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Archive for the ‘Cine’ Category

 

Relájate, sólo es una película; por @monocordio

La Dictadura Perfecta es un retrato paródico de nuestra realidad, realidad manipulada, televisada, corrupta y violenta.

FERNANDO RIVERA CALDERÓN / @monocordio

13 de Octubre 2014
A media proyección, con un nudo en la garganta, decenas de risas atoradas en las tripas y agarrado de la butaca como si estuviera vendo una cinta de horror, el director Luis Estrada me da una palmada en el hombro y dice: “Relájate, sólo es una película”.

No, no sólo es una película: La Dictadura Perfecta es un retrato paródico de nuestra realidad, realidad manipulada, televisada, corrupta y violenta. Es una devastadora crítica a la política mediática en la que se fabrican culpables e inocentes, cortinas de humo y demás productos de nuestra canasta básica.

De todas las películas de Luis Estrada me parece que esta es la más dura, la más ácida, la más despiadada. Cada risa que nos provoca viene acompañada de su respectivo retortijón y cada asociación entre los personajes y la vida real nos llega a manera de reflujo.

Y es que la crítica de La Dictadura Perfecta comienza desde el casting. Es lo que podríamos llamar una selección de actores con postura editorial. Si no fuera así, ¿cómo entender que el presidente de la República es interpretado ni más ni menos que por Sergio Mayer, ex integrante de Garibaldi y stripper profesional, quién quizás sin saberlo hace el papel de su vida?

Si uno es un observador atento podrá distinguir a muchos personajes siniestros y familiares que tienen a su doble en la vida real. En algunos el parecido es francamente aterrador. Ellos nos recuerdan que hay una película acá afuera de la que no podemos escapar, pero también nos hacen preguntarnos: ¿Quién parodia a quién?, porque hay momentos en La Dictadura Perfecta en los que uno no puede evitar sentir que está viendo una película en serio sobre la parodia que encarnan quienes gobiernan este país.

La parodia perfecta de un gobierno que se volvió la parodia de sí mismo y que ha convertido a la historia en una telenovela. La parodia perfecta de una sociedad que se volvió tele-invidente y de ciertas empresas de comunicación que han convertido a sus medios en un redituables negocios productores de mentiras de diseño.

Si ustedes vieron las producciones de Genaro García Luna, el melodrama de Florence Cassez y el thriller de Paulette, deben ver La Dictadura Perfecta para completar el mapa de nuestra decadencia política. El espejo que Luis Estrada nos pone enfrente no tiene concesiones para nadie. Se ríe del poder y de la ambición desmedida de empresarios, periodistas y políticos, pero los espectadores también estamos reflejados. Al final, sea ante la pantalla donde miramos una película o la pantalla en la que vemos las noticias que nos recetan cada noche, nuestra actitud parece ser siempre la misma.

Nos quedamos mirando la pantalla –indignados pero inmóviles– en lo que nos vamos convirtiendo en extras trágicos de la gran telenovela nacional. Obstinados en ver este país como un Mundo Maravilloso, sin darnos cuenta de que esta Dictadura Perfecta es el mismísimo Infierno en el que sólo aplica la Ley de Herodes:

O te chingas, o te jodes.

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Jorge Ramos Avalos / Cesar Chavez en la Casa Blanca

JORGE RAMOS ÁVALOS / Publicada el 22/03/2014 04:45:23 a.m.

 

WASHINGTON, D.C.- César Chávez, el líder histórico de la comunidad latina, nunca fue invitado a la Casa Blanca. Al menos ocho presidentes pudieron invitarlo -Kennedy, LBJ, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush Sr. y Clinton-, pero no lo hicieron. Quizás porque César hacía sentir muy incómodos a los poderosos. O tal vez porque le tenían miedo a alguien que había nombrado a sus perros “Boycott” y “Huelga”.

Una de las mejores cosas de Estados Unidos es esa voluntad de disculparse públicamente y de corregir errores. Por ejemplo, estoy seguro de que, tarde o temprano, este país rectificará el gravísimo error de haber deportado a 2 millones de personas en seis años y el haber esperado casi tres décadas para legalizar a la mayoría de los 11 millones de indocumentados. Eso vendrá. Pero lo que ya ocurrió fue la invitación de César Chávez a la Casa Blanca.

Hace unos días el presidente Barack Obama invitó a los actores de la nueva película César Chávez -Michael Peña, América Ferrera y Rosario Dawson- y a su director, Diego Luna, a la Casa Blanca. Junto a ellos estaban Dolores Huerta -la principal aliada de Chávez en el sindicato de campesinos UFW-, Paul Chávez -el sexto de los ocho hijos del líder- y una docena de familiares. Yo estaba de testigo, y aquello fue una fiesta. César Chávez, por fin (y aunque de manera simbólica, en un film), había llegado a la Casa Blanca.

Esta es, curiosamente, la primera película que se hace de este héroe hispano. Alguna vez, en los años setenta, Robert Redford se acercó a Chávez para hablar de un posible proyecto, pero no se concretó nada. Qué bueno; esa podría haber sido una caricatura de Hollywood.

El Chávez -de carne y hueso, pragmático, inspirador, pero lleno de defectos, estudioso del poder, casi Gandhi, terco, celoso y visionario- que nos presenta Diego Luna es el de verdad. Así se lo dijo Dolores Huerta a Rosario Dawson, y su esposa Helen Chávez a América Ferrera, y Paul Chávez a mí. A Paul casi se le salen las lágrimas mientras me lo decía; debe ser muy duro ver en una pantalla a tu papá y no poder tocarlo y abrazarlo.

La magia de Chávez radica en haber defendido y organizado a los más discriminados y vulnerables de Estados Unidos: los campesinos. Él les llamaba “los menos”. Y al hacerlo abrió el camino para la creciente comunidad latina que tendrá 150 millones de habitantes en 2050. “Hemos visto el futuro”, dijo Chávez en un discurso en 1984, “y el futuro es nuestro”.

No recomiendo muchas cosas, pero hay que ver la película sobre Chávez y leerse la extraordinaria y minuciosa biografía que acaba de publicar Miriam Pawel, The Crusades of Cesar Chavez. Son dos maravillosas miradas hacia atrás pero, también, una hoja de ruta.

Creo que nuestra presente fascinación con César Chávez radica en que los latinos somos cada vez más y tenemos urgentes problemas por resolver, pero no existen suficientes líderes que hablen por nosotros. Hay, por ejemplo, sólo tres senadores hispanos.

Pero aún sin Chávez se puede luchar como él. El “sí se puede” de Chávez y de Dolores Huerta -y que luego usó Barack Obama para su campaña electoral- es, en tres palabras, una filosofía para el éxito. Es el sueño americano condensado a su mínima expresión.

¿Qué haría hoy César Chávez, muchos se preguntan, si no hubiera muerto prematuramente a los 66 años? Bueno, mágicamente se ha multiplicado en miles. Ese Chávez y su movimiento son la inspiración para los Dreamers de hoy en día, para los hispanos que rompen las barreras y tienen éxito en política, abriendo negocios y en el arte, y también para quien pronto será el primer presidente latino o presidenta.

Algo curioso ha pasado con César Chávez. Nos ha hecho tanta falta por tanto tiempo que, de alguna manera, ahora ya es parte de todos nosotros.

@jorgeramosnews

 

http://www.am.com.mx/notareforma/24490

 

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OSCAR

Cómo dejé de creer en los premios Óscar (sin dejar de verlos)

 

1 febrero, 2009

Sofía Márquez Moreno

Cuando le preguntaron a D.W Griffith cuál era su opinión sobre los premios que entregaba la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, él sólo se limitó a contestar: “¿Qué arte?, ¿Qué ciencia?

¿Cómo es que Kubrick nunca ganó un Óscar y Eminem sí (Mejor canción original, 2002)? ¿Qué es lo que se premia? ¿La película como tal o las implicaciones sociales que esta trae consigo? Al final, no sorprende que lo premiado sea lo políticamente correcto, sino lo que estos premios revelan en cuanto a la construcción y espectacularización de ese control de lo correcto.

Sin duda alguna los premios Óscar, que este año celebran su edición número 81, han sido muy criticados por sus incongruencias. Una pila de datos y anécdotas de derrota. Con todo, es tal el impacto mediático del festival que sorprende la soberbia de querer mantener la gala como una celebración a lo mejor de la cinematografía, siendo que películas tan importantes como Citizen Kane (Orson Welles, 1941), Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976) ó 2001: A Space Odyssey (Stanley Kubrick, 1968), pasaron casi desapercibidas para la Academia. Citizen Kane, de 9 nominaciones, sólo pudo llevarse una: mejor guión original. Siendo derrotada en las categorías de: mejor dirección de arte, mejor fotografía, mejor película y mejor dirección por How Green was my Valley (John Ford). Es curioso ver cómo la película que fue elegida por el American Film Institute, como la más grande de todos los tiempos, simplemente no haya sido la mejor película de 1941. Uno no puede dejar pensar en la influencia que, en 1941, habría tenido la figura de William Randolph Hearst, magnate de los medios de comunicación y a quien Welles abiertamente hace alusión en la película. Ese Óscar a mejor guión original será el único premio que reciba Welles, además del honorífico en 1970, en toda su carrera.

El tan aclamado Óscar honorífico: nada le gusta más a la Academia que expiar sus culpas (algunos dicen, reconocer sus errores) entregando los premios honorarios a grandes figuras del cine que han sido olímpicamente ignoradas por sus obras individuales. Chaplin recibió un Óscar honorario cuando en su larga carrera sólo había sido nominado una sola vez. Alfred Hitchcock es otro ejemplo notable: había sido nominado cinco veces, sin ganar ninguna. Para cuando le entregaron el galardón honorario estaba tan furioso que su discurso consistió en un displicente “Thanks” y casi abandona su estatuilla con la edecán antes de salir del escenario.

La premiación cada año sorprende más por la consistencia que mantiene y la gran afirmación de una ideología que sigue manteniéndose como dominante y acrítica. No es difícil definir lo que es una película para el Óscar, pero resulta interesante recorrer los síntomas e imaginarios que allí se revelan. La mayoría de ellas tocan temas serios: grandes historias de amor en el marco de alguna terrible tragedia histórica (Out of Africa, The English Patient, Titanic), historias desgarradoras de intrigas políticas o descomposición social (All the President´s Men, The Departed, No Country for Old Men), o grandes relatos sobre el triunfo de un espíritu bien formado, alguien que alcanza sus metas a pesar de los obstáculos y que hace el bien de manera ostensible y redentora (Forest Gump, A Beautiful Mind, Million Dollar Baby).

Resulta interesante mirar en el tipo de roles que serán premiados para las mejores actuaciones: hombres desvalidos o en desventaja (con su justa dosis de locura genial que la gente no comprende) que lograrán salir adelante heroicamente conquistando el corazón y la buena conciencia de la sociedad (mejor aún si vienen de algún personaje histórico al que haya que hacerle justicia), mujeres duras capaces de llevar sus convicciones hasta el final (y de demostrar su validez en una sociedad liderada por hombres), o bien, tiernos personajes que nos recuerdan que el amor lo puede todo. Cada tanto, se otorga el premio a un actor o actriz por la entereza en la representación de un personaje no del todo correcto, y que debe ser separado de éste en un espectáculo que lo regrese a la simple figura de un actor que estaba haciendo bien su trabajo (y que aclara a todos en la ceremonia, su distancia con el personaje de moral dudosa). En todo caso, hay una validación de roles sociales y valores aceptados por la comunidad: una definición muy clara de lo que es la verdad, la congruencia y el bien social. En la pequeña dosis de locura/genialidad, de separación del modelo social, está la mutación evolutiva que, a la larga, permitirá el mejoramiento de una sociedad que no había sido suficientemente comprensiva y ahora es capaz de acoger a esa pequeña diferencia; claro está, previamente domesticada y sometida a los valores de las buenas gentes.

Estos fenómenos no son casuales, están bien fundamentados en un complicadísimo (y altamente democrático) método de selección de las películas ganadoras, que propicia una tendencia hacia criterios de gusto o, más aún, hacia seleccionar una película solamente por el ruido y la expectativa que genera (tan susceptibles al cabildeo o lobbying) que por verdaderos criterios de calidad técnica o artística. Todo un concurso de popularidad: es como si el premio al mejor estudiante se le diera al que hace las mejores fiestas (insisto, un proceso democrático).

Contrario a lo que muchos piensan, no existe oficialmente un jurado ni un comité de selección, son todos los miembros de la Academia los la hacen. La Academia, con sede en la ciudad de Los Ángeles, actualmente cuenta con 6,500 miembros. Es una organización honoraria, a la que sólo se puede acceder por invitación de la junta directiva. Los miembros representan 15 áreas generales. Cada gremio tiene un representante ante la junta directiva. La elección de los ganadores se da a partir de dos rondas de votación: La primera ronda sirve para elegir a los cinco nominados a cada galardón. En ésta votación los miembros de cada gremio sólo pueden nominar en su categoría (los directores votan solamente en la categoría de mejor director, los fotógrafos en la de cinematografía, etc.) sin embargo todos los miembros sin importar su área, nominan candidatos en la categoría de mejor película. Para la nominación a película extranjera vota solamente un grupo de miembros voluntarios, que se ofrecieron previamente a sacrificarse y leer subtítulos, de nuevo sin importar su gremio. Las nominaciones se eligen por votación proporcional, es decir, cada miembro de la academia elige sus cinco películas favoritas en el ramo que le corresponde, lo cual le permite votar por opciones que quizá serán poco populares sin que su voto sea anulado: si su primera opción es eliminada, su voto contará por su segunda o tercera. El resultado es que para que una película quede entre las cinco nominadas finales, debe estar en la lista de por lo menos el 20% de los miembros que votaron. Así queda cerrada la primera etapa de selección. La segunda votación (y aquí es donde se pone interesante) se hace con la lista final de cinco nominados por categoría. En ésta se pierde la bonita segregación entre los informados y los no informados y todos los miembros votan en todas las categorías por un sólo ganador. Todo se vuelve simple: el que tenga más votos se lleva el óscar a su casa. Es notable que en ésta segunda boleta se incluye el premio a mejor película extranjera y los votos de todos los miembros cuentan, sin importar si eran o no parte de la sección de voluntarios originales que realmente vieron las películas, de ahí que las películas extranjeras deban hacer un intenso lobbying (en defensa de los honorables miembros de la academia un promedio del 30% se abstiene de votar en ésta categoría). El resultado del proceso es un melánge de diseñadores de audio opinando sobre el trabajo de los vestuaristas y maquillistas quienes deciden cuál es la mejor musicalización. “Yo sé que no estoy equipado para votar por sutilezas y detalles que gobiernan el premio a Mejor dirección de arte o Mejor edición. Y de la misma manera no pongo mucho crédito sobre la opinión que pueda tener Silvester Stallone sobre composición musical”, así lo dijo el compositor Andre Previn.

A la complejidad se le suma que cada miembro tiene su propia agenda y sus tiempos, no todos (casi ninguno) alcanzan a ver todas las películas. Por esta razón las que pueden figurar como posibles candidatas a las nominaciones hacen estrenos en las últimas 10 semanas del año. Dándole muy poca relevancia a aquellas películas que se estrenaron con meses de anterioridad. Esto también tiene que ver con la necesidad de los estudios de promover sus filmes. Durante este tiempo hay mucha politiquería, se organizan proyecciones especiales y eventos mediáticos para que los miembros voten por tal o cual película. Llenar las papeletas puede ser un trámite más, a ciencia cierta no se sabe si los miembros han visto las películas por las que están votando y es muy posible que sus esposan sean quienes deciden. Al excesivo proselitismo y cabildeo, las cadenas de televisión que trasmiten el evento se suman a la fila de presiones. Para ellas, la taquilla de las películas premiadas es de vital importancia y muchas veces se suman a la promoción que sus estudios hacen entre los miembros de la academia. Su rating generalmente depende de qué tan exitosa haya sido la producción que recibe el galardón a mejor película esa noche. En 1998, el año en que Titanic y su taquilla fueron premiadas  la ceremonia hubieron casi sesenta millones de televidentes, tan sólo en Estados Unidos. Mientras que el año pasado, cuando la academia decidió premiar a la austera y muy poco complaciente producción de No country for old men, la transmisión de la ceremonia llegó a una baja histórica con menos de 30 millones de televidentes.

En la actualidad no hay un reconocimiento que tenga tal incidencia internacional como lo tienen los premios Óscar. Esto sustenta la idea de una industria cinematográfica etnocentrista, donde la hegemonía cultural propone a la Americana como una cultura dominante. Los valores americanos y su ideología son aceptados por millones de personas. Son así premiadas la democracia, la igualdad, el trabajo duro, la competitividad y la individualidad. Juntemos esto con los arquetipos mencionados anteriormente y tendremos un producto Óscar. Un filme que dejará satisfecha a la Academia, y que mediante su elección influirá de manera directa introduciendo tendencias en el gusto de los espectadores por el resto de la temporada.

Que el Óscar sea la premiación más sintonizada no significa que sea la más confiable. Recordemos que sólo es un show, un evento social, un ardid publicitario. Aún así, tras todas nuestras quejas terminamos sentados frente a la televisión cada febrero, corrigiéndole la plana a los estilistas de los guapos y a los cirujanos de los feos; ahogándonos en vestidos largos, sonrisas y escotes de mármol; gritándole a la pantalla con pasión desbordada cuando Beyoncé le gana mejor canción a Morricone. Malditos, vendidos, ignorantes, hegemónicos, politiqueros siniestros… ¿A quién irán a nominar el año que entra?

Sofía Márquez Moreno (con la colaboración de Edwin Culp y Catalina Aguilar)

 

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heli

México en Cannes: nuestra cruda realidad

Escrito por Lucero Solórzano

En esta ocasión mi entrega surge a raíz de la insistencia de algunos seguidores tanto en Twitter como en Facebook en torno a la preocupación de que las películas mexicanas premiadas en Cannes y otros eventos internacionales, sean las que muestran el México violento, corrupto, inseguro, injusto, salvaje; el México de los desaparecidos, de los muertos, de la impunidad, de los contrastes dolorosos, de la pobreza extrema, del narcotráfico.

He escuchado y leído comentarios en los que se considera que esa divulgación de nuestra realidad que se hace en el exterior a través del cine, hace daño a México. No comparto la idea en absoluto y doy mis argumentos a continuación.

Primero quisiera establecer que el cine es un gran entretenimiento, que nos puede apartar de problemas y hacernos olvidar. A la luz del éxito histórico de Nosotros los Nobles que gustó en todas las edades y en todos los sectores sociales, podemos comprobar que el gran público quiere distraerse, divertirse y, como dije antes, olvidar por un rato las adversidades de la vida cotidiana. Es válido y recomendable además que se hagan este tipo de películas, que permiten fortalecer una industria que tiene grandes problemas económicos y que difícilmente es rentable.

Pero el cine no es solo diversión. Es el testigo y el espejo del devenir de una cultura, es una forma de expresión que refleja el verdadero ánimo de un pueblo, es una manifestación de nuestra identidad y una voz que habla de personas, de familias, de sociedades, comunidades, gobiernos, países enteros. El cine no puede ni debe mantenerse al margen de las carencias y el drama humano.

¿Para qué nos hacemos tontos? Nuestra realidad es lamentable, como la presentan las películas que se llevan premios en Cannes. Son trabajos de realizadores comprometidos que saben que el público no quiere ver sus historias, que no son comerciales y no van a vender boletos pues además, con ese argumento, los exhibidores los programarán en horarios incómodos, en salas de difícil acceso, y si les va bien llegarán a las tres semanas en pantalla. No son películas para hacer negocio.

Así como Nosotros los Nobles nunca ganará en el Festival de Cannes y recauda más de 200 millones de pesos, Después de Lucía, Post tenebras lux o ahora Heli y La Jaula de Oro triunfan allá y no serán un éxito de taquilla. Son dos caminos diferentes del quehacer cinematográfico, su función como medio de entretenimiento efímero y la otra, la más trascendente, la de reflejar la vida misma, sin artificios, ni efectos especiales, ni 3D, poner la verdad en la pantalla. No se puede tapar el Sol con un dedo y si como se ha dicho, la ropa sucia se lava en casa, cuando esa “lavandería” lo hace mal hay que hacer la denuncia más allá de las fronteras.

En mi opinión esas películas tienen la función de exponer la realidad, con todo lo cruda, desagradable y hasta vergonzosa que pueda parecernos. Comprendo a los que dicen que es una lástima y que “da pena” que se tenga esa imagen de México en el extranjero, pero no podemos vivir en “fantasilandia” ignorando el dolor de millones de familias mexicanas, que sufren en carne propia las consecuencias de la arbitrariedad, de la corrupción, la violencia, la impunidad, el desinterés.

Viene a mi mente la película ganadora de la Palma de Oro el año pasado en Cannes: Amour de Michael Haneke. Su tema, la inevitable y devastadora llegada de la vejez, no puede ser más crudo y doloroso y sin duda es algo ante lo que muchos prefieren cerrar los ojos, lo cual no hace que desaparezca.

No he visto Heli, y no dudo de que me resultarán muy desagradables algunas de sus escenas como me sucedió con Bastardos, el film anterior de Amat Escalante, su director.

Él mismo, al recibir su reconocimiento en Cannes, destacó “el valor del Jurado al optar por una película como la suya” y más adelante en la conferencia de prensa hizo una pregunta interesante ante los cuestionamientos sobre el uso excesivo de la violencia en su película: ¿Qué sentido tiene no mostrar la violencia sólo para que el espectador no sufra, si en la vida real no es así?

El cine no puede quedarse callado.

http://fernanda-familiar.com/lucero-solorzano/nuestra-cruda-realidad/#

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las sufragiistas

 

Mujeres: datos que documentan el pesimismo

Duda RazonableCarlos Puig

2013-03-07 • Política

Hace unos días, durante la premier de la película Las sufragistas, que narra la lucha por lograr el voto de las mujeres en México y la igualdad en sus derechos políticos, conversó con los invitados la diputada Eufrosina Cruz, la oaxaqueña que después de que se le negara el derecho a ser votada en su comunidad terminó presidiendo el Congreso de su estado.

Uno de sus compañeros diputados —Eufrosina llegó por el PAN a San Lázaro— dijo ante los ahí presentes que la clara muestra del avance en relación con las mujeres en la política es cómo nadie había siquiera discutido que Eufrosina fuera la presidenta de la Comisión de Asuntos Indígenas de la Cámara de Diputados.

Supongo que la lógica de ese orgulloso panista es la misma por la que en la Comisión de Equidad y Género de la legislatura no hay entre sus integrantes un solo hombre. Ni uno solo. Tampoco podremos encontrar un hombre en la comisión similar en el Senado.

Mujeres con mujeres, indígenas con indígenas.

Cada quien en su lugar, pues.

Esto es como nuestra vergüenza cotidiana en el Distrito Federal, donde a partir de, supongo, la incapacidad de los hombres capitalinos de controlarse y de la autoridad de sancionarlos, la solución para que las mujeres no fueran cotidianamente agredidas en el transporte público fue crear camiones exclusivos y vagones del Metro únicamente para mujeres. Haciendo de la incapacidad de convivencia una política pública.

En este sexenio solo hay tres mujeres titulares de secretarías de Estado y solo 15 por ciento de las subsecretarías tienen a mujeres al cargo.

Mañana escucharemos discursos sobre la importancia de las mujeres, cursilerías sobre cuánto las queremos y cómo son las jefas del hogar.

Sin embargo, el patriarcado sigue siendo nuestro estilo de vida. Hay un dato de la Encuesta Nacional de Discriminación que muestra la subordinación en la que viven muchas mujeres.

Las mujeres todavía piden permiso a los hombres para más de una cosa.

Una de cada 3 pide permiso para salir de día.

Cuatro de cada 10 para salir de noche.

Una de cada 4 para hacer gastos, para visitar familiares y amigos.

Una de cada 10 para usar anticonceptivos.

No son solo las casadas las que piden permiso al marido, la mitad de las solteras piden permiso al padre, 15 por ciento de las viudas piden permiso a los hijos, y hasta algunas separadas y divorciadas piden autorización a algún hombre, probablemente el ex esposo.

Acordémonos de estos datos cuando mañana, en múltiples discursos, se haga homenaje a las mujeres.

Por cierto Las sufragistas se estrena mañana en los cines. Vale la pena.

Twitter: @puigcarlos

http://www.milenio.com/cdb/doc/impreso/9174347

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“Dirty Wars”: El infierno de las guerras de Obama

Amy Goodman
Rebelión

Texto en inglés traducido por Mercedes Camps. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org

Mientras el Presidente Barack Obama se preparaba para asumir su segundo mandato como el presidente número 44 de Estados Unidos, dos valientes periodistas estrenaban su nuevo documental en el Festival de cine de Sundance. “Dirty Wars: The World Is a Battlefield” (literalmente: “Guerras sucias: el mundo es un campo de batalla”) confirma el papel fundamental que desempeñan los periodistas independientes como el director de la película, Rick Rowley, y su narrador y figura central, Jeremy Scahill. Los cada vez más frecuentes ataques estadounidenses con aviones no tripulados y la utilización del gobierno de Obama de fuerzas especiales secretas para realizar ataques militares que escapan a la vigilancia y la rendición de cuentas fueron omitidos por completo durante el fin de semana de asunción de Obama por los medios masivos, que estaban demasiado ocupados cubriendo el nuevo peinado de la primera dama Michelle Obama. El documental “Dirty Wars”, junto con el próximo libro de Scahill de igual título, pretende romper ese silencio y centrar la atención en asuntos más importantes.

Scahill y Rowley, que conocen muy bien las zonas de guerra, se atrevieron a ir más allá de Kabul, en Afganistán, y viajaron a la localidad de Gardez, en la provincia de Paktia, una región repleta de talibanes armados y de sus aliados de la red Haqqani, para investigar uno de los miles de ataques nocturnos sobre los que los medios no suelen informar.

Scahill me dijo: “Lo que sucedió en Gardez fue que las fuerzas de operaciones especiales de Estados Unidos tenían información de que una célula del Talibán estaba reunida preparando a un atacante suicida. Entonces irrumpieron en la supuesta casa en medio de la noche y terminaron matando a cinco personas, entre ellas a tres mujeres, dos de ellas embarazadas, y a Mohammed Daoud, un alto jefe de la policía afgana que había sido entrenado por Estados Unidos, particularmente, por la empresa de seguridad privada Military Professional Resources Incorporated, una empresa de mercenarios”.

Scahill y Rowley viajaron al lugar de los hechos para escuchar los testimonios de las personas que viven en la mira de la política exterior estadounidense. En Gardez entrevistaron a los sobrevivientes de aquel violento ataque ocurrido en la madrugada del 12 de febrero de 2010. Tras haber visto a las fuerzas especiales estadounidenses matar a su hermano, su esposa, su hermana y su sobrina, Mohammed Sabir fue esposado al suelo. Desde allí observó, indefenso, cómo los soldados estadounidenses extirparon las balas del cadáver de su esposa con un cuchillo. Sabir y los hombres que sobrevivieron fueron luego trasladados en helicóptero a otra provincia.

Sabir describió su calvario ante la cámara de Rowley: “Tenía las manos y la ropa manchadas de sangre. No nos dieron agua para limpiarnos. Los interrogadores estadounidenses tenían barba y no vestían uniforme. Eran musculosos y tenían ataques repentinos de ira”. Y prosiguió: “Cuando regresé a mi casa mis familiares muertos ya habían sido enterrados, y en el hogar tan solo quedaban mi padre y mi hermano. Ya no quería seguir viviendo, quería ponerme un chaleco suicida e inmolarme frente a los estadounidenses. Pero mi hermano y mi padre no me dejaron. Quería una yihad contra los estadounidenses”.

Antes de partir, Scahill y Rowley realizaron copias de los videos captados por los teléfonos celulares de los sobrevivientes. Uno de los videos muestra que no se trataba de una reunión del Talibán, sino de una celebración muy animada del nacimiento de un niño que fue interrumpida por el ataque. Rowley describió otro de los videos: “La imagen está movida y pensamos que se trataba de otro video de los cadáveres, pero luego se escuchan voces con acento estadounidense que hablan de unificar la versión de los asesinatos ocurridos esa noche, de que todos contaran la misma versión de los hechos. Se oye que intentan inventar una historia para mostrar que lo sucedido no había sido una masacre”.

El documental también muestra una imagen tomada en Gardez por el fotógrafo Jeremy Kelly poco después de la masacre en la que puede verse a un almirante estadounidense, llamado McRaven, rodeado de soldados afganos a quienes les ofrece una oveja como gesto tradicional para pedir perdón por la masacre. El encubrimiento de los incidentes no había funcionado.

William McRaven dirigía el Comando de Operaciones Especiales Conjuntas ( JSOC , por sus siglas en inglés). La labor periodística de Scahill, junto al increíble trabajo del camarógrafo Rowley, le sigue la pista al JSOC e investiga minuciosamente los ataques nocturnos perpetrados por esta fuerza, que rara vez llegan a la prensa. De Afganistán a Yemen, pasando por Somalia, su documental brinda, por primera vez, una imagen real y exhaustiva del JSOC y del “mundo no tan feliz” del Comandante en Jefe Obama.

El ataque con avión no tripulado perpetrado en Yemen el día de la segunda asunción de Obama fue el cuarto realizado en pocos días. Desde comienzos de año también se produjo un aumento similar de estos ataques en Pakistán. El Washington Post informó que Obama tiene un que detalla las autorizaciones para realizar ataques con aviones no tripulados, pero aparentemente exime de esa autorización a los ataques realizados por la CIA en Afganistán y en Pakistán. El día de la asunción de su segundo mandato, Obama nombró oficialmente a John Brennan como director de la CIA . Brennan es un ferviente defensor de las denominadas “técnicas de interrogatorio mejoradas”, que muchos denominan tortura, y es además el artífice del programa de ataques con aviones no tripulados.

Mediante el documental “Dirty Wars”, realizado en coautoría con David Riker y con la dirección de Rowley, Jeremy Scahill denuncia al JSOC , que recientemente ha salido a la luz pública tras el estreno de la película nominada al Oscar “Zero Dark Thirty”, que trata acerca de la cacería de Osama bin Laden y ha generado controversia por su apoyo de la tortura. Vean “Dirty Wars” en cuanto se estrene en su cine más cercano. El documental muestra que, lamentablemente, el drama de la guerra está en todas partes, o como dice su propio título que “el mundo es un campo de batalla”. Jeremy Scahill concluyó: “En nuestro documental verán una realidad totalmente diferente, y verán el infierno que se ha creado tras diez años de guerra encubierta”.

Denis Moynihan colaboró en la producción periodística de esta columna.

Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 750 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 400 en español. Es co-autora del libro “Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos”, editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.

 

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=162821&titular=%22dirty-wars%22:-el-infierno-de-las-guerras-de-obama-

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Mil pantallas para el cine


10 de enero de 2013

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Desprendamos del arte las palabras lujosas y hablemos de su actual estado de salud en México. Este es un retrato aproximado. Un presupuesto para el Conaculta mayor al de hace 15 años. Nuevos incentivos fiscales que garantizan una producción de cine, teatro y danza, incomparable en su cantidad con la de décadas previas. Un sistema de generosas becas para artistas jóvenes, maduros y seniles, que desde 1988 a la fecha ha multiplicado el número de creadores.

Y poco público.

Muy poco público. Según la encuesta nacional de consumo de arte, hoy menos de un 10% de la población asiste a eventos artísticos. Entre esos eventos, son las películas las que más espectadores captan, pero su número tampoco es alentador. Para cada año del sexenio que recién terminó, únicamente 1 de cada 10 mexicanos vio al menos 1 de las 336 películas que el Estado ayudó a producir.

A los artistas y los funcionarios de la Cultura nos queda una opción. O entregarnos al cómodo cinismo y armar teorías del arte por el arte o inconformarnos. Al trabajar para una elite nos hemos condenado a carecer de una función social en un país que necesita de forma urgente un proyecto transformador de la imaginación y las costumbres. Que inaugure nuevas historias y dé luz a nuevos héroes. Que deje atrás el cansino relato del fracaso que agobia nuestras conversaciones. Que abra paso a una identidad común donde nuestra diversidad quepa entera.

El arte, escribió José Vasconcelos, recogiendo una antiquísima metáfora helénica, es el espejo donde un pueblo se mira y se reconoce; y se reinventa. Vasconcelos efectivamente reunió a los artistas de su generación para reinventar a México y difundió la varia invención hasta el último rincón del país. Décadas después el presidente Lázaro Cárdenas volvió a intentarlo, y a lograrlo. No es causal que las imágenes y músicas y danzas creadas en esos dos momentos históricos sean las que todavía nos dan identidad a los mexicanos de hoy.

Quiero decir que si no hay una tonada mejor conocida por los mexicanos que el Huapango de Moncayo no es porque no haya sido compuesta. Es porque no ha sido igualmente difundida. Que si no hay imágenes tan reconocibles como las de Diego Rivera es porque la exposición de la pintura mexicana ha sido raquítica a lo largo de generaciones. Que si no hay una época de oro actual del cine mexicano, no es por falta de realizaciones, es porque poquísimas películas de las 336 que se hicieron el año pasado fueron exhibidas en lugares a los que millones de mexicanos hubieran podido acceder.

Me detengo en el caso del cine, pero el cine puede servir a manera de metáfora para explicar el aislamiento de todas las artes de la sociedad.

¿Qué impidió que las 336 películas, cada una apoyada por el Estado, llegaran a los ciudadanos? La respuesta carece de misterio: el cuello del embudo son las salas de exhibición. En México la gran parte de las salas de cine son propiedad de una de tres empresas. Cinemark, Cinemex o Cinépolis. Y estas empresas favorecen la exhibición de películas hechas en Estados Unidos del Norte por una razón simple. Les dejan más dinero. ¿Por qué les dejan más dinero? Porque llegan a las salas con una publicidad mundial y son actuadas por actores que son celebridades internacionales. Así, en las salas de cine del país, el año pasado solo se exhibió entre un 7% de cine mexicano (según cuentas optimistas) y un 4% (según cuentas amargas).

Porque de cierto es en la exhibición donde se estrecha el horizonte de nuestro cine, la lucha de los cineastas mexicanos ha sido por imponer a las salas comerciales una cuota, como ocurre en Francia, por ejemplo. Sin embargo, esa lucha omite un dato de realidad que debiera redirigir los esfuerzos. El porcentaje de mexicanos que van a esas salas comerciales es apenas del 18%: el costo del boleto (en un promedio de 35 pesos) es sencillamente prohibitivo para 8 de cada 10 mexicanos.

Así las cosas, si la meta es que el cine mexicano llegue a la mayoría de los mexicanos, otra ruta debiera intentarse. O más preciso, otra ruta debiera inventarse. Por ejemplo, crear un circuito de cine popular.

Carpas inflables con comodidades que den dignidad al cine y sus espectadores. Clima artificial, pantallas de óptima calidad, sistemas de reproducción de punta. Carpas que se instalen en espacios públicos de cada colonia de cada ciudad y en los poblados cruciales de las regiones rurales.

Si se recorta del saludable presupuesto para la Cultura una dieciseisava parte, digamos mil millones de pesos, podríamos estar pensando en mil carpas donde se den tres turnos de cine siete días a la semana, cada función para un promedio de 100 personas que paguen cinco pesos cada una. Saque el lector las cuentas: estamos hablando de millones de nuevos espectadores para nuestro cine y, de mayor importancia, de la oportunidad de volver al cine relevante en la vida social.

Hay un truco por supuesto en esta propuesta. Propongo algo que ya ocurre en maqueta.

En el estado de Guerrero, la directora del Instituto de Cultura, Alejandra Frausto, ha inventado un programa llamado Cine sillita, que consiste en lo que sigue. Una pared de la plaza de algún pueblo es pintada con pintura blanca brillante, de la que se usa para pintar las líneas en la carretera. Los sábados por la noche, la gente del pueblo carga una silla hasta la plaza y la planta ante la pared blanca. Y se enciende el proyector.

Durante dos horas el cine le gana la batalla al crimen que asuela a Guerrero. Durante dos horas la Cultura vence a la violencia. Durante dos horas el miedo se esfuma y los habitantes conviven en una comunión que solo el arte puede procurar. Suspiran a un tiempo, se emocionan a un tiempo, sueltan la risa al unísono. Crean comunidad: al terminar la función suelen quedarse a charlar y comer lo que en los puestos de la plaza se vende y se crean amistades, se crean planes, se crea discurso colectivo. Se crea sociedad.

Imagínese el lector esto multiplicado por mil a lo largo de toda la República. Imagínese realizado no con sillitas, sino con carpas y tecnología de punta. Imagíneselo impulsado por una comunidad de cineastas que cobra conciencia de cómo puede cambiarle a sus espectadores el disco duro de los relatos.

Esa es una película que a mí me gustaría ver.

http://www.proceso.com.mx/?p=330279

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