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Archive for 11/08/17

El naufragio del capitán

Márquez era (o es, si hemos de creer en sus declaraciones de inocencia) un sujeto al que admirar sin ambigüedad, lo que en la vida pública mexicana resulta cada día más difícil

 

Lo primero: el Gobierno de Donald Trump no le ahorra una sola humillación al de Enrique Peña Nieto. Unas pocas horas después de que el presidente mexicano subiera a sus redes una fotografía en la que aparecía acompañado, entre otros, por el cantante Julión Álvarez, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos dio a conocer una lista de presuntos “lavadores” de dinero del crimen organizado (léase, el narcotráfico) en la que destacaba la presencia de (ya lo adivina usted) Julión Álvarez, al que Peña Nieto, siempre ducho en el error, había exaltado alguna vez como “ejemplo de la juventud mexicana” (los manejadores de las cuentas presidenciales se apresuraron a borrar la imagen, que, sin embargo, recorre ahora las redes bajo la forma de miles de capturas de pantalla: el enésimo fracaso de la comunicación social del mandatario y el enésimo coscorrón que le inflige Trump).

Julión (debo aceptar aquí que me parece sensacional que alguien se llame Julión) salió a desmentir la acusación y sostuvo que era producto de “la envidia o los celos”. Es decir que, desde su punto de vista, algún alto funcionario gringo (¿o, por qué no, el propio Trump?) quiso destacar en la llamada “música regional mexicana” y, al haberse visto frustrado, embistió sin mayor motivo en contra de una estrella reconocida del género. Por fortuna, lo siguiente que dijo Julión tuvo un poco más de sentido: aceptó que necesitaba asesorarse. Lo animamos a ello.

Pero lo segundo, me parece, es mucho peor: entre la veintena de acusados se encuentra un tipo más importante, para muchos mexicanos, que Peña Nieto o el mismísimo Julión: el futbolista Rafael Márquez, excampeón de clubes en Europa con el Barcelona y capitán, por muchos años, de la selección nacional. Un ídolo deportivo, hasta ayer, incontestable. Un futbolista fino en el campo, con temple (sus mayores pifias han provenido, históricamente, de arranques de ira que contradicen su técnica superlativa y un temperamento, por lo general, mesurado) y que, a contrapelo del promedio de capacidad verbal del futbolista mexicano, resulta incluso un tipo elocuente cuando toma la palabra.

La prensa y las redes en el país (y, sobre todo las calles, ese espacio que se olvida, desde hace tiempo, en favor del incansable monitoreo de tuits) se han llenado de chismes, lamentaciones y crujir de dientes. Porque Rafa Márquez no es un ídolo con pies de barro. Era (o es, si hemos de creer en sus primeras declaraciones de inocencia absoluta) un sujeto al cual se podía admirar sin ambigüedad alguna, lo que en la vida pública mexicana resulta cada día un poco más difícil.

El escenario se ha oscurecido. En correspondencia con el anuncio gringo sobre la inmovilización de los bienes de los acusados en territorio de Estados Unidos, la Secretaría de Hacienda mexicana ya participó que congelaría las cuentas bancarias del deportista (también las del incombustible de Julión). Y la detención, el 20 de julio pasado, de Raúl Flores Hernández, el presunto capo con quien Rafa tendría negocios turbios, abrió un proceso judicial al cual estará ligado por años, lo quiera o no. Las pruebas que se presenten serán, todas, como piedras arrojadas contra el vitral del prestigio de nuestro capitán.

Me parece una tragedia enorme que alguien a quien he respetado tanto, alguien al que tantos en México admiramos y al que hubiéramos querido abrazar con cada gol, con cada barrida providencial que realizó con la camiseta verde, sea acusado de formar parte de esa trama espantosa de complicidades entre el poder institucional, el criminal y cierta parte de la sociedad que tiene al país en la lona.

Y me parece mucho peor que Donald Trump, ese tipo dedicado día y noche a humillarnos, consiga hacerlo no con las usuales mentiras sobre lo que no somos (esos fantasmagóricos “mexicanos violadores” de la campaña electoral), sino con la exhibición de lo que sí: un país a merced de los narcos, de los corruptos, de los lavadores de dinero.

Ay, capitán, nuestro capitán.

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Jorge Castañeda

Márquez, Julión y la ausencia de adultos

No faltarán quienes piensen que la colocación de Rafael Márquez y Julión en la lista de personas posiblemente involucradas en actividades de narcotráfico y de lavado de dinero constituye una advertencia, amenaza o franco golpe bajo al Gobierno de Peña Nieto. Washington escogió el momento para lanzar su torpedo por debajo de la línea de flotación –en la víspera del arranque de las negociaciones del TLC–, el lugar –la Embajada de EU en la Ciudad de México– donde recibiría la máxima difusión en el país– y el mensajero –el director de OFAC. Este departamento, y su titular son quienes manejan los castigos contra todos los países que violan sanciones impuestas a ellos por Estados Unidos, desde Cuba hasta Corea del Norte, e incluyendo hoy a Rusia y a Irán. No se trata de un personaje menor del Gobierno norteamericano, que, además, se desplazó a la Ciudad de México para hacer su anuncio.

Huelga decir que, si bien la Embajada sabía de la distante, pero innegable, relación de Peña Nieto con Julión, cuando organizó la visita del director de OFAC y convocó a varios columnistas para advertirles del golpe que venía, no tenía conocimiento de la reciente visita de EPN al Cañón del Sumidero en compañía del cantante. Ni que Presidencia subiría y bajaría fotos del Presidente con el presunto narco.

Pero la Embajada sí sabía quién es Rafa Márquez en la psique mexicana y cuántos golpes más a la autoestima nacional puede aguantar este país. Y también conoce a la perfección cuán grande es la debilidad del equipo de Gobierno, los enormes retos que enfrenta, y las consecuencias de un deterioro mayor en la confianza, la aprobación y la resiliencia mexicanas. La pregunta no es si un malin génie (Descartes) en Washington urdió todo esto, junto con la captura de Veytia, Yarrington, más los que se acumulen, sino al revés. ¿Por qué no hay nadie en Washington pendiente del derrumbe mexicano y que ponga orden en momentos críticos?

La decisión de OFAC pasa por seis o siete agencias norteamericanas antes de oficializarse, incluyendo a la CIA y al Departamento de Estado. No sé si burocráticamente también requiere de la firma del Consejo de Seguridad Nacional en la Casa Blanca, pero, en todo caso, el Mexican Desk Officer en la Cancillería estadunidense le informa a su colega en la Presidencia. Es obvio que nadie alzó una señal de alarma sobre si realmente valía la pena armar este escándalo, en este momento, con ramificaciones imprevisibles. El problema con Washington para México es que no hay nadie que mande en el conjunto de temas de la relación bilateral y evite que cada quien se dispare por su cuenta. Los cowboys andan sueltos de nuevo (remembre Camarena); no hay ningún adulto en el cuarto de juegos. Peor aún: puede ser que en México tampoco. Todo indica que la Secretaría de Hacienda y en particular la Unidad de Inteligencia Financiera, a cargo de Alberto Bazbaz, trabajaron de la mano con OFAC y los norteamericanos en esta investigación, que duró un buen tiempo. En el Gobierno de la “coordinación”, la SHCP no le avisó a la Segob o al EMP o a la Oficina de la Presidencia que venía un ataque contra Julión, amigo del gobernador de Chiapas, próximo anfitrión del Presidente de la República y artista de selfies. Ni tal vez a la Cancillería, donde los buenos oficios y contactos del titular hubieran podido elevar la decisión sobre Márquez a un nivel político. No se ven los adultos en el cuarto de juegos mexicano.

 

http://www.zocalo.com.mx/opinion/opi-interna/marquez-julion-y-la-ausencia-de-adultos

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Seres virtuales

Juan Villoro

La luz eléctrica llegó para complicarle la vida a los fantasmas, pero no acabó con ellos por completo. Por más focos que tengamos, alguno se funde y no deja de haber zonas de oscuridad. Además, en esta región del cosmos siempre se puede contar con un apagón para ver aparecidos.
Mis dos abuelas tenían un contacto bastante frecuente con seres llegados de una realidad alterna que les daban consejos útiles y les hacían significativas advertencias. No se trataba de una relación temible, sino edificante. Si alguien volvía a este mundo era porque tenía algo que enseñar.
De niño me advirtieron que no se debe huir ante un espectro. Por lo general se trata de criaturas tristes y desvanecidas que no buscan otra cosa que hacer acto de presencia. La leyenda de que arrastran cadenas sólo se verifica en escenarios coloniales, nunca en condominios.
Hay que ofrecerles un vaso de leche y un poco de fruta para que se sientan bien (no comen ni beben pero son susceptibles y aprecian mucho los gestos). También sienten celos. Si muerdes la fruta que les habías ofrecido, regresan a jalarte los pies.
La primera condición para avistar un espíritu consiste en creer en ellos. “La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de sus apariciones”, escribe Juan José Arreola. La mente es un cine de barrio que proyecta almas de otras épocas.
No heredé la sensibilidad de mis abuelas para recibir adiestradoras visitas de los muertos, pero comparto su certeza de que vivimos entre signos sobrenaturales. Dos o tres veces he creído estar ante un fantasma sin que esto tenga consecuencias de interés. En todo caso, el avistamiento de una señora de vestido floreado que atravesó como una ráfaga la sala de mi casa sirvió para explicar la desaparición de un Quijote de hojalata que a nadie le gustaba y acaso resulta decorativo en otro mundo.
Todo esto para decir que creo haber encontrado un curioso vínculo entre una época que consideraba desaparecida y la vibrante sociedad contemporánea. Los ojos de mis abuelas eran proclives a la fantasía y confundían las atmósferas borrosas con insólitas presencias. La mirada contemporánea no tiene que esforzarse demasiado para buscar seres virtuales, pues los tiene en la pantalla.
La ciencia le restó prestigio a los fenómenos indemostrables, pero contribuyó a crear aparatos que serían tratados con creciente fetichismo; a tal grado que la religión dominante es la tecnología. Las computadoras y los teléfonos se han vuelto más inteligentes que nosotros y fomentan una insalvable dependencia: si fallan nos desconectamos.
La vida interior de las máquinas se enriqueció con la realidad virtual. Disponemos de cacharros habitados por ideas, historias y acertijos. Los usamos para comunicarnos con los otros, para pensar en voz alta, para asumir alter-egos. Nadie nos conoce mejor que nuestro sistema operativo. Llegado el momento, sentimos el impulso de enamorarnos de ese espejo digital, como el protagonista de la película Her.
Cuando apartamos la vista de la pantalla, el entorno luce desleído; la realidad parece tener un sistema operativo caducado. Dan ganas de descargar una aplicación que la haga más interesante.
De tanto convivir con vertiginosas aventuras virtuales de repente vemos “algo más”, no en la inagotable pantalla, sino en la modesta tercera dimensión: un fantasma está en la casa.
Aún no dispongo de datos estadísticos concluyentes, pero he oído suficientes anécdotas para saber que los espectros se están multiplicando. Tan sólo esta semana tres amigos me han hablado de presencias extrañas, y hace unos días, en el Mercado de Medellín, oí que una chica decía: “Deme cuatro peras, pero una bastante verde porque es para mi fantasma” (el posesivo “mi” indica que eso ya es una costumbre).
No estamos ante una casualidad, sino ante una tendencia cultural perfectamente explicable. Después de pasar el día entero abismado en la realidad virtual, no es extraño sentir que alguien invisible mueve los cubiertos del antecomedor. Y no sólo eso. Una de las opciones más sugerentes de la sociedad digital consiste en asumir ahí un alias, en postularte como otro: el avatar que hace locuras sin que le duela la cabeza.
Entre los muchos fantasmas que pueden pasar de la pantalla a la realidad se encuentra el de nosotros mismos.

http://www.criteriohidalgo.com/a-criterio/seres-virtuales

 

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