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Archive for 15/05/17

Preguntas que cavan tumbas en México

El de Miriam Rodríguez es el último caso de un activista asesinado por tratar de encontrar a los responsables de la desaparición de un familiar

A Miriam Rodríguez la mataron por ser madre. Esta semana, unos pistoleros entraron en su casa y acabaron con su vida. Fue en San Fernando, Tamaulipas, en el norte de México. Fue, quizá, un aviso a todos los que preguntan más de la cuenta. O protestan. O simplemente tratan de saber.

Miriam lideraba un grupo de familiares de personas desaparecidas en San Fernando. A su hija se la habían llevado en 2012. Dos años más tarde, sus restos aparecieron en una fosa clandestina. La madre inició una cruzada para saber quién había sido. Cuando lo descubrió, no paró hasta que las autoridades actuaron. Y funcionó. Los asesinos acabaron en la cárcel y Miriam se convirtió en un referente para todas las familias que se encontraban en una situación parecida.

Y eran muchas. De hecho, lo siguen siendo. En un país con 30.000 desaparecidos, Tamaulipas lidera la clasificación estatal con 5.500 casos. Las familias de San Fernando construyeron una red de protesta. Armados únicamente con el nombre de sus hijos e hijas, exigían que el Gobierno los buscara. Que atrapara a los culpables.

En marzo, uno de los responsables de la desaparición y la muerte de la hija de Miriam se escapó de la cárcel. Tras el asesinato de la activista, las otras familias vincularon ambos hechos. El Gobierno del Estado no tardó en negarlo. El procurador de justicia, Irving Barrios, dijo que las autoridades habían recapturado al prófugo. No podía ser, concluyó, que el asesino de la madre y la hija fuera la misma persona.

El gobernador de Tamaulipas, Francisco García Cabeza de Vaca, escribió un tuit esta semana que aseguraba que Miriam no se convertiría en otra estadística. Pero parece que se equivoca. Miriam ya es una estadística: en diez años de guerra contra el narco en México, al menos 15 familiares de personas desaparecidas han sido asesinados en el país. Eso sin contar a los activistas que defienden el medio ambiente o los derechos de la comunidad LGBT.

La misma historia

Desde arriba se ve el jardín y la luz de algunas farolas. Es de noche. En la acera, junto a la calzada, se intuyen unos carteles. Un coche blanco se para, baja un hombre. Se acerca a la acera, saca una pistola y…

Marisela Escobedo llevaba varios días instalada frente al Palacio de Gobierno de Chihuahua. Los carteles eran suyos. En uno acusaba a los jueces que habían absuelto al asesino de su hija. En otro, al propio asesino, Sergio Barraza. Aquella noche, 16 de noviembre de 2010, un hombre se bajó de un carro blanco, se acercó y trató de matarla. Las imágenes de la cámara de seguridad muestran la escena desde lo alto. No se sabe si le dijo algo antes de disparar, si ella pudo identificarlo. Marisela trató de huir, cruzó la calle entre los coches y llegó la acera de enfrente. El asesino la alcanzó ahí. Un disparo en la cabeza.

Marisela se había convertido en un símbolo de la lucha contra la violencia. En 2010, 306 mujeres fueron asesinadas solo en Ciudad Juárez, la ciudad más importante del Estado. En 2008, el año de la desaparición y la posterior muerte de su hija, fueron 87. Marisela denunció y denunció. Marchó vestida de carteles por las carreteras del estado. Se plantó en el centro de la Ciudad de México, exigiendo justicia. Tuvo que contar en innumerables ocasiones los detalles de la muerte de su hija. La joven había desaparecido en agosto, encontraron sus restos en septiembre, huesos quemados. Barraza nunca volvió a la cárcel. Años más tarde cayó en un enfrentamiento con el Ejército.

Guarida Zeta

Jenny Isabel Jiménez desapareció el 21 de mayo de 2011. Nunca la encontraron. Ella y su familia vivían en Tihuatlán, un pueblo del norte del Estado de Veracruz. Aquella noche, Jenny y tres amigos salieron a comer unos tacos y eso fue lo último que sus padres supieron de ella.

Por aquel entonces, Los Zetas dominaban la entidad. Sobre todo la parte norte. El cartel más sanguinario de la historia del crimen en México peleaba a degüello con el Cartel del Golfo para hacerse con el corredor norte, los estados de Nuevo León y Tamaulipas. Pero Veracruz era suyo y no había quien le discutiera.

Los padres de Jenny, Jesús y Francisca, la buscaron. Casi en la clandestinidad, empezaron a organizarse. Preguntar cómo, quién. Alguna pista, la que fuera. Con el paso de los años, familias de otras partes del estado hicieron lo propio. Surgieron asociaciones de familiares de desaparecidos en la zona norte, en el centro, en el sur. Hace apenas unos meses, todos los grupos se federaron en una gran brigada. Jesús Jiménez, el papa, fue parte importante de aquello.

Los Zetas se rompieron en el norte de Veracruz hace tiempo. Muerto su líder, Heriberto Lazcano, su segundo en la zona, Ciro González, El Puchini, tomó su lugar. El año pasado, las autoridades dieron con él y las

bandas que quedaron en la zona iniciaron una pugna por la plaza.

El señor Jesús Jiménez murió asesinado en junio del año pasado. Lo mataron a balazos. ¿A quién molestó? ¿Quién se oponía a la búsqueda? Son preguntas que, probablemente, ayudaran a cavar su tumba.

http://internacional.elpais.com/internacional/2017/05/13/mexico/1494685946_572534.html

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Jesús Silva-Herzog Márquez

Un niño en la Casa Blanca

E L reportaje de la revista Time es un buen retrato del niño que ocupa la Casa Blanca. Donald Trump recibe a los reporteros del semanario y les enseña los rincones de su nueva residencia. Un día antes que decida remover al director del FBI, los lleva a la oficina oval, a las salas de juntas, a su comedor. En una de las habitaciones ha instalado una enorme televisión y quiere mostrarles imágenes que, a su juicio, son importantísimas. Toma el control remoto y busca un segmento que muestra a los demócratas en el Senado en su grabadora de video. Le maravilla el TiVo. “Este es uno de los grandes inventos de la humanidad”, dice. Lo que les enseña es una sesión en la que sus opositores balbucean. El presidente interviene: “Míralos como empiezan a ahogarse como perros”. Divertido, les adelanta: miren lo que viene. “Están desesperados para tomar un respiro”. El presidente de los Estados Unidos invita a un grupo de periodistas para burlarse de sus opositores. Como lo haría un niño que ha capturado una escena bochornosa de un compañero de salón, se divierte. Miren: se está ahogando. Y la gente de atrás, boquiabierta. El niño hace del escarnio el vínculo con los otros. La mofa es su recurso de conexión emocional.

El presidente está feliz con sus juguetes nuevos. Les muestra los salones que ha redecorado con su espantosa devoción por los brillos y los dorados. Les enseña un teléfono que encripta la voz. Se relata en la revista otra escena que parece también reveladora. Los periodistas cenan con el presidente y el vicepresidente. Mientras Trump habla de sus grandes logros, los reporteros se percatan de que los meseros tratan de manera distinta al jefe. No es que cuiden su dieta con alimentos especiales. Las porciones son distintas. Al niño septuagenario le sirven el doble que a los demás. El niño de la casa tiene derecho al doble de pastel. Cuando llega el postre recibe dos bolas de helado de vainilla. El resto, una.

El niño que gobierna a los Estados Unidos ha desatado ya una crisis política que no es exagerado decir que pone en riesgo a la democracia norteamericana. Desde la asunción del poder, el malcriado ha golpeado cada uno de los pilares de la convivencia democrática. Los golpea por el placer de escuchar el ruido que hacen las cosas al romperse. Las aberraciones son hábitos de quien siempre ha hecho lo que le da la gana. A los medios no solamente los ha llamado “enemigos del pueblo”, sino que ha amenazado con perseguir legalmente a sus críticos. Ha agredido a los jueces que han echado abajo sus decretos inconstitucionales. Y todos los días libra una batalla contra la verdad. Donald Trump miente tanto como se elogia. Falsedad y narcisismo son las dos constantes de su discurso.

La crisis que se ha abierto en esta semana es seria. James Clapper, antiguo Director Nacional de Inteligencia, ha dicho que las instituciones democráticas de los Estados Unidos sufren el ataque del presidente de la república. La decisión de remover al director del FBI constituye un claro abuso de poder. No es una maquinación estratégicamente diseñada. Es un impulso, otro más de sus arrebatos. Y no es que el presidente carezca de facultades para despedirlo. El presidente puede hacerlo, pero tomar ahora esa decisión, cuando el FBI investiga la intervención rusa en la elección, implica una obstrucción de la justicia. Quien es investigado, remueve al investigador. Tan torpemente se ha ejecutado esa decisión, que la coartada con la que se pretendía encubrir quedó exhibida por la incontinencia del niño presidente. En la entrevista que concedió unas horas después del despido, soltó la sopa: lo corrí porque me molestaba su investigación. Una candorosa admisión de abuso provocada por la necesidad de afirmar que su voluntad no necesita consejo. Y tras la confesión, la amenaza. El presidente, de la manera más pública, pretende intimidar a quien seguramente rendirá testimonio sobre el caso.

El sistema presidencial norteamericano procura la estabilidad del cuatrienio. El presidente Trump, sin embargo, juega con fuego. Su suerte depende de los republicanos. Hasta ahora han optado por la complicidad. En la medida en que la impopularidad del presidente crezca y que su base de apoyo se erosione, ese apoyo podrá diluirse también. El niño iracundo puede romper su sonaja.

http://www.reforma.com/blogs/

Silvaherzog/

Twitter: @jshm00

http://www.elsiglodedurango.com.mx/noticia/737930.un-nino-en-la-casa-blanca.html

 

 

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Denise Dresser

lun 15 may 2017, 4:12am

Aplaudir asesinos

Lamentable lo que se lee y se escucha por los sucesos en Palmarito. Lamentable presenciar lo que James Baldwin llamó la “monstruosidad moral” mexicana desatada por un video en el que se ve a un militar ejecutando a un hombre postrado en el suelo. “Mátenlos en caliente”. “Era un delincuente y merecía morir”. “A las cucarachas hay que exterminarlas porque se reproducen”. “Dejemos de victimizar a los criminales”. “Bien por la ejecución; hay un criminal menos en las calles”. Frases que evidencian la desafortunada lógica compartida por tantos, que corre en contra de la edificación del Estado de Derecho. Que busca y encuentra justificación en la desesperación ciudadana ante la inoperancia estatal. Que borra la frontera entre ley y venganza, entre barbarie y civilización.

Pero todo se vale porque estamos en guerra, dicen. Para qué apelar al Estado de derecho, si ni siquiera existe, argumentan. Sin darse cuenta de las implicaciones peligrosas y contraproducentes de lo que postulan. Sin percibir lo que pasaría si aceptamos que un miembro de las Fuerzas Armadas se convierta de manera simultánea en Ministerio Público, en juez, en verdugo. La opinion pública mayoritariamente colocándose en la falsa disyuntiva de aplaudir al Ejército bueno y a los criminales malos, por encima de la ley, la Constitución, el debido proceso. Todo aquello que existe para que nadie pueda hacer justicia por su propia mano, para que un inocente no sea asesinado porque parecía un presunto culpable, para que usted o yo o cualquiera no recibamos una bala en la cabeza en lugar de enfrentar un proceso judicial.

Es comprensible que la mayoría se vuelque en favor de la acción cometida por el militar. Vemos juzgados corrompidos y jueces corruptos, Ministerios Públicos incompetentes e investigaciones malolientes, culpables encarcelados y culpables después liberados, militares que arriesgan la vida y soldados que la pierden. Ante la mano inepta, surge el clamor por la mano dura. Ante el Estado que no logra hacer valer la ley, mejor ignorarla. A aplaudir asesinos, siempre y cuando sean uniformados. A exigir sangre, siempre y cuando sea de huachicoleros. A justificar ejecuciones sumarias, siempre y cuando sean de criminales. En eso hemos caído, a eso nos han orillado después de años de inseguridad en ascenso, luego de una década de violencia sin fin. La incapacidad del Estado para formar policías, transitar eficazmente al nuevo sistema de justicia penal, acabar con una guerra contra el narcotráfico que nunca podrá ganar está convirtiendo a los mexicanos en sanguinarios. Aquellos que celebran el tiro de gracia en Palmarito se asemejan a las turbas robesperrianas. A los que aplaudían y aplauden las guillotinas, y los ahorcamientos, y las hogueras. A los que a través de la historia han apedreado sin juicio, fusilado sin investigación, matado sin ley de por medio. Hoy renacen los nuevos Torquemadas. La Santa Inquisición, quemando vivos a quienes parecen criminales pero en realidad no lo sabemos.

Y no lo sabemos dado que una ejecución acaba a tiros con la posibilidad de una aprehensión, de un juicio. Implica – como lo ha argumentado Alejandro Madrazo – renunciar al Estado de Derecho. Entraña permitir que la ley del más fuerte se imponga a la ley consensada dentro de la Constitución. Todos contra todos. El México hobbesiano que en lugar de componer el sistema policial y judicial, provee de armas y argumentos para la actuación arbitraria. Para la aceptación de la ilegalidad. Para el castigo de un crímen con otro crímen. Para la negación de que las Fuerzas Armadas – a pesar de sus buenas intenciones – pueden cometer abusos, pueden equivocarse, pueden violar los derechos humanos. Para la incomprensión de que las Fuerzas Armadas están cometiendo crímenes de lesa humanidad que no prescriben jamás.

He ahí las razones por las cuales – como escribe el periodista Manuel Hernánez Borbolla – deberían importarnos la refriegas de soldados contra civiles. Porque tú y yo y cualquiera es un civil, que en una noche de tantas podría encontrarase en el lugar equivocado, en el momento equivocado, en el retén equivocado. Boca abajo, sometido, y de pronto, un balazo. Si no entendemos que eso es condenable, la plaza pública se alzará enardecida a celebrarlo. Y México se habrá vuelto un país que en lugar de proteger el debido proceso, acaba aplaudiendo asesinatos.

http://www.elsiglodedurango.com.mx/noticia/737925.aplaudir-asesinos.html

 

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