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Archive for 6/10/17

La corrupción de los ciudadanos

 

Salvador Camarena

Hace unas semanas, por el rumbo de la iglesia de la Covadonga, me tocó ver cómo una camioneta Windstar, tras desatender el semáforo que le marcaba rojo, tumbaba a un motociclista, de esos que reparten comida.

Enseguida pasó lo habitual. El conductor de la camioneta desapareció a toda velocidad. Algunos auxiliaron al motociclista herido. Otros dijimos a una grúa que por ahí pasaba las señas del vehículo causante del percance y el rumbo que había tomado (con la ilusión que por radio alertara). Por supuesto que a la media hora al motociclista lo habían recogido sus compañeros, de la camioneta agresora ni sus luces y en el lugar de los hechos apenas si quedaron restos de los focos de la moto. Nada más.

En un país con un récord de impunidad casi total, el causante del percance apostó a que lo que más le convenía era no atender al herido y huir del lugar, así fuera cometiendo otra infracción al saltarse de nuevo a toda velocidad otro semáforo.

Las probabilidades de que ese conductor fuera detenido eran francamente bajas. Así que ese ciudadano decidió tomar ventaja del ineficiente sistema en el que vive, y antes que aceptar su responsabilidad y enfrentar a la justicia, maniobró todo lo que fue necesario para evitar pagar por su negligencia.

El sismo nos trajo otros ejemplos, más emblemáticos, de esa corrupción ciudadana. De uno de ellos tuvimos la más reciente muestra ayer, cuando Mónica García Villegas, la dueña de la escuela Enrique Rébsamen –donde murieron 19 niños y siete adultos– tuvo la cara dura de enviar un comunicado en el que niega haber recibido citatorios de la Procuraduría capitalina, esto luego de que el lunes faltara a una audiencia.

Nadie va a defender a la PGJCDMX, que es capaz de no haber entregado los citatorios. Pero es que ese no es el tema. El tema es que en ciertas coyunturas queda demostrado que los ciudadanos somos iguales que nuestros políticos, o ellos a nosotros: nos comportarnos de manera indecente a la hora de tratar de salvar el pellejo.

La señora García Villegas aprendió bien del manual ejecutado por Grupo México en Pasta de Conchos. O, quizá más idóneo como antiejemplo, por haber niños entre las víctimas, de los dueños de la Guardería ABC.

¿Vimos a la señora (me niego a pensar en ella como una maestra, por respeto a otros que ejercen dignamente el magisterio) García Villegas en el Rébsamen en las labores de rescate tras el sismo del 19 de septiembre? ¿La vimos consolar a las familias de lo que fue su escuela? ¿Fue protagonista del dolor de su comunidad? ¿Se comprometió ante la opinión pública a ayudar a esclarecer permisos y legalidad de su plantel? En la tragedia Mónica García Villegas ha carecido de esa dignidad, elemental dignidad humana. Así que ahora no nos insulte pretextando tecnicismos legaloides. Citada o no, debió estar en todo momento a disposición de su comunidad y de los representantes legales de la misma, que son nuestros (ni modo) gobernantes.

Y cosa parecida se puede decir de las autoridades del Tec de Monterrey, o de funcionarios públicos de la capital involucrados en la venta de departamentos derruidos, cuyos constructores no dan la cara (La Silla Rota sobre Fausto Galván https://goo.gl/MTs3RP).

Porque lo conocen, porque forman parte de él, todos apuestan en contra de un sistema ineficiente y corrupto. Lo mismo en un percance vial, que en casos donde hay muertos, sea en una mina, en una guardería, en una escuela, en oficinas: los ciudadanos también demandan beneficiarse de la impunidad. Faltaba más.

Twitter: @SalCamarena

http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/la-corrupcion-de-los-ciudadanos.html

 

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Ni contigo ni sin ti

06/Octubre/2017

Juan Villoro

“Todo país, de alguna forma, deja de existir alguna vez”, escribió Roberto Bolaño. Ignoro si pensó que la frase se aplicaría a España y Cataluña, donde pasó buena parte de su vida.

Escribo desde Barcelona, donde llegué el emblemático 2 de octubre, un día después de que la Guardia Civil reprimiera a la población que pretendía votar en el referéndum. “Es la guerra de las derechas”, me dijo el crítico Ignacio Echevarría. El neofranquismo de Mariano Rajoy contra el nacionalismo reductor de Carles Puigdemont. En medio de estos polos hay una franja que piensa de muchas maneras diferentes, pero en este momento la duda y el matiz no gozan de privilegios.

Durante años mis amigos independentistas dieron la impresión de actuar con el astuto encanto de quienes desean separarse de España a condición de no lograrlo.

El tenso equilibrio entre dos culturas era parte de la tradición. Se necesita mucho esfuerzo para vulnerar la costumbre y dos líderes ínfimos, Puigdemont y Rajoy, lo han logrado. “Un fracaso no se improvisa”, apuntó Joan Fuster.

Después de empeorar las condiciones de salud, empleo y educación, el govern catalán encontró un remedio de fantasía para su inoperancia: proponer otro país. No especificó cómo sería esa nación ni cuáles serán los costos para fundarla. La nueva patria apareció como una promesa de felicidad, un sentimiento que no admite otro análisis que los latidos del corazón.

Puigdemont ha anunciado que se despedirá al llegar a la tierra prometida, cuando las palomas de la independencia vuelen sobre su estatua sin mancharla. No aspira a gestionar la realidad sino la ilusión. Serán otros los que asuman la tarea de encontrar dinero para pagarles a los jubilados.

¿Cambiar de bandera es cambiar de país? Sin un proyecto social de renovación, Puigdemont apela a las fibras sensibles de sus paisanos, que no estarían tan necesitados de estímulos si no hubieran sido estafados con las negociaciones del Estatut hace pocos años. Cuando las vías legales para la autodeterminación se cerraron, surgió la idea de hacer un referéndum al margen de la Constitución. Hace unos años el independentismo habría fracasado en una votación. Su actual fuerza se debe al proselitismo del govern y a la cerrazón del gobierno del PP, que entiende la unidad de España como un matrimonio donde es preferible matar al cónyuge que separarse de él.

El referéndum propuesto por Puigdemont no era vinculante. Al carecer de consecuencias legales, equivalía a un sondeo. Este ejercicio demagógico, diseñado para distorsionar la voluntad real de los catalanes, merecía ser criticado pero no reprimido. Pero en un giro caricaturesco, Rajoy se convirtió en el paradójico aliado de su adversario: llegó al incendio con un bidón de gasolina. La Guardia Civil reprimió a una población indefensa que quería ejercer el voto y por cada golpe surgió un independentista. Este acto intolerable fue avalado de manera decepcionante por el rey Felipe, quien no tuvo una palabra de simpatía para las víctimas, culpó a Puigdemont de lo ocurrido y actuó como vocero del PP.

¿Qué sigue ahora? ¿La declaración unilateral de independencia y la consecuente ocupación militar de Cataluña? Si no se reconstruye el pacto social, no habrá salida negociada a la crisis. Para lograrlo, es imprescindible que Cataluña pueda decidir su propio destino.

Más allá del placer de estrenar una bandera con el gusto con que se estrena el uniforme del Barça para la nueva temporada, ¿la secesión es buena para Cataluña?

No hay una respuesta posible porque no se discute qué país se quiere. La independencia se presenta como un efecto mágico que hará que todos estén contentos y la butifarra sea más sabrosa. Un país de gente que canta en torno a una fogata. Este entusiasmo pasa por alto que la clase política que ha sido impugnada por corrupción y desprecio a las demandas sociales -la clase incapaz de gobernar este país-, es la que propone otro país.

Hay proyectos muy diferentes dentro de la comunidad catalana. La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, lleva a cabo transformaciones que el gobierno de la Generalitat es incapaz de hacer. Mientras tanto, dos líderes irresponsables compiten para precipitarse hacia el desastre.

El futuro está en otra parte: ni Rajoy es España ni Puigdemont es Cataluña.

http://www.criteriohidalgo.com/a-criterio/ni-contigo-ni-sin-ti-jhjf

 

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