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Archive for 4/07/18

La traición de Peña

 

Raymundo Riva Palacio

Estrictamente Personal

Temprano en su sexenio, el presidente Enrique Peña Nieto convocó a los líderes priistas a Los Pinos y les dijo que él no tendría una sana distancia del PRI, como lo había dicho años antes el presidente Ernesto Zedillo, sino un sano acercamiento. El salón Adolfo López Mateos, donde se realizó el evento, estalló en aplausos. Las comparaciones lo ensalzaban. Zedillo entregó la banda presidencial a Vicente Fox, quien derrotó al candidato oficial Francisco Labastida, en lo que muchos de los priistas consideraron que fue una entrega pactada del poder. Con Peña Nieto, los priistas pensaban que iba a ser diferente, al regresar a Los Pinos después de 12 años de ausencia, pero los resultados electorales del domingo los metieron en la pesadilla sobre si el PRI podrá sobrevivir la humillación de las urnas.

Los resultados son un desastre para el partido que alguna vez lo fue todo. José Antonio Meade alcanzó 16 por ciento del voto, según los datos preliminares, 6.0 por ciento menos de lo que tuvo Roberto Madrazo en 2006, cuando los gobernadores del PRI, molestos por la forma como se hizo de la candidatura presidencial, le quitaron el apoyo. Fue el peor momento en la historia del PRI, pero este domingo cayó todavía más. Si a Zedillo lo denostaron, a Peña Nieto, convertido en posible sepulturero del PRI, lo van a crucificar. Ya está cantado lo que viene. Ulises Ruiz, exgobernador de Oaxaca y que aspira a la presidencia del partido, anticipó la semana pasada que este lunes comenzarían a pedirle cuentas a Peña Nieto. No será el único.

El colapso de la imagen del presidente no se frena por nada. La presidencia fue, en muchos sentidos, el Principio de Peter de Peña Nieto, y en este espacio se han narrado diversos episodios que lo demuestran. Pero este domingo, conservar el poder era lo único que le garantizaba que sus reformas se mantuvieran y consolidaran. La derrota de Meade es un revés más grande para él que para el candidato, que hizo mucho más de lo que podía con una campaña acotada y siempre bajo la sombra de un presidente que se entrometió lo suficiente para estorbar e involuntariamente sabotear, pero nunca para ayudar. Eso fue desde el principio.

Peña Nieto lo hizo candidato de forma cupular, sin hacer el trabajo de consenso dentro del partido para que al incrustarles a un abanderado que no estaba afiliado al PRI, fuera acogido sin anticuerpos que lo combatieran. No le permitió a Meade nombrar a su equipo de campaña, sino que él colocó a las personas claves. Le impuso a Aurelio Nuño como coordinador, al exgobernador del Estado de México, Eruviel Ávila, como co-coordinador y a Ochoa como presidente del PRI. Le colocó a cargo de las redes digitales a su protegida en Los Pinos, Alejandra Lagunes –más enfocada a la mercadotecnia que a la política–, y en el análisis de encuestas a Rodrigo Gallart, que solía leer equivocadamente los datos. Por ejemplo, que el gasolinazo levantaría malestar sólo por unos días, que detonó el malestar que definió la campaña presidencial, o que el atributo que buscaba el electorado en un candidato era la honestidad.

En la cúpula de Los Pinos, Peña Nieto, Ochoa y Nuño, sobre todo, decidieron quiénes iban en las listas para diputaciones y senadurías, repartiéndoselas entre sus cercanos y protegiendo a quienes más cerca estaban de sus afectos. Si el PRI se sentía agraviado por el presidente, este fue el tiro de gracia. El resultado fue la debacle. A nivel legislativo, dentro de la coalición con el Partido Verde y Nueva Alianza, alcanzó 13 diputaciones de mayoría hasta ahora, pero como partido, no conquistó ninguna. Tampoco logró ninguna senaduría de mayoría, y sólo una será para la coalición, que los llevará a tener una bancada menguada, inferior que partidos que siempre miraron hacia abajo, como el Partido del Trabajo, o de reciente aparición, como Encuentro Social. Peña Nieto tuvo la posibilidad de hacer un cambio de candidatos, pero dejó pasar el tiempo legal empeñado en que lo seleccionado era lo mejor. En cambio, la caída se extendió. Perdió en todas las contiendas para gobernador, incluida la que decían tener segura, Yucatán. Ahí gobernaba el PRI, como en Jalisco, que también perdió. No fue competitivo en las siete gubernaturas restantes en juego.

En los congresos locales, prácticamente desapareció en Aguascalientes y Chihuahua, perdió casi toda su fuerza en Baja California Sur y en Chiapas, donde la imposición de un candidato priista a gobernador fracturó la alianza estatal con el Partido Verde y se desplomó. Incluso en Campeche, que gobierna uno de los priistas más aguerridos, Alejandro Moreno, su control fue horadado por Morena. Los cómputos apenas empiezan y se ven ominosos para el PRI. Para quien presumía de ser un experto en materia electoral, como Peña Nieto, los resultados deberían ser vergonzosos. Sus decisiones probaron ser tan equivocadas que colocó al partido en el camino de la extinción.

El riesgo de que en el hundimiento de la nave que creyeron poderosa haya una diáspora hacia Morena, fue tratado de atajar por el líder del PRI, René Juárez, en el discurso de concesión de la derrota el domingo pasado, cuando apeló a los militantes a la cohesión, en estos momentos de amargura, y no a la dispersión. El presidente Peña Nieto, como jefe político del PRI, ha guardado silencio hasta ahora. Nadie todavía le está pidiendo públicamente cuentas por lo hecho, pero no tardarán. Será una de las facturas que tendrá que pagar en el semestre que le queda de poder.

 

http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/raymundo-riva-palacio/la-traicion-de-pena

 

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Otro México

Otro México

Triunfó en las urnas el país de los derechos humanos, los desfavorecidos, y los jóvenes

Este primero de julio de 2018 fue derrotado el México de las élites y el México de la desigualdad. El México neoliberal y el México de la guerra contra el narco. El México de la corrupción como modo de vida y el de las 200.000 muertes en dos sexenios. El México de Ayotzinapa y el de la Casa Blanca. El México que se obcecó con cerrar los ojos a la barbarie y el del miedo al cambio. El México de la desilusión y el del conformismo. El México de quienes defienden doce años de desastre como nuestra única normalidad posible.

Triunfó otro México. El México que despertó en la Revolución mexicana y quedó adormecido por casi 70 años de revolución institucionalizada. El México que, desde 1968, se batió por la democracia y el ensanchamiento de nuestra ciudadanía. El México de los movimientos sociales y el de los activistas por los derechos humanos. El México de los desfavorecidos, de los olvidados, de los invisibles. El México de los jóvenes que anhelan un futuro mejor.

Triunfó, también, la democracia: ese sistema que le permite a los ciudadanos elegir a sus gobernantes y castigar, con la fuerza del voto, a quienes los han traicionado. Fueron elecciones de decepción y de cólera: el voto de castigo a un sistema incapaz de mejorar las condiciones de vida de la mayoría. Y se transformaron, hoy, en elecciones de optimismo: ante el panorama que dejamos atrás, se trata del resultado más sensato. Tras las decepciones del Brexit, Estados Unidos o Colombia, un país demostró que puede imaginar una nueva narrativa de esperanza. Cualquier demócrata debería celebrarlo.

Lo anterior no implica que la victoria no sea, asimismo, de Andrés Manuel López Obrador y su movimiento. Sus defectos se convirtieron en virtudes: su obcecación, su temple, su fe (habrá que llamarla fe) hacia su propia causa y hacia sí mismo. Contra viento y marea —uso intencionalmente el título vargasllosiano—, logró, en su tercer intento, la presidencia de la República. Su campaña fue tan precisa como desastrosa la de sus rivales. Fiel a sí mismo, asentó los únicos temas que parecían importarle, la desigualdad y la corrupción, y dejó que Ricardo Anaya y José Antonio Meade se aniquilasen mutuamente. La cruel derrota de ambos cimbrará a sus partidos: el PRI, otrora hegemónico, podría volverse testimonial, mientras que en el PAN (por no hablar del PRD) ya ha comenzado el fratricidio. He aquí uno de los peligros que nos acechan: no tanto la falta de contrapesos ahora, cuando hay un mandato claro hacia Morena, como de alternativas en caso de que falle.

Tras la celebración ha de empezar la inmediata reconstrucción del país. AMLO ha dejado claras sus prioridades: de seguro no tardará en activar programas sociales y mecanismos redistributivos para paliar la desigualdad; más incierto es cómo erradicará la corrupción: su ascenso a la Silla del Águila no operará un milagro. Y más ardua aún será su tarea frente a la violencia. Se impone que siga un programa con el que no simpatiza del todo: extirpar el maniqueísmo de la guerra contra el narco, resolver las causas sociales que impulsan al crimen, reformar los cuerpos de seguridad e iniciar la legalización de las drogas.

Igual de urgente es un desafío que apenas abordó en su campaña: la construcción de un sistema de justicia confiable, eficaz e independiente. El adjetivo crucial es independiente: la medida de su convicción democrática quedará asentada en su posición sobre este punto. De ello dependerá, a la vez, el éxito de su lucha contra la violencia y la corrupción: un país como el nuestro, donde nueve de cada diez homicidios quedan impunes, no tiene alternativa.

México inicia una nueva era, tan apasionante como incierta. López Obrador está obligado a detallar un sinfín de medidas para cumplir sus metas y tranquilizar no tanto a los mercados como a quienes se han obsesionado en dibujarlo como un aprendiz de dictador. El éxito de su Gobierno, y del país, radicará en que logre preservar lo mejor que ha exhibido en esta campaña y en reprimir cualquier sesgo autoritario. México le ha concedido una oportunidad invaluable: con el concurso de todos los ciudadanos, quienes lo votaron y quienes no, lograr que ese otro México —pacífico, próspero, libre y justo— sea posible.

Jorge Volpi es escritor. @jvolpi

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