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Gallo mudo

Agua de azar

Jorge F. Hernández

2010-07-08•Cultura

Tiene razón Antonio Muñoz Molina cuando afirma que “el escritor, en una democracia, es un ciudadano idéntico a otros, y en virtud de esa ciudadanía participa a veces en debates o en la defensa de causas a las que puede servir con su activismo personal o con la herramienta que mejor conoce, el idioma”. Lo escribió con motivo de que la muerte de Saramago o Monsiváis, dolores íntimos y lutos privados, se convirtieron —como suele suceder— en “duelo público exagerado por la intromisión de cargos políticos que se apresuran a hacer acto de presencia con sus coches oficiales y sus aparatosos protocolos” y habría que agregar el penoso desfile mexica, variopinto, donde hipócritas o envidiosos por igual destilaban dizque elogios a Monsi disfrazados de Yoísmo: yo lo conocí desde niño, yo le enseñé a ver pinturas, yo le aconsejé quién sabe qué, yo lo leo todos los días… Pocos se concentraron en aludir a sus párrafos, aforismos, axiomas o títulos y muchos prefirieron hablar a media voz (engolada, por supuesto) con la mirada al vacío y mucha mentira en la saliva. El propio Muñoz Molina subraya que “viendo su ataúd cubierto con la pertinente bandera sobre un gran catafalco y custodiado por uniformes me acordé del hombre sigiloso e irónico al que sólo conocí brevemente y me pareció que tanta pompa lo habría incomodado, le habría inspirado con seguridad algún brote de ese humorismo negro que él admiraba tanto en el cine de Buñuel”. Quizá por eso no hablan los gatos y sólo ellos, en su felina habilidad, pueden ahora leer la crónica hilarante donde el propio Monsi se mofa de sus funerales y subraya lo que es de veras: “La literatura pertenece al reino de lo más privado, y las multitudes siempre son invisibles en ella, porque las componen lectores que raramente se encontrarían entre sí, aislados en el espacio y a lo largo del tiempo”.

Dicho lo anterior, hoy lloro la muerte de Armando Jiménez, cronista extraoficial de la Ciudad de México, biógrado de tugurios, antros, burdeles y todos los lugares de rompe y rasga. Habiendo nacido en 1917 en Piedras Negras, Coahuila, Jiménez se fue hace unos días con un palmarés envidiable: somos miles de lectores quienes le quedamos en deuda por su incansable labor de gambusino del albur y del doble sentido, todos los giros posibles que tienen las palabras y somos miles de lectores quienes celebramos hoy en silencio que su magna obra Picardía mexicana, sea una de las más leídas de la lengua castellana, con más de 143 ediciones y más de cuatro millones de ejemplares vendidos, prologada por tres premios Nobel: Octavio Paz, Camilo José Cela, Gabriel García Márquez (en la subedición de Dichos y refranes…); saludada en tinta por Alfonso Reyes, Pablo Neruda y memorizada desde las escuelas por miles de lectores que allí hemos abrevado del bello arte de entender los dibujos obscenos de las letrinas, los nombres enrevesados que encierran el retruécano engañoso, los versos de las ánimas chocarreras, la sagrada Biblia del habla popular, las mentadas en los callejones, los gritos de la tribuna.

Armando Jiménez era ingeniero de estudios, pero cronista ambulante y detector de la temperatura emocional de todos los anónimos en la práctica. Era bueno para la contestación instantánea y el tour de los pulques, la panorámica de los tequilas, las bailarinas gordas y los peladitos de bigote ralo, pantalón caído y pocas monedas en el bolsillo. Armando Jiménez Farías llegó a ser considerado el humorista más destacado de América Latina en el libro 3,000 años de humor publicado en España en 1969 y desde entonces mantuvo el difícil y sano malabarismo de registrar todas las vulgaridades posibles sin ser un escritor vulgar, midiendo el ingenio de los holgazanes sin descansar él mismo ni un solo día en su afán por clonar en papel las pintas de las bardas y el tonito de los barrios.

Jiménez murió en Chiapas y a nadie se le ocurre clamar qué haremos sin él, pues nos queda claro que los beneficios de sus libros se han impregnado como afán en sus lectores: quien lo lee se vuelve adicto a la detección de las erratas, no con el afán académico del pontificador, sino con la carcajada abierta de quien no se duele ante folclóricos lenguajes, enredados albures que harían reír al propio Quevedo de hace siglos y que ponen en su sitio a intelectuales mamones de hoy en día, tanto como a los engreídos políticos y poderosos empresarios que la pasan metiendo la pata en sus propias fauces. Visto el duelo de esta manera no es extraño que Monisváis se haya adelantado tan sólo unos días en el viaje donde ahora lo acompaña otro cronista digno de su museo, habitante a su vez de los cómics entrañables que habitan la Ciudad de México, íntimo paralelo del desparpajo… y, por eso, hoy no se escucha el canto del Gallito, mudo, sin pico y pies, que miramos con disimulo.

Que otros se claven en la retórica falsa donde fingen la voz y prosa. A los miles de deudos de Armando Jiménez nos queda rendirle honores leyéndolo, con música de Chava Flores al fondo. Leer a los escritores que nos dieron prosa sin prisas y conocimiento con humor del bueno, que no con pastelazos falsos de chistoretes hirientes. Leer a los escritores que pusieron en el mismo estante la “alta cultura” con la vox pópuli, hombres de carne y hueso que comían lo mismo con manteles que parados a la orilla de las calles; testigos de las mentiras de los discursos oficiales, tanto como las verdades del vecindario. Leer a los escritores que salvan de la amnesia de los tiempos los nombres y las vidas de los anónimos… prosa viva que cambia de sentido según el juego emocional de los instantes y no tanto por las páginas de los diccionarios… prosa viva, de todos los colores, como óleos de los pintores del estanquillo, como plumas de un gallo de pelea… prosa viva de los escritores que, en realidad, nunca se van aunque hoy lloramos de veras su muerte. Yo no soy poeta ni en el aire las compongo, pero confirmo en esta lluvia tanto luto falso, tanta mentira en los que ni leyeron a los ahora ausentes, que no puedo cerrar este párrafos sin mofarme de su tongo. Así las cosas, ante un mamón o mentiroso no queda de otra que decirle “¡Mientes!”, subrayando con inmenso respeto que a los cronistas de a de veras hasta la Calavera les pela los dientes.

jfhdz@yahoo.com

http://impreso.milenio.com/node/8796152


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