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Archive for 12/05/17

De buenas y malas madres, e imposiciones maternales

Nos ha tocado un mundo donde hoy más que nunca se nos exige a las mujeres la perfección en todos los ámbitos de la vida: ser las mejores profesionales, las madres más entregadas, las parejas más apasionadas.

Por: Ximena Andión Ibáñez (@ximena_andion)

Este es el artículo más personal que he escrito y quizás el más personal que escriba en toda la vida. Es complejo hablar en primera persona de la maternidad. Ser mamá ha sido para mí una de las cosas más increíbles que me han sucedido en la vida, pero también la más difícil. Como feminista mi relación con la maternidad no ha sido fácil y nunca ha sido lo que me imaginé.

He sido muy privilegiada en haber decidido cuándo tener una hija y con quién hacerlo. Para mí la maternidad no era destino, a diferencia de lo que ocurre con muchas mujeres y niñas para quienes la maternidad es destino único u obligado. Dudé mucho si procrear hasta que llegó la persona y el momento en el que en verdad lo quise y ocurrió. Cuando lo pensé es probable que no lo haya pensado lo suficiente y no estaba ni cerca de entender lo que en verdad implicaba. No sólo tener una hija en un mundo como el que tenemos hoy en día: en guerra, con una crisis económica y social aguda, con un planeta amenazado de muerte, con el crecimiento de la xenofobia y el racismo. También un mundo donde hoy más que nunca se nos exige a las mujeres la perfección en todos los ámbitos de la vida: ser las mejores profesionales, las madres más entregadas, las parejas más apasionadas.

El papá de mi hija es un hombre verdaderamente feminista (no un Nacho progre) quien comparte de forma absolutamente corresponsable el cuidado y el trabajo doméstico. Sin embargo, mientras él recibe elogios por “ayudarme” y ser tan buen papá, yo recibo reprimendas sociales (más o menos veladas) por no cumplir con los estándares de lo que una buena madre debería ser. Porque una buena madre no viaja tanto, ni tiene tantos compromisos por la noche, ni pasa tanto tiempo en la oficina, ni tiene aspiraciones mayores o distintas a ver crecer a su hija, ni pierde la paciencia, ni se cansa ni a veces quisiera estar sola. Lo más increíble para mí no ha sido que este tipo de normas sociales sigan existiendo, sino que el ser feminista no me haya “librado” de caer en estas trampas del patriarcado.

Mea culpa de toda malamadre

Yo que me he declarado abiertamente feminista desde hace más de 15 años, que he trabajado en proyectos e iniciativas feministas, he caído recurrentemente en culparme y ejercer lo que el filósofo francés Pierre Bourdieu llama la violencia simbólica[1]. La violencia simbólica es aquella violencia invisible, soterrada, inconsciente que se da en contextos de relaciones de poder asimétricas cuando el dominado no cumple con los roles y expectativas sociales, en este caso los roles de género.

Por eso, como señala Marta Lamas y otras feministas, es importante entender que las normas de género no sólo están inscritas en la mente, también lo están en el inconsciente y en el cuerpo. Aunque racionalmente entiendo que mi maternidad elegida es una en la cual es compatible trabajar y ser mamá, en la que se puedo compartir el cuidado, y seguir siendo una persona más allá de mi rol como madre, mi inconsciente sigue interiorizando las normas de género en las que no soy una buena madre. Por eso al primer atisbo de falla, llega la culpa a arrastrarme. Para muestra basta un botón: el día que en la guardería me dijeron que mi hija había empujado a una compañerita, me sentí la peor mamá del mundo. Confesión inédita: mi culpa llegó a tal grado que en algún momento pensé que debería renunciar a mi trabajo y pasar más tiempo con ella. Recapacité al día siguiente, pero en ese momento me di cuenta a qué grado había interiorizado las normas sobre el deber ser madre. A mi pareja ni por un momento se le habría ocurrido pensar que el comportamiento de mi hija tenía que ver con el tiempo que pasaba con ella ni porque era un mal padre, nunca habría pensado renunciar a su trabajo.

Veo a mi alrededor a mis amigas, muchas de ellas feministas, luchando contra la culpa, esquivando a veces con más éxito que otras las expectativas sociales, familiares y hasta las personales. Las personales son sin duda las más duras, porque es el estándar que nosotras nos hemos impuesto: nos partimos en mil para poder ser las madres más dedicadas, las más divertidas, las más sabias. Y la verdad es que nunca lo logramos.

Vivimos además en un tiempo y una sociedad que ha idealizado la maternidad. A tal grado en el que lo que deberían ser opciones como el parto natural, la lactancia exclusiva o el colecho se vuelven dogmas que se han de cumplir de forma absoluta. Las nuevas tendencias sobre la crianza, que valga además decirlo son absolutamente urbanas y clase media y alta, están de alguna manera generando una nueva carga simbólica y material en las mujeres. Porque es claro que esos preceptos siguen fundamentalmente recargando la responsabilidad de la crianza en las mujeres, que deben estar dispuestas, presentes y felices. Y mientras la sociedad exige el cumplimiento de estos nuevos estándares de buena madre, no existen las condiciones estructurales para que podamos ejercer la maternidad de mejor forma: las condiciones laborales son precarias y esclavizantes, los servicios e infraestructura de cuidados son insuficientes, no se promueve la corresponsabilidad de los hombres ni de la sociedad. Así, hemos ido creando nuevas prisiones, muchas de las cuales sin querer, hemos avalado desde el feminismo. Las prisiones de la perfección en la maternidad, de las nuevas formas de crianza, del lean in.

Por eso este día de la madre para mí es importante la reflexión sobre estas nuevas trampas del patriarcado y estas prisiones que siguen imponiendo formas hegemónicas de ser, en este caso madre. La maternidad aunque sea elegida, no es fácil. Dejar de idealizar la maternidad y hacerla algo más real, ayuda a disfrutarla un poco más. Hablar de esto es el primer paso.

 

@ISBeauvoir

 

[1] Bordieu, Pierre y Passeron, Jean Claude. Fundamentos de una teoría de la violencia simbólica en La Reproducción: elementos para una teoría del sistema de enseñanza, Editorial Popular, España, 2001

 

http://www.animalpolitico.com/blogueros-de-generando/2017/05/10/buenas-malas-madres-imposiciones-gozos-maternales/

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Un fan del Barça

Juan Villoro

05 de mayo 2017

06:50

Octavio Paz se refirió al sueño como la “borrosa patria de los muertos”. Los que se han ido regresan de manera fantasmagórica con la insustituible singularidad que tuvieron en vida. Uno de los grandes misterios del proceso onírico es que los desaparecidos dicen cosas que sólo ellos saben y nosotros no podríamos concebir en la vigilia. En forma asombrosa, los recuperamos en sus propios términos, o creemos hacerlo.

Sergio González Rodríguez se ha incorporado a la legión de quienes viven mientras dormimos. La extrañeza de dialogar con él en sueños ahonda el significado de su ausencia.

El último paliativo para la mayoría de los quebrantos es la memoria. No es casual que, etimológicamente, “recordar” signifique “volver a pasar por el corazón”.

Desde hace unas semanas regreso a numerosas escenas compartidas con el inolvidable Sergio. Rescato una para este viernes. En 2015 fuimos al Festival de Edimburgo a hablar de la literatura mexicana y la violencia. Las sesiones transcurrían en las carpas alzadas en un parque, lo cual daba a la reunión un aire de campamento. Los escoceses transmitían la felicidad de quienes disfrutan del sol luego de meses de brumas que no siempre consuela el whisky.

En ese ámbito celebratorio, Sergio habló de la devastadora impunidad en México. Lo hizo en un inglés perfeccionado por los covers que interpretó como músico de rock. Resumió las condiciones en que trabajan los periodistas y pidió un aplauso para ellos. Su ponencia fue, simultáneamente, un detallado discurso informativo y un acto emocional. Su destreza escénica me recordó la forma en que clausuró un encuentro en Berlín, en la Casa de las Culturas del Mundo, hacia 2002. Leyó una ponencia sobre los sonidos de la Ciudad de México y en vez de citar canciones decidió cantarlas. El público lo ovacionó de pie.

En Edimburgo abordó asuntos sombríos con una elocuencia que hizo que el editor Christopher MacLehose concibiera un libro para ser publicado en varias lenguas (La ira de México, que reúne trabajos de siete cronistas, entre ellos González Rodríguez).

Al final de la mesa vino la acostumbrada sesión de preguntas y respuestas. El público asistía al festival con el mismo entusiasmo con que apoya a su selección de futbol y que alguna vez me llevó a decir que, si hubiera un Mundial de Aficionados, México y Escocia podrían disputar la final. Ante la posibilidad de participar, todo mundo alzó la mano.

Me llamó la atención un hombre de pelo largo entrecano y barba de tres días que llevaba una camiseta del FC Barcelona. Como tengo parcialidad por esos colores, quise que le dieran la palabra, pero eso no ocurrió. Terminada la mesa, fuimos a firmar libros. El fan del Barça se acercó a nosotros y habló con acento colombiano de las posibilidades de usar la cultura para combatir la violencia y recuperar el tejido social. En unas cuantas frases demostró ser experto en el tema. Le pregunté de qué ciudad era. “Medellín”, contestó con la entonación de los “paisas”. Sergio se incorporó al diálogo justo para ser testigo de uno de mis despropósitos. Con gran ímpetu, le comenté al colombiano que la recuperación de Medellín como espacio habitable había empezado con la alcaldía de Sergio Fajardo. Me vio con curiosidad, dejó que dijera un par de frases más, y me atajó en forma piadosa: “Yo soy Fajardo”.

No es fácil elogiar a un político. Hablé con despistada sinceridad ante ese aficionado al Barça sin saber que me refería a él mismo. ¿Cómo reconocerlo en Escocia, con pinta de culé en vacaciones?

García Márquez solía decir que sólo supo que era latinoamericano cuando se fue a vivir a Europa y descubrió la afinidad que tenía con gente de México, Perú y otras patrias que curiosamente podía identificar como suyas. Fraguamos esa instantánea complicidad en la carpa de las firmas, reforzada por el conocimiento que González Rodríguez tenía del combate a la violencia en Colombia y por la amistad con Héctor Abad Faciolince, buen amigo de Fajardo, y Jorge Melguizo, que trabajó con él.

La conversación se hubiera prolongado hasta la noche de no ser porque el ex alcalde de Medellín tenía boletos para una obra de teatro protagonizada por Juliette Binoche.

Cuando Fajardo pronunció el nombre de la actriz, Sergio comentó, como lo sigue haciendo en los sueños y la memoria: “El mejor antídoto contra la violencia”.

http://www.etcetera.com.mx/articulo/Un+fan+del+Bar%C3%A7a/55290

 

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La importancia del narciso

Los detractores de López Obrador dicen que es un Chávez disfrazado; sus seguidores, que es un nuevo Lázaro Cárdenas

Se requiere una considerable cantidad de autoestima para proclamarse líder y artífice de la voluntad popular. Ser capaz de decirle a la sociedad “el pueblo es tu señor, y yo soy su único y legítimo profeta”. En la ceremonia de inauguración de su Gobierno, Donald Trump afirmó que venía a Washington para quitarle el poder a la élite y devolvérselo al pueblo. Tras lo cual instaló el Gabinete más elitista que se recuerde, en términos de pertenencia al sector más opulento y privilegiado.

Y, sin embargo, más allá del cinismo y la amoralidad que han caracterizado a este vendedor de oropeles, me parece que su narciso es de tal magnitud que Trump realmente está convencido de lo que dice. Supongo que él mismo se da cuenta de que miente y manipula la verdad en muchas ocasiones (o cada que abre la boca), pero, en su lógica, lo hace con la absoluta convicción de que son un medio para conseguir sus fines. Y, desde luego, cree firmemente que sus medios y sus fines son mejores que los de la burocracia y la clase política profesional.

Vicente Fox no mentía cuando aseguraba que él resolvería en 15 minutos el conflicto de Chiapas, tan pronto ocupara la presidencia de México. Era falso, pero no mentía. Hugo Chávez exudaba fe cuando se presentaba como el salvador de la patria. Estos días Marine Le Pen y Moon Jae-in apelaban al voto en Francia y en Corea del Sur enarbolando banderas similares para gobernar en nombre del pueblo y en contra de las élites.

Trump, Fox, Chávez, Le Pen y Moon Jae-in no podrían ser más distintos tanto en términos de trayectoria de vida como de concepción ideológica. Entre ellos hay de izquierda, de derecha, de centro; radicales y moderados; algunos más decentes, otros impresentables. Pero más allá del populismo lo que comparten es su desprecio por el sistema político vigente y una confianza ciega en sí mismos para hacer las cosas mejor, a su muy personal manera de entenderlo.

Un pionero de este populismo devenido en poder personal es el de Mustafá Kemal Atatürk (1881-1938), el padre de la patria en Turquía. Un hombre que con voluntad de hierro introdujo el gobierno laico y fundó las instituciones claves para la modernización de su país. Aunque siempre sujeto a polémica, el legado de Atatürk es incuestionable y sin él difícilmente existiría la Turquía que hoy conocemos (a pesar de los obvios retrocesos que ha provocado el Gobierno cada vez más fundamentalista del presidente actual, Recep Tayyip Erdogan). La enorme diferencia entre Atatürk y Chávez, por mencionar a alguno de los casos recientes, es que el primero fue capaz de utilizar su poder personal para construir una red de instituciones capaces de trascender el uso personal del poder, valga la redundancia. Es decir, un sistema que ya no requiriese la presencia de un líder populista para operar. Algo no muy distinto, aunque en escala menor, a lo que hizo Lázaro Cárdenas en los años treinta.

En este momento Andrés Manuel López Obrador encabeza todas las encuestas de intención de voto para las elecciones presidenciales en México el próximo año. Su discurso en contra de la corrupción de la clase política empata con el sentimiento de agravio y el hartazgo de las mayorías del país. Los ciudadanos entienden que los políticos profesionales, y en general las élites, han secuestrado las instituciones en provecho de ellos mismos y en detrimento del interés colectivo.

López Obrador se presenta como la respuesta a estos males. Para legitimarse enarbola su austeridad, su compromiso con el pueblo y una voluntad indeclinable (sería la tercera vez que se presenta a una elecciones presidenciales). Ofrece soluciones, más vagas que precisas, pero sobre todo se ofrece a sí mismo.

Sus detractores insisten en que el tabasqueño es un Chávez disfrazado. Sus seguidores afirman que es un nuevo Cárdenas, el único que puede sacar a los corruptos de palacio y sanear el poder desde adentro y desde arriba. Otros simplemente creen que no nos puede ir peor que con la banda que actualmente gobierna. El debate apenas comienza.

@jorgezepedap

http://internacional.elpais.com/internacional/2017/05/11/america/1494458480_408319.html

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