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Posts Tagged ‘Carlos Monsivais:José Emilio Pacheco: “Un verso de aire en el agua”’

Con motivo de los 70 años del poeta, que se cumplen este día 30, las instituciones fundamentales de la cultura mexicana han realizado varios homenajes. El de Carlos Monsiváis, su colega de toda la vida, es un homenaje completo a su obra, que incluye los dos libros recién aparecidos del autor de Inventario, la columna que apareció desde el primer número de Proceso.

A la “íntima celebración” de sus 70 años, dedica José Emilio Pacheco sus dos libros recientes, Como la lluvia y La edad de las tinieblas (ediciones Era), no muy distintos en los temas pero sí en las narraciones. Continúa la obsesión por la paradoja, por el final desdichado, por la fugacidad que es la permanencia posible de la especie, por las metamorfosis sucesivas de la misma ciudad (el pasado no es sólo otro país, es otro idioma, es otra disposición de la mirada, es otra fortificación de los instantes), por la caída casi teológica que es la justificación de los encumbramientos rápidos, por el duelo, el sufrimiento o las devastaciones que acechan o están allí, para ser indagados, en unos frijoles saltarines o un objeto bello como el jabón oval:
Mientras me afeito y escucho un concierto de cámara me niego a recordar que tanta belleza sobrenatural, la música vuelta espuma del aire, no sería posible sin los árboles destruidos (los instrumentos musicales), el marfil de los elefantes (el teclado del piano), las tripas de los gatos (las cuerdas).
Del mismo modo, no importan las esencias vegetales, las sustancias químicas ni los perfumes añadidos, la materia prima del jabón impoluto es la grasa de los mataderos. Lo más bello y lo más pulcro no existirían si no estuvieran basados en lo más sucio y en lo más horrible. Así es y será siempre por desgracia.
(En La edad de las tinieblas)
Detrás de todo documento de civilización hay un documento de barbarie, dijo alguien famosamente. A Pacheco no le interesa tanto un paisaje de las abstracciones como el detalle del horror, de la crueldad que ameniza las fiestas, de la antropofagia que es la dialéctica de la naturaleza, del sorteo que decide quién será sacrificado o exaltado esta noche. Como en varios de sus libros, en Como la lluvia y en La edad de las tinieblas el personaje poético recorre las situaciones, las anomalías, las tragedias que la vida cotidiana exige, algo semejante a momentos al mar que se ahoga dentro del mar, a los rostros con signos de la muerte que pasan al lado sin que reconozcamos su categoría de espejos, al destino cuyo nombre prestigioso disimula muy mal su calidad de plaza de ejecuciones:
Cadalso
Con las mejores armas a mi alcance
Preparo mi cadalso.
Pongo un clavo
Todos los días y no fallo nunca.
Tendrá su recompensa el gran esfuerzo.
La ejecución será una obra maestra.
Se invita al público
A escoger desde ahora sus lugares.
u u u
En Como la lluvia, un poemario de logros sucesivos, Pacheco da cuenta del género que ha elegido desde hace tiempo: los poemas-relatos, los cuentos de fantasía o terror que no se extienden porque no se manipula la sorpresa, sino se le concede el tiempo y el espacio de la brevedad a lo que se acepte o no es lo inevitable. Hay en estos textos semejanzas o, si se quiere correspondencias, con estampas de la science-fiction, de las fantasías terríficas, del vagabundeo en los espacios infinitos que resulta al fin y al cabo el paseo por el cuarto propio. Son poemas que algo tienen que ver con el mundo de Shirley Jackson (The Lottery), de William W. Jacobs (La pata del mono), de Lovecraft. Pero el parecido no va muy lejos, a Pacheco no le interesa el aturdimiento del lector sino el modo en que un micro-relato se transforma en un poema circular, donde el final deshace las esperanzas y le da una ambientación sarcástica a la desesperanza:
Lastre
A este día le queda sólo un lastre de luz.
Se dispone a arrojarlo y ascender
Y se demora andando por las ramas.
Al fin se eleva hacia su nunca más
Y cuando se ha deshecho de su arena de sol
Las tinieblas cubren la Tierra.
Este poema, como la mayoría del libro, no es un señalamiento profético sino un relato cifrado en la poesía. La metáfora conduce la narración y hace de la luz, del sol y de las tinieblas los personajes que se disuelven en un final si se quiere apocalíptico, si se quiere solamente alegórico, se quiera o no poético.
u u u
¿Qué otras correspondencias? Podría mencionarse el Eclesiastés (“Vanidad de vanidades, dijo el Predicador, todo vanidad/ Quien añade ciencia, añade dolor”), podrían citarse a los filósofos escépticos y a los narradores de las pestes y las guerras, sería inevitable mencionar a Cioran y a los cantores del acabose en los estremecimientos de las distopías. Todo esto se vincula con los textos de Pacheco, pero adentrarse en la desolación, comprobar la justeza del verso de Pellicer (“Mudo espío, mientras alguien voraz a mí me observa”), tener presente el final de Marlow en El corazón de las tinieblas (The Horror, the Horror), distancia de algo esencial en este autor: cuando cuenta una fábula del exterminio o de la liquidación de las alternativas, no lo hace con propósitos alucinantes, sino por aproximarse al núcleo de su imaginación poética, donde la voluntad de forma asume el tema y lo integra desde un virtuosismo sin ansiedades protagónicas, el texto como el ir y venir de la idea que es la forma.
u u u
Cito un poema sin relato adjunto:
Nubes
En un mundo erizado de prisiones
Sólo las nubes arden siempre libres
No tienen amo, no obedecen órdenes,
Inventan formas, las asumen todas.
Nadie sabe si vuelan o navegan,
Si ante su luz el aire es mar o llama.
Tejidas de alas son flores del agua,
Arrecifes de instantes, red de espuma.
Islas de niebla, flotan, se deslíen
Y nos dejan hundidos en la Tierra.
Como son inmortales nunca oponen
Fuerza o fijeza al vendaval del tiempo.
Las nubes duran porque se deshacen.
Su materia es la ausencia y dan la vida.
“Nubes” es notable en varios sentidos, convierte un elemento del paisaje de siempre en un cielo autónomo, identifica a las nubes con la libertad y la potencia que no conocerán los mortales, hace del recorrido por el aire una empresa que sólo atisba por instantes la mirada, ese testigo tan hecho de fragmentos. Las nubes son un descubrimiento de un poeta que crea mundos alternos o, las más de las veces, relatos donde el paisaje interior está hecho de constancias dolorosas y de alegrías secretas. A todo esto lo anima una certeza bíblica: en el principio era el Verbo y el Verbo era Dios y el Verbo era con Dios, sin teología o creencias religiosas adjuntas, pero sí con la fe en los poderes de la palabra que identifica micro-relato y poema, constancia del fin y melancolía que sustituye a la escenificación del dolor. Y en todo momento la decisión de fabular:
Avidez
“Esta frágil belleza no durará”,
Dice la tierra seca a la gota de agua.
Fracaso
Miseria,
Incurable miseria de la poesía:
Intentar un poema que describa
A qué sabe el sabor del agua.
Fábula, apólogo, parábola. Ocasionalmente, un relato más largo con la circularidad tan apreciada por Pacheco, la del “Como me ves te verás”. En el poema “El señor Morón y La Niña de Plata, o una imagen del deseo”, el galán fallido, Morón, oculto en el otoño de su descontento, es el objeto de la burla de los adolescentes que no entienden cómo se puede invadir el territorio sagrado: “Este mundo es el nuestro. En él no entra nadie/ Que no tenga veinte años como nosotros”. En el quinto acto de este cuento, Morón, previsor y profético, le envía un mensaje al relator al que supone el gozador afortunado de la Niña de Plata:
Goza de tu victoria porque un día
Tú serás como yo el intruso,
El viejo asqueroso,
El señor Morón
Que va en pos de un deseo imposible,
Huele a colonia Sanborns
Y lleva un ramo de rosas.
“Ya te acicalarás noche tras noche
Para ocupar tu asiento en primera fila”

The way of all flesh. Polvo eres y en envío de frustraciones te convertirás. Dice el Eclesiastés, en otra parábola poética: “Y acuérdate de tu creador en los días de tu juventud, antes que vengan los malos días y lleguen los años de los cuales digas, no tengo en ellos contentamiento”. Precisamente por su condición laica, Pacheco ha leído la Biblia de modo fértil, como un gran texto literario en donde las admoniciones tienen el valor preciso de las metáforas.
El orden de los factores
desorienta el producto
Los 50 poemas en prosa de La edad de las tinieblas son extraordinarios. La correspondencia más evidente en algunos de ellos se da con el Juan José Arreola del Bestiario, un libro notable dictado por Arreola a Pacheco. La semejanza no va muy lejos, Arreola, de oído literario impecable, se ocupa en la sucesión de páginas perfectas; Pacheco, también de oído irreprochable (una prueba recompensante con ambos es leer sus textos en voz alta), produce retratos, fábulas casi de Samaniego, visiones urbanas, estampas históricas o mediáticas, reflexiones con sello póstumo, versos callejeros que son found poems (un género grato a Pacheco), animales que Dios no se molestó en domesticar, anuncios tranquilos del efecto invernadero y consideraciones filológicas (a su manera) sobre palabras clave:
Odio
Para ser Dios a la palabra Odio le falta una letra y le sobra otra. No obstante, ejerce la potestad absoluta sobre nosotros. Hay declaraciones contra todo excepto contra el odio. En los edificios vemos letreros: No entre, no pase, no se detenga, no pregunte, no hable. Jamás he visto ninguna que ordene: No odie.
El odio como el aire lo llena todo. Su expansión satura de rabia al mundo. Inventamos artefactos que le dan rienda suelta y lo multiplican en infinitas series de venganzas.
O-d-i-o. La d son las fauces que devoran al planeta. La i, la espada y la flecha que nos aniquilan. La primera o es un cero a la izquierda: la inutilidad de querer derrotarlo. La segunda o es otro cero y esta vez simboliza la mutua aniquilación a la que el odio nos condena.
El amor no está presente en La edad de las tinieblas, no tendría lugar en la ronda de aproximaciones al reality-show o a los elementos terrestres. José Emilio Pacheco en estos dos libros nos da la oportunidad de intervenir admirativamente en su despliegue de maestría, de inteligencia poética y de pesimismo que en el transcurso de los textos deja de ser ideología para transformarse, con o sin moralejas, sólo en literatura.
Felicidades, José Emilio Pacheco.

http://www.proceso.com.mx/noticias_articulo.php?articulo=70091

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