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Archive for 9/04/18

El renovado conservadurismo

Raymundo Riva Palacio

Estrictamente Personal

Ante la vista de todos, pero con la pasividad de muchos, México está atravesando por una contrarreforma conservadora. En seis meses, la Cámara de Diputados y el Senado aprobaron una reforma a la Ley General de Salud que permite a médicos y enfermeras negarse a participar en prácticas contrarias a su ética –léase el aborto, como la práctica madre detrás de las discusiones– aplicando una “objeción de conciencia”. Esto se define como “la razón o argumento de carácter ético o religioso que una persona aduce para incumplir u oponerse a disposiciones oficiales”, lo cual confronta la legitimidad en la toma de decisiones personales, y lo improcedente y ominoso cuando incide y modifica una política pública. Qué tipo de consideraciones llevaron a la aprobación de la contrarreforma, no terminan de aclararse todavía, pero el debate y la secuela de aquellas deliberaciones en el contexto actual sí permiten argumentar que la clase política, que mayoritea parlamentariamente, está empapada en la hipocresía.

En un país como México, cada quien es libre de profesar cualquier religión o no, de creer en el dios que quiera o no, de escoger su culto y rendirle respeto, y quienes no compartan esas creencias, actuar con respeto y tolerancia en esos temas que siempre, sin embargo, deben habitar el ámbito de la vida privada. México es un Estado laico que a lo largo de décadas ha ido construyendo un edificio institucional que alberga a todos, a los creyentes de cualquier religión o secta, o a los agnósticos y ateos, donde una religión no sea normativa de la vida de todos –de manera consensuada o impositiva– pero, al mismo tiempo, donde las leyes no discriminen ni sean sectarias en su aplicación por una inducción o falla de su diseño. La reforma a la Ley General de Salud, mediante la adición al artículo 10 Bis, atenta contra la esencia laica de la nación al dejar vulnerable a un sector de la sociedad que podrá ser afectada por esta legislación.

La iniciativa fue presentada por la diputada Norma Martínez Guzmán, del Partido Encuentro Social, que tiene como su principal base electoral a los cristianos. La aprobación en la Cámara de Diputados fue abrumadora: 313 votos a favor del PRI, Partido Verde, PAN y Encuentro Social, 105 en contra y 26 abstenciones. A mediados de marzo, la minuta fue aprobada en el Senado con 53 votos a favor del PRI, PAN y Verde, 15 en contra y una abstención. Abrumadoramente, los representantes del pueblo y la federación, que es lo que teóricamente son los legisladores, votaron por una agenda no nacional, sino de las fuerzas conservadoras que han ido ganando terreno en la vida pública mexicana.

En el momento en que se comenzó a cabildear la iniciativa, Encuentro Social estaba en pláticas para una alianza electoral con el PRI, que fue una de las explicaciones que dieron los analistas en su momento por las que le diera su apoyo. Ese partido se coaligó finalmente con Morena, en plenitud para cuando pasó la minuta al Senado. Los apoyos y rechazos no cambiaron: el PRI votó todo el tiempo con Encuentro Social y el PAN, mientras que Morena, PRD, Movimiento Ciudadano y Nueva Alianza lo hicieron en contra. Es decir, las líneas por donde corrió la contrarreforma no obedecieron a componendas políticas, sino al sedimento conservador que se está asentando de manera religiosa y por encima de los aspectos programáticos que tendrían que ser los que definieran las políticas públicas.

La adición al artículo 10 Bis señala que el “personal médico y de enfermería que forme parte del Sistema Nacional de Salud, podrán ejercer la objeción de conciencia y excusarse de participar en la prestación de servicios que establece esta ley”, con lo cual se contraviene, también, el juramento hipocrático de la Convención de Ginebra, que señala: “La salud y la vida del enfermo serán las primeras de mis preocupaciones… No permitiré que entre mi deber y mi enfermo vengan a interponerse consideraciones de religión, nacionalidad, raza, partido o clase… Hago estas promesas solemnemente, libremente, por mi honor”.

Esta contrarreforma mexicana allana el camino para que las creencias religiosas se antepongan a sus responsabilidades profesionales y, por añadidura, impacta negativamente en la política pública mexicana en el tema de la salud y de las libertades consagradas en la Constitución. “No nos hagamos tontas ni tontos”, dijo la senadora perredista Angélica de la Peña durante el debate en esa cámara el mes pasado. “Esta reforma a la Ley General de Salud está dirigida para contrarrestar la progresividad de los derechos de las mujeres a decidir sobre nuestro propio cuerpo, como una cuestión inalienable de cada una de nosotras a decidir sobre nuestra maternidad”. En el dictamen se incorporó que no podría invocarse la objeción de conciencia en casos de riesgo de un paciente o una urgencia médica, pero la falta de definiciones sobre riesgos y urgencias, como dijeron en su momento los especialistas, pone en riesgo la atención a la salud y lo vuelve discrecional.

La forma como quedó la contrarreforma va mucho más allá del derecho de una mujer sobre su cuerpo, y afecta a los grupos más vulnerables a discriminación por cuestiones de género, raza, situación socioeconómica, discapacidad, edad y preferencias sexuales. Choca también con la esencia del Estado laico, donde los derechos humanos básicos a los que tiene derecho cualquier persona no pueden estar sometidos a las prerrogativas concedidas a grupos específicos, como sucedió, en este caso, con los religiosos.

http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/raymundo-riva-palacio/el-renovado-conservadurismo

 

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Jesús Silva-Herzog Márquez

No te calles, chachalaca

Vicente Fox apoya ahora al candidato del PRI pero sirve, sin duda, a Andrés Manuel López Obrador. Que el expresidente insista en intervenir en el debate electoral es una gran contribución a la causa del tabasqueño. Cada uno de los insultos que dirige al candidato puntero, cada tontería mal escrita que suelta en tuiter, cada anticipo apocalíptico contribuye a la campaña del candidato de Morena. La casa de campaña de Morena debe celebrar cada participación del expresidente porque sus invectivas embonan a la perfección con el relato del lopezobradorismo. Un presidente panista que hoy apoya al PRI pero que, en cualquier momento, podría apoyar al Frente, se lanza obsesivamente contra el candidato de Morena. Fox condensa el prejuicio, el clasismo y la ignorancia. Por favor, no te calles, chachalaca, deben decir hoy los lopezobradoristas. Sigue hablando, sigue tuiteando, sigue soltando la lengua. Recuérdale al país quiénes son nuestros enemigos y qué dicen para enfrentarnos. Que te inviten a la tele, que te entrevisten en la radio, por favor. Habla con soltura y lánzate contra Lopitos y su “perrada”, lánzate de nuevo contra sus huestes de “léperos.” Así llama el expresidente al candidato puntero y así describe a sus seguidores: léperos.

El desafortunado retorno del guanajuatense podría servir para pensar en la carga del pasado inmediato. Esta elección no es solamente un juicio al gobierno de Peña Nieto sino, en buena medida, un juicio a la alternancia. Una elección que servirá para evaluar la política de los últimos 18 años y la economía de los últimos 30. Un voto sobre el desempeño de la democracia realmente existente y no solamente sobre el gobierno actual. Puede decirse que en el gobierno de Fox se incubó la inconformidad que hoy condensa en el movimiento lopezobradorista. Hace 18 años Vicente Fox ganó la Presidencia de la República y Andrés Manuel López Obrador ganó la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal. Representantes de los dos costados de la nueva política, tenían el deber de entenderse. De cooperar el uno con el otro, de oponerse el uno al otro usando las reglas del juego democrático. Se declararon muy pronto la guerra y provocaron la mayor tensión política de la historia reciente del país.

Vicente Fox es el símbolo de la vieja transición. El hombre que llegó a la presidencia a través de la competencia electoral, rompiendo la tradición del poder heredado traicionó la democracia prolongando la vida del corporativismo, cerrando los ojos a los agravios del pasado, negociando la aplicación de la ley, despreciando el valor de las instituciones representativas. Si era deber del primer gobierno de la alternancia el prestigiar la democracia como un régimen de pluralismo eficaz y prudente, Vicente Fox fracasó rotundamente. Debía completar la legitimación de ese sistema de equilibrios pero trabajó para su desprestigio. Al final de su gobierno se empeñó en bloquear, por todos los medios posibles, a su adversario. ¡Cuánta esperanza ahogada en el gobierno de Fox! ¡Qué oportunidad histórica tirada a la basura! Fox representa la ilusión y la decepción democrática; la ingenuidad que acompañó su nacimiento y el cinismo de su final. Creer primero que todo es posible gracias a la democracia para llegar a la conclusión después de que la democracia lo obstaculiza todo. La vieja transición se limitó a abrir el acceso al poder pero no se planteó con seriedad su reorganización. Hace 18 años el panista ganó la presidencia de la república con un mandato claro. Nunca tuvo la menor idea de qué hacer con la encomienda. Se propuso derrotar al PRI, “sacarlo a patadas de Los Pinos”. Su desgracia y, sobre todo la nuestra, fue que lo logró. Después de su triunfo no tuvo nada que ofrecerle al país.

López Obrador quiere ser el símbolo de una nueva y más profunda transición. Una que no solamente signifique mudanza de partidos sino un cambio en la manera en que se ejerce el poder. Una que no sea solamente una transición política sino, sobre todo, económica. Si el radicalismo de su denuncia seduce a grandes franjas del electorado es porque los encargados de cuidar las instituciones democráticas traicionaron la encomienda desde el primer minuto. Es por eso que la reaparición de Vicente Fox es uno de los regalos más preciados que pudo haber recibido el tabasqueño.

https://www.elsiglodedurango.com.mx/noticia/953626.no-te-calles-chachalaca.html

 

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Patriotismo 1.0

Denise Dresser

E L discurso de Enrique Peña Nieto ante las bravuconadas de Donald Trump fue lo mejor que ha dicho en su Presidencia. Era necesario responder, era indispensable contestar, era imperativo alzar la cabeza en vez de agacharla. Pero sus palabras tampoco merecen los galardones verbales que ha recibido. Cantinflas no se convirtió en Martin Luther King. El posicionamiento digno del Presidente llega demasiado tarde, cuando ya se le percibe demasiado débil. Un discurso breve no puede remontar los errores cometidos, los vacíos generados, las contradicciones inexplicables. Desde que Peña Nieto invitó a Trump a México y nos humilló, la postura hacia Estados Unidos ha sido zigzagueante. A veces firme, a veces timorata, frecuentemente contraproducente.

El gobierno mexicano se dice ofendido por Trump, pero sigue haciéndole el trabajo sucio al detener y deportar a inmigrantes centroamericanos. El equipo de Peña Nieto se envuelve en la bandera nacional, pero continúa librando una guerra contra las drogas que el vecino exige e impone. El Presidente reclama de manera airada a su contraparte, cuando en muchos ámbitos hace lo que Trump le pide. Por eso los vaivenes, por eso las incongruencias que un discurso pronunciado a meses de dejar el poder no puede remediar. La postura que Peña Nieto asumió hace apenas unos días es la que debió haber asumido hace unos años. Debió haber defendido a México desde el primer día en que Trump nos llamó criminales y violadores y “bad hombres”. No lo hizo y ahí están las consecuencias. Trump cree que puede bulear a México porque el gobierno de Peña Nieto le ha dado oportunidades reiteradas para hacerlo.

Los costos de pensar que la relación bilateral podía transitar mayoritariamente por una relación personal han sido muy altos. Al poner todos los huevos mexicanos en la canasta de Jared Kushner, Videgaray contribuyó a que muchos de ellos se rompieran. Al apostarle a la amistad con su yerno, el canciller pensó que podía influenciar al presidente estadounidense y no ha sido así. Kushner no ha sido capaz de atemperar a Trump, o moderar su discurso hacia México. Ha prometido cosas que no ha podido cumplir, colocando a Peña Nieto en posiciones humillantes, llamada tras llamada, visita cancelada tras visita cancelada. Trump sigue pateando y amenazando porque le conviene políticamente hacerlo. Porque su base dura lo aplaude. Porque así funciona lo que David Frum llama la “Trumpcracia”: la subversión de las normas de la democracia y la diplomacia, la incitación a la violencia para radicalizar a quienes lo apoyan. Un Presidente que no sigue estrategias; más bien sucumbe a instintos.

Trump necesita los vítores que patear a México le provee, dada la soga que el fiscal especial Robert Mueller le ha colocado alrededor del cuello; una cuerda que aprieta cada vez más, con revelaciones diarias de corrupción y colusión y obstaculización de la justicia. Si el Partido Demócrata recupera el control de la Cámara de Diputados en 2018, la probabilidad de que Trump sea destituido es muy alta, y la posibilidad de que Kushner termine en la cárcel también.

Difícil para cualquier país lidiar con Estados Unidos en esta era de extremismo e inestabilidad, en la que tuits agresivos ponen en juego acuerdos negociados. Más difícil aún para México, intentando renegociar el TLCAN, mientras Trump incita las peores pulsiones dentro de su propio país. El racismo, el anti-mexicanismo, la virulencia verbal contra el “otro” aunque sea su vecino y su socio. Pero precisamente por ello, el gobierno mexicano debió actuar de otra manera, poniéndole un alto al “bully” antes de que prendiera fuego al vecindario. La firmeza del Presidente ahora no compensa la tibieza de antes.

Tantas veces en las que Peña Nieto debió haber dicho algo y calló. Tantas ocasiones en las que debió haber opuesto resistencia y más bien mostró displicencia. Hoy, que busca pararse de frente ante Trump, descubre que está solo. Cuando intenta demostrar pujanza ante los delirios de Donald, pocos le creen. El discurso aplaudido no cambiará la realidad de una política exterior disfuncional por su Kushnerización, ni prevendrá más desplantes de Trump por venir. Bienvenidas entonces las exigencias de unidad, pero recordando siempre lo que advirtiera Mark Twain: “el verdadero patriotismo es defender a la nación siempre, y al gobierno solo cuando se lo merece”.

https://www.elsiglodedurango.com.mx/noticia/953625.patriotismo-10.html

 

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