango.com.mx/noticia/722794.yo-paro.html

 

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