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Archive for 4/08/17

El mito de la política

Pedro Kumamoto

Uno siempre tiene a ese conocido que en las reuniones y fiestas, invariablemente de lo que se celebre, termina hablando sobre la política nacional. Ese fantoche indispensable para México, mascota nacional, que cada reunión de más de cinco personas convoca.

¿Ya te acordaste? Casi siempre viene con un trago en la mano, vanidoso, sabiéndose dueño de la atención de la audiencia. Ese conocido que da cátedra sobre la grilla cada vez que puede, a pesar de que nadie lo solicita. Esa persona que sabe de tiempos, silencios y notas en sus historias que lo vuelven el centro de la atención de quien le rodea. Narrador de la infamia.

Ahí, en esos encuentros nos presume que conoce a la gente que está ‘dentro de la política’ y en su afán de demostrar su cercanía y conocimiento en la materia nos confiesa que, lamentablemente, ‘todos son iguales’. Invariablemente nos deja un mensaje fundamental en su cuentito: nos comparte que esas personas dentro del medio son temibles, que no se andan con juegos. Finalmente proclama con resignación: “las cosas no pueden cambiar porque si alguien lo intentara, lo matarían”.

¿Te has visto? Queriendo o sin querer vamos religiosamente citándolo por la vida. Proclamando a los cuatro vientos que un golpe de timón nunca llegará. Que nacimos para perder. Que estamos condenados, ni modo, nacimos aquí.

Y cuando prendemos la televisión cada cápsula nos recuerda sus palabras. Gobernadores que le roban hasta a los niños que tienen cáncer. Secretarios que rehuyen a sus responsabilidades en la adversidad, que venden las obras al mejor cómplice electoral y que celebran el rescate de un auto cuando sus ocupantes mueren. ¿Qué se puede esperar? Si el presidente no ve la miseria moral en la que vive su gabinete, su administración entera y su propia casa (blanca y pagada por una televisora).

Así crecemos en México. Escuchando todos los días que la política sólo tiene un camino: la decepción total. La derrota como camino para enfrentar el desastre cotidiano. ‘El que no tranza no avanza’, se convierte en nuestro lema.

No es que yo sea un ingenuo. Sé por cuenta propia que estamos llenos de casos terribles, pero también sé que son muchos los ejemplos de que el cambio es alcanzable. Por un momento olvidemos esas etiquetas que nos hacen pensar que México no va a cambiar y volvamos la mirada a los días en que tocamos con nuestras manos un nuevo horizonte político.

El cambio, el desafío a los cánones y al statu quo que nos llama ha llegado. Ya sea en Cherán, ya sea en el año 88, ya sea a través de elecciones o de procesos de la sociedad civil, nuestro país ha demostrado que sí podemos aspirar al cambio anhelado. Que ninguna condena es cierta. Sí podemos cambiar la política.

Yo creo que ese determinismo político del país es una vil mentira, pensada para que todo se quede quieto, leal a quienes les va bien hoy con el estado de las cosas. “Te pareces tanto a mí, que no puedes engañarme”, versa la canción. No puedes engañarme con ese mito de la política, no puedes decirme que todo se perdió y que no hay nada para cambiarlo. Te pareces tanto a mí que, no puedo creer que no hay cambio. Este país tiene futuro, y ya llevamos un buen rato poniéndonos de acuerdo.

Twitter: @pkumamoto

 

http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/el-mito-de-la-politica.html

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Desde Marte

Desde Marte

Juan Villoro

Hace treinta y cinco años vivía en Berlín Oriental y extrañaba los libros en español. En la Embajada de México di con una estupenda colección de textos científicos editados por el Conacyt bajo la supervisión literaria de Augusto Monterroso. Entre ellos se encontraba Los sonámbulos, de Arthur Koestler, apasionante narración sobre la conquista intelectual del cosmos.
Aunque todas las historias de los escrutadores del cielo tenían un sesgo formidable, ninguna superaba la turbulenta relación entre Tycho Brahe y Johannes Kepler, que se necesitaban y repudiaban. Brahe había registrado los movimientos de los astros con insólito detalle, pero no sabía qué hacer con ellos, y Kepler disponía de la mejor mente para interpretarlos, pero carecía de datos. El científico empírico podía ser completado por el teórico y viceversa. Hasta aquí todo bien, pero si uno de los dos prevalecía, borraría la participación del otro.
Brahe y Kepler eran “opuestos necesarios”. Sus personalidades no podían ser más contrastadas. Brahe era un aristócrata danés que había construido observatorios y sofisticados instrumentos de medición. Estudió en Alemania, donde perdió la nariz en un duelo (excéntrico de tiempo completo, perfeccionó su aspecto con una prótesis de oro y plata). Su mascota era un alce que bebía cerveza y su compañía más fiel, un enano. Kepler era veinticinco años menor y estaba aquejado de un sinfín de males reales e imaginarios; su descomunal inteligencia no siempre encontraba utilidad; carecía de habilidades mundanas, había conocido la pobreza y huía de las guerras religiosas de Alemania. Tycho lo invitó al castillo de Benatek, donde se desempeñaba como cosmógrafo de Rodolfo II, el alucinado rey de Bohemia, que vivía rodeado de angelólogos, alquimistas y lectores de nubes.
Kepler tenía pésima vista y nunca pudo disponer de un telescopio. Su única posibilidad de conocer las estrellas eran las tablas de medición de Brahe. Para ponerlo a prueba, su anfitrión le dio los datos del planeta más caprichoso, el “recalcitrante Marte”, como lo llamó Plinio. Sobrevino entonces una lucha entre dos visiones del mundo, un pleito tan extraño y productivo que se podría confundir con la complicidad. De esa peculiar relación surgieron las leyes sobre las órbitas de los planetas.
En 1982 pensé que esta íntima rivalidad tenía las condiciones de una obra de teatro. En términos astronómicos la escribí bastante rápido, pues sólo tardé treinta y cinco años. En el camino leí diversas biografías y obras de ficción, entre ellas la novela de Max Brod -el gran amigo de Kafka- sobre Tycho Brahe y la de John Banville sobre Johannes Kepler. Numerosos autores se me adelantaron en la fascinación por estos personajes.
El demorado proceso de escritura me deparó una revelación: la obra debía tratar de los astrónomos, pero sólo en parte. Escribir de cosmógrafos europeos se asemejaba a las extravagancias de Brahe. El tema no dejaba de quedarme lejos. Me atraía inventar un falso latín para relacionar a dos científicos del siglo XVI, pero también me atraía mantener contacto con mi parcela en la Tierra.
Decidí combinar las vidas de los astrónomos con las de los actores que los representan. La fuerza de gravedad que mueve a los planetas adquirió un correlato emocional en las atracciones y repulsiones que deciden un trazo escénico. La desobediencia de Marte acabó siendo una reflexión sobre el teatro y la relación padre-hijo. Las pugnas entre los astrónomos me llevaron a explorar la vida secreta de quienes asumen otro destino en escena. El texto transitó de lo más remoto a lo más próximo, de la deriva de las galaxias a la persona que respira a nuestro lado.
Los dramaturgos nos parecemos a Sergei Krikalev, el astronauta que se quedó en órbita cuando desapareció la Unión Soviética y pasó largos meses sin poder volver a Tierra. Escribimos “perdidos en el espacio” hasta que otros nos devuelven a un suelo común, el teatro.
Mi errancia de treinta y cinco años concluyó ayer. La desobediencia de Marte se estrenó con Joaquín Cosío y José María de Tavira bajo la dirección de Antonio Castro y con instrumentos de medición inventados por Damián Ortega. Por falta de espacio, no menciono a los demás rescatistas. Baste saber que sin ellos seguiría en órbita, lejos del mayor misterio astronómico: la vida en la Tierra.

http://www.criteriohidalgo.com/a-criterio/desde-marte

 

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Carmen Aristegui

La llamada

Finalmente –porque algún día sucedería– se dio a conocer la transcripción completa de la llamada telefónica sostenida entre el Presidente de México y el de Estados Unidos el 27 de enero de 2017. La transcripción fue revelada por The Washington Post y el portal Político dio a conocer la versión completa en español.

Ahora, aunque la Presidencia de México no quiera, podemos conocer con todo detalle lo que dijo cada uno, palabra por palabra, en esa conversación. Sabemos ahora lo que en su momento negó la Presidencia. Sabemos ahora cómo se condujo el Presidente mexicano frente a temas espinosos: muro fronterizo, prensa, TLC, crimen organizado y militares.

En Estados Unidos se reaccionó más sobre lo que se dijo del muro y la prensa. Los medios destacaron la petición –¿exigencia?– a Peña Nieto para que dejara de decir a la prensa que México no pagaría el muro. Sin embargo, el punto más grave de todos es donde se habla de crimen organizado, drogas, tipo de cooperación y el papel de los militares de un lado y otro de la frontera.

Lo que la llamada revela compromete, seriamente, al Jefe de Estado mexicano. Su tibia o nula reacción a la barbaridad que expresa Donald Trump, respecto al tipo de ayuda que ofrece para enfrentar al narcotráfico es alarmante. Trump no mide sus palabras. Parece regañar a Peña Nieto cuando dice: “…ellos tienen que ser eliminados y usted no ha hecho un buen trabajo para golpearlos hacia fuera”.

Trump invita a Peña a trabajar juntos para “eliminar eso” –refiriéndose a los criminales– y no muestra ningún empacho al decirle de qué se trata: “… éste es un grupo difícil de gente y tal vez su Ejército les tiene miedo, pero nuestro Ejército no les tiene miedo y nosotros les ayudaremos con ese 100 por ciento, porque está fuera de control…totalmente fuera de control”. Peña no lo interrumpe, ni sale en defensa de su Ejército al que tildaron de miedoso, ni hace el menor intento por frenar las intenciones de Trump de intervenir en México. Peor aún, sólo asiente cuando Trump –sin rodeo alguno– le suelta una propuesta ilegal, inconstitucional e inadmisible que debió haber sido rechazada de inmediato:

“Enrique, tú y yo tenemos que eliminarlo –refiriéndose al crimen organizado–, tú y yo tenemos que golpear el infierno fuera de ellos. Escucha, sé lo difícil que son estos ‘chicos’. Nuestros militares los matarán como nunca pensaron. Trabajaremos para ayudarlos a eliminarlos… Sus ciudadanos están siendo asesinados en todo el lugar, sus policías reciben un disparo en la cabeza y sus hijos están siendo asesinados. Y los eliminaremos”.

Peña Nieto, en lugar de poner un freno a semejante despropósito, no sólo asintió, sino que, de alguna manera, reforzó la idea y, de paso, soltó algunas frases que bien pudo haber leído de alguna tarjeta:

“Estoy totalmente de acuerdo en que debemos trabajar juntos. Permítame decirle que mucho de lo que está sucediendo en términos de traficantes en México está siendo ampliamente apoyado por las cantidades ilegales de dinero y armas que vienen de los Estados Unidos y eso ha llevado a México a luchar contra las bandas criminales con la participación de los militares y todo el Ejército de México (olvidó decir si lo hacen con o sin miedo); esto ha tomado muchas vidas dentro del Ejército…son grupos criminales que están bien armados, especialmente con armas procedentes de Estados Unidos ilegalmente. Estoy totalmente de acuerdo en que ambos gobiernos pueden trabajar juntos para eliminar y acabar con estas pandillas criminales”.

En otro contexto, podría entenderse que las palabras eliminar y acabar, usadas por un mandatario, se referirían a combatir y desarticular a las bandas criminales en el marco de un estado de derecho, es decir, perseguir, detener y procesar a quienes hayan cometido esos delitos; pero el contexto de la charla –en donde el norteamericano no deja dudas de que eliminar es eliminar físicamente, matar a las personas en México– hace que las palabras de Peña Nieto no puedan ser interpretadas sino como un aval a lo que acababa de oír de Trump.

“Estoy totalmente de acuerdo”, dijo Peña. ¿No es una aceptación tácita a lo que le acababa de plantear Trump con esa frase brutal e inequívoca, la más grave de toda la conversación?: “Nuestros militares los matarán como nunca pensaron…los eliminaremos”, refiriéndose a gente que está en México y que, en todo caso, debería ser detenida para ser procesada.

¿No es ésta una conducta que –si nos vamos al código y nos ponemos estrictos– calificaría para ser considerada como traición a la Patria?

http://www.zocalo.com.mx/opinion/opi-interna/la-llamada2

 

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