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Tumbas masivas

Tumbas masivas

 

Raymundo Riva Palacio

La historia de México de los últimos años está por escribirse. La va a contar la vida y la muerte de cientos de cuerpos que están siendo encontrados en las fosas clandestinas que están brotando por todo el país. Jojutla, en la zona más caliente de Morelos, es la última comunidad donde la tierra empezó a escupir lo que se le atora, y que acentuó la atención mundial luego de los escatológicos hallazgos en Veracruz de las dos últimas semanas. El interés ha sido extremadamente tardío para un fenómeno inexplicable en un país supuestamente en paz, pero que dada su dinámica de violencia, se puede alegar que está inmerso en una guerra civil sui géneris entre múltiples bandos criminales y el gobierno federal.

Un grupo de trabajo privado ha documentado, a partir de fuentes abiertas, que de 2014 a 2016 se localizaron 672 fosas en el país, donde contabilizaron mil 557 cuerpos. Estos cuerpos no están registrados dentro de las estadísticas sobre homicidios que tiene el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública debido, explicaron los autores del reporte, a que en algunos casos se encuentran sólo partes de cuerpos, que no permite determinar el número de personas a las que corresponden.

¿Cuántas personas fueron asesinadas y enterradas en estos cementerios clandestinos que ocupan un segundo corte en la corteza terrestre mexicana? No hay realmente datos confiables que permitan conocer actualmente periodos en los cuales se dieron esos asesinatos, ni la demografía de las personas que fueron tiradas ahí. Tampoco hay información genética que permita comparar los restos de los cuerpos con las bases de datos de personas desaparecidas. Pero el fenómeno es nacional.

Solamente ocho de las 32 entidades del país no tienen fosas clandestinas, o cuando menos conocidas hasta ahora: Ciudad de México, Durango, Hidalgo, Nayarit, Puebla, Quintana Roo, Tlaxcala y Yucatán. Del resto, Guerrero es el que ocupa el primer lugar de tan dramática clasificación. Entre enero de 2014 y enero de 2017 se han encontrado 683 cuerpos en estas tumbas clandestinas, que representan 41.5 por ciento del total en el país. Le sigue Veracruz, donde se habían encontrado, hasta hace dos meses, 265 cuerpos; pero con los 304 restos de cuerpos localizados en los últimos 15 días, se duplicó en un parpadeo la aterradora contabilidad. En tercer lugar de esta lista se encuentra Nuevo León, con 99 cuerpos.

No deja de llamar la atención que estos tres estados cambiaron de gobierno en los 18 últimos meses. Aunque no existe un patrón en cuanto al conflicto entre bandas criminales, a las que las autoridades responsabilizan de estos asesinatos, hay algunos vasos comunicantes. En Guerrero luchan de manera más enconada las escisiones del cártel de los hermanos Beltrán Leyva, que a su vez se separaron del Cártel del Pacífico, que pelea en Nuevo León contra Los Zetas, que a su vez enfrentan al Cártel Jalisco Nueva Generación, que se desdobló hace varios años de los sinaloenses. Pero la duda sobre qué llevó a esas tumbas clandestinas sigue sin poder responderse con precisión. Jorge Winckler, el fiscal de Veracruz, ha dicho, sin evidencia forense, que los restos que han encontrado en el estado pudieron haber sido el resultado de asesinatos de hace varios años.

La explicación de Winckler pudiera tener solidez en estados como Tamaulipas y Michoacán, número cuatro en la lista, con 89 cuerpos encontrados en fosas clandestinas, y Sinaloa, con 66 cuerpos encontrados, o en Jalisco y Morelos, con 49, que son los siguientes estados en la lista. Pero hay entidades como Aguascalientes, que se encuentra en el último lugar de esta tabla, con un solo cuerpo en una fosa clandestina, donde la duda si se trata en efecto de un acto cometido por cárteles o un asunto de índole personal, añade complejidad al entendimiento del fenómeno.

Estados como Guanajuato, con 23 cuerpos en fosas clandestinas, llaman tanto la atención como Colima, donde se han encontrado 19, porque la violencia criminal sólo ha repuntado en el último año, mientras que en entidades como Baja California, Chihuahua y Coahuila, donde se escenificaron algunas de las batallas más sangrientas entre bandas criminales, se descubrieron en ese periodo 39, 33 y 26 cuerpos, respectivamente, que parece un número pequeño para el tipo de guerra que vivieron. Hay entidades con cárteles dominantes donde los hallazgos de cuerpos son bajos, como en Zacatecas y Tabasco, controlados por Los Zetas, con 36 y siete, respectivamente, o Sonora, territorio de los sinaloenses, con 12.

Baja estadística de cuerpos encontrados, como en Puebla y Campeche con tres cada uno, no se comprenden con amplitud dentro de un patrón criminal por el incipiente pero creciente conflicto entre grupos delincuenciales antagónicos, que es lo que sucede en estados como San Luis Potosí y Baja California Sur, con 10 y siete cuerpos, respectivamente, encontrados en fosas clandestinas. Oaxaca y Chiapas, que no tienen pugnas notables entre cárteles, registraron en el periodo cuatro cuerpos cada uno, pero en el Estado de México, duodécimo en la lista, se encontraron 30 cuerpos, pese al control por regiones de las organizaciones criminales.

¿Cómo pudo todo esto pasar en México ante los ojos de todos? “Por muchos años los cárteles de la droga desaparecían a la gente y las autoridades eran complacientes”, explicó el fiscal Winckler durante una reciente entrevista. Aunque no ofreció prueba alguna, como hipótesis de trabajo es la línea de investigación que menos debe descartarse.

Twitter: @rivapa

http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/tumbas-masivas.html

 

 

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Juan Villoro

Ladrones de camisetas

 A Veces se escapa por urgencia y a veces por oficio. El mago Harry Houdini se liberaba de grilletes que parecían inexpugnables y Henri Charrière convirtió su fuga de la Isla del Diablo en una de las más lucrativas historias de todos los tiempos, Papillon.

Pero pocos escapistas superan la espectacularidad de O. J. Simpson, que devoró las yardas del futbol americano bajo un apodo que certificaba su condición inatrapable: The Juice.

Para garantizar el nivel de competencia, los peores equipos de la liga de futbol americano tienen prioridad para fichar a los novatos más prometedores del futbol colegial. Este principio de equidad permitió que O. J. fuera a dar a un equipo que en la temporada anterior había ganado un juego, empatado otro y perdido doce, los Buffalo Bills. Esa escuadra sin gloria vio el surgimiento del Aquiles negro del emparrillado. En 1973, en una cancha congelada, The Juice rompió la marca de las dos mil yardas que parecía imbatible.

Sus récords, su carisma y su apostura hicieron de él un ícono de la cultura de masas. Al retirarse, inició una exitosa carrera como actor y apareció en comerciales de Hertz en los que convertía la prisa en una virtud. Sonreía al llegar con poco tiempo a un aeropuerto, entregaba las llaves de un coche alquilado y corría en pos de un destino cierto.

El 17 de julio de 1994, el virtuoso de la fuga hizo el más extraño de sus escapes. Era el principal sospechoso del asesinato de su ex mujer y de su novio, y huyó en una camioneta Bronco blanca por las autopistas de Los Ángeles, por una vez libres de tráfico. Asediado por helicópteros y patrullas, enfrentó un obstáculo superior a las líneas de golpeo de los equipos rivales. Fue detenido y compareció en uno de los juicios más controvertidos de la historia. Contra un cúmulo de evidencias, fue declarado inocente por una corte penal. Años después, un juzgado civil lo encontró culpable y lo condenó a pagar una compensación millonaria a los deudos de sus víctimas.

Una vez más intentó sortear obstáculos: vendió autógrafos, dio entrevistas en las que hablaba de su inocencia con pasmosa tranquilidad, remató sus trofeos y quiso subastar su camioneta Bronco.

Cuando se encontraba en el pináculo de su fama, activistas afroamericanos lo criticaron por ser ajeno a las reivindicaciones en pro de la igualdad racial. Las únicas metas del jugador eran la zona de touchdown y las recompensas de la sociedad blanca y adinerada. Corría para lograr el triunfo y la aceptación con el impulso que sólo tiene un inadaptado.

Su poderío físico y los espejismos de la celebridad hicieron que se creyera invulnerable. Pero el destino acorraló al fugitivo perfecto. Para sobrevivir, O. J. siguió vendiendo saldos de su trayectoria. En cierta forma, vendía su memoria, y en septiembre de 2007 encontró un sitio preciso para recuperarla: el cuarto 1203 del Palace Station Hotel & Casino de Las Vegas, donde se encontraban los coleccionistas Bruce Fromong y Alfred Beardsley, propietarios de numerosos recuerdos del jugador.

Sentenciado por robo a mano armada y secuestro, Simpson purga una condena de treinta y tres años en una cárcel de Nevada (los primeros nueve sin derecho a apelación). En 2017, al cumplir setenta años, podrá iniciar las gestiones para su última salida.

Los avatares del hombre que convirtió su desesperación en velocidad contienen los elementos de la tragedia clásica. El favorito de los dioses se convirtió en una sombra que necesitaba delinquir para acercarse a sus recuerdos.

Los cronistas tenemos una relación vicaria con quienes protagonizan los sucesos. Los necesitamos para escribir historias. En las horas bajas del oficio somos parásitos, vampiros, hienas que se alimentan de los otros.

Si O. J. robó su propio jersey, Mauricio Ortega Camberos, director del periódico La Prensa, robó el de Tom Brady, mariscal de campo de los Patriotas de Nueva Inglaterra. Lo primero es trágico, lo segundo patético.

En esta misma página se publicó una acertada caricatura en la que Donald Trump recibe un regalo a la altura de su discriminación: la camiseta robada por un periodista mexicano. En términos de futbol americano, el incidente equivale a un balón suelto en nuestras propias diagonales.

http://www.elsiglodedurango.com.mx/noticia/727315.ladrones-de-camisetas.html

 

 

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Denise Dresser

Canadá ¿amigo?

C Anadá, oh Canadá. País liberal, país tolerante, país incluyente, país compasivo. Mientras Estados Unidos cierra puertas, Canadá las abre. Mientras Trump transita al autoritarismo, Canadá salvaguarda la democracia. Los canadienses tienen mucho de qué estar orgullosos y mucho que enseñarle al mundo sobre la compasión. Excepto en ese espacio de negligencia no tan benigna que es su relación con México. Mientras Trudeau abraza a los sirios, su gobierno parece estar dispuesto a echar a los mexicanos bajo las llantas del autobús. Para él, conflictos en Medio Oriente importan más que incendios en el vecindario.

Este interés selectivo no es nuevo, pero se ha vuelto más obvio y más doloroso. Durante los 22 años del TLC, México nunca ha sido visto como un socio equitativo. En el peor de los casos ha sido tratado como una nota de pie de página; en el mejor, como un destino turístico. Aunque más de 2,600 compañías canadienses operan en México -incluyendo mineras muy rentables- el país nunca ha formado parte del mapa mental de Canadá. Es percibido como un lugar distante, desconocido, rara vez cubierto por los medios, rara vez parte de la conversación. Nuestra des-democratización, nuestra crisis de derechos humanos, nuestra guerra contra las drogas que ha producido más de 150,000 muertos y más de 28,000 desaparecidos, no le quita el sueño a Canadá. Durante los años que mis gemelos estudiaron allí, sus raíces mexicano-canadienses no eran vistas como una señal de integración norteamericana, sino como un detalle exótico.

Y luego Trump gana la Presidencia y decide volver a México su lazo de cochino, sólo porque puede; sólo porque eso apela a su base electoral. Mientras nos humilla y nos amenaza, una de las cosas más preocupantes ha sido el silencio de la gente buena. El pesado silencio de Trudeau y la canciller Freeland sobre la construcción del muro. El apabullante silencio de los canadienses cuando a sus socios y supuestos amigos los llaman “violadores” y “criminales”. La actitud poco clara de Canadá en torno a la reapertura del TLC, y las señales de que preferiría hacerlo sin México. Una multitud de acciones y omisiones que podrían ser interpretadas como una defensa estratégica del interés nacional canadiense. No habría problema con ello si fuera una posición consistente. Si el distanciamiento con México reflejara un cambio sustantivo en el lugar de Canadá en el mundo, según el cual hubiera decidido desvincularse, retirarse, callarse. Pero esa retirada no está ocurriendo con otros países. Canadá alza la voz contra la injusticia y el abuso en otras latitudes atribuladas, pero no cuando se trata de México.

Canadá está terriblemente preocupado por la debacle de los sirios, pero no por la deportación o la persecución de los mexicanos. Canadá asume posiciones firmes en apoyo a los derechos humanos en muchos sitios, sólo no cuando Trump los viola en barrios latinos o en la frontera. Canadá apoya los valores de la democracia liberal, pero no dice una sola palabra sobre el muro fronterizo en Norteamérica que los violaría. La pregunta para los mexicanos entonces es si Canadá es hipócrita o cobarde. Por un racismo que no quiere admitir, o por un temor a Trump que no quiere encarar.

Hay tanto que admirar de Canadá y yo me encuentro entre quienes lo señalan como un baluarte, un ejemplo. Para la mayoría de los mexicanos, Canadá ejemplifica una sociedad abierta, multicultural, tolerante, en un mundo que lo es cada vez menos. Pero hoy estamos desilusionados y con razón. Parecería que Canadá es compasivo, pero selectivamente. Parecería que Canadá presume su identidad incluyente, pero a la hora de los trompazos, esa identidad no está atada a Norteamérica o a México. Canadá tiene derecho a renegociar el TLC en sus propios términos, a ignorar el dolor de los mexicanos desplazados y perseguidos. Incluso puede cerrar los ojos ante las fosas masivas recién descubiertas en Veracruz y Morelos, con víctimas de la violencia que nos asola desde hace una década.

Pero, por favor, al menos no se envuelvan en la bandera del farisaísmo moral. El tratamiento que Canadá le da a México revela una cara menos amable y menos compasiva de quien se dice nuestro “amigo”; una faceta en la cual los intereses importan más que los ideales. Y la próxima vez que Canadá le abra la puerta a un sirio, ojalá recordara que le da portazos a muchos mexicanos.

http://www.elsiglodedurango.com.mx/noticia/727463.canada-amigo.html

 

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Veracruz no es Miami

Veracruz no es Miami

¿Cuál es la distancia que separa en México a los políticos de sus gobernados? ¿Cuál es el cúmulo de experiencias vitales que les coloca en universos paralelos, como personas que viven no solo en distintos países, sino en distintos siglos?

Tomo prestado para esta columna el título del libro de crónicas Aquí no es Miami, de la escritora veracruzana Fernanda Melchor, una de las más avezadas plumas mexicanas de nuestro tiempo. El préstamo no es gratuito: el libro es un conjunto de crudas y desgarradoras crónicas sobre el Veracruz de Los Zetas, ese que durante años estuvo allí, y sigue estando aún con un nuevo gobierno, pero contarlo significa una razón de vida o muerte.

En el México que andamos todos los días conviven noticias tan dispares como los detalles sobre el trabajo de un colectivo de madres que encuentran cráneos y más cráneos en una historia de muerte sin fin, en Veracruz, o los niños que reciclan plástico para Coca-Cola en las orillas de la Ciudad de México, con las historias cotidianas de políticos mexicanos que colocan sus fortunas fuera de México, en propiedades en Miami y Texas, sus destinos más frecuentes.

En este México, los discursos de “merezco abundancia” y “merezco encontrar los restos de mi hijo” conviven, con inusitada naturalidad, como las capas de una cebolla que va pudriéndose desde adentro, mientras la superficie se mantiene intacta.

En este país, los políticos juegan al golf, beben botellas de vino que significan el sueldo anual de una familia, vacacionan en Europa, entrenan en caballos pura sangre, mientras sus gobernados viajan dos horas cada día en transporte público, con el riesgo de morir en el camino en un asalto, o de ser secuestrada por cualquier a quien se le antojó, al borde de cualquier carretera en la que un grupo de jóvenes decidió que alguien podía morir, porque a ellos en ese momento se les antojó que así fuera.

Las iniciativas mexicanas para acortar esta radical diferencia de vida entre los políticos y la mayor parte de sus gobernados, tiene aún retos de fondo por delante. El más visible de ellos pasa por el periodismo, una profesión que cuenta en la realidad mexicana con variadas y gratas experiencias de profesionalismo y rigor, pero que en la cotidianidad aún pasa en muchos casos por la simulación, por la connivencia, por la superficialidad.

En un México en donde los políticos no saben cuánto cuestan las tortillas, cuánto cuesta el metro, pero tampoco cuánto cuesta la gasolina, en el México donde los senadores piden comida del Senado para que sus choferes lleven a sus empleadas domésticas, o no les parece raro pagar en unos meses lo que una familia no acumularía en 30 años para comprar una casa, no se trata de hacer mejores leyes, sino de tener mejores operadores para que esas leyes no sean letra muerta.

Es el mismo país donde una chica que denuncia un piropo como acoso no incentiva un debate, sino una lluvia de más acoso, agresiones y ofensas. Y también es el mismo país donde los políticos creen que pueden negar sus fortunas escondiéndolas detrás de prestanombres o de empresas fachada.

En unos meses entrará en vigor en este México de realidades paralelas el Sistema Nacional Anticorrupción. Sus operadores tienen por delante no solo la encomienda de resolver casos ejemplares, sino de posicionar esos ejemplos como una vara de actuación que mida a todos, desde los periodistas, hasta los activistas, los políticos, los empresarios y los ciudadanos de a pie.

Uno de los grandes retos para los operadores de este Sistema no será únicamente la forma en que resuelvan sus casos estelares, sino en la forma en que elegirán cuáles serán esos casos. La forma en que permitirán que la diferencia entre esos dos Méxicos paralelos no absorba la importancia de lo que debe ser urgente, y ponga por delante lo que tenga mayores titulares.

 

En un país donde el morbo muchas veces supera a la justicia, donde vale más cuántos muertos son que quienes son sus madres, un gran reto será que la elección no pase por la resolución únicamente de los grandes casos de morbo, que más atraen la atención de la prensa en la Ciudad de México, sino por tantos casos de fondo, cuyas raíces están en los hijos del colectivo Solecito, pero también en las víctimas de la delincuencia criminal contra las mujeres en Puebla, de las familias atrapadas en la guerra entre cárteles en Sinaloa, en los indígenas afectados por la simulación a sus programas de ayuda.

En este México de prioridades encontradas, un Sistema que realmente vigile y combata la corrupción debe comenzar por entender los intrincados matices de este país que muchos de sus gobernantes ven desde los embarcaderos de sol radiante y arenas blancas en Miami, pero que pasa por el sudor de las madres de Solecito, que cavan en Veracruz, al acecho de los zopilotes.

http://www.sinembargo.mx/22-03-2017/3178459

 

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Institución de (sin) instituciones

 

LORENZO MEYER Jueves 23 de mar 2017, 9:28am

Agenda ciudadana

“Calificar a las fuerzas armadas de ‘institución de instituciones’ viene a ser una admisión indirecta del fracaso de toda la red institucional civil del gobierno mexicano” — Lorenzo Meyer

A ojos del presidente Enrique Peña Nieto(EPN), las fuerzas armadas son la “institución de instituciones”. Para el general Guillermo Almazán, los militares “Somos el último recurso del poder político …” (La Jornada, 16 de marzo).

Hace medio siglo, quienes hacían el diagnóstico del sistema político mexicano, ya fuese desde dentro o desde el exterior -autores como Pablo González Casanova, Robert E. Scott o Vincent Padget- no ignoraban la importancia del ejército, pero ya no le veían como la “institución de instituciones”, ni subrayaban su carácter de “último recurso del poder político”.

González Casanova, en su clásico La democracia en México, (Era, 1965), al listar los “verdaderos factores de poder en México”, colocó primero a los caciques y caudillos regionales, luego al ejército, el clero y los empresarios, (pp. 45-71). Hoy, en cambio, ejército y armada están cotidianamente en las noticias porque, efectivamente, se han convertido en el último recurso del gobierno para evitar que el crimen organizado avasalle al gobierno y al resto de la sociedad.

Retorno al Origen. Al concluir la etapa más violenta de la Revolución Mexicana, Venustiano Carranza pretendió sacar al ejército del centro del poder, pero fue el ejército quien sacó a Carranza. Y en los años siguientes ese ejército, hechura de la Revolución, fue el principal apoyo institucional del nuevo régimen. El partido del Estado -PNR-PRM-PRI- se tomó su tiempo para formarse y ocupar un espacio que permitiera a la presidencia y a su burocracia civil instalarse, por fin, en el centro de la política.

A partir de la derrota política de los generales Juan Andrew Almazán (1940) y Miguel Henríquez Guzmán (1952), las fuerzas armadas mexicanas, sin enemigo externo verosímil -en el norte, por enfrentar a un vecino muy fuerte y en el sur muy débiles- sólo de tarde en tarde volvieron a recibir los reflectores políticos, cuando el control de una presidencia autoritaria -notablemente estable para la época- fallaba en sus mecanismos de cooptación, como en 1968, las “guerras sucias” o en el enfrentamiento con el neozapatismo. Hoy las cosas parecen haber vuelto a lo que eran hace noventa años, con el ejército siempre fuera de los cuarteles en su papel de sostén del poder político, o lo que queda de él.

Fue la combinación del auge del narcotráfico, el fin del presidencialismo sin contrapesos y el fracaso de la transición democrática, lo que volvió a poner a las fuerzas armadas en el papel no del “último recurso” sino del primero para mantener la gobernabilidad. Sin embargo, y como los mandos militares lo han manifestado, ese papel no lo han buscado ni les corresponde. La centralidad castrense es producto de un rotundo fracaso de las instituciones civiles, atribuible, en gran medida, a su corrupción.

En un gobierno y Estado bien llevados, la presidencia, el congreso y la Suprema Corte deberían ser las grandes instituciones. Sin embargo, aquí y ahora, únicamente el 12 % de la ciudadanía tiene confianza en esa presidencia, (Reforma, 18 de enero). Algunos gobiernos estatales son casos extremos de corrupción e irresponsabilidad, como fue el de Javier Duarte en Veracruz. El poder judicial se ha divorciado del sentido de lo justo, por ello apenas poco más del 20 % de los mexicanos confía en los jueces. El congreso y los partidos están tan alejados de sus supuestas bases sociales, que la ciudadanía los ha colocado hasta el fondo de su escala de confianza, (Informe país sobre la calidad de la ciudadanía en México, 2014, p. 128). Las encuestas también nos dicen que los llamados “poderes fácticos”, básicamente las grandes concentraciones de poder económico, tampoco tienen gran credibilidad. El prestigio de los medios de difusión varía pero, en cualquier caso, la televisión ya perdió su poder de control sobre la opinión pública.

Las fuerzas armadas del Estado son el conjunto de las policías, por un lado, y el ejército y la armada por el otro. En México hay un golfo enorme entre ambos por lo que respecta a su eficacia y a prestigio. En ninguna época histórica, las policías gozaron de la confianza de sectores sociales importantes, pero el auge actual del crimen organizado erosionó la poca que hubieran podido acumular. Por eso ejército y armada desempeñan hoy el papel de la única y última fuerza para enfrentar a un crimen organizado que, con su impunidad, capacidad de corromper y de ejercer una violencia sin límites, hace cada vez más precaria la seguridad ciudadana.

Como sea, ejército y armada no pueden restaurar el orden perdido y la cifra de 200 mil muertos y 30 mil desaparecidos durante los dos últimos gobiernos, lo prueban. La “institución de instituciones” está desgastada por una guerra sin fin pues, por ella misma, no puede acabar con las fuentes de financiamiento del crimen organizado: el narcotráfico, el lavado de dinero y la enorme red de corrupción que alimenta y que se alimenta del crimen organizado.

Para concluir, mal está un México cuyo régimen político depende de una “institución de instituciones” militar. Sin una red institucional civil efectiva, con legitimidad, ninguna estructura castrense, por más que lo intente, puede llenar el vacío dejado por el fracaso del sistema en su conjunto: “Las bayonetas sirven para mucho, menos para sentarse en ellas”, (Talleyrand-Perigord).

http://www.lorenzomeyer.com.mx

agenda_ciudadana@hotmail.com

 

https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1324213.institucion-de-sin-instituciones.html

 

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Las casitas del barrio alto

Diputados con sueldos oficiales modestos han encontrado la forma de construirse mansiones

Se puede acusar a los políticos de muchas cosas, menos de no ser hogareños. Muchos de ellos han puesto en riesgo sus carreras con tal de hacerse de una casita para la familia. O bueno, de una casota y si pueden ser varias aún mejor. A la familia no se le escatima. La residencia en la Lomas para mostrar al mundo que ya no se es un pobre político (o un político pobre, que es igual según Hank González, uno de ellos); la casa de playa para evitar que esposa e hijos sufran penosas e indignas aglomeraciones en Semana Santa y navidades; la de montaña en pueblo mágico para la necesaria reflexión y recogimiento familiar. Y, desde luego, la de Miami o San Antonio, el plan B en caso del inevitable exilio que entraña la ingrata política.

Aunque a decir verdad, antes de tornarse ingrata, la política suele ser harto generosa con todos ellos. La abrumadora mayoría de los políticos mexicanos vive en las Lomas y en Polanco, “las casitas del barrio alto”, diría el chileno Víctor Jara, donde el metro cuadrado más austero vale alrededor de 3.000 dólares.

Para ponerlo en perspectiva, con esos precios el presidente del país, que por ley es el funcionario con el mayor sueldo nominal, podría adquirir un cuarto de 24 metros cuadrados cada año. Esto es, si dedicara absolutamente todos sus ingresos a la encomiable tarea de dotar de casa a los suyos.

Resulta verdaderamente notable que diputados que ganan menos de la mitad del sueldo presidencial hayan encontrado la forma de construirse mansiones y penthouses que valen el equivalente a sus ingresos a lo largo de varias vidas. Desde luego hay algo casi religioso en el oficio político, que permite la multiplicación de los panes en tales proporciones.

Muchos de ellos han pagado un alto precio por estas muestras de amor doméstico. Alejandra Barrales, la actual presidente del PRD, el otrora partido de izquierda, es la última de una interminable fila de políticos a los que se les han encontrado inmuebles de valor aparentemente inexplicable: en su caso un apartamento en Miami valuado en un millón de dólares. Tengo que pensar en el futuro de mi hija, aseguró cuando Univision divulgó el hallazgo; es fruto de muchos años de trabajo, agregó la exlíder sindical de las azafatas.

En descargo de la dirigente del PRD habría que decir que sus equivalentes en otros partidos no salen mejor librados. El presidente del PRI, Enrique Ochoa, se ha vacunado contra cualquier revelación periodística afirmando que su fortuna procede de una flotilla de taxis. Por su parte, Ricardo Anaya, el joven dirigente del PAN, cuestionado por la fortuna que supone instalar a su familia en Atlanta, ha dicho que sus ingresos proceden de la renta de unas bodegas. Hasta donde yo sé, ninguno de ellos ha explicado cómo es que terminaron con bodegas y taxis convertidos en mina de oro. Como tampoco hay explicación de la forma en que buena parte de los gobernadores del país se han hecho acreedores a cuantiosas fincas en Estados Unidos. La lista divulgada en la prensa es interminable. Y sólo para abrir boca: Padrés de Sonora, Medina de Nuevo León, Yarrington de Tamaulipas, Duarte (ambos, Veracruz y Chihuahua), Murat de Oaxaca (ambos, padre e hijo), Borge de Quintana Roo y un largo etcétera. Y si incluimos los prestanombres a los que recurren otros, abarcaríamos la mayor parte del territorio nacional.

Sin olvidar, por supuesto, los casos convertidos en emblemáticos en el sexenio. La casa blanca, que involucró a la primera dama, Angélica Rivera, que fue el principio del fin de la popularidad de Enrique Peña Nieto, o la casa de Malinalco, de Luis Videgaray, que mató las aspiraciones presidenciales del hombre más poderoso del régimen.

En los años noventa, cuando los capos del cártel de Sinaloa tomaron residencia en Guadalajara aseguré que la policía sólo tenía que ir a las tiendas distribuidoras de jacuzzis para enterarse de dónde vivían: cada vez que se aprehendía a un narco importante, se le encontraba una bañera monumental en casa. Hoy en día a la fiscalía anticorrupción le bastaría con asomarse a los registros públicos de la propiedad en Florida, Texas y California. Allí encontrará las muestras del enorme amor de los políticos para con la familia.

 

http://internacional.elpais.com/internacional/2017/03/23/mexico/1490223825_971806.html

 

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Razones

Jorge Fernández Menéndez

Esparragoza: el Padrino y el sistema

 

20 de Marzo de 2017

La fuga de Juan José Esparragoza El Negro, hijo de El Azul Esparragoza, junto con otros cuatro narcotraficantes y sicarios del penal de Culiacán ocurrida el viernes pasado es una demostración más de que los estados del país no controlan la seguridad ni quieren hacerlo.

Han pasado varios días y las autoridades locales no saben ni siquiera cómo fue que se fugaron esos cinco peligrosos reos. Se dice que se organizó una riña y aprovecharon para escapar, pero no saben cómo. Tuvieron que pasar lista durante horas buscando a los reclusos vaya a saber dónde, para saber, medio día después, que faltaban cinco (¿doce horas para pasar lista y descubrir que faltaban cinco detenidos?: en doce horas un prófugo podría estar, literalmente, en el otro extremo del mundo). Lo único cierto es que tienen que haberse ido por la puerta y con complicidad. Lo hicieron no porque les faltaran comodidades en el penal, porque las tenían todas, sino porque El Negro ya había sido advertido de que sería deportado a Estados Unidos. Prefirió la fuga a la deportación. Pero más allá de eso, la cadena de sucesos que permitieron esa fuga es lo escandaloso. Primero, un juez que prohíbe que esos detenidos sean trasladados a un penal de máxima seguridad, argumentando un tema casi administrativo. La misma situación en la que están muchos de los detenidos en ese penal. Segundo, el sistema de autogobierno del penal que está en manos de los propios delincuentes, que gozan de todo tipo de lujos, cuando pueden pagarlos, en un reclusorio hacinado con más de dos mil 500 reos. Tercero, unos custodios que en realidad trabajaban para los delincuentes, los cuidan y protegen. Cuarto, un sistema penal y de impartición de justicia que no sirve, está rebasado y que en el caso del nuevo sistema penal necesita ajustes urgentes porque lo que está provocando es una cadena inadmisible de liberaciones de delincuentes peligrosos.

No se trata solamente de Culiacán, lo hemos visto esta misma semana con los videos del penal de Apodaca, Nuevo León, controlado por Los Zetas, que para las autoridades locales no merecieron más comentario que decir que se trataba de algo circunstancial, cuando es la demostración, como ocurre en Topo Chico, en ese mismo estado, de que las autoridades no tienen control del penal. Los sistemas de autogobierno se aplican en casi todos los reclusorios que no están bajo la esfera federal y en todos ellos el control lo tienen los reos. No deja de ser obvio que si un gobierno no puede controlar la seguridad de un reclusorio donde se supone que tiene ese mismo control asegurado, tampoco puede garantizarla en un país, en un estado, en un municipio.

Lo decíamos hace unos días: es imprescindible un ajuste de las leyes, incluyendo la aprobación de la ley de seguridad interior, y la de formación policial, para darle sentido a las reformas que se dieron en los últimos años. La reforma al sistema de justicia penal, tiene muchos aspectos positivos, pero se ha convertido en una puerta abierta para la impunidad. Necesita ajustes operativos que impidan que las “faltas al debido proceso” o las triquiñuelas legales sirvan para la liberación indiscriminada de peligrosos delincuentes que terminan recibiendo, incluso, altas indemnizaciones o que la justicia actúe sin siquiera sentido común, dejando a personajes como el hijo de Esparragoza oEl Chimal o El Changuito Ántrax (así les dicen a dos de los más peligrosos que se fugaron: uno es jefe de custodios de los hijos de El Chapo Guzmán y organizador de la emboscada contra una ambulancia militar en Culiacán hace unos meses, el otro uno de los jefes del más peligroso grupo de sicarios de la entidad) en un penal que, en los hechos no ofrece seguridad alguna.

Todas las partes del sistema de seguridad trabajan sin relación con los otros. Cada uno, desde las policías, los ministerios públicos, los jueces, el sistema penal, son como partes independientes de una maquinaria loca que parece construida exclusivamente para que no funcione. Y el Congreso no interviene, no actúa, no legisla o lo hace dejando unos vacíos que terminan desdibujando lo aprobado.

Un capítulo aparte merecen en este sentido algunas de las organizaciones que se presentan como de derechos humanos. Hace ya muchos años, en 2006, publicamos con Víctor Ronquillo un libro De los Maras a los Zetas, en el que incluíamos documentos que le habían sido recogidos a Osiel Cárdenas, en las comunicaciones con su gente fuera de la cárcel (en ese entonces Osiel estaba detenido en Almoloya). En ellos daba instrucciones para que se contratara abogados especialistas en derechos humanos y se formaran grupos para su defensa porque preveía que esa sería una de sus principales herramientas para buscar su liberación. La gente de Osiel lo hizo y desde entonces han aparecido organizaciones y personajes que han hecho de la defensa de los delincuentes un dogma, al mismo tiempo que todas sus denuncias se concentran en soldados, marinos y policías. Por supuesto que hay instituciones dignas y respetables de derechos humanos, pero otras parecen trabajar exclusivamente para liberar delincuentes. Y lo triste es que han tenido éxito porque se apoyan en las fallas y vacíos del sistema. El problema real no es que se hayan fugado cinco reos, sino lo que esa fuga pone de manifiesto. Y pareciera que no pasa nada.

Un último punto: siempre he creído que El Azul Esparragoza es el más importante narcotraficante del país desde la muerte de Amado Carrillo. Es más inteligente, menos violento, lo más parecido a un Padrino de película que a un sicario de caricatura, como muchos de los que aparecen como grandes jefes. Se ha dicho que murió: no hay prueba alguna de que así haya sido. Precisamente por eso, y asumiendo que su hijo era uno de los principales operadores financieros del Cártel del Pacífico, no deja de ser significativa la enorme facilidad con la que se fue del penal de Culiacán en cuanto se enteró de su posible extradición. El Azul es el verdadero jefe.

 

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