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El miedo y el desamparo

Jesús Silva-Herzog Márquez

“Hay cadáveres en las calles. Explota una granada en alguna parte. Un niño muere durante una persecución de militares tras unos halcones. Hay matones detenidos y armas decomisadas, olor a carne quemada, a cabellos muertos. La ciudad es como un panteón de almas en pena, una Llorona multiplicada que en realidad no tiene lágrimas porque las desparrama hacia dentro y nadie debe saberlo, porque sobrevivir es rendirse y acostumbrarse al imperio de los cañones de fusiles automáticos; esa sangre esa agua salada, las cavidades acuosas, la muerte, el grito de dolor podrido, no sale en los periódicos: en sus páginas se publica el silencio, acaso un accidente, la alza en los precios de los productos y algún discurso del gobernador”. Javier Valdez Cárdenas, autor de este párrafo no se rindió y, como anticipaba ahí, no sobrevivió.

La tragedia mexicana ha arrasado la información, en particular la prensa local. La desolación de ese periodismo es símbolo de la devastación nacional. No tienen los periodistas, por supuesto, privilegio en el dolor. Si me detengo en la amenaza al periodismo es porque en su trabajo están nuestros ojos, nuestro entendimiento. Los periodistas son-lo digo sin solemnidad alguna-los cuidadores de la verdad. Sin prensa vivimos a oscuras y sin palabras: mudos y ciegos. La redacción de un periódico es, un poco, el símbolo de nuestra selva inhabitable. Acosado por criminales y políticos (la frontera entre unos y otros es falsa a su juicio), tentado y golpeado permanentemente por la corrupción, infiltrado por espías que delatan e intimidan desde dentro, incomprendido, abandonado a su suerte el diario local es México. No es solamente el periodista quien es obligado a callar, a “ponerse una venda en los ojos y un trapo pestilente en la boca”. Al retratar el miedo y la amenaza, la valentía y la traición, el desamparo y la terquedad de los reporteros de la guerra, Valdez pintó nuestro terrible presente.

Decía el periodista John Gibler en una entrevista reciente publicada por El país: “En México es infinitamente más peligroso investigar un asesinato que cometerlo”. ¿Alguien se atrevería a desmentirlo? Los criminales tienen el resguardo de la impunidad. A Javier Valdez lo mataron a pleno sol, lo dejaron a la mitad de la calle. Después de disparar doce tiros, los sicarios dejaron el lugar. No puede decirse que hayan huido porque no parece que tuvieran prisa, porque no necesitaron esconderse, porque saben que están a salvo. No hay imágenes de los criminales. En el centro de Culiacán, una de las ciudades más sangrientas del país las cámaras de vigilancia no funcionan. Más del 90% de ellas son inservibles. El gobierno no les ha dado mantenimiento. Matar tranquilamente, escribir con miedo.

Mandan ellos, escribió Valdez. El silencio gana. Al recibir el Premio Internacional a la Libertad de Prensa que otorga el Comité para la Protección de los Periodistas, Javier Valdez habló de la soledad del periodista mexicano. No era la soledad natural del oficio, el refugio firme de quien debe mantenerse distante de los poderes. Hablaba de una soledad “macabra”. Era un abandono o, más bien, un desamparo. No tiene eco en la sociedad lo que escribimos, arriesgando la vida. Queda en la página de un diario local, en el reportaje que leen un manojo de personas, en la imagen que se pierde en la tediosa pornografía de la sangre diaria. El desinterés, el hartazgo, la ansiedad social se han vuelto cómplices de la violencia. A cambiar de tema y a cerrar los ojos. Nuestro arrojo, por ello, cae en el vacío, volviéndonos aún más vulnerables. Valdez sabía que la indiferencia abarata la cacería.

La palabra que se abre paso entre las bocas cerradas, el reportaje que se publica entre tantos otros que quedan sin publicar, la imagen que muestra los horrores nace de la admirable insensatez del héroe. Nadie tiene obligación de serlo. Una sociedad que necesita héroes es una sociedad enferma. Una nación saludable no le pide a nadie poner su vida en la cuerda, no llama al sacrificio de ninguno. Pero eso exige un país moribundo: la monstruosidad del heroísmo.

¿Es esto un país?

http://www.reforma.com/blogs/

Silvaherzog/Twitter: @jshm00

http://www.elsiglodedurango.com.mx/noticia/739461.el-miedo-y-el-desamparo.html

 

Pellejo de Esperanza

 

Denise Dresser

Estas palabras son un homenaje póstumo. Un grito de rabia. Un manotazo de frustración. Un reconocimiento a los periodistas exiliados, escondidos, desaparecidos, asesinados, golpeados, atemorizados. Los que -como Javier Valdez- han ido por la vida “pariendo historias” a pesar de la censura y los cañones oscuros. Los que terminan como él, abatido por doce balazos, tirado en la calle, al lado de su sombrero ensangrentado. Los héroes verdaderos, animados por la insumisión, con el sueño quebrado, pero vigente de hacer de México un país mejor. Los que hacen periodismo y punto. A pesar del miedo, a pesar de las mordazas metafóricas y reales, a pesar del olor a sangre que los persigue dondequiera que van. Hoy va una caravana, un puño alzado, un canto a ellos a pesar de las punzadas en el pecho.

Aquellos al acecho permanente en la casa que habitan, el periódico donde trabajan, la ciudad y el país donde viven. Y aun así, como escribió Javier en Narcoperiodismo: la prensa en medio del crimen y la denuncia, se sientan frente al teclado y le dicen y se dicen: “ándale, carbon, no te agüites, digamos lo que sabemos”. El fotógrafo que corre, tropieza, se cae, y aún así carga con la cámara, la abraza, sabiendo que la policía está cerca. Y también los matones, los golpeadores, los sicarios, los perros, las hienas del presidente municipal o del gobernador. El reportero acibillado por publicar lo que no debería. La reportera asesinada por incómoda, por estorbosa, por entrometida. La corrupción de Javier Duarte o el escándalo de OHL o la podredumbre de Odebrecht o los malos manejos del erario o la alianza entre narcos y mandatarios. Historias del horror, historias de la impunidad. Historias del México nuestro, maltrecho. Malherido. Roto.

Cada vez son más los periodistas silenciados. Cada vez se hace más presente el puñetazo artero a los que buscan la verdad. Y no es sólo el narco el que ha masticado con rabia a los representantes del cuarto poder”. No es sólo un líder de los Zetas el que da la orden de ejecución, de exterminio, el levantón para que alguien deje de escribir, indagar, investigar. También hacen su tarea los políticos. La policía. ***La delincuencia organizada coludida con funcionarios gubernamentales y miembros de las fuerzas armadas y dueños de los medios. El poder politico mata en Veracruz, en Jalisco, en Tamaulipas, en Guerrero, en Sinaloa, en los pantanos repletos del cocodrilos.

Mientras tanto, Peña Nieto y quienes todavía lo acompañan, indolentes ante lo que ocurre. Evidenciando con su tardanza y su torpeza la tragedia de la cual todos hemos sido corresponsables al permitir que México se volviera un país ensangrentado. Un país de cadaveres en las calles, niños muertos durante la persecución de militares tras halcones, olor a carne quemada, a caballos muertos. México, panteón.

Este tiempo será recordado por nuestros jóvenes – en palabras de Javier – como un tiempo de guerra. El ADN de nuestros hijos estará ” tatuado con balas y pistolas y sangre”; con las armas que portamos para matar el mañana. Ahí siguen, los asesinos del futuro: quienes apoyaron y apoyan el belicismo de Calderón, el mimetismo de Peña Nieto, la estrategia fallida de seguridad, la Ley de Seguridad Interior, el pacto de impunidad del que gozan los sicarios sexenales. No más.

Va entonces un reclamo a la sociedad que no acompaña a sus periodistas como debería. Una sociedad pasiva que no se indigna y no se moviliza y no reclama como sería necesario para proteger a los que trabajan creando un poco de conciencia, un recoveco de sensibilidad en los ojos y en el alma. Una sociedad anestesiada que no honra a quienes reportean desde el abismo y mantienen vivo un pedazo de voz, despiertos frente a las teclas. Va entonces un tribute tardío a las manos temblorosas pero vivas que señalan el silencio obligado. A los periodistas que nos recuerdan con su trabajo el dictum de Javier Valdez: “Dejar de escribir sería morir”. Él ha dejado de hacerlo pero en su nombre, su oficio debe seguir. La tarea de redactar la verdad, desnudar el discurso oficial, evidenciar el mitin, fotografiar la compra del voto. Javier y Miroslava y Rubén y Gregorio y tantos nombres más. He aquí la promesa de que no se apagará la garganta de la noche; he aquí el compromiso de aferrarnos a eso que ustedes dejan tras de sí. Un pellejo de esperanza. Sí.

 http://www.elsiglodedurango.com.mx/noticia/739465.pellejo-de-esperanza.html

 

No me gusta mi país

Leonardo Kourchenko

Al inicio de esta administración, lo compartí en estas páginas, abrigué como tantos otros mexicanos, una auténtica esperanza de que venían tiempos buenos para México. En este mismo espacio aplaudí el Pacto por México al que comparé –también como muchos otros– con algunos elementos del histórico Pacto de la Moncloa, que dio origen a la democracia española después de la dictadura franquista. Felicité a algunos partidos políticos que mostraban inusitados signos de madurez al buscar una agenda progresista de avance para el país, haciendo a un lado sus propias agendas, o méritos, o disputas territoriales. Le escribí a colegas y compañeros en el extranjero acerca de las señales de crecimiento y desarrollo que aparecían en aquél –hoy distante– 2013 para México.

A poco más de cuatro años de distancia, respiro frustración y enojo por todas partes. Ciudadanía en franco rechazo de, prácticamente, todo: el gobierno y el presidente consumen buena cuota de ese enojo y rechazo, pero otra significativa se la llevan los partidos políticos –todos–, la clase gobernante en su conjunto, la práctica extendida y cínica de la corrupción que no distingue colores, niveles, rangos o trayectorias. La nueva generación de priistas resultó un desastre moral para el país. Pero qué me dice usted de la nueva generación panista, que a pesar de las promesas, no se distingue significativamente, de la primera. La debacle de la izquierda con un frente dividido como su propia historia y pasado, hoy a la deriva sin rumbo ideológico, que se debate entre el liderazgo carismático y el mesiánico. (¿Son lo mismo?)

No me gusta mi país porque ha perdido la esperanza en sí mismo.

Porque le han arrebatado la convicción de su grandeza, de su vocación cultural, creativa, artística, generosa y de enorme solidaridad, hoy extraviada entre los combates partidistas, las despensas, los huesos, y la lucha por cargos y presupuestos.

No me gusta mi país porque ha sido incapaz de poner un alto total y definitivo a la impunidad. El sistema de justicia es la vaga sombra de una aspiración jurídica de elevada altura en los libros y los tomos de pasta gruesa y dorada, pero inexistente, corrupto, extorsionador en las ventanillas y los ministerios públicos.

No me gusta mi país porque reproduce un ejercicio parlamentario vacío, lleno de ritos pero carente de significado. Vemos a los muy “honorables” diputados y senadores acceder a la tribuna legislativa, para llenarse la boca con discursos grandilocuentes, al tiempo que buscan negocios, contratos, concesiones y comisiones por empujar o posicionar agendas e intereses.

No me gusta mi país porque ese H. Congreso cobra enormes dividendos en reparticiones presupuestales oscuras, carentes de transparencia, a espaldas de la ciudadanía que los eligió. ¿Cuánto cobraron de bono en diciembre del 2016? Nadie nos dice, ni revela el dato, no vaya a ser que se lastimen las aspiraciones políticas de los diputados en la nómina de sus gobernadores.

No me gusta mi país porque hace años que se trafica y contrabandea con combustibles robados a nuestra propia empresa nacional, y nadie hace nada. Directivos de Pemex obligadamente involucrados, permanecen a la sombra y la protección de sus escritorios y sus cargos. ¿Quiénes son? Nunca lo sabremos, porque no habrá autoridad independiente y vigorosa que los lleve ante la justicia. Bandas criminales recorren el país perforando ductos y construyendo un mercado que involucra ahora a comunidades enteras. “Si el petróleo es nuestro” gritan en plantones, bloqueos y emboscadas, “no para que se lo roben los políticos, mejor lo tomamos nosotros”.

No me gusta mi país porque crece la violencia por todos los rincones y se apropia de caminos, pueblos, ciudades y rincones. Se multiplican las zonas intransitables, donde roban, matan, secuestran o asesinan, aunque el señor secretario de Gobernación salga muy serio a decir que los operativos están en marcha. Con muy pobres resultados señor secretario, por cierto.

No me gusta mi país, porque se matan a más periodistas en México que en ningún otro rincón del planeta, incluido el Medio Oriente bajo el conflicto de Siria y la agresión intermitente del Estado Islámico. Una procuraduría especial, una defensoría especial y más órganos y presupuestos inútiles que no impiden o inhiben el asesinato de valientes informadores. ¿Cuántos de esos se deben al crimen organizado?
¿cuántos a la persecución política?

No me gusta mi país porque hemos sido incapaces como sociedad de presionar al Congreso a que emita la imprescindible Ley de Seguridad que urge a las fuerzas policíacas, federales, estatales, al ejemplar Ejército mexicano y a la muy distinguida Marina Armada de México. Nadie les hace caso, piden y demandan protección y marco jurídico, mejor aprueban leyes menores y secundarias.

Vendrán los balances de fin de sexenio, los avances de algunas reformas, la esperanza de que no sean derribadas por los que vengan. Pero quedará inexorablemente esta sensación de que se nos fue el tiempo, de que coleccionamos otra oportunidad perdida. No queda mucho tiempo.

Twitter:@LKourchenko

http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/no-me-gusta-mi-pais.html

 

 

El Estado no existe

 

Lorenzo Meyer

La ejecución “a pleno sol” en Sinaloa, de Javier Valdez, periodista, indigna, pero ya no sorprende. Y eso indica mucho.

Hoyviene al caso W. B. Yates: “…Todo se desmorona; el centro cede /La anarquía se abate sobre el mundo/…Se desborda la marea de la sangre, y por doquier/ Se ahoga el ritual de la inocencia/Los mejores no tienen convicción, en tanto que los peores/ Rebosan de apasionada intensidad.” (“El segundo advenimiento”, 1919).

Ya no tiene sentido enzarzarnos en discutir si el mexicano es o no un Estado fallido. Para entender la coyuntura es mejor cortar ese nudo gordiano -la idea de Estado-y aceptar que éste no existe en tanto esfera política superior y cuya razón de ser es definir y defender el supuesto interés general. Lo que falla es el complejo de arreglos entre grupos y clases en el marco neoliberal.

Para una escuela de pensamiento, el Estado es una construcción ideológica que pretende que hay un ente político que está por encima de intereses particulares para defender el general pero que, en la práctica, es una máscara que encubre lo que realmente está fallando: los arreglos políticos entre facciones, intereses e instituciones y que nunca han tenido como meta el “interés general” sino apenas mantener la estabilidad y legitimidad de un arreglo que beneficia a unos más que a otros. Como en el poema, lo que falla hoy es el centro mismo de un sistema que se está desmoronando. Las razones son varias, pero sobresalen la corrupción y la voracidad de las élites. Ejemplos: al menos una quincena de exgobernadores está en la cárcel o con un proceso abierto.

La posición teórica que niega la realidad y utilidad de la idea del Estado, está bien desarrollada en un pequeño ensayo de Philip Abrams, (1933-1981), un historiador y sociólogo inglés de izquierda, (Philip Abrams et al, Antropología del Estado, México, 2015, pp. 17-70). Pero si no hay Estado entonces ¿Qué hay? Pues una estructura de relaciones de poder político y económico creada a lo largo de la historia y administrada por el gobierno en turno. El corazón de ese entramado son las relaciones de élites que operan dentro de un sistema económico global que está permitido a los pocos extraer de los muchos una cantidad cada vez más abusiva de riqueza.

Desde esta óptica, las últimas veces que se vio al Estado como algo tangible, literalmente de carne y hueso, fue hace siglos, cuando Luis XIV de Francia pudo decir y sostener ¡a los 16 años! “el Estado soy yo”. Sin embargo, tras la decapitación de Luis XVI en 1793 y el advenimiento de las diferentes formas de democracia moderna, ninguna persona o institución concreta puede reclamar para sí la encarnación del Estado y éste se quedó en mera idea, en algo tan abstracto que terminó por ser nada.

Si lo único y verdaderamente real es la dominación de unos intereses sobre otros, apuntalada por un “monopolio de la fuerza legítima” (Max Weber), entonces lo que hay hoy en México es la crisis de una cada vez más precaria dominación pese a que por 10 años el gobierno ha empleado a fondo su principal instrumento de “violencia legítima”: el ejército. Según la Secretaría de la Defensa, entre 2007 -cuando se inició la “guerra contra el narco”- y 2016, ya ha habido 3, 921 enfrentamientos con grupos del crimen organizado, (La Jornada, 13 de mayo). Sin embargo, y pese a este uso sistemático de la violencia de la mejor fuerza pública, el crimen organizado sigue imbatible. Si en los años 80 del siglo pasado esos grupos delincuenciales eran poco más de media docena y estaban controlados por el gobierno, hoy se calculan en alrededor de 250 y con capacidad de controlar ellos a autoridades locales y penetrar instancias federales.

Desde esta perspectiva y para explicar la naturaleza de la coyuntura, viene a cuento la ya clásica definición de Harold D. Lasswell: “Política: quién obtiene qué, cuándo, cómo” (1936). Y es que en los últimos 30 o 40 años, la corrupción tradicional se salió de madre. Todos los grupos en control de algunas de las diferentes partes del aparato gubernamental -presidencia, secretarías de estado, gubernaturas, municipios, etc.- y en alianza con intereses privados, incluyendo al crimen organizado, se han lanzado a extraer el máximo de recursos en el menor tiempo posible sin importar el daño que causen al equilibrio histórico -siempre precario- entre clases, regiones, intereses y grupos.

Los resultados los tenemos a la vista: el 1% de la población mexicana concentra hoy el 43% de la riqueza, (Gerardo Esquivel, Desigualdad extrema en México, Oxfam, 2015). En tanto que el año pasado la economía en su conjunto creció en apenas 2.3%, la utilidad de los bancos casi se cuadruplicó (8.3%), (El Economista, 14 de mayo). En términos de Lasswell, el contenido de la política mexicana actual es la supeditación abierta del interés de los muchos al de los muy pocos.

En suma, México se ha convertido en un ejemplo perfecto de la hipótesis de Abrams: el Estado no existe. Lo que ha fallado y de manera dramática no es ese ente fantasmagórico sino la capacidad de la clase dirigente y sus instituciones para auto limitarse, para moderar su desenfreno en la extracción de riqueza. De continuar por ese camino de corrupción, ineptitud, violencia y desigualdad, México, como nación, seguirá perdiendo sentido.

RESUMEN: “AL ESTADO NADIE LO HA VISTO, LO QUE SI SE VE ES EL ENTRAMADO DE INTERESES DE LAS ÉLITES. Y ESE ENTRAMADO HOY ESTA LLENO DE FALLAS, PRODUCTO DE LA VORACIDAD Y DESCUIDO DE LAS RESPONSABILIDADES MÍNIMAS DE LOS GOBERNANTES HACIA LOS GOBERNADOS”

Www.lorenzomeyer.com.mx

Agenda_ciudadana@hotmail.com

http://www.elsiglodedurango.com.mx/noticia/738684.el-estado-no-existe.html

PENSÁNDOLO BIEN…

Es un peligro estar vivo

Detrás de los periodistas liquidados habrá otros que se lo pensarán dos veces antes de publicar

Javier estaba convencido de que lo iban a matar. Porque estaba vivo, porque residía en Culiacán, porque era periodista. El lunes fue asesinado. Hace dos semanas, a una pregunta de una reportera de EL PAÍS, Javier Valdez respondió: “Disculpa, agradezco tu interés, pero por razones de seguridad no puedo dar declaraciones, se puso cabrona la situación”. Pero su vocación periodística era más fuerte que sus precauciones. Prácticamente cada reportaje, cada columna que escribía en su semanario Ríodoce o como corresponsal del diario La Jornada sentenciaba su muerte. Horas antes de ser ejecutado de 12 balazos en una calle de Culiacán y a plena luz del día, Valdez publicó un texto sobre El Licenciado, lugarteniente del Chapo, en el que daba cuenta de la batalla que aquel había emprendido en contra de los hijos del capo para convertirse en sucesor y hacerse con el control de este grupo.

La muerte de Javier Valdez ha sacudido a la opinión pública en general y a la comunidad periodística en particular, algo que no deja de ser notable en un país en el que las muertes violentas superarán la cifra de 25.000 personas este año, a razón de casi 70 por día. La reacción es resultado del prestigio que Valdez gozaba en México y en el extranjero; autor de libros sobre narcotráfico y premio a la Libertad de Prensa en 2011 por parte de la CPJ de Nueva York. Pero la indignación también obedece a que la muerte del periodista sinaloense es la última de un largo rosario de colegas caídos en los últimos años, algo que pone en duda la posibilidad de mantener informada a la comunidad.

Habría que insistir en que la supresión de periodistas, de activistas de derechos humanos o de jueces que fallan en contra de la delincuencia no es un asunto de números. Ochenta miembros de la prensa han sido asesinados o han desaparecido en los últimos 10 años; desde luego, una cifra nimia comparada con los 100.000 muertos y 30.000 desaparecidos que arroja la llamada guerra contra el narcotráfico, iniciada en 2006.

El problema reside en que al eliminar a un periodista por publicar reportajes que resultan incómodos a los poderosos (sean políticos o sean narcos), lo que se está suprimiendo es el derecho de la comunidad de enterarse de aquello que es vital para el interés público. Detrás de estos 80 profesionales liquidados habrá otros 800 (por citar un número) que se lo pensarán dos veces antes de atreverse a publicar o difundir algo que moleste a los poderosos, algo que se convierta en sentencia de muerte del periodista, como sucedió con Valdez. Y, por otro lado, es un hecho que por cada ejecución hay decenas de amenazas e intimidaciones físicas o verbales en contra de los medios de comunicación y los que trabajan en ellos.

¿A cuántos jueces tienen que asesinar los poderes salvajes antes de que ningún magistrado se anime a condenarlos? Otra vez, no se trata de números, sino del daño irreversible que puede provocar en la impartición de justicia. Algo similar sucede con la prensa. La cobertura informativa de la violencia y de la corrupción regional en México es un arbolito de Navidad, cuyas luces se van apagando hasta dejar a oscuras a buena parte de la geografía nacional.

En el pasado, cuando uno hablaba de poderes salvajes se refería al crimen organizado y sus brutales métodos. Pero los organismos internacionales han documentado que más de la mitad de las agresiones en contra de periodistas y de activistas de derechos humanos procede del ámbito político. La impunidad absoluta con la que han operado los narcos al quitarse de encima a críticos molestos resultó, al parecer, una tentación irresistible para funcionarios y políticos cuando son incomodados por periodistas que exhiben su corrupción y sus abusos.

No es de extrañar que las autoridades hayan sido tan incompetentes para investigar y resolver crímenes en contra de periodistas (a pesar de las fiscalías presuntamente creadas para tal efecto). No se trata sólo de un asunto de ineptitud, sino también de complicidades. Denunciar las cuentas secretas y las mansiones inexplicables de un gobernador o un funcionario poderoso con frecuencia lleva a perder el empleo, a veces algo más.

Lo dijo claramente Valdez al recibir el premio de la CPJ: “En Culiacán, Sinaloa, es un peligro estar vivo y hacer periodismo es caminar sobre una invisible línea marcada por los malos que están en el narcotráfico y en el Gobierno. […] Uno debe cuidarse de todo y de todos”.

@jorgezepedap

http://internacional.elpais.com/internacional/2017/05/18/america/1495071058_166086.html

Javier Valdez

Javier Valdez, contar la vida en medio de la muerte

Luis Hernández Navarro

 

Para Javier Valdez Cárdenas contar el mundo del narcotráfico, esa sucursal del infierno en la tierra, era como ser un nuevo Pípila cargando una enorme losa sobre las espaldas. Era su tarea como periodista. Para él, era eso o hacerse tonto. “No quiero que me digan –me explicó una mañana de octubre del año pasado en Ciudad de México– ¿qué estabas haciendo tú ante tanta muerte? No quiero que me recriminen: ¿si eras periodista, por qué no contaste lo que estaba pasando?”

Para llevar esa pesada carga a cuestas, recurría al diván del sicoanalista que le ayudaba a administrar el dolor y la tristeza, al cobijo familiar, a los cuates entrañables, a la amistad y calidez de sus colegas, a bailar solo y a los whiskies sin agua mineral ni hielo. Y, cuando el insomnio devoraba sus sueños, echaba mano de algún antidepresivo.

Como le sucede a todos los periodistas que narran el mundo del narco desde sus entrañas, Javier vivía siempre en riesgo, y cuando sentía que el peligro que lo acechaba era demasiado grande, cambiaba sus rutinas, se resguardaba, cuidaba los lugares adonde iba y decía que se dedicaba a chambas diferentes a la de ser reportero o escritor. Igual sabía que, hiciera lo que hiciera, si querían hacerle daño, nada lo iba a salvar.

Personaje que parecía nacido de una novela de Charles Bukowski, autor al que admiraba junto a Rubem Fonseca, César Vallejo y Pablo Neruda, Javier hizo del periodismo y la escritura su vida. No le importó que fuera a ratos una faena desconsoladora y pesarosa. También era su desahogo.

Desde pequeño, la violencia fue para Javier Valdez, como para muchos otros vecinos suyos, parte de su cotidianidad. Creció en medio de ella. Sinaloa, su estado natal, ha vivido casi 100 años alrededor de la droga. El narco se impuso allí como una forma de vida que atraviesa la economía, la política, la justicia, la sociedad y la cultura. Y en los años recientes creció tanto que se metió a todos lados. No es sólo un asunto de los gomeros de la sierra. Viven de él parientes, amigos, padres de los compañeros de los hijos en la escuela, empresarios o la dueña del estanquillo de la esquina en la ciudad.

A los 20 años, en Culiacán, tuvo su primera experiencia amarga con los malosos. “Era muy morro y trabajaba en una marisquería –le contó a Blanche Petrich. Uno de esos cabrones, un bato de sombrero, botas, cinturón piteado, quería que le citara con engaños a una jovencita porque le gustaba. Me amenazó con que si no lo hacía me iba a matar. Yo le platiqué a los dueños. Me dijeron que no me preocupara, que no iba a pasar nada. Y no pasó. Pero ahí conocí el abuso, no sólo contra mí, sino contra la muchacha esa. Y me percaté que yo, frente a una situación de abuso, brinco, me encabrono, me dan ganas de correr y contárselo a alguien. Pero también me di cuenta que no todos reaccionan así, a muchos les vale”.

En ese ambiente, Javier se dedicó al periodismo. Y allí siguió brincando y encabronándose. Durante más de 18 años fue corresponsal de La Jornada y cofundador, hace 14 años, del semanario estatal Ríodoce. Fue, también, a costa de sus fines de semana y días de descanso, un prolífico autor de libros en los que se mezclan su trabajo de reportero con su vocación literaria (escritos, para esquivar las balas, con las herramientas de la ficción), en los que relató historias de vida en medio de la muerte del narcotráfico. Miss narco, Los morros del narco, Con una granada en la boca, Malayerba, Historias reales de desaparecidosy víctimas del narco, De azoteas y olvidos y Narcoperiodismo (su obra póstuma) son algunos de ellos.

Javier vio en sus escritos una misión. “La gente –me explicó– está harta de leer el número de muertos de la semana. Está hasta la madre del tratamiento epidérmico, frívolo e irresponsable de la información. Yo creo que si tú pones en el centro la historia de las personas, volvemos a humanizar, recuperamos la dignidad y la gente puede volver a gritar, a inconformarse, a protestar por esto que está pasando. Es una forma de que, en lugar de rendirse ante la muerte, asuma un papel más consciente, más digno”.

Durante varios lustros, Javier Valdez hizo periodismo en un estado dominado por un solo cártel, el de Sinaloa. El Mayo Zambada tenía el control de las operaciones y el monopolio en el ejercicio de la violencia, y evitaba chocar con el Ejército. Sin embargo, desde hace más de un año –según el corresponsal de La Jornada– comenzó a ganar influencia un grupo de células ligadas a Joaquín Guzmán, muy beligerante, imprudente y frontal, que probablemente se imponga y abra una nueva etapa de más sangre y fuego. La extradición de El Chapo y las disputas con Dámaso López profundizaron esta tendencia.

Nuestra clase política –alertaba el autor de Malayerba– es hija del narcotráfico, intolerante, peligrosa, poderosa; está coludida con la delincuencia organizada, con criminales de toda índole. La principal amenaza para el periodismo mexicano no es el narcotráfico, sino la clase política. Le temo más al gobierno que al narco.

Cuando su colega Miroslava Breach fue asesinada, Javier Valdez escribió: A Miroslava la mataron por lengua larga. Que nos maten a todos, si esa es la condena de muerte por reportear este infierno. Ayer al mediodía, en Culiacán, Javier fue interceptado por sujetos armados que le dispararon 12 tiros con dos armas distintas y lo despojaron de su camioneta por atreverse a contar la vida en medio de la muerte.

Twitter: @lhan55

http://www.jornada.unam.mx/2017/05/16/opinion/008a1pol

 

El asesinato de un periodista

 

Salavdor Camarena

 

Para el poder siempre habrá excusas. Los patrulleros que tenían que cuidar de Miriam Rodríguez en San Fernando, Tamaulipas, pasaban tres veces al día a ver si todo estaba bien con doña Miriam, luego de que algunos de los asesinos de su hija se fugaran de un penal en marzo.

Chingados criminales que cuando ejecutaron a esa abuela no pudieron siquiera sincronizarse con la patrulla. De haber sido así, sus cómplices
–por acción u omisión– los policías y sus jefes tendrían una coartada. “Se intentó repeler la agresión pero viéndose superados en número y capacidad de fuego retiráronse”, balbucearían.

Pero en Tamaulipas ni falta que hizo. Las autoridades igual salieron con su versión de que Miriam Rodríguez sí tenía protección. Donde los ciudadanos ven una mujer asesinada por denunciar a los raptores de su hija, los poderosos ven una falla de la realidad: ellos pusieron una patrulla a dar rondines, carajo, y la realidad les salió con el factor sorpresa de los malhechores. Para la próxima (porque habrá otra madre amenazada), señor fiscal, que los policías hagan el doble de rondines.

¿Alguien además de su familia y de esas compañeras que buscan sin descanso a sus hijos desaparecidos durmió mal esa noche del diez de mayo, tras saber que asesinaron a Miriam?

¿Alguien en el gobierno federal, en el gobierno de Sinaloa, se desveló anoche por la suerte torcida de Javier Valdez, asesinado al mediodía cerca de su oficina, Ríodoce, que es decir su casa cuando se habla de un periodista?

Los tiros cada vez pegan más cerca. Y no porque Javier fuera amigo de muchos, que lo era. Y no porque Javier ayudara a sus colegas como pocos, que claro que así lo hacía.

Los tiros cada vez pegan más cerca porque los criminales saben que nadie, y menos que nadie gobiernos llenos de pretextos y de frases huecas, hará algo para detenerlos, para castigarlos.

Por eso el recuento va de Regina a Miroslava, y de Miroslava a Javier. Y junto con ellos un centenar de periodistas más o menos conocidos que tienen en común que sobre sus tumbas se podría escribir: impunidad.

Si se atrevieron a matar a Javier Valdez, valiente pero no inconsciente, se atreverán a más.

Total, matan a un periodista, a otro más (suman en 2017 más reporteros asesinados que meses lleva el año), y la respuesta del Presidente de la República, así, en mayúsculas, como les gustan las ceremonias a los ceremoniosos, no va más allá de unos tuits.

“Condolencias etc., etc., etc., etc., etc.”. Bendita la hora en que se inventó esa red social. El presidente postea ahí su condena y a lo que sigue: ¿Y qué, cómo te trataron los greenes ayer, Aurelio? Ah, que tú no le pegas al golf, ¿verdad? Caray mano.

Si matan a un periodista como Javier, como Miroslava, como tantos en este sexenio una parte del país se apaga. Así, se queda a oscuras incluso si hace sol. Porque ese silencio no sólo mata al periodista caído.

Muere la inteligencia y la bonhomía de alguien como Javier. Muere su esperanza y mueren buena parte de sus conocimientos sobre el narcotráfico y la violencia.

Y al no ser natural esa muerte, sino por encargo, esa muerte es también la de su comunidad, que es Sinaloa, que es México. Con esas muertes, gana el silencio. Desde ayer todos sabemos menos.

Pero ellos, los poderosos, saldrán con sus pretextos. Es que está muy difícil todo, y ya ves, él siempre se metía en esos temas.

Cobardes, pretextos de cobardes.

Twitter: @SalCamarena

http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/el-asesinato-de-un-periodista.html