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Los empeños de una casa

 

Un misterioso efecto del cambio es que al proponer un futuro renueva el pasado. El próximo presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, ha instalado su equipo de transición en una casa de la colonia Roma que antes sirvió a un propósito digno de recuerdo. En agosto de 1965 ahí abrió sus puertas el Centro de Teatro Infantil. La directora era mi madre, Estela Ruiz Milán, psicóloga dispuesta a convertir emociones y arrebatos infantiles en puestas en escena.

Siguiendo la tradición de los cómicos de la lengua, recorríamos las calles disfrazados de “gigantes y cabezudos” para que los vecinos nos siguieran a la casona donde se ensayaba en los sótanos y se representaba en el patio. Esta labor proselitista tenía éxito en tiempos donde las flautas y los panderos pertenecían a las redes sociales.

En 1966, poco antes de cumplir diez años, participé en un montaje que los años volverían premonitorio: El traje del emperador, de Hans Christian Andersen. En el sitio donde López Obrador recibe incontables peticiones y escucha la monocorde melodía del elogio, un elenco infantil representó la vieja historia de un monarca sometido a la adulación.

López Obrador recibió más de treinta millones de votos, el doble que hace seis años. Y no sólo eso: sus adversarios se le han acercado. Horas antes de que el Instituto Nacional Electoral ofreciera datos provisionales, el PRI reconoció su derrota. En términos de dramaturgia electoral, fue un gesto de civilidad. Pero las cosas importantes de nuestra política ocurren en la tramoya, conocida como “lo oscurito”. Incapaz de ganar, el PRI capitalizó su derrota. En aras de un “interés superior”, se hizo a un lado como quien sella un pacto para no ser perseguido. Afines a esta actitud, comentaristas que habían repudiado a López Obrador como candidato le descubrieron virtudes como triunfador. Durante la campaña, Alejandro Moreno Cárdenas, que gobierna Campeche bajo la enseña del PRI, ofreció dar a López Obrador la educación que no recibió en casa. Al saber que su partido reconocía la derrota, se apresuró a felicitar al licenciado ganador.

Este teatro de los aplausos recuerda el momento en que el emperador de Andersen recibe una prenda imaginaria que todo mundo celebra. Está en calzoncillos, pero el fervor popular le hace creer que lleva ropas magníficas. El engaño prospera con el contagioso efecto de las fake news hasta que un niño grita: “¡El emperador está desnudo!”.

Seguramente, López Obrador es más refractario al consenso súbito que el personaje de Andersen; sin embargo, como al destino le gustan las advertencias, ha situado al político que tendrá mayoría en el Congreso en el escenario donde se representó una fábula sobre las perniciosas consecuencias del poder absoluto.

El traje del emperador fue dirigido por María del Carmen Farías, quien tuvo como asistente a Jaime Nualart, actual embajador en Tailandia. La música fue compuesta por Eugenio Toussaint, que se convertiría en un jazzista fuera de serie. Sus hermanos Cecilia, Fernando y Enrique formaron parte del elenco, al igual que los hermanos Bermejo. El reparto incluía a estupendos músicos del futuro. Otro de los actores, Ramón Saburit, hoy organiza el Encuentro de la Voz y la Palabra. Mi hermana Carmen, poeta que dirige la Cátedra Fernando del Paso, fue dama de la corte. Bernardo Schurenkämper, nuestro provisional monarca, ya murió, al igual que Eugenio y Fernando Toussaint.

Hace más de medio siglo, la casa donde hoy se planea un país fue un semillero artístico. El tiempo encuentra maneras de volverse extraño. ¿Qué podemos decirle a quien arrolló en los comicios? Las opiniones de la vida adulta pueden parecerse al fantasioso traje del emperador. Más verdadero es lo que dijimos de niños en las habitaciones donde ahora despacha el futuro presidente de México.

Como los poetas se adelantan en todo, ya en 1683 sor Juana Inés de la Cruz había abordado el asunto en su comedia Los empeños de una casa: “Era de mi patria toda/ el objeto venerado/ de aquellas adoraciones/ que forma el común aplauso;/ y como lo que decía,/ fuese bueno o fuese malo,/ ni el rostro lo deslucía/ ni lo desairaba el garbo,/ llegó la superstición/ popular a empeño tanto,/ que ya adoraban deidad/ el ídolo que formaron”.

https://www.criteriohidalgo.com/a-criterio/los-empenos-de-una-casa

 

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Nicaragua: la ceguera del poder

La crisis política que enfrenta Nicaragua se agrava cada día debido a los violentos extravíos gubernamentales, los cuales han dejado decenas de muertos y centenares de heridos, a raíz de una política de contención que ha pasado de la represión policial a un accionar de grupos lumpenizados y parapoliciales cuyos nexos con el oficialismo resultan inocultables.

Ayer, una misión de la Iglesia católica integrada por jerarcas del clero –entre los que se encontraba el nuncio apostólico, Waldemar Sommertag–, informadores y activistas de derechos humanos, fue atacada en la localidad de Diriamba por decenas de encapuchados que ingresaron por la fuerza a la Basílica de San Sebastián.

En la incursión golpearon a varios integrantes de la misión, lesionaron al obispo auxiliar de Managua, Silvio Báez, y tundieron y robaron los materiales de trabajo a algunos periodistas. El propósito de los agredidos era auxiliar a los habitantes de Diriamba y de la vecina Jinotepe, en la provincia de Carazo, al sur del país, donde nueve personas murieron y 200 fueron secuestradas por los paramilitares, a los que recurre con creciente frecuencia el régimen que encabeza Daniel Ortega Saavedra, con la finalidad de dispersar manifestaciones opositoras.

En el curso de los meses recientes el aislamiento del gobierno se ha incrementado en forma proporcional al repudio social en su contra. La gran mayoría de los dirigentes de la insurrección de 1979, que llevó al poder al Frente Sandinista de Liberación Nacional –y al propio Ortega, en calidad de presidente– se han distanciado del régimen actual, y el mismo hermano del gobernante, Humberto Ortega, ex jefe del Ejército, lo ha conminado a dejar el cargo antes de que se pierdan más vidas.

Lo más sorprendente de la situación es que ni Daniel Ortega ni su esposa, Rosario Murillo, considerada una cogobernante de facto, parecen darse cuenta de que se encuentran en un escenario no lejano a una sublevación popular como la que hace casi 40 años derribó al dictador dinástico Anastasio Somoza y en la que el mismo Ortega participó como uno de los dirigentes más connotados.

La exasperación de una amplia mayoría de la población ante un poder autocrático, errático y corrompido crece cada día, la barbarie represiva del gobierno no hace más que alimentarla, y el grupo en el poder ha optado por ignorar la historia.

Cabe esperar que Daniel Ortega y su círculo cercano sean capaces de superar su trágica ceguera, ya no para recomponer un régimen que con base en la información disponible parece no tener remedio, sino al menos para emprender una retirada pacífica y dar paso a la transición que demandan los nicaragüenses.

http://www.jornada.com.mx/2018/07/10/opinion/002a1edi

 

La ‘descompresión’ como meta

LORENZO MEYER

Es exacta la apreciación -en realidad, definición- de Blanca Heredia en relación a las estructuras que acaban de ser derrotadas en las urnas en este 2018. Heredia define a ese ejercicio del poder bajo las siglas del PRI y del PAN, como un entramado de acuerdos entre las élites, que por décadas -en realidad por más de setenta años- sirvió de manera muy efectiva para gestionar la exclusión social en nuestro país, (El Financiero 04/07/18).

La exclusión está en la raíz de nuestra historia. La esencia de la estructura legal, social y cultural de la Nueva España -una colonia de explotación muy productiva para la corona española y para las élites novohispanas pero no para el resto de los súbditos- era su efectividad para mantener excluidos a indios, mestizos y, desde luego, negros, de los altos círculos de poder donde se discutían y se tomaban las decisiones del reino. La independencia cambió, pero no mucho, este panorama. Un siglo después, en vísperas de la Revolución Mexicana de 1910, Andrés Molina Enríquez en su libro clásico Los grandes problemas nacionales, (México: A. Carranza e hijos, 1909), caracterizó al México porfirista como una sociedad “comprimida”. En la mecánica de la estructura social de inicio del siglo XX, el papel de las clases altas -formadas básicamente por criollos- era actuar como “compresoras” de las clases bajas y el de estas últimas era sobrellevar esa “compresión”, aunque ya eran frecuentes los actos de resistencia.

Para Molina Enríquez, la única forma de llegar a hacer de México una nación verdadera era superar esas medidas de exclusión. Y el proponía lograr esto por una vía evolutiva, pacífica y, desde luego, de largo plazo: el mestizaje. Sin embargo, la coyuntura electoral de 1910 aceleró todo: provocó una movilización que rápidamente desembocó en rebelión para concluir en revolución. De esta manera, la “descompresión” fue radical y derrumbó buena parte de los muros que perpetuaban la exclusión social en nuestro país. México realmente cambió al perder su carácter oligárquico y abrirse a la capilaridad social. Sin embargo, con el tiempo el empuje revolucionario fue menguando hasta quedar en un mero discurso hueco. Para finales del siglo pasado ya había tomado forma una nueva oligarquía y las esclusas que perpetuaban la separación entre las clases, apenas si se abrían.

Un estudio que acaba de publicar El Colegio de México -Desigualdades en México/ 2018, (El Colegio de México-BBVA, 2018)- define a las diversas desigualdades -pues son varias y se acumulan y refuerzan-, “como las distribuciones inequitativas de resultados y acceso a las oportunidades entre individuos o grupos” P.116). La “compresión” a la que hoy se somete a las clases menos favorecidas es resultado de la combinación de falta de oportunidades en materia educativa, de ingresos, de movilidad, de trabajo, de la migración y de los efectos negativos de cambios climáticos.

Son muchas las cifras e indicadores en el estudio citado, pero uno es particularmente relevante para sostener que el problema detectado por Molina Enríquez -la escasa movilidad social- reapareció y hoy caracteriza al México del siglo XXI de una manera que recuerda al Porfiriato. En las condiciones actuales, el 50.2% de los niños que hoy nacen en una familia que se encuentra entre el 20% más pobre de la sociedad mexicana, se quedarán ahí al llegar a la edad adulta, un 26% logrará ascender al peldaño formado por el siguiente 20% pero apenas un escuálido 2.1% escapará de ese destino e ingresarán al grupo formado por el 20% de los más afortunados. Y lo contrario también es cierto: quien tiene la suerte de nacer entre el 20% que concentra el mayor ingreso, por ese sólo hecho, tienen una enorme posibilidad -80%- de permanecer en ese nicho o en el inmediatamente inferior. Finalmente, aquellos que nacieron en los sectores intermedios, su destino más probable es quedarse ahí, sin ascender en la escala social, (pp. 48-51). Medida de esta forma, la movilidad social en Estados Unidos es casi cuatro veces mayor que la nuestra y la canadiense seis veces.

Visto desde esta difícil perspectiva, la insurgencia electoral del 2018 es en realidad una forma no violenta, muy institucional y civilizada, de una parte sustantiva de la ciudadanía mexicana, de poner al frente del gobierno a un líder y a un partido con el mandato de no seguir gestionando la exclusión, sino de tomar medidas que desemboquen en una descompresión social significativa. “Por el bien de todos, primero los pobres” fue un eslogan que en 2006 irritó mucho a los espíritus satisfechos con el estatus quo, pero en realidad es una propuesta que debe retomarse para disminuir los efectos perversos de la exclusión y conjurar una variante de las salidas violentas del pasado.

El gobierno que vendrá debe estar dispuesto a usar a fondo su gran capital de legitimidad -30 millones de votos- para empezar a abrir las compuertas de la “descompresión social”, ello liberaría, como ocurrió durante la Revolución, una gran energía creadora que hoy se malogra como resultado de la inmovilidad social que impide, a los mejores de las clases menos favorecidas, contribuir a plenitud a dar sentido al concepto de nación mexicana. Una nación caracterizada por la exclusión es un contrasentido.

https://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1479334.la-descompresion-como-meta.html

 

Las institucionalizaciones requeridas

Lo mejor que nos puede pasar es que nuestros representantes asuman la gravedad de los problemas que todos enfrentamos y las formas jurídicas para solucionarlos

Los votos fueron muchísimos. Transformados, alcanzaron para cubrir numerosos cargos. La presidencia de la República, cómodas mayorías en el Congreso de la Unión, diversas gubernaturas y congresos estatales, al igual que alcaldías y ayuntamientos. Las razones del triunfo se han querido ver en la promesa de cambio. La necesidad de trascender lo existente otorgó un mandato para conseguirlo. Existe la posibilidad de lograrlo, pues las mayorías están alineadas para ello. Basta que el Presidente o los gobernadores utilicen sus fuerzas camerales para tener reformas legales, tal vez hasta constitucionales. No es necesario operar por decreto, ni esconder las intenciones. Es posible identificar el objetivo, redactar las propuestas normativas y accionar a los órganos competentes para obtener la solución deseada. Hace tiempo que no estábamos así. Hace tiempo que la negociación, el pacto y el intercambio de propuestas para conseguir votos, era parte esencial del transcurrir político. Al menos en los próximos tres años las cosas podrán ser distintas.

En un mundo donde un movimiento social y diversas corrientes opositoras se harán gobierno, ¿qué institucionalización quisiéramos esperar? Desde luego, es posible, y espero que no sea así, que el triunfo ciegue y haga suponer que hay un mandato de transformación desinstitucionalizada. También, que quienes vencieron interioricen que deben trascender lo existente, incluidas las malas prácticas políticas y jurídicas que llevaron al estado de cosas que posibilitó su llegada. Por las mayorías conseguidas y lo precario de nuestros frenos y contrapesos, muchas de las limitaciones serán auto-impuestas. Quienes ejerzan los cargos tendrán que asumir moderación a partir de lo que el derecho prevea.

Los llamados a la institucionalización que se hacían antes de la elección nos siguen haciendo falta. Ahora debemos concretarlas, pero no sólo en lo estatal. Debemos incrementarlas y consolidarlas en el ámbito social. Las mayorías conseguidas requieren mecanismos para contrastar su imaginar y su actuar. Son tan grandes y tan justificadas las órdenes de transformación, que exigen dialogantes externos a ellas mismas. Es la única forma de evitar desboques.

Hablar de la necesidad de establecer espacios para contrastar lo que legítimamente pueda hacerse, parece tan natural a las democracias que sobra señalarlo. Hacerlo podría parecer un ataque a quienes habrán de ejercer el poder político o la pretensión de escamotearles su triunfo. No es así. Que una y otra estén ahí no implica suponer que el mero triunfo electoral genera experiencia y racionalidad. Mal haríamos como sociedad en aceptar que procesos y prácticas debidas van juntas de por sí. Suponer que llegar equivale a saber, o que poder es igual a querer. Lo mejor que nos puede pasar es que nuestros representantes asuman la gravedad de los problemas que todos enfrentamos y los límites que nos imponen la realidad material y las formas jurídicas para solucionarlos. A partir de ahí habrá que preguntarse y preguntar por las mejores maneras de hacer lo que haya que hacer. La sociedad tiene que impulsar sus análisis, estudios y soluciones, y buscar formas para contrastarlos con los de las autoridades, por mucho que éstas lo sean.

Así como hablamos de la necesidad de institucionalizar el ejercicio del poder político, es indispensable institucionalizar mucho y de todas las maneras posibles los espacios sociales de reflexión, crítica y propuestas. Esta reinstitucionalización es distinta pero, a la vez, necesaria para alcanzar los fines que colectivamente buscamos. De otra forma y por otras vías y motivos, estaremos generando dos diálogos y dos actuares antitéticos. El de los vencedores y el de los vencidos. A ello no podemos regresar. Participar de la cosa pública tanto como se pueda, es precondición de su apropiación y, tal vez, de su mejoramiento.

@JRCossio

 

https://elpais.com/internacional/2018/07/09/mexico/1531170247_359832.html

El ocaso del Grupo Atlacomulco

Por ,

 

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- En el templo del Señor del Huerto sólo hay tristeza y conmoción. Cada septiembre, las familias más ricas de Atlacomulco le rinden tributo a esta imagen mítica para garantizar buenas cosechas no sólo en los negocios, sino en la política, el dinero y la fe, las tres pasiones fundamentales de quienes nacieron en este municipio polvoso.

Tras las elecciones del 1 de julio sólo hay cosecha de derrotas para las dinastías de Atlacomulco. Los Monroy, los Colín, los Del Mazo, los Peña, los Velasco, los Montiel, incluso los Hank, están alarmados. La leyenda del Señor del Huerto se transformó en maldición. Prácticamente todos ellos fueron derrotados, con algunas notables excepciones que alcanzaron a reciclarse.

Cuentan los feligreses de Atlacomulco que el Señor del Huerto se volvió famoso cuando una anciana, dueña de un huerto de manzanas, murió al pie de este ídolo. Desde entonces, se cree que quien tiene su protección garantiza no sólo el éxito en la temporada de lluvias sino la riqueza en épocas electorales.

La tristeza que rodea al Señor del Huerto tiene razones muy claras: en Atlacomulco, palabra que significa “pozos de agua”, se hundieron los delirios de grandeza de las dinastías que desde Isidro Fabela han dominado la política mexiquense y llegaron a su máxima ambición, la presidencia de la República, a través de su hijo predilecto, Enrique Peña Nieto.

En Atlacomulco, como en la mayoría del Estado de México, arrasó el voto a favor de Andrés Manuel López Obrador. Aquí ganó el candidato a alcalde por Morena-PT-PES, Roberto Téllez Monroy, algo inimaginable en 90 años de hegemonía priista. Este pequeño empresario, con el apellido materno de una de las familias “de alcurnia”, ganó con 26 mil 161 votos al priista Joel Huitrón Colín, que sólo obtuvo 15 mil 520 votos. Un apoyo fundamental fue Bardomiano Flores, quien antes trabajó para el dirigente priista local Isidro Pastor, adversario histórico del peñismo.

La derrota no es sólo anecdótica sino trágica. La actual alcaldesa Anna María Chimal Velazco, cuñada de Verónica Peña Nieto, hermana del actual presidente, perdió la diputación local. También fue derrotado Héctor Velazco Monroy, amigo personal de Enrique Peña Nieto, exdirector de Diconsa y aspirante a diputado federal por Atlacomulco. Cuentan los habitantes que la conmoción fue tan grande que Velazco quedó noqueado físicamente.

Las familias de Atlacomulco están llorando su derrota como una afrenta personal. En especial, la familia Del Mazo. El tercer gobernador mexiquense con el nombre de Alfredo del Mazo había “ganado” la elección gubernamental apenas un año antes con casi 1 millón 900 mil sufragios, el 33.69% de la votación. Un Mirrey como Del Mazo no podía perder ante Delfina Gómez, una profesora de Texcoco, de origen humilde, catequista, que casi le arrebata a la dinastía más antigua de Atlacomulco el gobierno estatal.

El 1 de julio la derrota de Del Mazo y del PRI en el Estado de México sólo confirma que en 2017 se operó un grotesco fraude en contra de Delfina Gómez y de Morena, que ya no pudieron operar en la elección presidencial, en la de municipios y en la de diputados locales y federales.

En menos de un año, el PRI perdió el control del Congreso estatal, de la bancada en la Cámara de Diputados federal (la más numerosa de todo el país), de la mayoría de los 125 municipios y de las curules en el Senado.

Del Mazo tendrá que seguir gobernando –si es que no pide licencia– con un Congreso estatal de 75 diputados, de los cuales sólo 11 serán del PRI, 31 de Morena, 11 del PT y 10 del PES (la coalición lopezobradorista tendrá 52 legisladores locales), mientras que el PAN tendrá siete, el PRD únicamente tres y el Partido Verde Ecologista (PVEM) dos.

El cómputo distrital reveló que Morena obtuvo 41% de los sufragios, el PRI sólo 21.5% (16% menos que en 2017), el PAN quedó con 14%, el PRD sólo con 6.5%, el PVEM con 4.1%, y el PT, en la raya, conservará el registro local, con 3%. Movimiento Ciudadano (MC), Encuentro Social (PES) y Vía Radical perderán el registro estatal.

El PRI perdió en 84 municipios de un total de 125, 48 de ellos frente a la coalición de Morena-PT-PES. La ola morenista le arrebató al PRI otras tres presidencias municipales muy importantes: la capital, Toluca, donde ganó con el expanista Juan Rodolfo Sánchez Gómez, y el priismo quedó en tercera fuerza; Ecatepec, el municipio más poblado del país, cuna del poder político de Eruviel Ávila, donde Morena ganó con Fernando Vilchis, y la ciudad de Metepec, donde viven las familias más ricas de la entidad, muchas de ellas provenientes de Atlacomulco.

En Metepec perdió la “primera prima de la nación”, Carolina Monroy del Mazo, prima de Peña Nieto y de Alfredo Del Mazo, que cayó al tercer lugar ante la morenista Gabriela Gamboa.

También en los distritos federales el PRI perdió las dos diputaciones de Toluca ante la victoria de Esmeralda de los Ángeles y Miroslava Carrillo, de Morena; en Metepec ganó Oscar González Yáñez, dirigente del PT, quien logró la victoria con la coalición Juntos Haremos Historia.

El Grupo Atlacomulco también perdió en Acambay, donde la morenista Esperanza González Martínez ganó frente a Daniel Sámano Jiménez, hijo de Miguel Sámano, poderoso exsecretario privado del exgobernador Arturo Montiel.

El exgobernador y exdirigente nacional del PRI, César Camacho, aspirante al Senado, perdió ante la victoria de Delfina Gómez y de Higinio Martínez, la fórmula ganadora de Juntos Haremos Historia, y el excandidato a gobernador del PRD, Juan Zepeda, ocupará la senaduría por primera minoría. Camacho formó parte del grupo de Emilio Chuayfett, exgobernador mexiquense, efímero secretario de Educación Pública y uno de los tutores iniciales de Peña Nieto.

En otras palabras, fueron derrotados los Golden Boys de Montiel, los parientes de Peña Nieto, los familiares de los Del Mazo, los colaboradores de Chuayfett y los candidatos de Eruviel. Los últimos seis exgobernadores priistas fueron aplastados en su imperio.

Algunos observadores y analistas locales ven un “reciclaje” del montielismo a través de algunos candidatos de Morena que ganaron en municipios simbólicos, como Atlacomulco, con el apoyo del exdirigente estatal priista Isidro Pastor, viejo adversario de Peña Nieto.

Lo real es que el centro de poder en el Estado de México se traslada de Atlacomulco-Toluca-Ecatepec al cinturón de Texcoco-Metepec-Ecatepec, donde ganaron los candidatos de Higinio Martínez, el hombre fuerte de Texcoco, del petista Oscar González Yáñez y la alianza con grupos expanistas y priistas desplazados en el Valle de México.

El Señor del Huerto de Atlacomulco le traerá sequía política a una clase política devenida en cleptocracia. Falta saber si la herencia de Carlos Hank González, la figura emblemática del máximo poder del Estado de México, desaparecerá para transitar a una que abandone la idea de que el poder público es un botín.

http://www.homozapping.com.mx.

 

https://www.proceso.com.mx/542373/el-ocaso-del-grupo-atlacomulco

El caudillo mexicano ante su gente

En las elecciones ganadas por Andrés Manuel López Obrador no se ha votado por un programa de gobierno, sino que se ha definido el tamaño de una esperanza. Los comicios marcaron el fin de las ideologías y creado mezclas contradictorias

Lo más valioso del fútbol mexicano es el público, según demuestran las tribunas donde las gargantas se esfuerzan más que los jugadores.

El 27 de junio Andrés Manuel López Obrador cerró su campaña ante una multitud consciente de su propio poderío. Las gradas que consagraron a Pelé y Maradona en los Mundiales de 1970 y 1986 celebraron al candidato del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) con el fervor que se concede a los profetas. Un coro griego pedía la transformación de un país con más de cincuenta millones de pobres, impunidad en el 99% de los delitos y liderazgo mundial en asesinato de periodistas. La ideología era menos significativa que la devoción.

Ese mismo escenario había sido testigo del primer plebiscito espontáneo que condenó a los Gobiernos autoritarios del PRI: el presidente Miguel de la Madrid inauguró el Mundial de 1986 ante una tormenta de abucheos. El 27 de junio la “voz del Azteca” fue distinta. En su tercer intento por ganar las elecciones, el tenaz luchador social de Tabasco escuchó un grito decisivo: “¡No estás solo!”. Consciente del pacto que sellaba con los suyos, respondió con la frase más importante de su dilatada trayectoria, no por ser la más original, sino porque era la que un país traicionado por la clase política quería oír: “No les voy a fallar”.

Las elecciones mexicanas de 2018 fueron una historia de terror con final de cuento de hadas. El pasado febrero, mi hijo Juan Pablo cumplió veintiséis años. Su amigo Esteban llegó tarde a la fiesta porque trabaja como reportero. Juan Pablo estudia Medicina. Al entrar a la casa, Esteban le dijo: “En lo que va del año, he visto más cadáveres que tú”. En México, informar es una actividad forense.

La muerte definió la contienda electoral: 48 aspirantes a cargos de elección y más de 130 militantes de partidos políticos fueron asesinados de septiembre de 2017 a junio de 2018. Los cárteles se adelantaron a votar con disparos para marcar su territorio y ratificar su contubernio con los más diversos mandos del Gobierno.

De acuerdo con Borges, la democracia es un abuso de la estadística. La nuestra es un abuso de la sangre y el dinero. Cada año, los partidos se asignan a sí mismos 265 millones de dólares que carecen de supervisión. Durante tres meses nos vimos expuestos al ataque cerebral de 27 millones de spots en 3.111 emisoras. Estamos ante una de las democracias más caras del mundo, donde los partidos han descubierto que el negocio no consiste en resolver problemas sino en administrarlos.

La elección marcó el fin de las ideologías y dio lugar a mezclas contradictorias. El conservador Partido de Acción Nacional se alió con el Partido de la Revolución Democrática, presuntamente socialdemócrata; Morena, en teoría de izquierda, recibió el apoyo del Partido Evangelista; consciente de su desprestigio, el PRI postuló a un candidato que no pertenecía a su partido. Las convicciones pesaron menos que los intereses. En vez de propuestas, hubo mensajes de sentimentalismo, marketing, descalificación de los contrarios, vehementes autoelogios.

Por primera vez participaron candidatos “independientes”. Las comillas son imprescindibles porque se trató de una farsa. La ley electoral exige recabar 867.000 firmas en al menos 17 Estados de la república para contender por la presidencia. Esta desmesura fue perfeccionada por un mecanismo discriminatorio diseñado por el Instituto Nacional Electoral: las firmas debían ser recabadas con una aplicación descargable en celulares de gama media, que cuestan tres salarios mínimos. Esta democracia para ricos no le abría las puertas a los ciudadanos, sino a los políticos profesionales necesitados de un plan B.

Así se impidió que Marichuy Patricio, candidata del Concejo Indígena de Gobierno, llegara a la papeleta. Fue la aspirante más honesta: el 94% de las firmas reunidas en su favor resultaron válidas. Sin embargo, sólo alcanzó una tercera parte de la cuota requerida. Con ella se perdió la oportunidad de una candidatura de izquierda que incluyera la voz de los pueblos originarios.

Jaime Rodríguez El Bronco, gobernador de Nuevo León, hizo trampa en el 75% de sus firmas, mientras que Margarita Zavala, esposa del expresidente Felipe Calderón, presentó un 35% de firmas inválidas. Estas tretas no les impidieron contender por la presidencia. Así lo decidió el Tribunal Federal Electoral, compuesto por siete personas. Cuatro de ellas votaron porque El Bronco y Zavala estuvieran en la papeleta. En un país con 127 millones de habitantes, un decisivo trance electoral quedó en manos de la Banda de los Cuatro. José Woldenberg, que sentó las bases para las primeras elecciones vigiladas y competidas en México, y que defiende con denuedo la gestión del INE, escribió un artículo sobre el Tribunal con un título elocuente: “Vergüenza”.

Tal fue el deprimente prólogo de un domingo de excepción. Morena llegaba a la contienda con el mayor mérito que puede tener una organización política mexicana: nunca ha gobernado. Hartos de la corrupción y la ineficacia del PRI y el PAN, los votantes buscaban un horizonte nuevo. A sus 64 años, López Obrador conoce todos los pliegues del proselitismo. Llegó a la arena pública de la mano del poeta Carlos Pellicer, militó en el PRI, presidió el PRD, gobernó la Ciudad de México y desde hace doce años ha recorrido el país innumerables veces. A estas alturas, ya resulta imposible definirlo como izquierdista por las alianzas que ha establecido con caciques locales, sindicatos corruptos, expriistas, expanistas, evangelistas, pentecostales y personeros de empresas, y porque defiende un capitalismo asistencialista. Definirlo como “antisistema” sería aún más descabellado. Nadie conoce como él las procelosas reglas de nuestra política.

¿Se moderó para poder llegar y se radicalizará en el poder? Dispone de suficiente respaldo para ello. Morena ganó cinco gubernaturas y dominará el Congreso. La principal noticia no es quién ganó sino cómo ganó. No se puede menospreciar esa abrumadora mayoría. El domingo, por unas horas, existió el pueblo.

Los malos presagios que se cernían sobre las elecciones desembocaron en un día pacífico, marcado por la ilusión. ¡De los ogros al mundo de las hadas! ¿Una nueva irrealidad? Lo cierto es que más de un millón de ciudadanos tuvieron a su cargo la jornada en la que el 53% votó por un cambio cuya profundidad se ignora. No se definía un programa de gobierno; se definía el tamaño de la esperanza.

En forma apropiada para un nuevo comienzo, la casilla donde voté se ubicaba en un kindergarten. Afuera, un trompetista callejero entonaba destempladas melodías. A las nueve de la noche, cuando ya se conocían los resultados preliminares, el músico seguía ahí.

Andrés Manuel López Obrador había ganado.

El trompetista anónimo tocaba A mi manera.

Juan Villoro es escritor.

https://elpais.com/elpais/2018/07/05/opinion/1530808255_260867.html

 

Esas benditas redes sociales

Las redes sociales favorables a Andrés Manuel López Obrador activaron estrategias muy efectivas para ir más allá del apabullamiento de bots y troles

En sus primeras palabras como candidato presidencial ganador, Andrés Manuel López Obrador agradeció a tantos como cabían en su horizonte discursivo para, hacia el final, esbozar una sonrisa especial al articular: “también mi gratitud a las benditas redes sociales”. En ese momento, los habitantes aludidos de la república de Twitter, de las geografías de Facebook y de los espejos de Instagram, se abrazaron en poderosa complicidad y se dijeron: “¡eso es todo!” (o algo más altisonante), “claro que fuimos nosotros los que llevamos a AMLO a la grande”. Porque ya sabemos que la victoria tiene muchos padres y en las redes sociales hay muchos egos.

Y sí, más allá del apapacho festivo, claro que las redes sociales jugaron un papel fundamental en la contienda electoral. A estas alturas de la penetración tecnológica y para el siglo que corre, no tendría por qué haber sido de otra manera.

Ahora bien, ¿qué sucedió durante este proceso electoral para que López Obrador le dedicase una sonrisa especial a las benditas redes sociales? Comencemos por hablar de volumen (que es menos interesante pero confiere dimensión): 37 millones de tuits si se suman elecciones y periodo de campaña, 1.300 millones de interacciones en Facebook durante los 90 días previos al 1 de julio, etc. Son datos importantes, claro, porque hablan de la intensidad del intercambio digital, pero en sí mismo dicen poco de la interacción y su trascendencia. Sabemos de sobra que la activación de granjas de perfiles falsos y automatizados, por ejemplo, incrementa volumen pero solo sirve para ensuciar la conversación. Dice bien José Luis Orihuela, especialista en estrategias digitales, que los Trending Topics (o tópicos tendencia) al final no son más que un estornudo social. Y de estornudos no se construye una narrativa. Por ello, resulta más interesante analizar la manera en que las diferentes comunidades de conversación se comportaron en la esfera digital y lo que lograron activar.

Sin duda, los seguidores y simpatizantes de López Obrador habitan los espacios digitales de forma más orgánica que los de los demás candidatos. Esto se debe a que, en general, llevan más tiempo en estas esferas de expresión dada su condición de oposición a los regímenes anteriores, pero también a que una buena parte de los mismos usan las redes de conversación más allá de la contienda electoral. Son vecinos conocidos, pues: académicos, activistas, artistas, etc. (y sus comunidades). En mucho menor grado, pero esto también sucede con algunos de los seguidores de quien quedó en segundo lugar, Ricardo Anaya, mientras que la tribu priista nunca ha podido trascender su propia esfera de conversación en un entorno que le parece sospechosamente horizontal (los grafos de conversación sobre temas electorales, por ejemplo, muestran con claridad que el entorno priista solo habla consigo mismo, y cada vez menos).

¿Significa lo anterior que las redes sociales del espacio digital llevaron a López Obrador a la presidencia? No, por supuesto que no. Una simplificación así de un proceso mucho más complejo, no se sostiene. Como se ha señalado en análisis previos y posteriores a la jornada electoral, hay desde hace años en México un vasto tejido de resistencias, inconformidades, enojos y hartazgos que puede activarse mediante conectividades digitales, pero no es solo resultado de las mismas. Y fue ese tejido múltifactorial el que llegó a las urnas; los tuits y los favs y los me gusta todavía no votan. Lo que sí hicieron las redes sociales digitales favorables a López Obrador fue activar estrategias muy efectivas para ir más allá del apabullamiento de bots y troles, e infectar la conversación con los temas que les importaban.

Ahora viene otra etapa: la de gestionar el triunfo y no matar la conversación. Es bien sabido que la arrogancia del vencedor puede ser aniquiliadora. Toca a todos aprender nuevas formas de interacción y acomodar los egos para los tiempos que vienen. Toca a los que desde hoy serán oposición aprender a habitar de forma más orgánica estos espacios de acción conectiva. Porque si solo se impone el consenso del triunfador, habremos matado a las benditas redes sociales.

@warkentin