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Archive for 28/04/17

40 de casi 500 años

LORENZO MEYER Jueves 27 de abr 2017, 9:46am

 

Agenda ciudadana

“Hace cuarenta años que México dio por terminada su relación con la segunda república española. Fue un final, no el mejor, de un estupendo capítulo de la política exterior mexicana” — Lorenzo Meyer

En estos días se conmemora que hace 40 años el gobierno mexicano “canceló” su relación con la Segunda República Española-era la relación no con un país sino con una idea nacida en 1931: la de sustituir a la España monárquica por una republicana y democrática- y la reinició con la España existente, con la que va a cumplir 500 años.

Esa relación hispanomexicana ha sido todo, menos armónica, sobre todo tras la independencia y la dura guerra que le precedió. Hasta 1836, Madrid se negó a reconocer la separación de su colonia americana (en teoría la Nueva España era reino, no colonia) e intentó reconquistarla en 1829. Fracasó. Más tarde, en 1861, fue parte de la alianza tripartita que tomó Veracruz para exigir el pago de deudas y luego apostó por el II Imperio contra la república; otro fracaso.

Fue con la pax porfírica (1877-1911) que la relación de México con su exmetrópoli se normalizó. La colonia española en nuestro país prosperó y en las “Fiestas del Centenario” de 1910 España participó ya sin rencor. El ministro español de la época vio en Díaz a un “modelo de gobernantes, de patriotas”

La Revolución volvió a cambiar el tablero. A raíz del golpe militar contra el presidente Madero en 1913, la España oficial y la colonia española tomaron partido, reconocieron y aplaudieron al asesino de Madero y volvieron a perder. Los zapatistas chocaron con los terratenientes españoles. Villa, ordenó su expulsión de Chihuahua y Carranza echó del país a José Caro, un enviado de Madrid. El sentimiento antiespañol en los sectores populares mexicanos tuvo contraparte: en 1914 el agente español, Manuel Walls y Merino, informó a sus superiores: “…[México] es el [país] más despreciable de la tierra y donde no hay que buscar honradez, ni pundonor, ni patriotismo, ni virilidad: con decirle que a los huevos les llaman ‘blanquillos’ está dicho todo”.

La situación cambió dramáticamente en 1931 con la caída de la monarquía y la instauración de la Segunda República en España. México encontró en los nuevos gobiernos españoles un proyecto similar al suyo – reforma agraria, enfrentamiento con la Iglesia, política obrera- y un aliado en el plano internacional. Pese a la pobreza del fisco, el gobierno de México, a instancias de Plutarco Elías Calles adquirió en España algo que no necesitaba, pero que fue una buena noticia en Madrid: buques guardacosta, lo que dio un buen respiro a los astilleros españoles y a sus obreros.

Con la guerra civil que estalló en 1936, la revolución social afloró en España y el gobierno de Lázaro Cárdenas respondió estrechando aún más la relación política y económica con la República. Esta historia ya se ha contado de varias maneras, (Mario Ojeda Revha, México y la guerra civil española, Madrid: Turner, 2004). Cárdenas la defendió en los foros internacionales, le envió armas, municiones y alimentos; un contingente de mexicanos se unió a sus ejércitos. Cuando la república pereció, México recibió a los republicanos que pudo.

Al concluir el sexenio cardenista, Madrid hizo varios esfuerzos por lograr el reconocimiento mexicano. Franco cultivó la relación con Maximino Ávila Camacho, pero la repentina muerte de éste en 1945 echó por tierra lo que era de por sí un proyecto dudoso. La sombra de Cárdenas también impidió que Miguel Alemán contemplara establecer relaciones con Franco.

Lo que se institucionalizó entonces fue una representación oficiosa de cada gobierno en la capital del otro. Y no sin dificultades, porque el primer representante oficioso de Franco en México -José Gallostra- fue asesinado en 1950 por un anarquista al que había reclutado como espía.

Las relaciones informales hispanomexicanas se rutinizaron. En 1951 los dos países firmaron un convenio de pagos y un intercambio comercial modesto floreció. En México operó una embajada republicana que no representaba a un gobierno efectivo, pero en la embajada de Portugal había una oficina española que llevaba los asuntos sustantivos. Esta rutina se quebró cuando en 1975 el presidente Luis Echeverría pretendió reforzar su papel como figura de carácter internacional y pidió la expulsión de España de la ONU como respuesta a las que serían las cinco últimas ejecuciones del franquismo. La maniobra del corresponsable de la matanza del 2 de octubre fracasó y de manera rotunda.

La muerte de Franco el 20 de noviembre de 1975 en el 65 aniversario de la Revolución Mexicana y el final del gobierno de Echeverría, abrieron las posibilidades en 1977 se empezaría a escribir otro capítulo de la relación hispanomexicana. Una relación básicamente positiva, aunque con algunas sombras por las prácticas corruptas de ciertas empresas, pero ahí la responsabilidad es más de México que de los inversionistas.

Hace 40 años, España se encaminaba al cambio político, pero el gobierno de José López Portillo no tuvo la sensibilidad para esperar a que tuvieran lugar las primeras elecciones libres españolas ni a que el rey fuese legitimado por la constitución de 1978. López Portillo, tenía prisa por presentarse en Caparroso, la tierra de sus antepasados, en calidad de presidente. El nuevo capítulo pudo iniciarse de manera más elegante, pero se descuidaron las formas, (Carlos Sola, El encuentro de las águilas, México: Porrúa, 2009, pp. 84-115, 167-177). Bueno, ahora lo importante, es cuidar el contenido de cara al futuro.

 

https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1335348.40-de-casi-500-anos.html

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Carmen Aristegui

100 días

 

Mañana se cumplen los primeros 100 días del inenarrable Gobierno de Donald Trump.

Resulta difícil imaginar el tipo de memoria que se tendrá de él, al pasar de los años, una vez que concluya -cuando quiera que esto ocurra- el Gobierno que hoy encabeza.

El excéntrico magnate trepó con grandes zancadas los escalones del Partido Republicano para arrebatar candidatura y Presidencia en una jugada tan audaz como irresponsable. Hoy está al frente del Gobierno del país más poderoso de la Tierra un individuo impredecible, reactivo, caprichoso e irascible con un botón rojo al alcance de su mano.

En este primer corte de caja, el Presidente ya lanzó misiles en contra de Siria como respuesta a la utilización de armas químicas, aun sin tener certeza plena de quiénes fueron los autores de la atrocidad.

En este corto periodo enfiló baterías contra Corea del Norte, no sin antes cometer una pifia al anunciar eso antes de que realmente hubiera ocurrido. El mundo espera saber si ahí se detonará una nueva conflagración y si estamos o no ante el peligro de una escalada bélica mundial. Trump está decidido a fortalecer con un presupuesto millonario al Pentágono como nunca antes. El Presidente da señales de que quiere jugar a la guerra.

“Volver a hacer América grande” cruza por dejar clara la supremacía militar de la nación que gobierna. ¿Hasta dónde está dispuesto a usar sus juguetes bélicos y cuál es la ecuación geopolítica que tiene en la cabeza? Tal vez ni él lo sepa. Con Vladimir Putin ha pasado del elogio a la aparente distancia. Queda la duda abierta -como la gran marca de estos 100 días- sobre si intervino o no el Gobierno ruso en las elecciones que llevaron a Trump a la Presidencia. Insólito el solo hecho de que el FBI haya confirmado que el tema se investiga.

Durante la campaña el Sr. Trump mostró ser alguien a quien los valores ganados por la civilización y la democracia en materia de derechos humanos, tolerancia, libre expresión, equidad y respeto a las mujeres, es algo que le tiene, más o menos, sin cuidado. La imagen que proyecta en esa materia provocó que su hija Ivanka fuera abucheada en un foro de mujeres celebrado en Berlín apenas esta semana. La imagen de Trump, en algunos lugares, se asemeja a la de un troglodita. La imagen de Trump en el mundo, en tan corto tiempo, se ha hecho una caricatura.

En política interna ha desplegado esa habilidad suya de abrirse todo tipo de frentes. Su afición por lanzar tuits sin una valoración previa -sobre todo temprano por las mañanas- o de dar entrevistas a medios afines para atacar a los que no lo son, está dejando una estela de confrontaciones. Entre las de más alto impacto están los lances contra la poderosa prensa estadunidense. Esa que arremete contra él un día sí y otro también. El presidente Trump ha tildado a los periodistas de “mentirosos”, fabricantes de “noticias falsas” y, para acabar pronto, de ser “enemigos del pueblo”. No hay registro de un Presidente de Estados Unidos que haya llegado a estos extremos. Trump es un hombre testarudo y, en este tema, no sólo no parece entender que la prensa crítica y las investigaciones periodísticas son parte fundamental del andamiaje democrático. No parece entender tampoco que en una guerra frontal como esa, lleva todas las de perder.

Trump luce ansioso y, en alguna medida, desesperado en estos sus primeros 100 días. No es para menos. Ha recibido demasiados reveses y no parece tener paciencia y mucho menos humildad para procesarlos. El primer gran golpe fue no poder desmontar el Obamacare. Acciones ejecutivas se han caído ante decisiones judiciales que lo dejan descompuesto. No ha logrado, siquiera, los primeros mil 400 mdd para construir el muro con que pretende ser recordado y separarse físicamente de México. Sobre el TLC, veremos si lo que predominará será el pragmatismo o la balandronada. Cien días apenas, de una historia que apenas empieza.

 

http://www.zocalo.com.mx/opinion/opi-interna/100-dias2

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Retrato en familia

La foto se hizo viral en las redes sociales y había motivos. La imagen del presidente Enrique Peña Nieto rodeado de gobernadores priistas, tomada no hace mucho tiempo, podría hoy ser un póster colgado en la comisaría de la policía: buena parte de los rostros sonrientes que allí observamos pertenecen ahora a individuos prófugos, que están bajo investigación o se encuentran tras las rejas en distintas etapas de procesos judiciales relacionados con malversación de recursos públicos y lavado de dinero.

“200 años de cárcel los contemplan”, podría ser el título de la estampa. “Cómo desaparecer 12.000 millones de dólares sin perder la sonrisa”, podría ser otro. Sea cual sea la manera en que se le designe (y las redes no escatimaron ni ingenio ni desprecio), la imagen arroja un severo cuestionamiento a la clase política en su conjunto y nos hace preguntarnos si hemos por fin tocado fondo (una pregunta retórica, desde luego; nunca debemos subestimar la capacidad de los corruptos para descender otro escalón a la inmundicia). Cuando observo con detenimiento las caras recompensadas de la mayoría de esos que miran al lente de la cámara desde el pedestal de su éxito, trato de descubrir algún rasgo común, algún fenotipo gremial que permita advertir al corrupto que anida en el corazón de casi todos ellos. Y desde luego no es su físico lo que los delata: hay altos y bajos, gordos y esbeltos, feos y agraciados, morenos y pálidos.

Lo que tienen en común es la autosatisfacción en la mirada y el pavoneo en la pose. Hombres de poder que se sienten blindados por el escudo protector de la impunidad y, por qué no decirlo, por la figura presidencial tras la cual se agrupan. Que algunos de ellos hayan caído en desgracia obedece simplemente a la presión de la opinión pública y a la exhibición de abusos tales que otros cómplices en el poder se sintieron obligados a depurarlos para intentar salvar el propio pellejo (pero esa es otra historia).

El fin de semana pasado estuve en una reunión de escritores en Barcelona y en algún momento se sugirió una foto de grupo; alegres y disciplinados tomamos posición frente al lente, escalonados en una hermosa gradería. En ese instante no pude evitar el recuerdo de los gobernadores y preguntarme si a la posterior mirada del observador podría descubrirse la profesión de esos que ahora posábamos ante a la cámara.

Había africanos, asiáticos, latinoamericanos y europeos entre nosotros. El atuendo y los rasgos físicos no podían ser más distintos, pero todos escribimos novelas. ¿Habría algo específico que delatara nuestra inclinación a ensartar palabras y construir con ellas página tras página, a pasar cientos de horas en solitario aporreando un teclado? ¿Proyectaría una imagen distinta una reunión de matemáticos o de dentistas?

Supongo que no. Messi y Ronaldo no podrían ser más contrastantes en la actitud, ya no digamos en el porte físico. Y entre las personalidades de Andrés Iniesta y Zlatan Ibrahimovic hay una galaxia de diferencia y no sólo por los casi 30 centímetros de estatura que los separa. Los cuatro tienen poco en común salvo hacer con un balón lo que a escritores, matemáticos o dentistas nos está vedado.

Y, no obstante, regreso a la foto de los gobernadores y observo un rasgo invisible que los une, pese a todo. Me parece que unos y otros transpiran una misma manera de ocupar el espacio, como si el resto de las personas existieran para ser activados a su antojo. Eso es lo que provoca el poder, supongo; una disposición para usar a los demás como si todo no fuera más que una coreografía concebida para servirles.

En su libro De qué hablo cuando hablo de escribir, Haruki Murakami afirma que donde hay 100 escritores existirán 100 modos de escribir. Y lo mismo podría decirse de los cuatro futbolistas citados antes: sus pies hacen prodigios, pero cada uno los hace de distinta e inconfundible manera. En cambio, veo a Javier y a César Duarte, a Roberto Borge o a Rodrigo Medina y me parece que exudan prepotencia, cinismo e infamias de la misma y miserable manera. La corrupción es un feo bicho que hermana a unos con otros, supongo, y termina por ofrecernos un verdadero retrato en familia.

@jorgezepedap

http://internacional.elpais.com/internacional/2017/04/27/mexico/1493249742_494406.html

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