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Archive for 5/07/17

¿Se puede acabar con
los partidos?

 

Pedro Kumamoto

Hace un par de meses participé en una conferencia donde un asistente me reprochaba que las candidaturas independientes “están acabando con los partidos políticos” y que no era posible organizar al país sólo alrededor de ellas, pues México necesitaba de los partidos.

Sé que a muchas personas les incomoda y molesta hablar sobre partidos políticos; por muchos años han sido señalados como rémoras, como chupa presupuesto, como organismos corruptos y como los culpables del malestar social. A pesar de ello considero que tiene sentido hablar de ellos en estos días. Buena parte de construir un nuevo país descansa en la posibilidad de que reconstruyamos, discutamos y reconceptualicemos a los partidos.

Pero vamos de atrás para adelante con el análisis. ¿México necesita de partidos políticos para construir gobiernos? O dicho de otra manera, ¿podríamos organizarnos exclusivamente sólo a través de candidaturas independientes?

Aunque parezca contradictorio con el origen de mi candidatura, creo en la idea de los partidos políticos porque pueden funcionar como punto de encuentro para quienes piensan de manera similar respecto a temas importantes para el país, como los métodos para acabar con la pobreza, el papel que debe jugar la sociedad civil y el periodismo, los modelos fiscales y la redistribución de la riqueza, el modelo económico o energético, las libertades y la diversidad social y demás temas relevantes.

Los partidos nacen para eso, para discutir nuestros anhelos, para aglutinar nuestros ideales de país en un solo lugar y para que pueda existir un ente colectivo que se encargue de llevar a cabo dichos intereses. ¿Esto podría pasar sólo con candidaturas independientes? Yo creo que no, o en todo caso a través de la unión de muchos independientes que pudieran formar una especie de partido sin registro.

Ciertamente hay pueblos que han hecho cosas maravillosas sin partidos, donde la organización comunitaria ha florecido a través de asambleas, usos y costumbres o concejos; sin embargo, se antoja complicado que un país entero pueda construir una transición hacia dichos modelos en el corto plazo.

Ahora la segunda y más interesante pregunta, ¿las candidaturas independientes estamos acabando con los partidos? Sostengo que no es así. De hecho, creo que la semilla de la destrucción de los partidos descansa en su mismísimo seno, en sus prácticas, sus vicios y sus dirigencias.

Militar en un partido ya no es lo que era antes. Hace cuarenta o cincuenta años era un acto de idealismo, entrega, incluso con riesgo de prisión por el activismo político. ¿Qué dirían los fundadores del Partido Socialista, del Partido Comunista o del PAN sobre los partidos actuales? Yo creo que pocos no sentirían una enorme decepción al ver que la militancia le sirve a la dirigencia y no al revés; se escandalizarían al ver que los programas ya no importan y seguro entristecerían al ver que sus sueños compartidos se convirtieron en negocios para pocos.

El ejemplo más reciente de la descomposición de los partidos se encuentra en el llamado ‘frente amplio’ o ‘frente opositor’ convocado por el PRD, PAN y demás partidos que no son el PRI o Morena. Para algunas personas este frente no debería existir por un tema ideológico, para otras por la poca credibilidad que les generaría la alianza o porque les parece que las cabezas de estos partidos lo que buscan es llegar a cargos públicos a como dé lugar. Para mí la cuestión se encuentra en otro lugar, pues ¿deberíamos discutir sobre la posibilidad de un frente amplio que ni siquiera ha sido consultado a la militancia? Yo creo que no. Esta es una señal más del desprecio que las dirigencias tienen de las bases, de sus representados, de a quienes, teóricamente, juraron representar.

Como podemos ver, los partidos han sido los propios artífices de su desprestigio. Sin embargo, esta enorme crisis no va a mejorar si la sociedad no se involucra en construir un nuevo horizonte para ellos y, por consecuencia, para la sociedad. Por esto es importante que la flojera al pensar en los partidos políticos no nos invada, y que la próxima vez que nos hablen sobre ellos aceptemos la invitación, el país depende de ello.

Twitter: @pkumamoto

 

http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/se-puede-acabar-con-los-partidos.html

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¿Hay remedio?

SERGIO AGUAYO Miércoles 5 de jul 2017, 3:53am

Invitado por un consejo ciudadano y un grupo de hoteleros impartí una conferencia en Puerto Vallarta titulada “El México bronco y la sociedad organizada”. Algunos ángulos son de interés general.

Presenté evidencia de que en América Central y México la mayor organización social (organismos de la sociedad civil, medios de comunicación independientes, clubes deportivos, etcétera) provoca menos delitos y viceversa. Uno de los escépticos soltó, en la sesión de preguntas y respuestas, un tajante “México no tiene remedio”. No comparto tanta desesperanza.

Nuestro principal problema es que tenemos más conciencia que organización. Conocemos nuestros derechos, pero no logramos que se respeten por lo tenue y desigual del tejido social. Tomemos una de las maneras más elementales de participación, la firma de una petición a la autoridad. En el México de 1984 lo hacía el 9 %, y en 2010, el 18 %. La diferencia con Suecia es abismal: allá el porcentaje pasó de 53 a 68 (Encuesta Mundial de Valores).

La brecha aparece por doquier. Hay lectores que me comparten sus problemas e inquietudes. Pese a su diversidad tienen tres rasgos comunes: 1) un profundo malestar con el sistema político existente; 2) una claridad sobre lo que quieren y proponen; y, 3) una frustración por no encontrar autoridad que los atienda o les responda. Se advierte el deseo de cambios en la relación sociedad-autoridad. ¿Cómo lograrlos?

Tenemos dos maneras de participar en la vida pública. La primera es la electoral que recibe mucha atención. En estos momentos ya se atisban en el horizonte las hordas de aspirantes a los 3,447 cargos que se disputarán en 2018. Durante el próximo año nos inundarán de anuncios prometiéndonos tiempo compartido en el paraíso, nos abrumarán con encuestas que se contradicen, nos invitarán a reunirnos con candidatos o a firmar desplegados de condena o apoyo.

La experiencia será amenizada por los árbitros electorales que entonarán sentidas odas a las urnas, en cuyos vientres germinan los frutos de una democracia inmaculada. Los cancerberos de lo electoral se harán los desentendidos con la compra del voto pobre, los desvíos de recursos públicos, las intimidaciones del crimen organizado y las tropelías de algunos partidos.

El Partido Verde Ecologista de México, por ejemplo, regresa con promesas de dudosa viabilidad y moralidad. Desde ahora se ha puesto la casaca de patrono de la infancia desprotegida y promete impulsar una ley para que cada partido done 20 % de su financiamiento público anual para combatir el cáncer infantil. ¿Ustedes les creen?, yo tampoco. Una vez más, ese partido político se olvidará de lo ambiental y manipulará una causa noble para seguir jineteando el presupuesto. Puede hacerlo porque cuenta con la protección de los árbitros.

Pese a la mediocridad de la democracia electoral, tendremos que decidir si votamos y, de ser el caso, por quién, aún sabiendo que la urna ha dejado de ser la palanca para los grandes cambios. Es posible que Andrés Manuel López Obrador sea el triunfador, pero ocupará una presidencia profundamente debilitada.

La segunda opción es la democracia participativa; involucrarse de manera constante en asuntos públicos para incrementar el grosor del tejido social. Me resulta una veta más promisoria porque la evidencia demuestra que en la medida en la cual se organiza la sociedad en torno a propuestas concretas, es posible frenar a los simuladores y corruptos y forjar alianzas con los funcionarios y políticos comprometidos. Tengo años dedicado a entender la violencia criminal y a promover la cultura de paz y he confirmado que sí es posible la convergencia en asuntos concretos entre Estado y sociedad.

Nos presentan la democracia electoral como la mejor forma de resolver nuestros problemas. Si les hacemos caso les transferiremos la responsabilidad que tenemos, como ciudadanos, de involucrarnos en la resolución de nuestros problemas inmediatos. Sentarse a esperar que “alguien” resuelva de manera milagrosa las carencias de la vida pública es el camino más corto hacia la frustración. En tanto no mejoren los partidos y los árbitros electorales la urna es un lastre para el involucramiento ciudadano que debe concentrarse en la construcción de islotes de civilidad democrática. Ahí está el remediso.

https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1357348.hay-remedio.html

 

 

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La última cena

La última cena

JORGE RAMOS Miércoles 5 de jul 2017, 3:53am

 

TULUM, QUINTANA ROO – Nunca había comido así. Ni comeré. Fue una de esas cenas irrepetibles. Pero les cuento, porque escribir es una forma de compartir.

La historia es esta: el chef René Redzepi de Noma – el restaurante en Dinamarca que ha sido considerado por revistas y críticos como uno de los mejores del mundo – decidió dejar Copenhague para abrir un lugar durante sólo siete semanas en Tulum. (“Pop-up restaurants”, le llaman en inglés a este tipo de proyectos. Antes Redzepi lo han hecho en Sidney y en Tokio.) El pasado diciembre puso a la venta por Internet 7,000 lugares en Tulum, a 600 dólares cada uno, y se vendieron todos en dos horas.

El gasto y la apuesta eran grandes; Redzepi no llegó solo. Se trajo a su familia y a un centenar de empleados de su restaurante. Transformaron un estacionamiento en la zona turística de Tulum en un verdadero laboratorio de experimentación gastronómica.

Las mesas sobre la arena estaban ahí. La cocina abierta también. Pero Redzepi y sus asistentes se pasaron meses explorando los platillos e ingredientes típicos de la península de Yucatán. Después vino la revolución.

Se trataba de sentir a México con otra boca. La pregunta va mucho más allá de la cocina: ¿qué puede hacer un extranjero con las mismas cosas que tenemos aquí los mexicanos?

El resultado fue una verdadera revelación. Redzepi y su equipo probaron la misma comida con la que yo crecí en México, pero la vieron con nuevos ojos. La deconstruyeron, la repensaron, la armaron con precisión de ingeniero, y la presentaron de una manera muy novedosa.

Me sirvieron muchas flores, en sopa y como entrada: flores que, antes de esa cena, sólo hubiera visto como decoración. Me comí de tres mordidas un salbute (o tortilla inflada) con chapulines y chupé un alga marina inyectada con una michelada (o cerveza preparada).

Probé un ceviche de plátano con algas y bananas al pastor. Nunca había saboreado un pulpo más suave que el “dzikilpak” que pasó enterrado horas en una vasija de barro y envuelto en masa.

Los cinco acompañantes en mi mesa llegaron un poco escamados porque iban a comer escamoles (o larva de hormiga). Pero este plato prehispánico fue servido en una tostada y rodeado de pequeñísimas hojas de la región. Fue una inesperada delicia.

Comí cocos tan suaves que su carne parecía gelatina. Lo convirtieron en algo trópico-nórdico con caviar escandinavo.

La salsa del mole negro, en lugar de servirla con pollo, la pusieron sobre una hoja santa horneada. Lo más reconocible fueron unos taquitos de “cerdo pelón”, entre crujientes y suaves, en franco homenaje a la cochinita pibil. De postre nos dieron helado de aguacate a la parrilla y chocolate enchilado.

No soy crítico gastronómico, y casi no tengo sentido del olfato (debido a tres operaciones de nariz). Pero cada uno de esos platos tiene su historia y razón de ser. Me limito a describir lo que vi y degusté.

Desde la cocina se oían gritos de entusiasmo cada vez que se ordenaba o salía un plato, mientras cuatro yucatecas hacían las tortillas a mano. Los meseros – jóvenes y conscientes de ser parte de algo muy especial – eran precisos con las palabras y enamorados de su comida.

¿Por qué trabajas con René?, le preguntaron a uno. “Porque nos obliga a buscar la excelencia”, fue su honesta respuesta.

Me tocó estar ahí la noche en que Noma cerraba sus puertas en Tulum. Cuando salió de la cocina el último postre hubo brindis y risas. “We did it”, (“Lo logramos”) dijo Redzepi.

La lección es como un grupo de extranjeros vio a México como el mejor lugar del mundo para un gran experimento. Con lo mismo que tenemos, hicieron algo totalmente distinto. Cuando ellos hablan de México no piensan en las narcofosas, las trampas electorales, el espionaje o la corrupción. No, ellos piensan en un México de infinitas posibilidades y recursos, casi mágico, alegre, solidario y con “el servicio más bonito del mundo”, como dijo un hotelero estadounidense que estaba presente.

Ojalá todos los mexicanos pudiéramos ver a México con el optimismo, respeto y esperanza con que Redzepi y sus amigos nos ven a nosotros. Al despedirme, le di un abrazo al chef y le dije: “Gracias por dejarme ver a mi país de otra manera”.

https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1357345.la-ultima-cena.html

 

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