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Archive for 19/05/17

No me gusta mi país

Leonardo Kourchenko

Al inicio de esta administración, lo compartí en estas páginas, abrigué como tantos otros mexicanos, una auténtica esperanza de que venían tiempos buenos para México. En este mismo espacio aplaudí el Pacto por México al que comparé –también como muchos otros– con algunos elementos del histórico Pacto de la Moncloa, que dio origen a la democracia española después de la dictadura franquista. Felicité a algunos partidos políticos que mostraban inusitados signos de madurez al buscar una agenda progresista de avance para el país, haciendo a un lado sus propias agendas, o méritos, o disputas territoriales. Le escribí a colegas y compañeros en el extranjero acerca de las señales de crecimiento y desarrollo que aparecían en aquél –hoy distante– 2013 para México.

A poco más de cuatro años de distancia, respiro frustración y enojo por todas partes. Ciudadanía en franco rechazo de, prácticamente, todo: el gobierno y el presidente consumen buena cuota de ese enojo y rechazo, pero otra significativa se la llevan los partidos políticos –todos–, la clase gobernante en su conjunto, la práctica extendida y cínica de la corrupción que no distingue colores, niveles, rangos o trayectorias. La nueva generación de priistas resultó un desastre moral para el país. Pero qué me dice usted de la nueva generación panista, que a pesar de las promesas, no se distingue significativamente, de la primera. La debacle de la izquierda con un frente dividido como su propia historia y pasado, hoy a la deriva sin rumbo ideológico, que se debate entre el liderazgo carismático y el mesiánico. (¿Son lo mismo?)

No me gusta mi país porque ha perdido la esperanza en sí mismo.

Porque le han arrebatado la convicción de su grandeza, de su vocación cultural, creativa, artística, generosa y de enorme solidaridad, hoy extraviada entre los combates partidistas, las despensas, los huesos, y la lucha por cargos y presupuestos.

No me gusta mi país porque ha sido incapaz de poner un alto total y definitivo a la impunidad. El sistema de justicia es la vaga sombra de una aspiración jurídica de elevada altura en los libros y los tomos de pasta gruesa y dorada, pero inexistente, corrupto, extorsionador en las ventanillas y los ministerios públicos.

No me gusta mi país porque reproduce un ejercicio parlamentario vacío, lleno de ritos pero carente de significado. Vemos a los muy “honorables” diputados y senadores acceder a la tribuna legislativa, para llenarse la boca con discursos grandilocuentes, al tiempo que buscan negocios, contratos, concesiones y comisiones por empujar o posicionar agendas e intereses.

No me gusta mi país porque ese H. Congreso cobra enormes dividendos en reparticiones presupuestales oscuras, carentes de transparencia, a espaldas de la ciudadanía que los eligió. ¿Cuánto cobraron de bono en diciembre del 2016? Nadie nos dice, ni revela el dato, no vaya a ser que se lastimen las aspiraciones políticas de los diputados en la nómina de sus gobernadores.

No me gusta mi país porque hace años que se trafica y contrabandea con combustibles robados a nuestra propia empresa nacional, y nadie hace nada. Directivos de Pemex obligadamente involucrados, permanecen a la sombra y la protección de sus escritorios y sus cargos. ¿Quiénes son? Nunca lo sabremos, porque no habrá autoridad independiente y vigorosa que los lleve ante la justicia. Bandas criminales recorren el país perforando ductos y construyendo un mercado que involucra ahora a comunidades enteras. “Si el petróleo es nuestro” gritan en plantones, bloqueos y emboscadas, “no para que se lo roben los políticos, mejor lo tomamos nosotros”.

No me gusta mi país porque crece la violencia por todos los rincones y se apropia de caminos, pueblos, ciudades y rincones. Se multiplican las zonas intransitables, donde roban, matan, secuestran o asesinan, aunque el señor secretario de Gobernación salga muy serio a decir que los operativos están en marcha. Con muy pobres resultados señor secretario, por cierto.

No me gusta mi país, porque se matan a más periodistas en México que en ningún otro rincón del planeta, incluido el Medio Oriente bajo el conflicto de Siria y la agresión intermitente del Estado Islámico. Una procuraduría especial, una defensoría especial y más órganos y presupuestos inútiles que no impiden o inhiben el asesinato de valientes informadores. ¿Cuántos de esos se deben al crimen organizado?
¿cuántos a la persecución política?

No me gusta mi país porque hemos sido incapaces como sociedad de presionar al Congreso a que emita la imprescindible Ley de Seguridad que urge a las fuerzas policíacas, federales, estatales, al ejemplar Ejército mexicano y a la muy distinguida Marina Armada de México. Nadie les hace caso, piden y demandan protección y marco jurídico, mejor aprueban leyes menores y secundarias.

Vendrán los balances de fin de sexenio, los avances de algunas reformas, la esperanza de que no sean derribadas por los que vengan. Pero quedará inexorablemente esta sensación de que se nos fue el tiempo, de que coleccionamos otra oportunidad perdida. No queda mucho tiempo.

Twitter:@LKourchenko

http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/no-me-gusta-mi-pais.html

 

 

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El Estado no existe

 

Lorenzo Meyer

La ejecución “a pleno sol” en Sinaloa, de Javier Valdez, periodista, indigna, pero ya no sorprende. Y eso indica mucho.

Hoyviene al caso W. B. Yates: “…Todo se desmorona; el centro cede /La anarquía se abate sobre el mundo/…Se desborda la marea de la sangre, y por doquier/ Se ahoga el ritual de la inocencia/Los mejores no tienen convicción, en tanto que los peores/ Rebosan de apasionada intensidad.” (“El segundo advenimiento”, 1919).

Ya no tiene sentido enzarzarnos en discutir si el mexicano es o no un Estado fallido. Para entender la coyuntura es mejor cortar ese nudo gordiano -la idea de Estado-y aceptar que éste no existe en tanto esfera política superior y cuya razón de ser es definir y defender el supuesto interés general. Lo que falla es el complejo de arreglos entre grupos y clases en el marco neoliberal.

Para una escuela de pensamiento, el Estado es una construcción ideológica que pretende que hay un ente político que está por encima de intereses particulares para defender el general pero que, en la práctica, es una máscara que encubre lo que realmente está fallando: los arreglos políticos entre facciones, intereses e instituciones y que nunca han tenido como meta el “interés general” sino apenas mantener la estabilidad y legitimidad de un arreglo que beneficia a unos más que a otros. Como en el poema, lo que falla hoy es el centro mismo de un sistema que se está desmoronando. Las razones son varias, pero sobresalen la corrupción y la voracidad de las élites. Ejemplos: al menos una quincena de exgobernadores está en la cárcel o con un proceso abierto.

La posición teórica que niega la realidad y utilidad de la idea del Estado, está bien desarrollada en un pequeño ensayo de Philip Abrams, (1933-1981), un historiador y sociólogo inglés de izquierda, (Philip Abrams et al, Antropología del Estado, México, 2015, pp. 17-70). Pero si no hay Estado entonces ¿Qué hay? Pues una estructura de relaciones de poder político y económico creada a lo largo de la historia y administrada por el gobierno en turno. El corazón de ese entramado son las relaciones de élites que operan dentro de un sistema económico global que está permitido a los pocos extraer de los muchos una cantidad cada vez más abusiva de riqueza.

Desde esta óptica, las últimas veces que se vio al Estado como algo tangible, literalmente de carne y hueso, fue hace siglos, cuando Luis XIV de Francia pudo decir y sostener ¡a los 16 años! “el Estado soy yo”. Sin embargo, tras la decapitación de Luis XVI en 1793 y el advenimiento de las diferentes formas de democracia moderna, ninguna persona o institución concreta puede reclamar para sí la encarnación del Estado y éste se quedó en mera idea, en algo tan abstracto que terminó por ser nada.

Si lo único y verdaderamente real es la dominación de unos intereses sobre otros, apuntalada por un “monopolio de la fuerza legítima” (Max Weber), entonces lo que hay hoy en México es la crisis de una cada vez más precaria dominación pese a que por 10 años el gobierno ha empleado a fondo su principal instrumento de “violencia legítima”: el ejército. Según la Secretaría de la Defensa, entre 2007 -cuando se inició la “guerra contra el narco”- y 2016, ya ha habido 3, 921 enfrentamientos con grupos del crimen organizado, (La Jornada, 13 de mayo). Sin embargo, y pese a este uso sistemático de la violencia de la mejor fuerza pública, el crimen organizado sigue imbatible. Si en los años 80 del siglo pasado esos grupos delincuenciales eran poco más de media docena y estaban controlados por el gobierno, hoy se calculan en alrededor de 250 y con capacidad de controlar ellos a autoridades locales y penetrar instancias federales.

Desde esta perspectiva y para explicar la naturaleza de la coyuntura, viene a cuento la ya clásica definición de Harold D. Lasswell: “Política: quién obtiene qué, cuándo, cómo” (1936). Y es que en los últimos 30 o 40 años, la corrupción tradicional se salió de madre. Todos los grupos en control de algunas de las diferentes partes del aparato gubernamental -presidencia, secretarías de estado, gubernaturas, municipios, etc.- y en alianza con intereses privados, incluyendo al crimen organizado, se han lanzado a extraer el máximo de recursos en el menor tiempo posible sin importar el daño que causen al equilibrio histórico -siempre precario- entre clases, regiones, intereses y grupos.

Los resultados los tenemos a la vista: el 1% de la población mexicana concentra hoy el 43% de la riqueza, (Gerardo Esquivel, Desigualdad extrema en México, Oxfam, 2015). En tanto que el año pasado la economía en su conjunto creció en apenas 2.3%, la utilidad de los bancos casi se cuadruplicó (8.3%), (El Economista, 14 de mayo). En términos de Lasswell, el contenido de la política mexicana actual es la supeditación abierta del interés de los muchos al de los muy pocos.

En suma, México se ha convertido en un ejemplo perfecto de la hipótesis de Abrams: el Estado no existe. Lo que ha fallado y de manera dramática no es ese ente fantasmagórico sino la capacidad de la clase dirigente y sus instituciones para auto limitarse, para moderar su desenfreno en la extracción de riqueza. De continuar por ese camino de corrupción, ineptitud, violencia y desigualdad, México, como nación, seguirá perdiendo sentido.

RESUMEN: “AL ESTADO NADIE LO HA VISTO, LO QUE SI SE VE ES EL ENTRAMADO DE INTERESES DE LAS ÉLITES. Y ESE ENTRAMADO HOY ESTA LLENO DE FALLAS, PRODUCTO DE LA VORACIDAD Y DESCUIDO DE LAS RESPONSABILIDADES MÍNIMAS DE LOS GOBERNANTES HACIA LOS GOBERNADOS”

Www.lorenzomeyer.com.mx

Agenda_ciudadana@hotmail.com

http://www.elsiglodedurango.com.mx/noticia/738684.el-estado-no-existe.html

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PENSÁNDOLO BIEN…

Es un peligro estar vivo

Detrás de los periodistas liquidados habrá otros que se lo pensarán dos veces antes de publicar

Javier estaba convencido de que lo iban a matar. Porque estaba vivo, porque residía en Culiacán, porque era periodista. El lunes fue asesinado. Hace dos semanas, a una pregunta de una reportera de EL PAÍS, Javier Valdez respondió: “Disculpa, agradezco tu interés, pero por razones de seguridad no puedo dar declaraciones, se puso cabrona la situación”. Pero su vocación periodística era más fuerte que sus precauciones. Prácticamente cada reportaje, cada columna que escribía en su semanario Ríodoce o como corresponsal del diario La Jornada sentenciaba su muerte. Horas antes de ser ejecutado de 12 balazos en una calle de Culiacán y a plena luz del día, Valdez publicó un texto sobre El Licenciado, lugarteniente del Chapo, en el que daba cuenta de la batalla que aquel había emprendido en contra de los hijos del capo para convertirse en sucesor y hacerse con el control de este grupo.

La muerte de Javier Valdez ha sacudido a la opinión pública en general y a la comunidad periodística en particular, algo que no deja de ser notable en un país en el que las muertes violentas superarán la cifra de 25.000 personas este año, a razón de casi 70 por día. La reacción es resultado del prestigio que Valdez gozaba en México y en el extranjero; autor de libros sobre narcotráfico y premio a la Libertad de Prensa en 2011 por parte de la CPJ de Nueva York. Pero la indignación también obedece a que la muerte del periodista sinaloense es la última de un largo rosario de colegas caídos en los últimos años, algo que pone en duda la posibilidad de mantener informada a la comunidad.

Habría que insistir en que la supresión de periodistas, de activistas de derechos humanos o de jueces que fallan en contra de la delincuencia no es un asunto de números. Ochenta miembros de la prensa han sido asesinados o han desaparecido en los últimos 10 años; desde luego, una cifra nimia comparada con los 100.000 muertos y 30.000 desaparecidos que arroja la llamada guerra contra el narcotráfico, iniciada en 2006.

El problema reside en que al eliminar a un periodista por publicar reportajes que resultan incómodos a los poderosos (sean políticos o sean narcos), lo que se está suprimiendo es el derecho de la comunidad de enterarse de aquello que es vital para el interés público. Detrás de estos 80 profesionales liquidados habrá otros 800 (por citar un número) que se lo pensarán dos veces antes de atreverse a publicar o difundir algo que moleste a los poderosos, algo que se convierta en sentencia de muerte del periodista, como sucedió con Valdez. Y, por otro lado, es un hecho que por cada ejecución hay decenas de amenazas e intimidaciones físicas o verbales en contra de los medios de comunicación y los que trabajan en ellos.

¿A cuántos jueces tienen que asesinar los poderes salvajes antes de que ningún magistrado se anime a condenarlos? Otra vez, no se trata de números, sino del daño irreversible que puede provocar en la impartición de justicia. Algo similar sucede con la prensa. La cobertura informativa de la violencia y de la corrupción regional en México es un arbolito de Navidad, cuyas luces se van apagando hasta dejar a oscuras a buena parte de la geografía nacional.

En el pasado, cuando uno hablaba de poderes salvajes se refería al crimen organizado y sus brutales métodos. Pero los organismos internacionales han documentado que más de la mitad de las agresiones en contra de periodistas y de activistas de derechos humanos procede del ámbito político. La impunidad absoluta con la que han operado los narcos al quitarse de encima a críticos molestos resultó, al parecer, una tentación irresistible para funcionarios y políticos cuando son incomodados por periodistas que exhiben su corrupción y sus abusos.

No es de extrañar que las autoridades hayan sido tan incompetentes para investigar y resolver crímenes en contra de periodistas (a pesar de las fiscalías presuntamente creadas para tal efecto). No se trata sólo de un asunto de ineptitud, sino también de complicidades. Denunciar las cuentas secretas y las mansiones inexplicables de un gobernador o un funcionario poderoso con frecuencia lleva a perder el empleo, a veces algo más.

Lo dijo claramente Valdez al recibir el premio de la CPJ: “En Culiacán, Sinaloa, es un peligro estar vivo y hacer periodismo es caminar sobre una invisible línea marcada por los malos que están en el narcotráfico y en el Gobierno. […] Uno debe cuidarse de todo y de todos”.

@jorgezepedap

http://internacional.elpais.com/internacional/2017/05/18/america/1495071058_166086.html

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