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Archive for 4 de noviembre de 2012

LA VIDA SIN FACEBOOK…

Por: José Ramón Ruisánchez – octubre 14 de 2012

En algún momento declaré públicamente que dejaría Facebook si me imponía su nuevo formato: la biografía en su versión en español o timeline, en inglés. Entiendo la necesidad de que los diseñadores gráficos se ganen la vida. Es inevitable que los perfiles de los coches se modifiquen, que el logo de las sopas, la caja de los cereales y las latas de los jugos cambien cada cierto tiempo. Pero me encabrona cuando empeorar es obligatorio

Si buceo un poco en mis recuerdos, lo primero que me viene a la memoria son los libros de doble columna de la Editorial Porrúa. No creo que sólo a mí me irritaran. Después de décadas de inmodificable fidelidad, la colección Sepan Cuantos lleva ya rato reimprimiendo sus libros con caja simple. Apretada, pero bueno, al menos ya no son dos columnas: una mejora.

Me encabrona que me obligan a empeorar, pero me encabrona más conformarme. Mariana Alegría, me dijo: Es como cuando cambian de versión de Windows. Exactamente: escribo esto a mano (junto a la alberca) y luego lo paso en limpio en una Mac que por cierto no usa Lion como sistema operativo.

Primero intenté discutir de manera inteligente e individualmente con quienes repetían pendejadas en sus propias páginas, y de manera colectiva desde mis propias publicaciones. Intenté el análisis serio –finalmente soy producto de una educación universitaria sumamente rigurosa– pero también el humor –pues después de todo soy también hijo del cine y la televisión– y acabé por cansarme.

El siguiente paso fue convertir a los más imbéciles de mi lista en ex-“amigos”. Se siente un poco más como cuando uno cortaba con su novia. Algo de culpa y algo de placer. Placer culpable. Cortaba y cortaba esas decenas de conocidos de conocidos, de ecos del 2006, y acabé como el Coriolano de Shakespeare, que cuando está a punto de ser exiliado, dice inolvidablemente “I banish you”. Así que me expulsé de Facebook aprovechando que me pusieron la puta biografía.

Vita nova

Hago propósitos como si fuera 31 de diciembre. Voy a nadar, voy a escribir, voy a ir al cine, voy a ver en cara y hueso a los amigos para cenar con ellos y emborracharnos, voy a leer sus libros en vez de sus posts sobre sus libros. Muy pronto, la promesa se convierte en la proverbial bola de nieve: un monstruo benigno que me abrillanta el futuro.

La primera mañana del resto de mi vida me sobra café. Y al mismo tiempo me hace falta. He revisado mis dos cuentas de email, ojeado los tres periódicos que frecuento. Pero a pesar de todo no estoy lo suficientemente despierto como para empezar a leer filosofía o para arrancar con la siguiente página del libro que escribo sobre los economistas del siglo XIX. La alberca la abren hasta las diez. Bajo a mear y me corto, innecesariamente, las uñas de los pies. Con el libro de Zizek entre las manos, trato de acordarme de qué hacía antes, cuando no existía Facebook, a la hora del primer café.

Sociología de la abstinencia

Como suele pasar, la pregunta habitual es la equivocada. ¿Para qué sirven las redes sociales?, implica un optimismo exagerado y por lo tanto inaceptable. Como si la Primavera Árabe, por ejemplo, no fuera el logro de decenas de miles de valientes rifándosela en las calles contra sus gobiernos sino los tweets y los posts (en inglés naturalmente) de algunas decenas de internautas bilingües. Casi como si el heroísmo se hubiera retirado a los circuitos de lo virtual. La pregunta se debe plantear de otro modo: ¿por qué me emociona filtrar mi experiencia de la vida a través de este medio?

Se me ocurre, en los primeros días que dejo de usar Facebook que parte de lo que nos causa la “decepción democrática” es la manera en que nuestro voto se disuelve: tenemos voto pero ni siquiera en las decisiones de escala más modesta, al nivel absolutamente local es voz. Si uno se encabrona lo suficiente sale y marcha, está callado. Con Sicilia, con el 132, con el SME. La verdad no conozco a nadie que sepa quién es su diputado, que le escriba y exija a sus senador un voto a favor o en contra de cierta iniciativa y mucho menos que tenga la sensación que lo escuchan. No por las buenas.

En Facebook en cambio se tiene la sensación de que existe una democracia directa, inmediata y centrada en los afectos, lo que acaso sea más importante que todo lo demás. Cuando publiqué que el trasplante de riñón de mi hermano había sido exitoso o que Historias que regresan estaba por llegar a librerías, cerca del 20% de mis amigos picaron like y varias decenas comentaron algo. En el Facebook se produce una variación muy agradable de la democracia: la voz importa. Uno publica y los demás votan. Además el ejercicio democrático tiene un ir y venir: también voto (o me abstengo) respecto a la voz de los demás; voto o me abstengo; no existe el voto en contra, el gesto de los emperadores romanos en el coliseo indicando que no perdonaban al gladiador vencido, por mucho que nos guste, no está disponible.

¿Y entonces por qué te fuiste?

Si por allí te enteras de lo que no estaba mal haberte enterado y si allí reencontraste gente que vale la pena, restaurantes que disfrutas, textos importantes en medios que no frecuentas ¿no es demasiado exagerar el darle el dedito de la muerte, no tendrías que haberte mordido un huevo y aguantar? Creo que no. No sólo porque logré armar todos los muebles de mi casa nueva y porque por primera vez en seis meses fui al cine (ya encarrerado el ratón, chingue su madre Netflix). No sólo eso: creo que la minidemocracia de Facebook, si bien es un alivio en contra de la falta de huevos (para empezar del PAN y luego del IFE y luego del TRIFE) y de la desilusión democrática, sólo ejerce sus poderes curativos a cambio de crear, precisamente una ilusión democrática: una comunidad sin la responsabilidad común, sin la deuda originaria y fundamental que comparte no lleva a cabo un trabajo compartido y por lo tanto nada garantiza que persista. Es tan fácil estar como largarse.

A pesar de todo debo confesar que cuando el día de mi cumpleaños Tamara sube una foto de la casa nueva con un pie que dice que a pesar de estar ausente se me extraña y con una respuesta, según ella, extraordinaria, casi no puedo resistir la tentación. Mi hermano insiste: un chingo de gente me está felicitando. Así que acabo por asomarme unas horas a mi dizque ausencia. La fantasía del suicida: ver cómo lo lloraron un chingo.

Facebook está diseñado para que sea extraordinariamente fácil volver. No se necesita una nueva contraseña. No se necesita contestar preguntas del estilo: ¿Cómo apodaban al gordito de la clase? A diferencia de las relaciones sentimentales, aquí no hay panchos ni chantajes después de la traición. Punto a favor. Pero al mismo tiempo punto en contra. Otra vez, el problema de lo demasiado fácil.

No es casualidad que la democracia y la amistad siempre hayan estado relacionadas: la democracia es el gobierno de los iguales, es decir, de los amigos. Facebook o mi exilio de Facebook que hace pensar que acaso tiene que haber cierta resistencia, algo de sufrimiento: la llamada a las tres de la mañana desde la cantina o, peor, desde El Torito, desde la tristeza; la hueva de ir a la presentación del libro del amigo; la boda de la amiga que te gustaba con un cabrón que ni siquiera te caga. Existe y debe existir un trabajo de la amistad porque eso enseña cierta verdad sobre la democracia: no se produce gratis, y si no levantas la voz, a tu voto se lo lleva el viento. El voto grande, no los votitos. El voto diario, no fortalece, sino desgasta.

Se fue sin decir ni tuit

Me dejo hacer un poco de trampa y abro una cuenta de G+. Pero por suerte es más aburrido que La hora nacional. Me tienta Twitter. Llego hasta el punto de confirmar mi nombre pero me arrepiento. Si me he pasado la vida madurando mis pensamientos y fui treinta años a la escuela para sacar un doctorado, no veo por qué de pronto tirarme a la publicatio precox.

Había pensado el volver al terminar de escribir este artículo. Pero ahora que lo releo, me convenzo de que tiene cierta importancia quedarme de este lado de la barda cibernética. Después de todo, me acaban de llegar por correo electrónico las fotos del cumpleaños de mi papá y tengo correspondencia por contestar. En una de esas hasta compro sobres y mando algunas cartas de papel.

José Ramón Ruisánchez Serra. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM y la maestría en Literatura Comparada y el doctorado en Literatura Latinoamericana en la Universidad de Maryland. Es profesor asistente del Departamento de Hispanic Studies de la Universidad de Houston. Ha publicado, entre otras, la novela Nada cruel (Era, 2008). Su más reciente publicación es el libro Materias dispuestas: Juan Villoro ante la crítica (Candaya Ensayo, 2012). Este contenido ha sido publicado originalmente por SINEMBARGO.MX en la siguiente dirección: http://www.sinembargo.mx/14-10-2012/396388. Si está pensando en usarlo, debe considerar que está protegido por la Ley. Si lo cita, diga la fuente y haga un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. SINEMBARGO.MX

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Ana García Bergua

Un botón de memoria

En un viejo frasco de vidrio de chocolate Milo habitan los botones que mi madre guardaba por si se llegaban a necesitar. Botones perdidos como niños huérfanos, lejos de su remoto hogar de tela y de sus hermanos gemelos, siguen ahí esperando quien los adopte. Mamá los iba juntando conforme aparecían en el piso o en un rincón, o si acaso sobraban de alguna prenda, por si llegaban a hacer falta. Tras el vidrio café del frasco parecían una multitud diversa y extraña, siempre a la espera del rescate, pasajeros de un barco a medio sumergir. Los que siempre encontraban uso eran los botones chiquitos, blancos, de las blusas y las camisas del uniforme escolar, ésas que, si se miraban con cuidado, al paso del tiempo habían dejado de tener los botones iguales: de dos o cuatro agujeros, iban perdiendo la uniformidad, su apellido familiar, conforme sucumbían a los remiendos de la guerra contra el tiempo y el desgaste.

Así, cuando alguien descubría que le faltaba un botón, mamá sacaba su frasco de Milo del armario con cierta solemnidad, para esparcir su tesoro encima de la colcha de encaje de bolillo. Cuidado no se vayan a perder, exclamaba angustiada de su propia miopía, al ver cómo nos arrojábamos sobre los botones cual piratas, revolviendo entre perlas, diamantes y rubíes, hasta que aparecía el deseado botón idéntico al faltante o de perdida alguno que se le pareciera en tamaño o color.

Yo olvidaba un poco el objeto de la búsqueda, ocupada en estudiar aquellos botones enormes, imposibles de usar en prenda alguna, y que me imaginaba oriundos de los grandes abrigos con los que alguien de la familia había escapado de inviernos crudos e imposibles en México, con los tanques de la Guerra civil pisándole los talones. O esos otros, forrados de cuero y tan elegantes, que tal vez provenían de los sacos de mi padre y que habrían conocido tierras remotas y cocteles elegantes. Los botones metálicos, de escudo marino o escolar, tuvieron desde siempre aires de insignia militar y parecían valer por sí mismos, monedas pulidas de algún país portátil y casero. Me fascinaban los finísimos botones forrados de seda en colores claros que habían sobrado de las blusas que confeccionaba mi abuela en su taller y que mamá rescataba a veces para guardar en su pequeña arca de chocolate en polvo, a la espera de que alguna blusa les pudiera dar albergue, como una familia común a una diva excéntrica y sofisticada. O los botones alargados de alguna guayabera, semejantes en su forma al hueso de una aceituna. Todos ellos a la espera de retornar a una patria cuyos habitantes andarían forrados de botones, iguales a aquellos muchachos que se llaman botones y cargan, además de las maletas en los hoteles, ese nombre que los abotona al traje.

Cada vez que mamá abría el frasco sobre la cama para buscar un pequeño botón blanco o transparente de dos o cuatro agujeros y así reponer los que se nos caían por correr o saltar, sentía yo la maravilla y la desesperación de que no existiese abrigo ni prenda que les volviera a dar sentido. Eran como sobrantes de antiguas glorias vestimentarias, nostalgias de hilo, que por otra parte nadie se hubiera atrevido a tirar jamás, rescatados del rincón oscuro y la escoba ciega. Tirar un botón hubiera sido como tirar una de esas monedas de cinco centavos con el perfil satisfecho y recién comido de Josefa Ortiz de Domínguez, los cuales guardábamos también en otro frasco para ver el brillante color cobrizo tornarse opaco al paso del tiempo, en lo que alguien se animaba a ir al banco a cambiarlas. Botones y monedas que ocupaban un lugar irreemplazable en el espacio y por tanto en el tiempo, y que tenían derecho a vivir para siempre, condóminos eternos de sus frascos de vidrio marrón al borde del rescate.

Confieso que luego de la muerte de mamá quise quedarme con el frasco de botones y, una vez en casa, los volqué sobre la colcha de mi cama para recuperar la alegría de contemplarlos uno por uno, como antiguas joyas. Ahí siguen los botones de seda, algunos de metal, algunos enormes, gloria de abrigos y ropa olvidada. Reconocí algunos, los de siempre, ésos que tanto me desesperé de saber que no encontrarían lugar, que serían huérfanos eternos. También descubrí que los botones envejecen igual que uno, quedan ajados como viejecitos en el asilo; algunos, tal como están, jamás se podrán coser. Pero al igual que mi madre, decidí no tirarlos, ni el frasco que los contiene, como un museo en el fondo del armario.

http://www.jornada.unam.mx/2012/11/04/sem-ana.html

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El futuro de las noticias

Jorge Ramos Ávalos
4 Nov. 12

No podemos vivir sin información ni noticias. Pero en el futuro -que parecería que se nos ha adelantado- ya no recibiremos las noticias empaquetadas en periódicos, revistas y noticieros, sino en una corriente continua de información a las pantallas de nuestras computadoras y teléfonos celulares.

No habrá horarios ni una sola manera de informarnos, sino muchas y en todo momento. Viviremos, literalmente, inundados de información. Será como vivir en una burbuja repleta de datos, números, documentos, videos y textos. Nuestra tarea será filtrar lo que no nos sirve y sólo usar lo que necesitamos.

Lo viejo se está muriendo muy rápido, pero lo nuevo no acaba de definirse. Cada vez hay menos periódicos y no todos sobrevivirán en su intento de reinventarse en la jungla digital. Por cada siete dólares que se han perdido en anuncios en la prensa escrita sólo se ha ganado uno en las páginas digitales, según un reciente reporte del Pew Research Center. Sólo los mejores -es decir, sólo los que entiendan este nuevo mundo web y a sus ciberlectores- sobrevivirán.

Tras 80 años como líder mundial, el semanario Newsweek dejará de imprimirse en papel y sólo mantendrá su versión digital. ¿Por qué? Sólo imprimir, administrar y distribuir la revista les costaba millones de dólares por edición. Eso era insostenible, confesó a la prensa su directora, Tina Brown. Newsweek tratará de hacer lo imposible; pasar de dinosaurio periodístico, la venta en puestos de revistas, a ser un simple click de computadora buscado idealmente por millones.

El negocio de las noticias hoy en día está sobrepoblado por dinosaurios que se resisten a morir. Vivimos en un Jurassic Park periodístico. Y hay de todo: desde muertes prematuras e historias de canbalismo hasta sorprendentes transformaciones dignas de un reality show y nacimientos de niños (y productos) prodigio.

Lo que estoy viendo me recuerda la película El artista, ganadora del Oscar. El protagonista obsecadamente se resiste a entender el súbito fin del cine mudo y, en lugar de adaptarse a las películas con sonido, pierde su fama, su dinero y su sanidad mental. Lo mismo ocurre con los medios de comunicación tradicionales: sueñan con un pasado en que controlaban los ingresos de sus anunciantes mientras surgen nuevos y más ágiles competidores en la internet y en las redes sociales que les están robando sus audiencias, sus ingresos y su prestigio.

Hace poco conversaba con Mario Kreutzberger, quien acaba de cumplir 50 años en la televisión con su personaje de Don Francisco y su programa Sábado Gigante. Nadie, nunca, en ningún idioma, ha durado tanto en la televisión como él. Él, visionario, se adaptó desde que la radio dio paso a la televisión en blanco y negro hasta esta época de satélites y plataformas múltiples. ¿Su secreto para sobrevivir medio siglo? Abrazó los cambios tecnológicos, en lugar de rechazarlos, y entendió que su éxito consistía en proveer un contenido único. Nadie más en el mundo es Don Francisco, les guste o no. Tiene casi 72 años, me asegura que aún no se quiere retirar y sospecho que nos va a enterrar a todos.

Su fórmula -contenido único en plataformas diferentes (televisión, digital, cable, satélite…) y en varios países- no es muy distinta a la conclusión de un estudio de la Fundación Nieman de Periodismo de la Universidad de Harvard. Para sobrevivir, los periodistas y sus organizaciones tienen que mudarse rápidamente a las nuevas tecnologías, pero sin perder su marca, su identidad y, sobre todo, su misión de informar y analizar. (Aquí está el estudio: Mastering The Art Of Disruptive Innovation In Journalism. http://hvrd.me/QSVc9H).

El estudio sugiere que, como periodistas, ya no basta dar el qué, cómo, cuándo, dónde y por qué de la noticia. Eso lo encontramos en un tweet. Es imposible estar en todos lados todo el tiempo. Pero Twitter y Facebook sí tienen -como santos modernos- el don de la ubicuidad. Contra eso -y millones de celulares- ningún reportero puede competir.

Pero lo que nos hace únicos, dice el estudio de Harvard, es nuestra capacidad como periodistas de dar «contexto y verificación» a las noticias. Un ejemplo. Como es costumbre, en los últimos días han matado a Fidel Castro varias veces en Miami. Fidel, desde luego, resucitó con pruebas -varias fotografías- todas y cada una de sus anunciadas muertes. Sólo los medios que no saltaron a reportar chismes y rumores -y que dan interpretación, experiencia, perspectiva y contexto- son los que serán vistos y leídos con credibilidad cuando el ex dictador de 86 años de verdad se muera y Cuba se reincorpore al siglo XXI.

Los periodistas sólo vivimos de que nos crean. Nada más. Pero ahora tenemos que darle algo más -único, especial, incomparable, personalizado- al consumidor de noticias para que se quede con nosotros en un universo plagado de pantallas y competencia. Ahora tenemos que dar noticias con un punto de vista. Es un cambio parecido al de los cantantes que, ante la caída del mercado de la venta de CD’s, ahora se concentran en dar conciertos para ganarse la vida. Se trata de que el lector, televidente, cibernauta o twitero tenga una experiencia personalizada de la noticia.

Quienes lo logren, dominarán las noticias del futuro y el futuro de las noticias. Los que no, harán aún más grande el cementerio de dinosaurios periodísticos donde, por el momento, hay lista de espera.

Twitter: @jorgeramosnews

http://www.reforma.com/editoriales/nacional/678/1354625/default.shtm

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