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Archive for 27/04/18

43

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Javier Risco

La Nota Dura

Lo escribí hace mucho y lo repetiré hasta el cansancio: tiene hasta el 30 de noviembre de este año.

En tres años no ha sido capaz de conocer la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos en Ayotzinapa. Nunca se ha parado ahí. No ha sentido la menor curiosidad por recorrer sus pasillos, admirar sus muros, sentarse en un aula, hablar con dos o tres maestros, ver el uniforme del equipo de futbol y conocer de frente un lugar indispensable no sólo en la historia de Guerrero, sino de nuestro país.

Aunque se ha considerado como una de las tragedias más grandes de su sexenio, no le interesa respirar su aire, mucho menos conocer a los más dolidos debajo de sus techos. En febrero de 2016 fue a Iguala, es lo más cerca que ha estado, y sus palabras fueron lamentables: pidió que no quedaran marcadas por la tragedia.

Y tres años después, con 120 detenidos que no despejan dudas ni hacen sentir justicia, jamás entenderé por qué el presidente Enrique Peña Nieto no ha tenido la menor curiosidad de saber a qué huele Ayotzinapa.

Hoy se cumplen 43 meses de la desaparición de los 43. Y es la primera vez que dejo el número sin contexto, porque estoy seguro que ha marcado a todas las generaciones, lo ha hecho de manera transversal: los estudiantes siguen buscando una respuesta, los padres –cualquier padre- sigue tratando de digerir el horror, cualquier adulto mueve la cabeza negando lo sucedido y los ancianos, que creían haber visto todo, siguen sorprendidos del México violento.

Es un número que perseguirá a tantos toda su vida: al presidente Enrique Peña Nieto, al exsecretario de gobernación Miguel Ángel Osorio Chong, a cada uno de los procuradores generales de la República, sobre todo a Murillo Karam, a Tomás Zerón, exdirector de la Agencia de Investigación Criminal de la PGR, a cada uno de los gobernadores de Guerrero, sobre todo a Ángel Aguirre, a policías federales, a miembros del Ejército, a policías municipales, a todos los que han sido omisos o que se han quedado callados, a tantos que han perpetuado 43 meses de impunidad.

43 meses que dejaron rotas a las familias. Como la de doña Minerva Bello Guerrero, madre de Everardo Rodríguez, uno de los estudiantes que nos faltan, quien falleció en febrero víctima del cáncer y del dolor de no haber vuelto a ver nunca a su hijo, en un país que no le dio respuestas y en medio de la injusticia, la desesperanza y la búsqueda interminable.

O la familia de don Ezequiel Mora, padre de Alexander Mora, otro de los estudiantes, que hace unos días perdió a otro de sus hijos, Irene Mora, quien falleció en un accidente automovilístico. Seis hermanos que no volverán a estar juntos nunca.

¿Cuántos kilómetros pueden caminarse? ¿Cuántas veces puede gritarse la palabra ‘justicia’? ¿Cuántos más desaparecieron después de esos 43?

Esta tragedia nos perseguirá también a nosotros, porque no podemos estar en paz con Ayotzinapa pendiente. Porque la desesperanza a veces llega con comentarios como: “si ya todos saben que están muertos, ya, los quemaron”, sólo hay que ver la mirada de los padres, hermanos, familiares y amigos para saber que la búsqueda no la detendrán y que después de aquella noche de septiembre no han dormido igual. Eso nos debe de bastar para seguir exigiendo, para saber que la lección de este sexenio es que la tragedia nos puede alcanzar cualquier día, cualquier hora y en cualquier lugar.

Ayotzinapa será la herida abierta que deje esta administración, el recuerdo sangrante de la impunidad.

Bernardo, Felipe, Benjamín, Israel, José Ángel, Marcial, Jorge Antonio, Miguel Ángel, Abel, Emiliano, Dorian, Jorge Luis, Alexander, Saúl, Luis Ángel, Jorge, Magdaleno, José Luis, Jesús Jovany, Mauricio, José Ángel, Jorge, Giovanni, Jhosivani, Carlos, Israel, Adán, Abelardo, Christian, Martin, Cutberto, Everardo, Marco Antonio, César Manuel, Cristian Tomás, Luis Ángel, Leonel, Miguel Ángel, Jonás, José Eduardo, Julio César, Carlos Iván, Antonio. Porque no vamos a dejar de nombrarlos, hasta encontrarlos.

http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/javier-risco/43

 

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9 semanas y media, romance o inmolación

Tras la deslucida comparecencia de José Antonio Meade, propios y extraños han asumido que la carrera se reduce a dos y él no está entre ellos

 

Tras el debate me pregunto qué película podría tener Enrique Peña Nieto en su cabeza a poco más de nueve semanas de la elección presidencial: ¿Titanic o, justamente, 9 semanas y media? ¿Músicos resignados a ahogarse con sus instrumentos en la mano o, por el contrario, un nuevo romance de intensas pasiones y probables desencuentros?

Hace unos días afirmé en este espacio que el presidente y su candidato parecían ser los únicos que no se percataban de que su causa estaba perdida. Supongo que aún mantenían la esperanza de un milagro en el debate celebrado el domingo pasado. Pero tras la deslucida comparecencia de José Antonio Meade, propios y extraños han asumido que la carrera se reduce a dos y él no está entre ellos.

De allí la pregunta que todos nos hacemos: ¿qué va a pasar con los enormes recursos políticos, económicos, jurídicos y mediáticos que apoyan al candidato oficial? Al PRI le faltan votos , pero le sobra todo lo demás: ministros en los tribunales electorales, medios de comunicación y periodistas aceitados por la publicidad oficial, gobernadores que operan el territorio, políticas asistenciales de carácter clientelar, predominio en las cámaras legislativas y un larguísimo etcétera. ¿Qué va a hacer con eso Peña Nieto en las nueve semanas y media que faltan para su derrota?

Parecería que no hay más que de dos sopas. Utilizar sus recursos para suicidarse en una batalla perdida de antemano o usarlos para escoger al vencedor y negociar una rendición a modo. La primera opción significaría seguir aplicando la maquinaria para enlodar a los otros dos contendientes con la vana esperanza de alcanzarlos. El problema de esta opción es que uno de ellos será el próximo presidente. Y en tal caso un presidente profundamente enemistado con su antecesor y su equipo. Y esto no es peccata minuta, porque podría entrañar procesos penales.

La segunda opción, pactar con uno de los dos punteros, significa tragarse su orgullo y escoger al adversario al que se le rendirá la plaza. Y si tal fuera el caso, ¿a cuál de los dos rivales? La respuesta parecería obvia: Ricardo Anaya, candidato del PAN. La tradición del llamado PRIAN da para eso y más. Y puentes no faltarían; allí están los Diego Fernández de Cevallos, Vicente Fox, Jorge Castañeda, Santiago Creel y muchos otros como ellos. Y sobra decir que el más fuerte de estos puentes sería el sector empresarial.

Pero la otra opción (permitir, si no es que facilitar, el triunfo de Morena) aunque menos probable tampoco es impensable. Primero, porque garantiza el blindaje. López Obrador puede ganarle a Ricardo Anaya a pesar del apoyo de Peña Nieto, con lo cual el presidente habría desperdiciado su único cartucho. Pero no al revés, Anaya no está en condiciones de vencer a Morena y a una maquinaria oficial neutra o favorable al tabasqueño.

Segundo, hoy por hoy López Obrador parece estar más dispuesto al borrón y cuenta nueva que Ricardo Anaya. Ciertamente entre PRI y PAN de los últimos años existen tantos rasgos en común que parecerían pertenecer a una misma familia; pero en ocasiones esos parentescos dan lugar a los más apasionados fratricidios. Véase si no el odio visceral que se profesan anayistas y calderonistas, hermanos panistas hasta hace dos años. Y por lo demás, la personalidad de López Obrador es de todos conocida, en particular su vocación para aceptar en su arca a todas las especies, expriístas incluidos. No así el carácter del niño maravilla, duro y afilado, con tan poca experiencia en el poder que nadie puede descartar una sorpresa una vez sentado en la silla presidencial. Por lo pronto, Anaya es el que más ha hablado de castigar a los miembros del actual gobierno, y motivos no le faltan luego de la cacería de la que ha sido objeto por parte de las autoridades.

Y tercero, si bien los “técnicos” vinculados al PRI, empezando por el propio Meade, están simbióticamente vinculados al los del PAN (han gobernado juntos los últimos 20 años); muchos de los “políticos” del propio PRI no verían con malos ojos a sus contrapartes de Morena. Después de todo, la mayor parte de sus ahora rivales fueron priístas. Ricardo Monreal, Manuel Bartlett, Porfirio Muñoz Ledo, Cuauhtémoc Cárdenas y, desde luego, el propio López Obrador entre otros muchos.

Peña Nieto arrancó este sexenio con dos grandes alfiles a su lado, el operador político Miguel Ángel Osorio Chong y el operador económico Luis Videgaray. Este último sería capaz de negociar una alianza con el PAN en el transcurso de un café. A Osorio le tomaría una comida, pero haría lo mismo con Morena. Peña Nieto tiene nueve semanas y media para armar su idilio o inmolarse con música de violines de la mano de Meade.

@jorgezepedap

 

https://elpais.com/internacional/2018/04/25/mexico/1524669070_449644.html

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