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¿Es México un país pobre?

July 4, 2017

Carlos Brown Solà

La historia de los dos Méxicos que puso de manifiesto un informe de 2014 del McKinsey Global Institute no resulta ajena para quienes conocen las distintas aristas sociales y económicas de este país. El México de los grandes edificios en Paseo de la Reforma en la Ciudad de México, los autos de lujo de San Pedro Garza García en Nuevo León, o las grandes casas porfirianas del Paseo de Montejo en Mérida resulta terriblemente contrastante con el México que se vive en Ecatepec, en el Estado de México, o en Tahdziú, Yucatán; este último considerado el municipio más pobre en América Latina.

A pesar de que nuestro país forma parte de foros internacionales como el G20 –formado por las 20 economías más grandes del mundo– o la OCDE –también llamado “el club de los países ricos”–, la pobreza no deja de ser una de las caras más visibles del país y un constante recordatorio de su estatus como “país en desarrollo”. Este contraste hace que en la discusión pública –desde pláticas de sobremesa hasta las redes sociales– sea recurrente la pregunta: “entonces, ¿es México un país pobre?”

No, México no es un país pobre, sino un país de pobres; para ser precisos, muchas personas pobres. De acuerdo con los últimos datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), correspondientes al año 2014, 55.3 millones de personas se encontraban en situación de pobreza en México, lo que equivale al 46.2 por ciento de la población nacional.

Además, la incidencia de la pobreza varía dependiendo en qué estado del país se encuentre uno: en Chiapas, tres de cada cuatro chiapanecos –76.2 por ciento de la población del estado– es pobre, mientras que en Nuevo León esta proporción es de 20.4 por ciento; es decir, uno de cada cinco neoleoneses se encuentra en situación de pobreza. También hay una fuerte relación entre género y pobreza: hay una mayor proporción de mujeres que de hombres entre las personas pobres. La falta de autonomía económica suele llevar a una mayor vulnerabilidad ante la pobreza, pero incluso los hogares dirigidos por mujeres tienden a contar con mayor carencia por acceso a la alimentación, un fenómeno común en la región latinoamericana.

Sin embargo, México es el único país en América Latina que no ha logrado reducir la incidencia de la pobreza en los últimos años. Entre 2012 y 2014, se sumaron casi dos millones de mexicanos a las filas de la pobreza.1 A diferencia de lo que ocurre en el resto del continente, donde el número de personas pobres ha disminuido a tasas récord, la pobreza en México se ha mantenido en los mismos niveles desde 1994. Además, el número total de personas en situación de pobreza en México ha aumentado ya que, aunque la proporción respecto al total se ha mantenido constante, la población total sobre la que se calcula ha aumentado durante estos 30 años.

Esto resulta contrastante con los datos del Banco Mundial que muestran que la economía mexicana era, en 2015, la decimosegunda más grande del mundo y la segunda más grande de América Latina –por debajo de Brasil– medida por el valor monetario (en dólares estadounidenses) de todos los bienes y servicios producidos dentro del país durante un año –es decir, el producto interno bruto o PIB. Así, México forma parte del grupo de las mayores economías globales pero con el lastre de tener a casi la mitad de su población con un ingreso menor a la línea de bienestar2 y al menos una carencia social,3 que es como define el CONEVAL a las personas en situación de pobreza a partir de un criterio multidimensional.

Entonces, si México es la decimosegunda economía más grande del mundo, ¿quiénes se quedan con los beneficios económicos si uno de cada dos mexicanos se mantienen en situación de pobreza desde hace tres décadas?

Frente a la enorme pobreza, la otra cara económica de México es la desigualdad: en el mismo país conviven decenas de millones de pobres con un reducido número de personas muy ricas. De acuerdo con un trabajo de Raymundo Campos, Emmanuel Chávez y Gerardo Esquivel, el uno por ciento más rico en México se queda con el 21.3 por ciento del ingreso total de los individuos en México, con un ingreso promedio anual de más de 1.9 millones de pesos; mientras que el 0.01% más alto de la distribución ingresa anualmente alrededor de 30.5 millones de pesos.4

Esquivel, en un informe preparado para OXFAM México sobre la desigualdad extrema en México, encontró que en nuestro país existen sólo 16 multimillonarios, cuyas riquezas han aumentado de US$25,600 millones a US$142,900 millones apenas entre 1996 y 2014. Además, la riqueza de los cuatro hombres (ninguna mujer) más ricos de México –Carlos Slim, Germán Larrea, Alberto Bailleres y Ricardo Salinas Pliego– representa actualmente nueve por ciento de la producción interna bruta nacional.5

Ante este México de enormes contrastes económicos y sociales, con muchos pobres y muy pocos ricos, la política económica –especialmente la fiscal– no ha servido para disminuir esas brechas económicas. En cambio, ha favorecido la estabilidad macroeconómica pero no ha permitido la mejora en las condiciones de vida de millones de personas durante las últimas tres décadas, favoreciendo apenas a unos cuantos. El crecimiento económico inclusivo y el combate a la pobreza y la desigualdad deben dejar de ser un recurso discursivo que suena bien en foros internacionales para empezar a ser principios rectores para el gobierno y la sociedad mexicanas.

Carlos Brown Solà es economista e internacionalista.


1 Cabe aclarar que la pobreza extrema (aquella en la que el ingreso no cubre ni la canasta alimentaria) ha disminuido –aunque de manera moderada– desde el año 2010 hasta representar al 9.5 por ciento de la población mexicana.
2 La línea de bienestar es el ingreso equivalente al valor total de la canasta alimentaria y de la canasta no alimentaria por persona al mes, que incluyen: alimentos, transporte, educación, salud, esparcimiento, bienes y servicios de consumo habitual, entre otros.
3 Los indicadores de carencia social son: rezago educativo, acceso a servicios de salud, acceso a seguridad social, calidad y espacios de la vivienda, acceso a servicios básicos en la vivienda y acceso a la alimentación.
4 Campos, R., Chávez, E., & Esquivel, G. (2014). Los ingresos altos, la tributación óptima y la recaudación posible. In Premio Nacional de Finanzas Públicas. Centro de Estudios de las Finanzas Públicas, Cámara de Diputados, H. Congreso de la Unión. México.
5 Esquivel, G. (2015). Desigualdad extrema en México: concentración del poder económico y político. Reporte de Oxfam México, 23.

http://economia.nexos.com.mx/?p=411

 

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Disección

SERGIO AGUAYO Miércoles 12 de jul 2017, 3:54am

¿Qué lecciones deja el embate de El Universal contra un grupo representativo de la generación de la transparencia?

 C On la alternancia, la corrupción se extendió por todo el país. Ante la indignación de la ciudadanía consciente, las minorías que gobiernan hicieron algunas concesiones -más simbólicas que reales- y hace cinco meses aceptaron que figuras representativas de la sociedad civil entraran en el Sistema Nacional Anticorrupción.

Los ciudadanos pronto se hicieron incómodos y de las entrañas del poder salió una ofensiva para desprestigiarlos. El Universal se prestó para la maniobra y concedió las ocho columnas a un inconforme que denunció “trampas” y “cuotas” del grupo seleccionador. Para rematar la faena, el periódico dio otra nota principal a las declaraciones de un senador del Verde dispuesto a secundar la crítica. La inquina del diario resultaba incomprensible porque enlodaba a plumas que enriquecían sus páginas.

En México una posición ganada rara vez se abandona. Por ello sorprendió que seis columnistas y cuatro organismos civiles con espacios dentro del diario renunciaran sin inventar excusas. Hicieron a un lado la cortesía habitual y pusieron en duda la ética de El Universal que, dijeron, dejó pasar “notas imprecisas, sin sustento fáctico” lo que formaba parte de “un giro en la línea editorial y la disminución en el rigor periodístico”. El diario publicó sus inconformidades, pero guardó silencio sobre los motivos tras un embate que deja la impresión de haber sido hecho por alguno de esos poderosos que mangonean al país.

La batalla deja buenas noticias. Una de ellas es que la transición ha ido dejando una reserva de excomisionados y exconsejeros comprometidos con la transparencia y la rendición de cuentas. En este caso la figura más representativa es Jacqueline Peschard, presidente del Comité Coordinador del SNA. Académica reconocida, estuvo asociada al IFE de José Woldenberg y fue comisionada presidente del INAI. Es decir, estuvo en la época dorada de esas instituciones, antes de que fueran atrapadas por las miasmas de la partidocracia.

Además de Jacqueline, renunciaron tres líderes académicos: José Luis Caballero Ochoa que encabeza el Departamento de Derecho de la Universidad Iberoamericana, Sergio López Ayllón Director General del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) y Pedro Salazar Ugarte Director del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. Cargos y perfiles individuales evidencian como están metiéndose en la batalla por las libertades algunas instituciones educativas.

También abandonaron el diario líderes de la sociedad civil. Enrique Cárdenas Sánchez del Centro de Estudios Espinosa Yglesias y Edna Jaime Treviño de México Evalúa. Cuatro organizaciones en solidaridad dejaron los espacios que tenían: Alianza por la Salud Alimentaria-Actúa por la Salud, Fundar, GIRE y Oxfam México.

Los protagonistas del rechazo a El Universal representan a la generación de la transparencia que, basándose en los aciertos y errores de generaciones previas, hacen a un lado protagonismos, ideologías o filias para unirse contra la corrupción y la impunidad. En su mayoría jóvenes, están bien educados y saben negociar con el poder preservando su independencia y apoyándose en las transformaciones que, pese a todo, vive México. En este caso aprovecharon el final de los monopolios informativos. Dejan un diario importante, pero tienen la posibilidad de incorporarse a empresas periodísticas que basan su éxito en la independencia y el rigor.

Termino la disección mencionando las grandes ausencias. El Comité Editorial de El Universal ha guardado un incomprensible silencio. Los partidos, por el contrario, han sido leales a su esencia: condenan en el discurso la corrupción, pero se paralizan cuando les cae esa gota fría que presagia la pérdida de privilegios y canonjías y el fantasma del desempleo. Los organismos públicos encargados de proteger a quienes defienden derechos se ausentaron como siempre.

La guerra contra la corrupción seguirá. Acompañemos a los ciudadanos y organizaciones que desde la SNA están buscando cómo frenar y desenmascarar a los corruptos que, enquistados en el poder, pregonan como chachalacas su falso compromiso con la honestidad.

https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1359605.diseccion.html

 

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El régimen de la corrupción

Jesús Silva-Herzog Márquez

10 Jul. 2017

Hace más de treinta años Gabriel Zaid expuso la verdadera naturaleza del régimen autoritario mexicano. La corrupción, escribía en Vuelta “no es una característica desagradable del sistema político mexicano: es el sistema”. (“La propiedad privada de las funciones públicas,” noviembre de 1986). La mordida no era una anécdota, era la médula del régimen. El sistema, explicaba Zaid, consiste en “disponer de las funciones públicas como si fueran propiedad privada”. Mucho ha llovido desde que el poeta ingeniero escribiera esas líneas. Concluiría el sexenio que propuso la “renovación moral de la sociedad”, accederían al poder los técnicos que buscaban catapultar al país al primer mundo, se cambiarían una y otra vez las leyes electorales, habría de nacer el IFE, y una multiplicidad de órganos autónomos. Sucedió lo que parecía impensable en el 86: el PRI perdió la presidencia, el presidente dejó de ser emperador, la izquierda se hizo cargo de la capital de la república, se hicieron habituales las alternancias en municipios y estados. Desapareció el gobierno unificado. El PAN ocupó durante doce años la presidencia de México. El presidente encaraba la oposición de la mayoría en el Congreso.

Tres décadas de cambios políticos profundísimos. Para un mexicano de los años ochenta, el México de 2017 sería irreconocible, no solamente por la violencia que hoy nos lastima sino por la intensidad de la competencia y de la incertidumbre que vemos ya como habitual. Le sorprenderían seguramente la debilidad de la presidencia y la intensidad de nuestros pleitos públicos. Y sin embargo, el núcleo de la política sigue siendo el mismo. Nuestro régimen es la corrupción. Hoy podríamos decir lo mismo que decía Zaid en 1986: la corrupción no es una marca molesta del sistema. La corrupción es el sistema. Es el sistema mismo porque la corrupción se inserta en la lógica del poder desde que éste funda su legitimidad en el voto. Para competir hay que capitanear clientelas, comprar cobertura en los medios, desviar fondos de la hacienda pública. Las elecciones son la primera escuela de la corrupción en México. Bueno… tal vez la segunda. La primera escuela de la corrupción en México es la escuela.

La corrupción es el principio de la política mexicana porque es la sábana que cubre a todos los agentes políticos. Muchas estampas de rivalidad podremos recordar en años recientes. Polarización, desacuerdos en el congreso, pleitos públicos, movilizaciones y vetos, antagonismos, bloqueos. Pero, debajo de la discordia se tejió un pacto entre los partidos políticos. Se trataba de un acuerdo subterráneo para repartir los beneficios del poder y para cuidarse los unos a los otros. Debajo de la rivalidad es perceptible la colusión entre los competidores. Los partidos definen las reglas del juego, se reparten las ganancias, nombran a quienes han de vigilarlos, castigan a quienes los amenazan. A los medios pueden igualmente premiarlos o castigarlos. La cartelización de los partidos políticos ha significado la abdicación de las instancias de control, la renuncia del congreso a actuar como contrapeso auténtico. La corrupción desnaturaliza la democracia, la pervierte, la pudre.

Por todo esto, no extraña la oposición de buena parte de la clase política al Sistema Nacional Anticorrupción. Defiende un régimen que advierte amenazado; ser aferra a una manera de entender la política y de beneficiarse de ella; cuida una forma de ejercer el poder. Quizá lo que sorprende es el descaro con el que ha tratado de minarlo desde antes de su nacimiento. Cuando se haga la historia de este intenso proceso se verá con claridad la resistencia de los actores políticos a la rendición de cuentas. En este capítulo puede leerse, en efecto, una síntesis de las tensiones del presente. El gobierno y sus aliados hicieron hasta lo imposible para someter o ablandar el Sistema Nacional Anticorrupción. Para descarrilar el proyecto recurrieron a medidas abiertamente autoritarias: amenazar con los látigos del fisco a los promotores de la reforma y espiar para intimidar activistas. Han postergado nombramientos clave y negado los recursos indispensables para que se ponga en movimiento la compleja maquinaria del sistema. La estrategia ahora parece ser promover la deslegitimación de sus procesos y el desprestigio de sus integrantes. La viscosa corrupción y las artimañas autoritarias siguen tan vivas como siempre.

https://www.elsiglodedurango.com.mx/noticia/774538.el-regimen-de-la-corrupcion.html

 

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