En la medida que la violencia se incrementa en el país el tema se va imponiendo y con ella aparecen las opiniones a favor de la mano dura, la justificación a los excesos de fuerza, la voluntad de que alguien acabe con esto, aunque sea a costa de derechos ciudadanos. En la más reciente encuesta de GEA-ISA (marzo 2017) la seguridad no solo aparece, como en casi todas las encuestas, como el principal problema, sino que ante la pregunta de si estaría usted de acuerdo o en desacuerdo que los militares tomaran el poder, uno de cada tres contestó que estaría de acuerdo. Respuesta que, por cierto, está en concordancia con la insatisfacción con la democracia.

Si la inseguridad sigue creciendo, la violencia comenzará a desplazar a la corrupción, la falta de oportunidades y la desigualdad como principal preocupación y por lo mismo como tema rector de los discursos. Pero el error es justamente verlos como elementos separados. La violencia y la corrupción son solo dos caras de un mismo problema: la ausencia, ya casi total, de Estado de derecho.

Es ahí donde tenemos que poner el acento, en la reconstrucción de nuestro sistema democrático.