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Archive for 16/10/17

Las represalias del TLCAN

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Al parecer, Donald Trump sigue en la idea de que su país abandone el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), al que considera perjudicial porque Estados Unidos compra a México más de lo que le vende, con una diferencia de 60 mil millones de dólares anuales. Pero esa cantidad es menos del 10% del déficit de la mayor economía compradora del mundo, que es la estadunidense.

Además, México paga 20 mil millones de dólares de intereses y traslada más de 15 mil millones de utilidades y dividendos. Sin el TLCAN, ese panorama no cambiaría por pura inercia porque ya existe un nuevo nivel de integración económica entre ambos países.

Desde México es necesario hacer un balance del Tratado, pero como parte de la política económica aquí implantada.

Conforme se desgastaban las políticas de economía dirigida y sustitución de importaciones en los años 80, la línea liberalizadora se fue abriendo paso en un marco de inflación, enorme déficit fiscal, crisis de la deuda pública y disminución del ritmo de crecimiento de la economía. La primera gran reforma comercial fue la apertura unilateral de 1990-91. El TLCAN (1994) llegó después de que nuestra economía estaba ya más abierta que la de Estados Unidos.

No debería verse el Tratado como algo aislado. La liberalización buscaba estabilidad macroeconómica mediante el control de la inflación, la reducción del déficit público en términos del PIB y la promoción de la inversión extranjera, todo lo cual estaba relacionado con la apertura comercial. Nada mejor para el neoliberalismo visto desde México que un acuerdo arancelario y de inversiones con Estados Unidos.

Al mismo tiempo, para “adelgazar al Estado”, se llevaron a cabo varias privatizaciones, las cuales fueron atracos a la nación. En México no existe ningún esquema monopólico que no haya sido producto de decisiones de gobierno y no forme parte del esquema del Estado corrupto.

El primer gran tropezón de la nueva política económica fue la crisis de 1994-95 (Salinas-Zedillo), con recesión, inflación de más del 50%, revolución de las tasas de interés y fraudulento rescate bancario que costó a la nación 100 mil millones de dólares, la mayor parte de los cuales se siguen debiendo a los bancos “rescatados” y cuyos intereses se pagan por la vía presupuestal. Aquella crisis fue producto de un modelo de financiamiento, aún vigente, que torna extremadamente vulnerable a la economía mexicana, tal como lo volvimos a observar en 2008-2009 (Calderón-Carstens), cuando el “catarrito” pronosticado por el gobierno era en realidad una fuerte recesión.

Las décadas de política neoliberal arrojaron un ritmo de crecimiento del PIB significativamente menor que en el gran periodo anterior; una mayor desigualdad en el ingreso; una desindustrialización a través de sustituir productos nacionales por importaciones; una concentración de la industria de exportación (300 empresas); una reducción relativa de la producción de alimentos; un estancamiento de la demanda interna con enorme crecimiento de las exportaciones; una concentración donde el 0.12% acapara la mitad de la riqueza individual. En México, hoy existe mayor injusticia social que antes.

Con el TLCAN también se profundizó la concentración geográfica de la producción manufacturera en unas cuantas entidades y ciudades del país, donde los obreros industriales podían obtener salarios mayores, pero en el marco de una disminución salarial nacional. Hoy, el ingreso medio real de los trabajadores es menor que antes del inicio del largo periodo de las crisis sucesivas.

Como consecuencia, existen niveles demasiado desiguales en la productividad del trabajo, de tal forma que ésta es mucho mayor en las manufacturas vinculadas al comercio internacional, mientras la capacidad productiva del resto de la fuerza de trabajo se encuentra relativamente estancada. El resultado es, naturalmente, que se profundiza la desigualdad social aun en el seno de los trabajadores.

México es hoy una sociedad más atomizada, un país de mayores privilegios estructurales, una economía donde la pobreza está más extendida. A esto ha contribuido el programa de liberalización, el modelo de financiamiento basado en el capital parasitario y la estrategia de centrarse en las exportaciones y el TLCAN, todo ello como parte de un plan que prometía progreso.

El tratado puede ser denunciado (abandonado) por Estados Unidos, conforme el artículo 2205, seis meses después de notificar su intención a las otras dos partes, México y Canadá. La cuestión consistirá en la reacción del Congreso estadunidense. Hay que recordar que el Partido Demócrata, en su inmensa mayoría, votó originalmente en contra del TLCAN a pesar de que había sido asumido por William Clinton, quien ya había llegado a la presidencia del país.

En Estados Unidos el tema siempre ha sido analizado de acuerdo con intereses sectoriales. Para algunos, abandonar el tratado sería mal negocio, mientras que para otros sería una oportunidad.

Como economía, Estados Unidos se ha beneficiado más con el TLCAN, no sólo debido a la ampliación de su campo de inversiones sino a que éstas se encuentran aseguradas en México en el marco de un esquema de libertad comercial y financiera. Las ganancias de las compañías estadunidenses, incrementadas por efecto de los menores costos mexicanos, se realizan en gran medida en el mercado de su propio país y pueden reinvertirse o no en México.

La economía norteamericana se ensanchó con el Tratado, mientras que México se ancló mucho más en las relaciones con el norte y selló su suerte a la demanda estadunidense antes de ampliar su mercado interno, diversificar su comercio internacional y elevar su capacidad tecnológica. Algunos pocos se han beneficiado, pero no sólo por el TLCAN sino por toda la política neoliberal, poderosa productora y reproductora de desigualdades y pobreza.

El TLCAN ha brindado represalias. Su ausencia también traería consecuencias. Sin embargo, la suerte de México se encuentra, como siempre, en el terreno de la lucha política donde se habrá de decidir si sigue por el mismo camino neoliberal o se busca una nueva ruta.

http://www.proceso.com.mx/507369/las-represalias-del-tlcan

 

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Denise Dresser

Pato priista

Hoy en ciertos sectores del empresariado y las clases acomodadas de México están a punto de erigirle una estatua a José Antonio Meade. Están a un paso de vitorealo, cargarlo en hombros, bautizar un parque con su nombre. El hombre decente, el católico comprometido, el padre de familia. Como escribió Bloomberg sobre él: “Meade es un producto raro en los altos eslabones del gobierno mexicano, un hombre con una reputación de honestidad”. Tecnócrata, trabajador, poco pretencioso. Decente. Y ese perfil de priista potable abre la posibilidad para muchos de volver a votar por el PRI sin sentir remordimiento. Lo harán con la conciencia tranquila, persignándose porque no avalaron a un corrupto.

Pensarán que al menos llegaría a Los Pinos alguien con las manos limpias, la casa modesta, el Prius pequeño. Y en la perspectiva de sus adeptos eso bastaría para hacerlo presidenciable. Es uno de nosotros, dirán los oligarcas empresariales. Protegería nuestros intereses, argumentarán los inversionistas internacionales. No es un ladrón, insistirán miembros de las clases medias. Nos salvará de Andrés Manuel López Obrador, clamarán los que temen el venezolamiento de México. Y a todos los que celebran su supuesta idoneidad se les olvidará lo evidente, lo obvio, lo que lo debería descalificarlo de entrada, o llevar a cuestionamientos indispensables. José Antonio Meade es un priista.

No con credencial, no con militancia, no con cargos de elección popular vía ese partido e incluso fue secretario de Hacienda del panista Felipe Calderón. Es un priista de una forma más esencial, más fundacional. Su priismo es uno de porras, de lealtades, de genuflexión, de ADN, de hacer lo que su presidente le pida aunque vaya en contra de su entrenamiento como economista y su buen juicio como hombre honorable. Basta con ver su cuenta de Twitter, leer sus declaraciones, examinar sus comparecencias. Ahí no está el hombre honesto, el hombre honorable. Ahí está el funcionario priista que oculta las cifras del endeudamiento, que encubre la fragilidad de las finanzas públicas, que omite hablar de las críticas de Standard & Poor’s, que no habla del despilfarro del gasto corriente, que encubre los desvíos multimillonarios de recursos gubernamentales con motivos políticos y electorales, que se presta a manipular cifras y datos para que la gestión de Enrique Peña Nieto parezca mejor de lo que es.

Por eso afirma sin el menor rubor que “México le debe mucho al PRI (…) y su participación activa para evitar pérdidas importantes”. En esa defensa histórica de su partido, Meade borra las heridas infligidas por gobiernos priistas desde al menos 1976. El PRI culpable de crisis, creador de devaluaciones, responsable de sismos financieros sexenales, cómplice de saques sindicales, progenitor del capitalismo de cuates. México le debe al PRI la creación de instituciones y hoy debería reclamarle cómo las pervirtió, hasta llegar a donde estamos hoy. Con una corrupción que se come 9% del PIB. Con un andamiaje institucional que permite y crea incentivos para el enriquecimiento personal vía el erario público. Con un priismo como forma de vida y extracción del botín que corrompe todo lo que toca, incluso a impolutos como Meade.

Porque pensar que un solo hombre bueno puede limpiar la estructura prevaleciente es ingenuo o intelectualmente deshonesto. Limpiar el gobierno requerirá acabar con lo queda del priismo en las venas, en los partidos, en la función pública, en el comportamiento institucional. Y eso transita por preguntarle a Meade por qué cerró los ojos ante el extravío de recursos por parte de gobernadores priistas. Preguntarle cuál es su opinión sobre la permanencia de Raúl Cervantes, el fiscal carnal. Preguntarle sobre los fideicomisos opacos que la Secretaría de Hacienda administra. Preguntarle sobre lo que ‘Animal Político’ llamó ‘La Estafa Maestra’; los 192 millones de dólares canalizados a 11 dependencias federales que desaparecieron. Preguntarle qué piensa sobre Odebrecht y cómo investigar a los señalados, incluyendo Emilio Lozoya y el propio Peña Nieto. Si Meade no provee respuestas satisfactorias sobre estos temas definitorios comprobará que lealtad política mata decencia. Y si parece un pato, nada como un pato, y grazna como un pato, probablemente es un pato. Un pato priista que no puede desconocer el lodazal donde se mantiene a flote.

https://periodicocorreo.com.mx/otras-voces-16-oct-2017/

 

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Jesús Silva-Herzog Márquez

 

Rebaños de ocasión

La historia no la escriben los ganadores, ha dicho Javier Garciadiego. La historia la escriben quienes escriben bien. Es el caso de la elección de 1929. No recordamos aquella campaña por los recuerdos de Pascual Ortiz Rubio, ganador oficial de aquella contienda. No es la versión del partido de oficial la que se ha impuesto en el recuerdo público. Recordamos la campaña vasconcelista por las memorias de Vasconcelos, por los testimonios de sus brillantes seguidores, por los relatos de quienes colaboraron con él. La primera elección del partido callista ha quedado registrada como un fraude monumental: el crimen contra un sabio, el más grotesco atropello del anhelo democrático. El historiador ha dado buenos argumentos para desmontar lo que él llama “el mito del fraude electoral” del 29. Más aún, ha sugerido que en aquella disputa electoral, Vasconcelos representaba la nostalgia caudillista, la restauración de una política fundada en personalidades extraordinarias a las que el pueblo tiene el deber patriótico de acompañar hasta el abismo. La apuesta callista, en cambio, implicaba la novedad de un orden institucional. No era, por supuesto, una apuesta democrática ni liberal pero era un intento nada trivial de escapar del caudillismo.

El Partido Nacional Revolucionario simbolizó el proyecto de la institucionalización autoritaria Frente a ella ha habido dos estrategias: la del caudillismo democratizador y la de la institucionalización democrática. Hoy esas alternativas están tan vivas como lo han estado siempre. Por un lado, se abren alternativas políticas fincadas en órganos perdurables y coherentes; por la otra, se prenden entusiasmos que apuestan al personaje redentor.

El impulso caudillista conduce tarde o temprano a la inmolación. Lo supo mejor que nadie en este siglo el fundador el PAN. No puede construirse democracia apostando a la victoria de un hombre. Sólo con instituciones puede transformarse un régimen político. Es importante advertir que el impulso germinal de ese partido fue doble: por una parte, combatir a un régimen antidemocrático; por la otra, rechazar el mesianismo político. El gran mérito de aquel momento es que el adversario era, en buena medida el guía original: José Vasconcelos. El Madero culto representaba una admirable opción civil al militarismo. Y sin embargo, era, la negación del auténtico proyecto pluralista. Vale regresar a la correspondencia entre Gómez Morin y Vasconcelos para advertir la intensidad de una de las grandes polémicas del siglo XX. Una polémica que, por lo que vemos en estos tiempos, conserva urgente actualidad. No son frecuentes en nuestra cultura de ninguneo intercambios de esa altura y de esa claridad. La admiración de Gómez Morin por Vasconcelos no lo corrompe. Porque respeta al maestro, discrepa de él. Tenía muy claro que la causa democrática no era el encumbramiento de un personaje extraordinario, era la formación de organizaciones perdurables y sensatas. Al país le hacían falta ideas, reglas, hábitos; no catapultas para la ambición personal. Nada avanza México si la tarea de la política es simplemente llevar al triunfo a un hombre-“así sea el mejor.”

Decía el chihuahuense que no creía que la política pudiera fincarse en grupos académicos pero tampoco, advertía, en “clubes de suicidas.” Había que abrir el futuro. En la política, el sacrificio por una idea es, frecuentemente, el sacrificio de la idea. Sabía que la sinceridad y la buena intención son un equipamiento insuficiente para la actividad pública. La clave era la organización, es decir, la institucionalización. Ahí donde priva la corrupción es indispensable arraigar los principios, fundar nuevos hábitos, cuidar reglas, nutrir el diálogo. A lo que se oponía era a la política que lo quema todo en toda elección, la política que no tiene más horizonte que la victoria total. Hablaba de los rebaños de ocasión. Si México tuviera, “en vez de rebaño político de ocasión, una organización seriamente establecida, las cosas habrían pasado de muy distinta manera y no se habría perdido para México, en una nueva revuelta y en otros muchos accidentes semejantes, todo lo que se había ganado con anterioridad. Y lo mismo pasará siempre que el triunfo se organice sobre la base de un hombre o sobre la igualmente precaria de un entusiasmo que fundamentalmente nazca de valores negativos.”

Importan las palabras de Gómez Morin para advertir el peligro de la desinstitucionalización de la democracia mexicana. No hemos logrado escapar de la política de ocasión.

 

https://www.elsiglodedurango.com.mx/noticia/912473.rebanos-de-ocasion.html

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