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Verónica Murguía

De las comodidades modernas

 

Uno de los efectos de leer mucha Historia es comprobar lo poco que el género humano ha cambiado a lo largo de los siglos. A veces uno se ríe y siente una cálida oleada de reconocimiento, quizás al leer las ordenanzas papales que mandaban a los turistas del siglo XII no escribir sus nombres en las paredes de la iglesia que corona el Gólgota, so pena de excomunión. Resultan familiares las pasiones que la lucha atlética despertaba en los griegos; hilarantes los graffiti de Roma. También se asombra uno al leer sobre tiendas de moda en el París del XVIII.

El espectáculo de nuestros defectos y nuestras escasas virtudes ha cambiado sólo de vestuario. Lo que se ha transformado es la escenografía en la que se desarrolla el drama de nuestra existencia: las comodidades de las ciudades modernas habrían resultado paraísos inimaginables para nuestros antepasados, quienes sufrían por los malos olores, la inseguridad, las enfermedades y, sí, el hacinamiento.

Sostengo lo que digo aunque suene rarísimo: las caóticas y contaminadas ciudades modernas serían utópicas para nuestros tatarabuelos. Lo pienso, a pesar de vivir en Ciudad de México, en la que últimamente el agua sabe a charco verde. Parece que se debe a unas algas que producen una sustancia llamada geosmina, es decir, “sabor a tierra”. Dizque no hace daño, pero echa a perder el sabor del café, y el arroz sabe como si hubiera estado bajo la lluvia durante una semana. Y eso que ahora pagamos mucho más que antes por el agua. Me consuelo pensando en las ciudades del Renacimiento, donde el agua salía de pozos donde caía de todo: caballos, ovejas, cualquier cosa.

Como todos, respiro humo multicolor todo el día; cuando piso césped, me cuido de la caca de perro y tardo horas en cumplir cualquier diligencia. Tengo rinitis, a veces conjuntivitis y una sensación constante de fatiga. Cuando mis conciudadanos me apachurran en el Metrobús, me acomete la morriña del escritor y suspiro por una campiña que no conozco y una Naturaleza que, vista de cerca, me daría miedo. Este es el destino del chilango: ni contigo porque me matas, Ciudad de México, ni sin ti porque me muero (de tedio, por más que huelas horrible).

Y hasta para eso hay consuelo en los libros de Historia. Piense el lector en la ciudad de Aviñón en el siglo XIV, tan hedionda que cuando un embajador español se bajó del carruaje, se desmayó –en España hubo árabes cuya cultura se caracterizaba, entre otras cosas, por un profundo interés en el agua y el baño– y tuvieron que revivirlo con trapos empapados en vinagre. Recuerde el lector que en el siglo XIX, en Londres, la ciudad más poblada de Europa, tuvo lugar un fenómeno llamado La Gran Peste (The Great Stink), que puso en peligro la vida de miles de ciudadanos. Después de siglos de verter desechos humanos y basura en el Támesis, en 1858, un año de calor inusual, las aguas del río bajaron, la corriente se hizo muy lenta y quedaron al descubierto toneladas de cosas indescriptibles y apestosas. El olor era tan penetrante que en el Parlamento se sesionaba con las cortinas empapadas en alcohol y nadie podía comer. Pronto estalló una epidemia de cólera y la gente comenzó a morirse de diarrea en plena calle, aumentando, con el olor a pescado de las deposiciones, la pestilencia. Para no hacer el cuento largo, el resultado de ese verano fue el alcantarillado más moderno del siglo XIX.

Antes, los oficios apestosos ocupaban lugares marginales. Las curtidurías, el rastro, las lavanderías y teñidurías estaban situadas cerca de los ríos y en las afueras, y a los pobres empleados en estos trabajos se les segregaba sin compasión.

¿Qué hubieran pensado los hombres de otras épocas ante el espectáculo de una ciudad iluminada en la noche? ¿En la que el agua –llena de geosmina– saliera de una llave?¿Una ciudad sin murallas? ¿Sin picota ni cadalso, sin cabezas amojamadas colgadas de las almenas? Ah, la imagen de un hombre del siglo XVII entrando en una lavandería moderna: ¿qué diría ante el olor amable del suavizante?

Imagino a este hombre fascinado por el espectáculo de nuestros avances, sintiéndose atrasado, brutal. Iría cabizbajo hasta llegar al puesto de periódicos. Vería El Gráfico, con el encabezado brutal y ramplón y la foto del muerto despedazado.

Entonces sacudiría la cabeza, no sé si súbitamente cómodo o resignado y triste, preguntándose: ¿por qué no podemos sacar la violencia y la codicia de lo que somos?

http://www.jornada.unam.mx/2014/11/23/sem-veronica.html

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