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Archive for 7/07/17

Adiós al gato macho, niño terrible del arte mexicano

Primera figura en el mercado del arte, José Luis Cuevas, se volvió de oro y convirtió en oro todo lo que tocaba como el rey Midas

Muy pronto, a los 20 años, José Luis Cuevas avisó que se iba a morir. A la menor provocación, notificaba a la prensa terrenal y celestial que se encamaría en algún hospital porque su corazón estaba fallando. Es cierto, de niño tuvo fiebre reumática y permaneció un año en la cama. Ser noticia se volvió su principal obsesión. En su cama de hospital recibía a reporteros y a fotógrafos. Que todos vean, que todos sepan. Su público tenía que memorizar el escándalo que para él significaba lavarse los dientes. La insistencia en su vida privada elevó el precio de sus autorretratos y dibujos a lápiz, carboncillos y gouaches. Primera figura en el mercado del arte, José Luis Cuevas, se volvió de oro y convirtió en oro todo lo que tocaba como el rey Midas. Muy joven, con sus jeans, sus camisetas, su chamarra y sus pulseras de cuero a la James Dean, empezó a vender y a gritar a voz en cuello su desprecio por el muralismo mexicano panfletario y corriente, ramplón y reiterativo ya que encerraba a México tras una “cortina de nopal” que lo aislaba del resto del mundo y que la ruta de José Clemente Orozco, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros solo llevaría al arte al paredón del provincianismo.

En 1954, cuando el crítico de arte cubano José Gómez Sicre, invitó a José Luis Cuevas a exponer en la Unión Panamericana en Washington lanzó a un joven dibujante que en México se hacía un autorretrato al levantarse todas las mañanas. Después de dibujarse, Cuevas subía a la redacción de los cuatro grandes periódicos mexicanos, pasaba entre los escritorios y dejaba su curriculum completo de 20 años de vida gatuna. En esos trances, lo conocieron Fernando Benítez que habría de dirigir el suplemento “México en la Cultura” y —seducido— escribir sobre él los domingos. Carlos Fuentes, también deslumbrado por su talento y sus desplantes lo llamó “¡Niño genio, prodigio, talento inconmensurable!”. Cuevas se puso a escribir sobre sí mismo en tercera persona como lo hacen los reyes. “José Luis Cuevas se levantó hoy a las siete de la mañana, hizo sus abluciones matutinas, peinó su abundante cabellera y meditó en la muerte al dibujar su autorretrato matutino”. A los tres meses de gestación, la prensa, los amigos, las tiples, los críticos y sobre todo los reporteros lo compararon a Kafka y cuando le dio un pisotón a David Alfaro Siqueiros, uno de los Tres Grandes del muralismo mexicano, se consagró como un héroe, un “Harto”, un “Rupturista”, un “Narcisista”, un “Gato Macho” (como lo llamó su mujer Bertha Riestra fallecida en 2000 y madre de sus tres talentosas y originales hijas Mariana, María José y Ximena) y Siqueiros, amigo de Jackson Pollock, no se quedó callado y le dijo: “Hazte a un lado, escuincle con cara de ratón” pero Cuevas no solo tomó por asalto a La Castañeda, el asilo para locos más pobre de México, sino la calle del Órgano y otras calles miserables en las que las prostitutas de cejas depiladas y bocas moradas se asoman como yeguas en su caballeriza. Entonces, como un poeta maldito, Cuevas forjó un mundo de jorobados, mancos, tuertos, deformes, chimuelos y los echó a andar por las calles de México y el mismo se volvió noticia cotidiana y no cejó jamás en su esfuerzo por ser reconocido y adquirir un poderío que pocos artistas han alcanzado en México.

“Yo voy a internacionalizar a la cultura mexicana” decía con su voz cascada y una sonrisa bella porque en ella estaba su infancia. Ídolo de sí mismo, Cuevas se mantuvo en el candelero toda su vida, salvo a partir del momento en que se casó con Beatriz del Carmen Bazán. Su Cuevario, columna sobre si mismo que escribió para el periódico El Universal dio cuenta de su celebridad en el mundo entero debida no solo a sus exposiciones sino a su capacidad de atraer la atención de políticos, médicos, críticos de arte como Alaide Foppa que escribió un libro sobre él. Su desenfado, su rebeldía sorprendían a los críticos de arte. Marta Traba, gran crítica y gran escritora anunciaba: “Vengo de Colombia exclusivamente a ver a Cuevas”. Luis Cardoza y Aragón quién siguió muy de cerca a la Generación de la Ruptura (Vicente Rojo, Manuel Felguerez, Alberto Gironella, Lilia Carrillo, Pedro Coronel, Fernando García Ponce y otros pintores también hartos del muralismo que giraban en torno a la Galería de Inés Amor como Mathías Goeritz, Carlos Mérida, Guillermo Meza y Luis García Guerrero) se hicieron eco de las críticas de Cuevas y lo aceptaron como su vocero.

Octavio Paz le dedicó un poema, Carlos Fuentes lo acompañó siempre, Francia le dio la orden de Caballero de las Artes y las Letras, un séquito de adoradores lo siguieron hasta los últimos días de su vida. En eso de premiar sus Letras, Francia tuvo toda la razón porque José Luis fue un escritor de talento como lo demuestra su Cuevario que se sostuvo a lo largo de los años.

Para asombro de todos sus últimos años lo aislaron, primero de sus hijas, luego de sus amigos. Recluido, enfermo, triste, se separó de todo. Beatriz del Carmen Bazán su segunda mujer se puso a cubrir sus figuras de azulito y de rosita pero Cuevas no vivió ninguna vida en rosa porque ya no aparecía en ningún lado y no tengo la menor idea de quienes lo visitaban. Lo vi una sola vez con Felipe, mi hijo, quién quería conocerlo y me habló de sus múltiples achaques. Aunque reímos como antes, tuve ganas de buscar a su hermano Alberto, psiquiatra porque lo quiso toda la vida pero la Ciudad de México no propicia los encuentros y una corre el riesgo de morir en el tráfico. José Luis se fue metido en su propio tráfico. Ojalá y lo acompañe el estruendo de los cláxones, el silbido de los globeros, el llanto del carrito del vendedor de camotes y plátanos machos, el grito de tamales, oaxaqueños calientitos, el chirriar de las llantas, la luz de los faroles y lo aplaudan a rabiar porque eso sí le habría gustado.

https://cultura.elpais.com/cultura/2017/07/04/actualidad/1499193732_801629.html?id_externo_rsoc=TW_AM_CM

 

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Carmen Aristegui

Delitos de lesa humanidad

La Corte Penal Internacional recibió el pasado 5 de julio otra solicitud –o comunicación, como le llaman– sobre asuntos relacionados con México y su larga noche de violencia, crímenes y violaciones graves a derechos humanos. En esta ocasión, como en las otras, se le pide a este organismo abrir “…un examen preliminar” sobre los graves crímenes cometidos en Coahuila entre 2009 y 2016.

El documento es robusto, riguroso y estremecedor. Un retrato arrancado de las peores cosas que le han pasado a Coahuila y botón de muestra del atroz universo de 200 mil asesinatos violentos y 32 mil desapariciones ocurridas en el país –según cifras conservadoras– en la última década.

De nuevo la Corte Penal Internacional tiene ante sí la posibilidad de hacer algo por México y traer a revisión un pedazo de esa realidad que nos muestra cómo se han trastocado, gravemente, las prácticas y controles democráticos ante poderes fácticos y formales y cómo se ha naufragado en regiones enteras con un Estado de derecho reducido a una mera entelequia.

La CPI quedó instalada en 2002 después de un largo proceso, iniciado en 1948, cuando las Naciones Unidas consideraron por vez primera la posibilidad de “…establecer una corte internacional permanente para enjuiciar el genocidio, los crímenes de lesa humanidad, los crímenes de guerra y la agresión”. En sus 15 años de existencia la CPI ha privilegiado casos que protagonizan, principalmente, los que llevan la piel oscura.

En su página oficial la CPI informa de cinco casos cerrados; dos relacionados con Kenya, dos con República del Congo y uno con Darfur. Tres casos con sentencias con propósitos de reparación y otros en fases diversas. En la lista de países con “examen preliminar” se encuentran Afganistán, Burundi, Colombia, Gabón, Guinea, Iraq, Nigeria, Palestina, Camboya y Ucrania. Es en esta lista en la que se pide incluir a México.

El robusto documento presentado por la FIDH –Movimiento Mundial de los Derechos Humanos y cerca de un centenar de organizaciones mexicanas– está soportado en una impresionante tarea de investigación documental y testimonial de 500 casos de detenciones arbitrarias, desapariciones forzadas y tortura. Destaca la exposición sobre 73 expedientes y el énfasis en dos episodios escalofriantes: la matanza de Allende cometida por los Zetas en marzo de 2011 y la gestión de la cárcel de Piedras Negras, convertida entre 2008 y 2012 en centro de operaciones también de los Zetas.

El caso de Allende, documentado anteriormente por Jacobo Dayán y Sergio Aguayo, bajo los auspicios de El Colegio de México y, de manera separada, por Diego Enrique Osorno y la premio Pulitzer Ginger Thompson, se refiere a la matanza cometida por los Zetas en la que se arrasó a un número indeterminado de personas (entre 60 y 300, según testimonios diversos) y de paso se destruyeron casas, comercios y edificaciones hasta convertirlo –como diría Dayán– en un Lídice Mexicano. La evidencia indica que “…no sólo el Municipio sino también el gobernador de la época estaba al tanto de lo que se preparaba, y que los Zetas contaron con la pasividad e incluso con la cooperación de las fuerzas de seguridad”. El horror instalado en Allende no sólo es responsabilidad de los criminales.

La cárcel de Piedras Negras fue convertida en centro de operaciones de los sanguinarios Zetas. Se estima que dentro del penal murieron por lo menos 150 personas. Sí, dentro del penal. Los cuerpos fueron disueltos ahí mismo en tambos llenos de ácido. Los testimonios señalan que los restos eran arrojados en un río en cuyas aguas se perdía cualquier tipo de rastro. El caso no sólo muestra cómo se desintegraban carne y huesos dentro de la cárcel, sino en el mismo tambo se diluía la razón misma del Estado.

La Corte Penal Internacional deberá decir si está entre sus atribuciones hacerse cargo o no de estos delitos atroces; delitos de lesa humanidad, para decirlo claro. Delitos sobre los cuales el Estado mexicano ha sido en extremo omiso y por lo cual decenas de organizaciones piden hoy la intervención de esta Corte que tiene, de nuevo, la palabra.

 

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La extraña codependencia: Trump y los medios

La víctima real de los ataques del magnate es el derecho de la sociedad para estar informada

Aceptémoslo de una vez, los periodistas y los miles de comentaristas en redes sociales hemos sido cómplices en el espectáculo de pornografía política que ha desplegado Donald Trump, primero como candidato y ahora como presidente. Y pese a lo que digan los medios sobre el ataque muchas veces soez y encarnizado del que son víctimas por parte del matón que ocupa la Casa Blanca, en el fondo están de plácemes, aunque nunca lo vayan a reconocer.

Cuando Trump difunde un video en el que agrede a la CNN y la noquea bajo una arena de boxeo, en realidad está subiendo al ring presidencial a la cadena televisiva. Como dice algún comentarista estadounidense: el hombre anaranjado podrá ser un chiste, pero todo lo que hace, querámoslo o no, es presidencial, literalmente. El veto que impide el acceso de CNN, The New York Times y Politico a las conferencias de prensa de la Casa Blanca formará parte del palmarés histórico de estos medios. Para Politico, un sitio mucho menos conocido en el resto del mundo, equivale prácticamente a sacarse un Pulitzer.

La hostilidad que mostró el entonces candidato contra Jorge Ramos, el prestigiado periodista de Univision, le dio al mexicano una visibilidad aún más amplia entre el público anglosajón y una plataforma mayor para difundir sus argumentos.

El universo se enteró de que existían Joe Scarborough y Mika Brzezinski, presentadores de NBC, a quienes Trump acusó de psicópata y de loca, respectivamente. Los ratings y la circulación en aumento de los medios “distinguidos” por el odio presidencial muestran que en última instancia la confrontación lejos de dañar a los comunicadores ha terminado por incrementar su prestigio y/o su popularidad.

La relación entre Trump y la mayor parte de los medios puede ser agria, pero en el fondo conviene a las dos partes. A lo largo de la campaña el morbo llevó a la prensa y a la televisión a darle una cobertura al neoyorquino muy superior a la de cualquier otro precandidato republicano. En muchas ocasiones esa cobertura fue crítica, pero incluso cuando lo hacían para mofarse de la ocurrencia o la payasada, en realidad, y sin proponérselo, terminaron por convertirlo en una celebridad, en un personaje popular. Por más que Hillary Clinton intentó plantear propuestas de gobierno responsables, sus ideas caían de las portadas de los diarios o de las entradas de los noticieros ante las provocaciones irresistibles de Trump.

En esta relación de amor involuntario y odio intencionado, los medios y el presidente han generado una suerte de codependencia. El público no se cansa de escuchar el último exabrupto de parte de Trump y los medios no desperdician la ocasión de difundirlo. La mitad de las columnas de opinión de los diarios de Washington o de Nueva York están dedicadas al mandatario, aun cuando sea para denostarlo. E incluso si los medios intentan abstraerse de la inercia que los conduce al circo de Donald, las redes sociales terminan por atraparlos de nueva cuenta. Los tuits de Trump tienen la peculiaridad de hacerse virales una y otra vez y los periodistas no pueden darse el lujo de ignorar los temas de los que millones de personas están hablando.

En el fondo, no son los medios los que resultan dañados por esta confrontación, pero sí la sociedad en su conjunto porque el escándalo sustituye a la cobertura de los temas que importan y que carecen de morbo, porque el infoentretenimiento desplaza a la información, porque los ridículos sobre el escenario impiden hablar de lo que está sucediendo tras los reflectores. Y es eso, los que sucede tras bambalinas, lo que terminará afectando la vida de todos.

La verdadera víctima de los ataques de Trump no son los medios, dedicados a defenderse y a cubrirlo obsesivamente, sino el derecho de la comunidad para estar informada de los temas que definen su presente y su futuro. Trump ha logrado frivolizar la conversación pública con la complicidad, involuntaria o no, de los medios de comunicación. Hoy ambas partes viven en una codependencia tan dañina como trabada.

@jorgezepedap

https://internacional.elpais.com/internacional/2017/07/05/mexico/1499290022_079167.html

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